Capítulo 19. Las plazas vacías
El martes encontré una expresión que no había visto antes en los documentos de Fundación Alerce.
Estancias efectivamente prestadas.
Había llegado hasta él siguiendo una referencia de la memoria de actividades que consulté el lunes en la biblioteca.
El documento era largo. Describía obligaciones del centro, condiciones de atención, plazas financiadas y procedimientos de facturación. No estaba pensado para alguien que quisiera comprenderlo en diez minutos.
Imprimí las páginas que me interesaban y las dejé junto al teclado.
Una plaza podía estar contratada sin estar ocupada. Un residente podía ausentarse temporalmente sin perderla. Y determinadas reservas podían tener un tratamiento económico previsto en las condiciones del servicio.
Pero el pliego distinguía expresamente aquellas situaciones de las estancias efectivamente prestadas.
Me quedé leyendo esa parte.
Hasta entonces había pensado en las discrepancias de Alerce como un problema entre hojas que no coincidían. Aurora había hablado de cuadrantes. Elena había firmado revisiones pendientes de aclaración. Darío conservaba documentación contable que consideraba necesario examinar.
Ahora empezaba a comprender por qué una diferencia administrativa podía tener consecuencias económicas.
Si una plaza vacía terminaba declarada como ocupada, podía generar una reclamación de pago por un servicio que no se había prestado.
Eso no significaba que cualquier plaza vacía fuera irregular.
Necesitaba saber qué se había declarado realmente y qué condiciones se aplicaban a cada periodo.
Guardé el documento.
Tenía que ir al periódico.
* * *
Lucía me encontró revisando el pliego durante la pausa del café.
—¿Qué es eso?
—Unas condiciones de financiación de Santa Oliva.
Se inclinó para leer el título.
—¿De qué año?
—Dos mil dieciséis. Incluye las condiciones aplicables al periodo siguiente.
—¿Y qué buscas?
Señalé el apartado que acababa de subrayar.
—Quiero entender cuándo se podía cobrar por una plaza que no estuviera ocupada.
Lucía cogió la hoja.
Leyó el párrafo completo y pasó a la página siguiente.
—Aquí hay una excepción —dijo.
—La de las ausencias autorizadas.
—Exacto. No basta con encontrar una cama vacía para decir que alguien cobró indebidamente.
—Eso es lo que intento aclarar.
Me devolvió las páginas.
—¿Tienes datos de ocupación?
—Todavía no he visto documentación que pueda contrastar por mi cuenta.
Era una respuesta deliberadamente precisa.
No le dije que Darío Soler había acudido a Inés con un índice de documentos. Tampoco que Elena me había mostrado una copia de una revisión interna.
Lucía conocía mi interés por Alerce, pero había partes de aquella investigación que dependían de conversaciones privadas.
—Pues empieza por comprobar las condiciones de cada tipo de plaza —dijo—. En estos documentos las palabras se parecen mucho y no siempre significan lo mismo.
—¿Me ayudas a revisar el resto del pliego?
—Claro.
Nos sentamos juntas.
Durante veinte minutos marcamos las diferencias entre plazas disponibles, ocupadas y temporalmente reservadas. Encontramos también la exigencia de justificar determinadas ausencias y de identificar las estancias incluidas en la relación mensual presentada para su liquidación.
Lucía señaló otra cláusula.
—Mira esto. El centro tenía que conservar la documentación justificativa.
Leí el apartado.
No decía cuánto tiempo seguían existiendo aquellas hojas ni dónde estaban archivadas en 2026. Pero establecía que la entidad financiadora podía solicitar comprobaciones sobre las estancias declaradas.
Anoté la referencia.
—Esto puede servir —dije.
—Si tienes un periodo concreto que revisar, sí.
Doblé las páginas y las guardé.
Por primera vez no estaba buscando un vínculo entre personas.
Estaba buscando la explicación de unas cifras.
* * *
A primera hora de la tarde recibí una llamada de Inés.
—He estado revisando la documentación que Darío enumeró el domingo —me dijo—. Hay un periodo que merece una comprobación más detenida.
Me levanté para alejarme del ruido de la redacción.
—Precisamente he encontrado las condiciones públicas de financiación de Santa Oliva.
—Eso puede resultar útil. ¿De qué periodo?
—El acuerdo de 2016 y las condiciones aplicables en 2017.
Inés guardó silencio un momento.
—El material que estamos examinando incluye documentación de 2017.
—¿Quieres que te envíe la referencia?
—Sí. La referencia pública, no documentos internos del periódico.
—Por supuesto.
Le di el título y el enlace.
No necesitaba trasladarle nada más.
—Darío ha autorizado que veas una comparación limitada de determinados documentos —continuó—. Los hemos preparado sin nombres de residentes. Él estará presente para explicar de dónde salen los datos.
—¿Cuándo?
—Esta tarde, a las seis y media, si puedes.
—Puedo.
—No vamos a entregarte copias ni a pedirte que saques conclusiones para publicar. Queremos comprobar si la interpretación que estamos haciendo resiste algunas preguntas.
—De acuerdo.
Después de colgar, releí el apartado del pliego que había marcado con Lucía.
Estancias efectivamente prestadas.
Me pregunté cuántas personas habían utilizado aquella expresión durante años sin detenerse a comprobar qué significaba en cada liquidación.
* * *
Salí del periódico poco después de las cuatro.
Fui primero a casa.
El perro me recibió con una zapatilla en la boca. No era suya. La había sacado del recibidor y la sostenía con una expresión satisfecha.
—Eso no es un juguete.
Se alejó dos pasos.
Tuve que cambiarle la zapatilla por una pelota para conseguir que la soltara.
Lo llevé a pasear, le preparé la comida y comprobé que tuviera agua antes de volver a salir.
Mateo me había escrito durante la tarde.
Voy avanzando con las cosas de casa. ¿Cómo va tu día?
Le respondí que había tenido bastante trabajo.
No mencioné la reunión de Inés.
No era una manera de ocultarle deliberadamente lo que estaba averiguando. Ni siquiera sabía todavía si la documentación de Darío sostenía la sospecha que había empezado a formarme.
Pero mi hermano llevaba días intentando explicar qué podía contarme sin hablar por otras personas.
Yo estaba aprendiendo a hacer lo mismo.
* * *
Darío ya estaba en el despacho cuando llegué.
Había cambiado el jersey gris del domingo por una camisa azul. Delante de él tenía una carpeta con separadores y varias hojas extendidas sobre la mesa.
Inés había colocado dos sillas juntas para que pudiéramos consultar los documentos.
—Gracias por venir —dijo Darío.
—Gracias por dejarme verlos.
Se sentó frente a mí.
Inés abrió su bloc.
—Vamos a comenzar por un periodo concreto —explicó—. Una semana de marzo de 2017. No pretendemos reconstruir todavía todo aquel ejercicio.
Darío deslizó hacia mí la primera hoja.
Era una tabla con siete fechas consecutivas.
Del seis al doce de marzo.
Junto a cada día aparecían varias columnas. La principal estaba encabezada como Ocupación diaria .
Las siete filas tenían el mismo número.
Veintiuno.
—¿Qué representa? —pregunté.
—Las plazas que figuraban ocupadas en el resumen diario de movimientos de Santa Oliva —respondió Darío—. He suprimido los identificadores personales en esta copia de consulta.
—¿Cuántas plazas financiadas había?
—Veinticuatro en ese apartado del acuerdo.
Miré otra vez la tabla.
—Entonces había tres sin ocupar.
—Eso dice este resumen.
—¿Y cómo sabes que no estaban reservadas para personas ausentes temporalmente?
Darío pareció agradecer la pregunta.
Sacó otra hoja.
Contenía referencias de movimientos de entrada y salida, también sin nombres.
Tres plazas habían quedado libres por bajas definitivas registradas antes del día seis. No aparecían nuevas altas en ellas durante la semana que estábamos examinando.
—Estas anotaciones son las que me llevaron a revisar el periodo —explicó—. No se trata, al menos según estos registros, de residentes hospitalizados que conservaran temporalmente una plaza.
Me acerqué un poco.
Las fechas correspondían.
Pero no conocía la procedencia completa de aquellas hojas.
—¿Son originales? —pregunté.
—Son copias de trabajo de documentos que recibí cuando estaba en la fundación. Conservan referencias que permitirían pedir los registros originales. No puedo garantizar que no hubiera correcciones posteriores que yo desconozca.
Inés señaló el margen.
—Esa es una de las comprobaciones pendientes.
Asentí.
Darío retiró la segunda hoja y colocó una tercera.
Era una relación de estancias declaradas para la liquidación del mismo periodo.
En las siete fechas figuraba otro número.
Veinticuatro.
Levanté la vista.
—¿Veinticuatro todos los días?
—Sí.
—Pero en el resumen diario aparecen veintiuno.
Darío no respondió inmediatamente.
—Esa es la diferencia que queremos aclarar.
Volví a leer las fechas.
Eran las mismas.
El centro también.
La categoría de plazas coincidía con la que había identificado en el pliego.
Conté las filas una vez más.
Tres plazas de diferencia durante siete días.
Veintiuna estancias.
—¿Esto fue lo que se facturó? —pregunté.
Darío sacó una última hoja.
—La relación mensual presentada para solicitar el pago incluye esos valores. Aquí está la referencia de la factura y el total de estancias declarado para ese periodo.
Miré la cabecera.
No había una lista de residentes.
Solo referencias de facturación, cantidades y el periodo correspondiente.
La coincidencia entre la relación diaria declarada y el resumen mensual parecía clara.
—¿Y la administración pagó esa factura?
—Tengo una referencia contable de cobro —respondió Darío—. Pero necesitamos comprobarla con la entidad pagadora y obtener la documentación que acredite a qué conceptos se imputó exactamente.
Inés intervino.
—No podemos convertir una anotación interna de cobro en una confirmación externa de que cada estancia de esa semana fue abonada.
Dejé el bolígrafo.
Aquello impedía cerrar la explicación en ese momento.
Pero no borraba la diferencia.
En un documento había veintiuna plazas ocupadas cada día.
En otro, veinticuatro estancias declaradas.
Y las condiciones públicas exigían distinguir las estancias efectivas de las reservas autorizadas.