La mujer de los obituarios Capítulo 18. La mujer que firmaba
53%

Capítulo 18. La mujer que firmaba

El lunes encontré en el catálogo de la biblioteca municipal la memoria de Fundación Alerce que Elena me había entregado el viernes.

Llamé para asegurarme de que seguía disponible.

La bibliotecaria me pidió el título, comprobó la signatura y me dijo que podía pasar a recogerlo durante el horario de consulta.

Antes de colgar, me preguntó si necesitaba alguna página en particular.

—La relación de responsables de administración —respondí.

—Entonces te traerán el volumen completo. Puedes revisar el índice allí.

Le di las gracias.

Había tardado menos de diez minutos en localizar el documento, pero su presencia en un catálogo público no era todavía una comprobación de todas las afirmaciones de Elena.

Al menos podía contrastar la copia que me había dejado con una publicación conservada de manera independiente.

Guardé las hojas en el bolso y salí a trabajar.

* * *

En El Faro , la mañana comenzó con una discusión sobre el espacio disponible para los anuncios del martes.

Dos familias habían solicitado ampliaciones de última hora y una funeraria quería conservar un formato que ya no encajaba en la página asignada.

Me ocupé de resolverlo con maquetación.

No era un trabajo emocionante, pero había aprendido que un cambio aparentemente pequeño podía resultar importante para quien había pagado un anuncio y esperaba encontrarlo publicado exactamente como lo había aprobado.

A las once, Lucía pasó por mi mesa.

—¿Sigues con lo de Alerce?

—Voy a consultar una memoria antigua esta tarde.

—¿La del documento que encontraste?

—Sí. Quiero comprobar una referencia.

Lucía miró la pila de pruebas de impresión que tenía delante.

—¿Necesitas ayuda?

—No de momento. Solo confirmar que la copia coincide con el ejemplar publicado.

—Avísame si encuentras algo que podamos verificar juntas.

Asentí.

No le hablé de mi conversación con Darío.

Él había querido comprobar cómo se había publicado su despedida, pero no había autorizado que su situación personal pasara a formar parte de una investigación compartida en el periódico.

Tampoco le había contado a Lucía que Paula seguía viva.

Empezaba a ser difícil separar los hechos que conocía de aquellos que podía utilizar.

No me gustaba trabajar así.

Aun así, entendía por qué era necesario.

Poco después del mediodía recibí un mensaje de Inés.

Elena quiere precisar algo de vuestra conversación del viernes. Me ha pedido que te consulte si puedes hablar con ella esta tarde. No hace falta que vengas a mi despacho.

Contesté que podía después de las cinco.

Inés me respondió unos minutos más tarde con una propuesta: Elena estaría cerca de la biblioteca municipal y podía esperar a que terminara mi consulta.

Acepté.

Esta vez no necesitaba que Inés estuviera presente.

Elena había tomado la iniciativa y sabía que yo acudía a comprobar el documento público que ella misma me había entregado.

* * *

En la biblioteca me dieron un volumen de tapas verdes, algo descoloridas.

La portada llevaba el nombre de Fundación Alerce y el año 2016.

Me senté junto a una ventana y abrí el índice.

Encontré la sección de organización interna y busqué el área de administración.

Allí figuraba Elena Aranda.

El texto coincidía con las páginas de su copia, incluida la relación de centros a los que prestaba servicios el área administrativa.

Revisé también la página anterior y la siguiente.

No había encontrado ningún cargo oculto ni una nueva función desconocida. El documento decía lo que Elena había afirmado que decía.

Anoté la signatura y la página.

Saqué su copia del bolso y comprobé el mismo párrafo.

No había diferencias.

Aquel contraste tenía un valor limitado, pero claro: Elena había sido identificada públicamente como integrante del área administrativa de Fundación Alerce en 2016.

No demostraba qué decisiones había tomado.

Tampoco podía acreditar la situación interna del centro a partir de una memoria elaborada por la propia fundación.

Devolví el volumen al mostrador.

La bibliotecaria me preguntó si había encontrado lo que necesitaba.

—Sí. Gracias.

Salí poco después de las cinco.

Elena me esperaba en una plaza pequeña situada detrás del edificio.

Estaba sentada en un banco, con una bolsa de tela sobre las rodillas.

Se levantó al verme.

—¿Lo has encontrado?

—Sí.

—¿Y?

—Tu nombre aparece donde dijiste. Las páginas coinciden con la copia.

Asintió.

—Bien.

No sonrió.

—Inés me dijo que querías hablar conmigo —añadí.

—Sí. Hay algo que debí contarte el viernes.

Nos sentamos.

* * *

Elena sacó un sobre de la bolsa de tela.

No me lo entregó inmediatamente.

—Cuando hablamos de Aurora me preguntaste si yo estaba de acuerdo con ella —dijo.

—Lo recuerdo.

—Te contesté que no siempre.

Esperé.

—Fue una respuesta cierta, pero incompleta.

Miró hacia el edificio de la biblioteca.

—Aurora llevaba tiempo diciendo que había turnos en los que la cobertura real no coincidía con lo que después figuraba en algunos resúmenes administrativos. Yo pensaba que exageraba.

—¿Por qué?

—Porque no trabajaba en las plantas. Recibía hojas, listados y correcciones. Si un responsable me decía que una sustitución se había cubierto, yo veía esa anotación en el cierre. No veía a la persona que había trabajado.

—¿Y llegaste a comprobarlo?

—Al principio, algunas veces.

Abrió el sobre.

Sacó dos hojas protegidas por una funda transparente.

—Esto es una copia de un resumen de revisión interna. Es de 2017. No tiene los nombres de residentes ni datos sanitarios.

Lo sostuvo de manera que pudiera verlo.

Había una tabla con referencias de periodos, incidencias y observaciones administrativas. Algunas filas estaban marcadas con bolígrafo.

Al pie figuraba un apartado de revisión.

Debajo se veía una firma.

—Es la mía —dijo Elena.

Me incliné un poco.

El nombre mecanografiado coincidía con el que había comprobado en la biblioteca.

—¿Qué estabas firmando?

—Que el resumen había pasado por revisión administrativa.

—¿Y la había pasado?

—Por mis manos, sí.

Su respuesta me incomodó.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Elena asintió.

—Lo sé.

Guardó silencio un momento.

—Había diferencias que debían aclararse antes de dar por cerrado el documento. Algunas se referían a cambios de personal que no estaban suficientemente justificados. Otras afectaban a la correspondencia entre distintos resúmenes que recibíamos.

Señaló una marca hecha al margen.

—Aquí se anotó que faltaba una explicación.

—¿Quién la puso?

—Yo.

La observé.

—¿Y se explicó?

—No antes de que firmara.

Volví a mirar la hoja.

—Entonces, ¿por qué firmaste?

Elena retiró el documento.

—Porque me dijeron que las diferencias se corregirían en el cierre siguiente y que no podía retener toda la documentación por unas observaciones pendientes.

—¿Quién te lo dijo?

—Un responsable de gestión. No quiero atribuirle hoy una decisión concreta sin tener delante toda la correspondencia.

Me molestó aquella cautela, pero no parecía una excusa inventada para salir del paso.

—¿Tú estabas conforme?

—No del todo.

—Pero firmaste.

—Sí.

Se quedó mirando la hoja.

—Y después permití que se archivara como revisada.

* * *

Durante un momento no supe qué preguntar.

Había llegado hasta Elena siguiendo fotografías de ceremonias. La había escuchado hablar de personas que conoció en su trabajo y de nombres que permitió utilizar.

Ahora tenía delante a alguien que reconocía haber dado por revisada una documentación pese a saber que contenía cuestiones sin resolver.

No era lo mismo.

—¿Aquello era habitual? —pregunté.

Elena tardó en responder.

—Se había normalizado.

—¿Qué significa eso?

—Que al principio pedíamos explicaciones por escrito. Si faltaba una corrección, devolvíamos la hoja. Con el tiempo empezó a considerarse aceptable dejar una incidencia abierta y cerrarla administrativamente más adelante.

—¿Y se cerraba?

—Algunas sí.

—¿Y otras?

—Otras seguían apareciendo en los meses siguientes.

—¿Lo sabías?

—Sí.

No apartó la mirada.

—Eso es lo que quería decirte.

Le costó continuar.

—El viernes te hablé como si yo solo hubiera observado cosas que otros hacían. No fue así.

Elena dejó el sobre en el regazo.

—Yo también permití que algunos documentos siguieran adelante.

—¿Sabiendo que eran falsos?

—Sabiendo que había información que no estaba suficientemente comprobada.

—No es lo mismo.

—No.

Me miró.

—Y no quiero que los confundas.

Pensé en Aurora.

En las diferencias que había mencionado a Marisa Olmedo y en la insistencia con la que, según ambas mujeres, planteaba sus reclamaciones.

—¿Aurora sabía que firmabas aquellos documentos?

—Conocía parte del procedimiento. No sé cuánto sabía de mis decisiones.

—¿Discutiste con ella por eso?

Elena bajó la vista.

—Sí.

Esperé.

—En una ocasión me pidió que comprobara un resumen relacionado con la organización de turnos. Le dije que ya estaba revisado.

—¿Y lo estaba?

—Había pasado por administración. Yo no había comprobado lo que ella me estaba preguntando.

—¿Se lo dijiste?

—No.

Sus palabras quedaron entre las dos.

—¿Por qué?

—Porque reconocerlo significaba admitir que llevábamos tiempo haciendo las cosas de una manera que yo misma había aceptado.

No intentó justificarse.

—Después murió —dije.

Elena me miró.

—Sí.

—¿Relacionas su muerte con aquello?

—No tengo pruebas para hacerlo.

Esperé, pero no añadió nada más.

—¿Te sentiste culpable? —pregunté.

Elena dobló ligeramente el borde del sobre.

—Por haberle mentido, sí.

Su respuesta fue tan sencilla que no supe qué hacer con ella.

Había imaginado que la mujer de las fotografías escondía una explicación extraordinaria.

Lo que estaba escuchando era mucho más corriente.

Alguien había visto un problema, había decidido no enfrentarse a él y después había tenido que vivir con aquella decisión.

Eso no la convertía en responsable de una muerte.

Tampoco la dejaba libre de responsabilidad por lo que había firmado.

* * *

—¿Y Nicolás? —pregunté.

Elena dejó pasar un momento.

—Lo conocía del trabajo. Ya te lo dije.

—Lo sé. Pero quiero entender si hablasteis de esos documentos.

—Hablamos de incidencias relacionadas con la actividad del centro. No voy a decirte que me entregó pruebas de un delito porque no puedo sostenerlo.