Capítulo 20. Mi hermano sabía
El miércoles pasé buena parte de la mañana pensando en la conversación que iba a tener con Mateo.
Había enviado el último mensaje poco antes de las diez de la noche. Me pidió que nos viéramos al día siguiente porque quería explicarme algo que no me había contado bien.
No volvió a escribir hasta el mediodía.
Yo estaba revisando una corrección cuando apareció su mensaje.
¿Te viene bien que salgamos a caminar después del trabajo? Podemos llevar al perro.
Le respondí que sí.
¿A las siete?
Perfecto.
Después añadió:
Quiero enseñarte unas cosas. Son mensajes míos. He hablado con Inés sobre ello.
Leí aquella última frase varias veces.
Durante los últimos días mi hermano había aprendido a decirme qué podía compartir y qué debía reservar. No siempre me gustaba, pero al menos había dejado de responder a todas mis preguntas como si fueran una amenaza adicional.
Guardé el teléfono.
En la redacción, Lucía estaba discutiendo con maquetación el espacio de una noticia. Rafael había pasado por nuestra mesa media hora antes para preguntar si necesitaba alguna modificación en el turno del viernes.
Todo parecía transcurrir con normalidad.
Quizá por eso me costaba concentrarme.
El miércoles anterior, mientras yo trabajaba sin sospechar nada, Mateo había recibido un mensaje que mencionaba expresamente a nuestra familia.
Al día siguiente, alguien envió al periódico una esquela que anunciaba su muerte.
Una semana después seguíamos sin saber quién la había preparado.
Y yo llevaba días intentando comprender una investigación en la que mi hermano había estado involucrado antes de que yo conociera siquiera el nombre de Fundación Alerce.
* * *
Llegué a casa poco después de las seis.
El perro salió a recibirme con la pelota entre los dientes.
Me cambié de zapatos, recogí la correa y preparé un pequeño recipiente con agua para el paseo.
A las siete menos cinco Mateo me escribió.
Estoy abajo.
Bajé.
Estaba esperando al otro lado de la calle, junto a una tienda cerrada. Llevaba una chaqueta oscura y la pequeña bolsa cruzada que había visto el lunes doce.
El perro se abalanzó hacia él en cuanto lo reconoció.
Mateo tuvo que agacharse para evitar que la correa se enredara entre sus piernas.
—Hola, compañero.
Lo acarició detrás de las orejas y dejó que le olfateara las manos.
—Creo que está mejor contigo que conmigo —dije.
—Se le pasará en cuanto volvamos a casa.
Lo miré.
—¿Ya has decidido cuándo?
—Todavía no. La cerradura está arreglada, pero sigo haciendo comprobaciones. Prefiero que se quede contigo unos días más, si no te importa.
—No me importa.
Mateo sostuvo la correa mientras el perro investigaba el borde de la acera.
—Gracias.
—Deja de darme las gracias por eso.
Sonrió.
Cruzamos hacia la avenida y empezamos a caminar.
No hablamos de las amenazas inmediatamente. Mateo me preguntó por el trabajo, por Lucía y por las pequeñas molestias que estaba causando su perro en mi casa.
Le conté lo de la zapatilla que había encontrado en su boca el martes.
—No la rompió —aclaré.
—Porque llegaste a tiempo.
—¿Es una costumbre suya?
—Solo cuando está aburrido.
Miré al animal.
Avanzaba delante de nosotros, satisfecho de llevarnos por el recorrido que había elegido.
Durante unos minutos resultó fácil fingir que estábamos dando un paseo corriente.
Pero ninguno había salido de casa para eso.
* * *
Nos desviamos hacia un paseo arbolado que bordeaba una de las avenidas principales.
Había suficiente gente para caminar sin sentirnos aislados. Pasaban ciclistas, personas que regresaban del trabajo y algunos vecinos con perros.
Mateo se detuvo junto a una fuente.
Dejó que el animal bebiera y después se sentó en un banco.
Me acomodé a su lado.
—He estado intentando decidir por dónde empezar —dijo.
—Por el miércoles siete.
Asintió.
—Está bien.
Sacó el teléfono.
—El mensaje que te enseñé en casa de Inés no fue el primero que recibí.
—Eso ya me lo dijiste.
—Los contactos empezaron antes. A finales de septiembre.
Se quedó mirando la pantalla.
—Al principio pensé que alguien quería asustarme para que dejara de ayudar con unos documentos. No había un nombre claro ni una petición que pudiera atribuir a una persona concreta.
—¿Mensajes anónimos?
—Desde un número que yo no conocía. Había referencias a asuntos de Santa Oliva que no eran públicos.
—¿Qué referencias?
—A copias de cierres administrativos que se estaban revisando y a personas que habían tenido acceso a ellos.
Lo observé.
Hasta entonces me había hablado de presiones relacionadas con su trabajo. Ahora empezaba a describir qué buscaban.
—¿Querían que entregaras documentos?
—Sí. Pero no solamente eso.
Desbloqueó el teléfono y buscó una conversación que había conservado.
—Mira.
Me lo acercó.
Era un mensaje recibido el miércoles 7 de octubre.
No era el que ya conocía.
Leí:
Queremos las copias de los cierres de Santa Oliva que estás moviendo y saber quién conserva las demás. El lunes 12 termina el plazo.
Debajo aparecía la fecha de recepción.
Miércoles siete.
No necesitaba volver a mirar el calendario.
—¿Te pidieron también los nombres de las personas? —pregunté.
—Querían identificar a quienes tenían copias. En los mensajes anteriores hablaban de documentación, pero ese día añadieron claramente lo de las otras personas.
Le devolví el teléfono.
—¿Y qué pasaría si no lo hacías?
Mateo buscó el mensaje siguiente.
Era el que me había enseñado el martes trece.
Todavía estás a tiempo de evitar que esto alcance a tu familia.
Volví a leerlo.
En el despacho de Inés me había impresionado la referencia a nuestra familia.
Ahora, junto a una exigencia concreta y una fecha límite, adquiría otro significado.
—Tú sabías desde el miércoles que el lunes doce era el plazo —dije.
—Sí.
—Y no me dijiste nada.
Mateo apagó la pantalla.
—No.
El perro se sentó frente a nosotros.
No levanté la voz.
Aun así, sentí que estaba enfadándome.
—El jueves recibí una esquela que anunciaba tu muerte para ese mismo lunes.
—Lo sé.
—Y cuando te llamé me pediste que no se lo contara a nadie.
Mateo bajó la cabeza.
—Creí que todavía podía arreglarlo.
—¿Cómo?
—Conseguir que la documentación quedara protegida y que las personas implicadas pudieran decidir cómo actuar sin que alguien las obligara a entregarlo todo.
—Eso no responde a por qué no me avisaste.
Me miró.
Tardó en contestar.
—Porque tenía miedo de que te involucraras.
—Ya estaba involucrada, Mateo. Alguien había utilizado mi trabajo para hacerme llegar tu muerte.
—Lo entendí cuando me llamaste.
—Entonces debiste decírmelo.
Asintió.
—Sí.
No esperaba que lo reconociera tan rápido.
Pero tampoco consiguió tranquilizarme.
—Pasé cuatro días pensando que el lunes podían hacerte algo y tú sabías que alguien había elegido esa fecha para obligarte a entregar documentos.
—Lo sabía.
—¿Y pensaste que no tenía derecho a conocerlo?
Mateo miró hacia el paseo.
—Pensé que, si te decía lo que pedían, intentarías averiguar quién estaba detrás. Y temía que acabaras llamando a personas que no habían aceptado hablar contigo.
—Podías haberme dicho que existía un plazo. No necesitaba conocer todos los nombres.
Se quedó callado.
—Tienes razón —respondió finalmente—. No supe separar una cosa de la otra.
Durante unos segundos solo escuchamos el agua de la fuente.
Era la primera vez que Mateo reconocía con tanta claridad que sus silencios no habían servido únicamente para proteger a otras personas.
También habían sido una decisión que tomó por mí.
Y se había equivocado.
* * *
—Quiero que me expliques qué documentos tenías —dije.
Mateo asintió.
—Empecé a ayudar con esas gestiones después de que muriera mamá.
—Eso ya lo hablamos el sábado.
—Pero no te expliqué cómo cambiaron las cosas.
El perro se levantó para olfatear una papelera.
Mateo lo llamó antes de que pudiera acercarse demasiado.
—Al principio hacía cosas bastante sencillas —continuó—. Acompañaba a personas a reuniones, ayudaba a organizar citas y llevaba documentación de un lugar a otro cuando no podían hacerlo ellas mismas.
—¿Como trabajador social?
—No como parte de mi empleo. Era una colaboración personal. Precisamente por eso intenté no mezclarla con mis obligaciones profesionales.
Recordé las veces que había llegado a casa de mi madre y encontrado a Mateo ayudándola con llamadas o con paquetes de documentos.
Nunca le había dado importancia.
Lidia era abogada. Él trabajaba con personas que necesitaban ayuda. Siempre había supuesto que compartían esa forma de entender las cosas.
—¿Mamá te pidió que continuaras cuando enfermó? —pregunté.
Mateo tardó un momento.
—Me pidió que no dejara asuntos a medias por sentirme obligado a demostrar algo en su nombre. También me dijo que Inés podía orientarme si alguien volvía a necesitar ayuda.
Lo miré.
—Eso suena bastante a ella.
—Sí.
Sonrió con tristeza.
—El problema es que yo seguí tomando decisiones después. Algunas fueron mías, Clara. No puedo atribuirle todo a mamá.
Esperé.
—Con el tiempo empecé a recibir copias de documentos para trasladarlas a quienes podían revisarlas. No eran expedientes completos ni originales sacados de una oficina. Había versiones de trabajo, relaciones administrativas y papeles que distintas personas conservaban de su actividad.
—¿Y tú los leías?
—Algunos. Lo necesario para saber qué estaba entregando y qué debíamos registrar. No podía explicar su significado contable.
—¿Pero sabías que había diferencias?
—Sabía que quienes los estaban comparando encontraban cifras que no coincidían. Después vi algunas de esas diferencias.
Pensé en las tablas del martes.
En las veintiuna estancias que Darío e Inés querían comprobar.
No podía contarle a Mateo lo que había visto sin romper las condiciones de aquella consulta.
—¿Diferencias de qué tipo? —pregunté.
—Entre relaciones de actividad y resúmenes posteriores. A veces los mismos periodos aparecían con cifras distintas.
—¿Conoces el motivo?
—No. Algunas podían ser correcciones legítimas.
Me quedé mirándolo.
—¿Y las otras?
—Las que no se explicaban eran las que preocupaban.
Sacó una pequeña libreta del bolsillo interior de la chaqueta.