La mujer de los obituarios Capítulo 19. Las plazas vacías #2
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Capítulo 19. Las plazas vacías #2

—¿Había alguna autorización de reserva para esas tres plazas? —pregunté.

—No la hemos encontrado en los materiales revisados —respondió Inés—. Falta comprobar si existe en el expediente completo.

Darío se frotó los ojos.

—Yo tampoco la he localizado entre lo que conservaba.

Miré otra vez las cifras.

La palabra vacías me había parecido demasiado imprecisa por la mañana.

Ahora empezaba a tener una forma concreta.

Tres plazas.

Siete días.

Veintiuna estancias que aparecían en una relación de cobro sin corresponder, según el resumen de movimientos que teníamos delante, a personas alojadas en el centro.

* * *

—¿Cómo se elaboraba la relación que acababa en facturación? —pregunté.

Darío acercó la hoja mensual.

—Los centros enviaban sus resúmenes. Después se preparaba una relación para la liquidación del servicio. Había revisiones y ajustes antes de que se presentara.

—¿Tú hacías esos ajustes?

—Trabajé con algunas de las relaciones, pero no preparé todas. En ese momento mis funciones también incluían otras cuentas.

—¿Recuerdas esta semana?

Darío negó.

—No como una semana especial. La encontré al comparar los documentos hace unos meses.

Se quedó mirando la tabla.

—Lo que sí recuerdo es que muchas diferencias se explicaban diciendo que eran plazas reservadas, aunque la documentación que llegaba no siempre permitía comprobarlo.

—¿Y lo aceptabais?

—A veces se pedían aclaraciones. Otras se continuaba con el cierre.

Pensé en Elena.

El lunes había admitido que firmaba revisiones pese a conocer discrepancias pendientes.

No sabía si había intervenido en esa relación concreta. Su firma aparecía en otra hoja de 2017 que todavía necesitaba contrastarse.

—¿Elena revisó esto? —pregunté.

—No puedo asegurártelo —respondió Darío—. Su nombre aparece en documentación administrativa del periodo, pero no quiero atribuirle esta declaración concreta sin tener el expediente completo.

Inés asintió.

Agradecí aquella respuesta.

Durante buena parte de la semana había querido encontrar conexiones entre todo lo que aparecía ante mí. Una firma en un documento y una diferencia en otro podían pertenecer a la misma práctica, pero no necesariamente a la misma decisión.

Darío retiró la relación mensual.

—Hay algo que debes entender —dijo—. No descubrí esto porque supiera desde el principio que alguien estaba inventando estancias.

—¿Entonces?

—Porque me puse a comparar periodos. Al principio buscaba errores de cierre. Algunos resultaron tener explicaciones razonables: personas trasladadas, cambios anotados tarde, reservas que sí estaban autorizadas.

—¿Y en este caso?

—No he encontrado una explicación que permita declarar ocupadas esas tres plazas durante los siete días.

—Eso tampoco significa que no exista —dije.

—No. Pero significa que no podemos seguir tratando la diferencia como si ya estuviera aclarada.

Me quedé mirando la hoja.

Era la primera vez que Darío expresaba con claridad qué le preocupaba de los documentos.

No había hablado de una conspiración.

Había hablado de una cuenta que nadie conseguía reconciliar.

* * *

Inés me mostró la referencia del pliego que yo había consultado por la mañana.

Había localizado el mismo apartado.

—La financiación no se establecía simplemente por tener una capacidad de veinticuatro plazas —explicó—. Las relaciones mensuales debían corresponder a las estancias que cumplían las condiciones previstas. Había excepciones, pero tenían requisitos.

—Y aquí no sabemos si los cumplían.

—Exactamente.

Darío recogió las hojas de movimientos y las alineó.

—Durante años nos explicaron que las diferencias se corregían en el siguiente cierre.

Recordé las palabras de Elena.

La misma práctica.

No podía demostrar todavía que aquellos documentos hubieran pasado por sus manos, pero había una semejanza inquietante entre lo que ambos describían.

—¿Has revisado otros meses? —pregunté.

—Sí.

—¿Encontraste más diferencias?

Darío miró a Inés.

—Algunas —respondió—. No todas iguales. Y varias todavía necesitan explicación.

No le pedí cifras.

Un caso concreto ya exigía suficiente trabajo.

—¿Qué vais a hacer con este? —pregunté.

Inés cerró su bloc.

—Solicitar una comprobación de los registros originales de ocupación, de las reservas autorizadas y de la relación de estancias presentada para pago. También habrá que verificar el tratamiento económico de esa factura.

—¿Ante la administración que financiaba las plazas?

—Por el cauce que corresponda, sí. Primero debemos ordenar las fuentes y confirmar qué documentación podemos aportar legítimamente. Después podrá examinarse si procede una actuación administrativa o judicial.

Darío se inclinó hacia delante.

—Quiero dejar constancia de lo que he encontrado. Pero no voy a firmar una acusación que afirme más de lo que puedo demostrar.

Lo miré.

—¿Te preocupa equivocarte?

—También.

Guardó las gafas.

—Me preocupa haber tardado demasiado en hacer estas preguntas.

No respondió con dramatismo.

Parecía agotado.

Durante años había trabajado con aquellas cifras. Ahora necesitaba regresar a ellas y comprobar si había aceptado explicaciones que nunca debió considerar suficientes.

Inés le pidió que revisara de nuevo las referencias de origen antes de dar por terminada la reunión.

Darío abrió su carpeta.

Yo me levanté para servirme agua.

No quería perder de vista lo que acabábamos de encontrar.

Tres plazas vacías durante una semana podían parecer poca cosa en un conjunto de cuentas de varios años.

Pero, si aquella diferencia había llegado efectivamente a una solicitud de pago y no existía ninguna reserva legítima que la explicara, ya no estaríamos hablando únicamente de un documento mal revisado.

Estaríamos ante una reclamación económica por estancias que no se habían prestado.

* * *

Terminamos cerca de las ocho.

Darío guardó sus documentos y confirmó a Inés que revisaría las referencias de otros periodos antes de la siguiente reunión.

No me llevé ninguna copia.

Había tomado notas sobre las fechas, los tipos de documentos y las diferencias observadas. También anoté qué información seguía sin comprobarse.

Antes de salir, Darío me preguntó:

—¿Esto es lo que buscabas cuando empezaste a revisar las fotografías?

Negué.

—Empecé buscando a una mujer.

—Y terminaste aquí.

—Todavía no sé cómo se relaciona todo.

Darío asintió.

—Yo tampoco.

Nos despedimos en la puerta del despacho.

Inés se quedó unos minutos conmigo.

—¿Qué piensas? —preguntó.

—Que hay una diferencia que no se explica con lo que hemos visto.

—Eso es.

—Y que las condiciones públicas permiten hacer una pregunta precisa sobre esa diferencia.

—También.

Me guardé el cuaderno.

—Por primera vez entiendo qué podía significar una de las irregularidades de Alerce.

Inés me observó.

—¿Una de ellas?

—Sí. No todas.

Sonrió ligeramente.

—Bien.

Antes de marcharme le pregunté por Mateo.

—¿Has hablado con él hoy?

—Sí. Hemos revisado cuestiones relacionadas con la información que falta aportar sobre su ordenador. Sigue colaborando.

—¿Está bien?

—Eso es algo que deberías preguntarle a él.

No lo dijo para apartarme.

Era una manera razonable de recordarme que Mateo podía responder por sí mismo.

Le di las gracias y me marché.

* * *

En el autobús pensé en los siete días de marzo: veintiuna plazas ocupadas frente a veinticuatro estancias declaradas cada jornada. Si había reservas autorizadas, tendrían que aparecer en el expediente que se solicitara.

Aurora había preguntado años antes por la correspondencia entre cuadrantes y turnos reales. No sabía si alguien utilizó entonces un mecanismo parecido; su reclamación era otra. Pero ya había visto cómo un dato podía pasar de una hoja a otra y adquirir la apariencia de una cifra comprobada.

Cuando llegué a casa, el perro estaba sentado junto a la puerta.

Lo saqué a dar un paseo corto.

Después cené y abrí el cuaderno.

Anoté el periodo examinado y las referencias que Darío había mostrado.

No escribí nombres de residentes.

Tampoco anoté una cantidad de dinero que no había podido verificar.

Separé las preguntas pendientes: autenticidad de los registros, posibles correcciones, reservas autorizadas y comprobación del pago.

Al terminar, miré las páginas anteriores.

En una estaba Aurora.

En otra, Nicolás.

Más adelante aparecían Paula, Darío, Elena y nuestra madre.

Todavía no podía unirlos mediante una explicación completa.

Pero ya había dejado de tratar la palabra irregularidades como si fuera suficiente para describir lo que había sucedido.

Había una diferencia concreta entre personas alojadas y estancias declaradas.

Alguien tenía que explicar esa diferencia con los registros originales.

Y, si no existía una explicación legítima, alguien tendría que responder por las cantidades reclamadas.

El teléfono vibró.

Mateo había escrito:

¿Has llegado a casa?

Sí. ¿Tú estás bien?

Sí. He hablado con Inés. ¿Podemos vernos mañana?

Me quedé mirando la pantalla.

Desde el sábado habíamos hablado de nuestra madre y de Elena. Quedaba pendiente una conversación que mi hermano había evitado durante demasiado tiempo.

Claro. Cuando salga del trabajo.

Te confirmaré dónde. Quiero explicarte algo que no te he contado bien.

No pregunté qué era.

Le respondí que nos veríamos al día siguiente.

Después dejé el teléfono sobre la mesa.

El perro se acomodó junto a mis pies.

Volví a mirar las notas de aquella tarde.

Por primera vez había conseguido comprender cómo una plaza vacía podía terminar convertida en una estancia facturada.

Todavía no sabía quién había decidido hacerlo ni durante cuánto tiempo.

Y tampoco sabía qué había tenido que ver mi hermano con los documentos que estaban empezando a demostrarlo.

Cerré el cuaderno.

Al día siguiente hablaría con Mateo.