Capítulo 17. El cuarto funeral #2
—Tuvo relación con varias cosas —respondió finalmente—. Entre ellas, con preguntas para las que no estaba obteniendo respuestas satisfactorias.
—¿Qué preguntas?
Darío abrió la carpeta por una segunda sección.
Sacó una hoja.
No era una tabla de cifras.
Parecía un índice.
Había varias referencias numeradas, fechas y descripciones breves de documentos.
—Esto es parte del trabajo que he estado haciendo —dijo—. Ordenar lo que conservo, identificar de dónde procede cada cosa y separar lo que sé de lo que supuse cuando trabajaba allí.
Inés se inclinó hacia la hoja.
Yo no intenté acercármela.
—¿Son documentos de Alerce? —pregunté.
—Algunos proceden de mi trabajo. Otros son materiales que se difundieron públicamente. Antes de utilizar nada, necesitamos comprobar qué puedo aportar y en qué condiciones.
—¿Qué crees que muestran?
Darío no contestó inmediatamente.
—Que hay información que merece ser contrastada por personas que tengan acceso legítimo a los originales.
—Eso es bastante general.
—Lo es.
Me miró.
—Clara, llevo tiempo aprendiendo que una sospecha no mejora por repetirla con seguridad. He pasado meses intentando reconstruir qué significaban ciertos documentos. Algunas cosas las entiendo mejor que entonces. Otras todavía no.
—¿Y quieres denunciar?
—Quiero que se examine lo que puedo respaldar. Para eso estoy trabajando con Inés.
No era la respuesta de alguien dispuesto a contarme una historia completa para que yo la publicara.
Tampoco estaba huyendo de las preguntas.
Había acudido con materiales que pensaba poner a disposición de una abogada.
Eso era una decisión concreta.
—¿Y por qué querías hablar conmigo? —pregunté.
Darío cerró la carpeta.
—Porque Elena me contó que habías empezado a relacionar las fotografías de nuestras despedidas con dos personas que sí murieron.
—Aurora Serra y Nicolás Cervera.
Asintió.
—Los conocí por sus nombres y por información que circulaba en el entorno de la fundación. No voy a fingir que tenía una relación cercana con ellos.
—¿Sabías que habían muerto?
—Sí.
—¿Y que Elena estuvo en ambos funerales?
—Lo supe después.
Miré a Inés.
Seguía escuchando.
—Me preocupó que alguien empezara a construir una historia en la que todas esas ceremonias fueran la misma cosa —continuó Darío—. No lo fueron. Yo estuve en mi despedida. No había ningún fallecido.
—No pretendía publicar lo contrario.
—Me alegro.
Se inclinó hacia delante.
—Pero también quiero saber si el periódico conserva fielmente lo que enviamos.
—Sí. Revisé la galería original.
—¿Y el texto publicado coincide?
—Después de una corrección de pies de foto, las referencias al lugar y a los asistentes quedaron ajustadas al material recibido. El texto del homenaje no afirma que hayas fallecido.
Darío asintió.
—Eso era lo que necesitaba saber.
Me quedé pensando.
Para mí, la galería de septiembre había sido el comienzo de una investigación.
Para él, era una publicación sobre una despedida personal cuya interpretación empezaba a escaparse de sus manos.
* * *
Inés recogió la hoja del índice cuando Darío se la ofreció.
—¿Quieres dejarme esta versión? —preguntó.
—Sí. Es la que hemos revisado.
—Entonces anotaré que la recibo hoy y te enviaré una relación de lo que queda pendiente de aclarar.
Darío asintió.
No hubo una ceremonia de entrega ni se habló de una prueba decisiva.
La abogada comprobó que las páginas estaban completas, hizo una anotación en su bloc y guardó el índice en una carpeta de trabajo.
Los documentos enumerados no estaban todos sobre aquella mesa.
Algunos todavía debían localizarse o revisarse.
—¿Y qué puedo hacer yo? —pregunté.
Darío me miró.
—Por ahora, nada con mis documentos.
—No esperaba que me los entregaras.
—Bien.
Se quedó un momento pensativo.
—Hay una cosa que sí podrías hacer cuando vuelvas al periódico.
—Dime.
—No confundas nunca una despedida con una defunción si el texto no dice que la hubo.
Recordé lo ocurrido con Paula.
Las fotografías de la Sala del Mirador. Las flores. Los retratos enmarcados.
Yo misma había cometido aquel error de interpretación.
—No lo haré —respondí.
Darío recogió su programa.
—Entonces hemos avanzado más de lo que esperaba.
* * *
Terminamos de hablar cerca de las cinco y media.
Inés acompañó a Darío a la salida. Yo me quedé unos minutos recogiendo el cuaderno.
No había anotado nada sobre su paradero.
Tampoco tenía un número de contacto ni una dirección.
Darío no había autorizado que se difundiera su situación. Ni siquiera me había pedido que utilizara su testimonio en una noticia.
Había venido para aclarar el significado de su homenaje y para mostrar que estaba organizando documentación sobre su trabajo anterior.
Lo había conseguido.
Inés regresó.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Sorprendida.
—Es comprensible.
Me guardé el bolígrafo.
—¿Desde cuándo sabes que Darío está vivo?
No contestó inmediatamente.
—Conozco su situación desde antes de que te pusieras en contacto conmigo. No puedo explicarte ahora todas las circunstancias.
Asentí.
No me había sorprendido que Inés conociera a Darío.
Lo que empezaba a comprender era la cantidad de relaciones profesionales y personales que mi madre había tenido sin que yo llegara a saberlo.
—¿Mamá también lo conocía? —pregunté.
Inés sostuvo mi mirada.
—Eso tendremos que tratarlo cuando podamos aclarar qué consultas hizo Lidia y cuáles conocí yo personalmente. No quiero que una respuesta apresurada termine atribuyéndole actuaciones que no están documentadas.
Me quedé callada.
Aquella conversación correspondía a otro momento.