La mujer de los obituarios Capítulo 18. La mujer que firmaba #2
54%

Capítulo 18. La mujer que firmaba #2

—¿Sabía que había diferencias en los registros?

—Sabía que había preguntas sobre cómo se reflejaban algunas situaciones. No puedo precisar ahora qué conocía él de los resúmenes administrativos.

Miré la segunda hoja.

No tenía una firma distinta de la de Elena.

—¿Guardaste estas copias desde entonces?

—Conservé parte de la documentación de mi trabajo. Esa es una de las cuestiones que tuve que consultar después con Lidia: qué podía guardar, cómo debía identificar el origen de cada documento y a quién podía entregarlo.

—¿Se lo mostraste?

—Sí.

La respuesta confirmó algo que Inés solo había explicado de forma general el sábado.

Mi madre había llegado a conocer, al menos, documentación relacionada con decisiones que Elena reconocía haber tomado.

—¿Qué te dijo? —pregunté.

Elena se quedó callada.

Después cerró el sobre.

—Que una firma no desaparece porque una persona se arrepienta de haberla puesto.

Reconocí la forma de decirlo.

No podía estar segura de que aquellas fueran las palabras exactas de Lidia, pero podía imaginarla pronunciándolas.

—¿Y qué hiciste?

—Empecé a reunir las versiones que todavía podía identificar. Quería saber qué había firmado realmente y qué documentos habían cambiado después.

—¿Conseguiste aclararlo?

—No todo.

Se levantó para cambiar de posición la bolsa.

—Pero dejé de decirme que mi responsabilidad se limitaba a obedecer instrucciones.

No respondió con solemnidad.

Parecía haber llegado a aquella frase después de muchos años de resistirse a ella.

* * *

Un grupo de estudiantes cruzó la plaza hablando en voz alta.

Esperamos a que se alejaran.

—¿Por qué me lo cuentas ahora? —pregunté.

Elena miró el sobre.

—Porque Darío decidió que Inés revisara la documentación que conserva.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

—Es posible que entre los materiales que se examinen aparezcan referencias a documentos en los que intervine. Prefiero explicar qué hice antes de que alguien me pregunte por una firma y yo vuelva a refugiarme en una respuesta incompleta.

—¿Le contaste a Darío que ibas a verme?

—Le dije que hablaría contigo de mis propios actos. No le pedí permiso para hacerlo.

Aquello me pareció importante.

Por primera vez Elena no estaba tomando una decisión en nombre de otra persona.

Respondía por lo suyo.

—¿Y la hoja que me has mostrado?

—Voy a entregarle a Inés una copia identificada y a explicarle de dónde procede. Después veremos cómo contrastarla con otras versiones.

—¿Puedo llevarme una copia?

—Todavía no.

Asentí.

No me gustó la negativa, pero no tenía motivos para discutirla.

Elena había elegido enseñarme su firma.

No había prometido entregarme documentación interna de una fundación para que yo hiciera con ella lo que quisiera.

—¿Estarías dispuesta a declarar lo mismo ante quien corresponda? —pregunté.

—Sí.

—¿Incluso si demuestra que actuaste mal?

Me miró.

—Precisamente por eso tengo que hacerlo.

Esta vez no bajó los ojos.

* * *

Nos despedimos poco después.

Elena guardó las hojas dentro de la bolsa y se puso de pie.

Antes de marcharse volvió a mirar hacia la biblioteca.

—¿Tu madre te hablaba de su trabajo? —preguntó.

—A veces.

—¿De sus clientes?

—No. De cómo pensaba que debían hacerse las cosas.

Elena sonrió sin alegría.

—Eso sí lo recuerdo.

Nos quedamos un momento frente al banco.

—¿Crees que hizo bien en ayudarte? —pregunté.

Elena tardó en contestar.

—Me ayudó a distinguir entre lo que podía explicar y lo que tenía que demostrar. No siempre me gustó escucharla.

—A mí tampoco.

Por primera vez sonrió de verdad.

Después se marchó.

La vi cruzar la plaza con la bolsa de tela sobre el hombro.

No había cambiado de aspecto desde el viernes.

Seguía siendo la mujer de las fotografías.

Pero ya no podía pensar en ella solo como alguien que había acompañado a personas amenazadas.

Había firmado documentos.

Había conocido discrepancias.

Y había permitido que algunas quedaran sin resolver.

* * *

En el autobús repasé la conversación.

Elena no había reconocido haber inventado residentes ni elaborado una factura falsa.

Tampoco había identificado a una persona como autora de un delito.

Lo que había admitido era más delimitado y, precisamente por eso, me parecía difícil de apartar.

Había firmado revisiones administrativas sabiendo que ciertos datos seguían pendientes de comprobación.

Y, años antes, había dicho a Aurora que un resumen estaba revisado cuando no había comprobado lo que la enfermera quería saber.

No era una simple testigo.

Había participado en el procedimiento que ahora consideraba necesario examinar.

Al llegar a casa, el perro me esperaba en el pasillo.

Lo saqué a pasear y después preparé la cena.

No llamé a Mateo.

Tampoco escribí a Lucía.

Abrí el cuaderno y anoté la referencia del documento público que había consultado en la biblioteca.

Después registré la conversación con Elena, separando lo que había visto de lo que ella había declarado.

Memoria de actividades 2016: nombre de Elena Aranda en administración. Original público consultado y cotejado.

En otra línea escribí:

Elena mostró copia de revisión interna fechada en 2017, con firma que reconoce como propia. No conservé copia ni comprobé su procedencia de forma independiente.

Añadí:

Reconoce haber firmado revisiones con observaciones pendientes y haber dado por comprobado ante Aurora un extremo que no verificó.

Me detuve.

Aquellas anotaciones podían servir para formular preguntas más precisas.

No demostraban todavía que la fundación hubiera cobrado por plazas desocupadas o que las diferencias señaladas por Aurora fueran la manifestación de un fraude económico.

Para eso harían falta registros comparables, fechas y explicaciones sobre cómo se elaboraban las cifras.

Pensé en el índice de Darío, ahora en manos de Inés.

Quizá contuviera referencias útiles.

No podía saberlo.

Cerré el cuaderno.

Durante los últimos días había aprendido que una despedida no siempre acompañaba una muerte y que un nombre escrito bajo una fotografía no siempre identificaba a la persona retratada.

Aquella tarde había comprendido otra cosa.

Una firma tampoco demostraba que alguien hubiera comprobado lo que decía haber revisado.

Pero sí permitía preguntar quién había asumido esa responsabilidad.

Y Elena Aranda acababa de reconocer la suya.