Capítulo 17. El cuarto funeral
El domingo me despertó el perro.
Eran las ocho y media. Estaba sentado junto a la cama, con la cabeza inclinada y la correa entre los dientes.
—Tú no entiendes los domingos —le dije.
Movió la cola.
Me levanté, abrí la ventana y comprobé que había dejado de llover. La calle todavía estaba húmeda. Durante la noche había oído el agua golpear los cristales, aunque no recordaba a qué hora empezó.
En la cocina encontré un mensaje de Mateo.
¿Se portó bien anoche?
Le envié una fotografía del perro esperando junto a la puerta.
Está intentando echarme de mi propia casa.
La respuesta llegó enseguida.
Te está educando.
Sonreí.
Después de vernos en el parque y hablar con Inés el sábado, mi hermano parecía más dispuesto a mantener una conversación sin convertir cada pregunta en una negociación.
Seguía sin explicarme dónde dormía ni qué había ocurrido con buena parte de sus documentos, pero empezábamos a encontrar una manera de hablar sin discutir.
Saqué al perro.
En el parque quedaban charcos junto a los bancos. El animal se detuvo varias veces para beber de ellos y tuve que apartarlo de uno que estaba lleno de hojas.
Cuando regresamos, preparé el desayuno y abrí el cuaderno.
Había añadido varias páginas durante la semana. La última estaba dedicada a nuestra madre.
Leí las anotaciones sobre su relación con Elena e Inés.
Después pasé a las fotografías.
La primera correspondía al funeral de Aurora Serra, en 2014.
La segunda, al de Nicolás Cervera, en 2018.
La tercera era la despedida de Paula Ríos, celebrada en abril de 2022.
Y la cuarta, el homenaje a Darío Soler, de septiembre de aquel año.
Paula estaba viva.
De Darío seguía sin saber qué había ocurrido después de su ceremonia.
Elena se había negado a explicármelo cuando nos vimos el viernes. Había reconocido que lo conocía por motivos profesionales, pero no quiso darme detalles sobre su vida.
Su negativa podía significar muchas cosas.
No estaba dispuesta a elegir una explicación solo porque encajara con las otras fotografías.
Cerré el cuaderno.
Tenía pensado dedicar la mañana a ordenar la casa.
A las diez y veintidós sonó el teléfono.
Era Inés.
* * *
—¿Te pillo ocupada? —preguntó.
—Estoy intentando convencer al perro de que no puede dormir en el sofá.
—Entonces será mejor que sea breve.
Me reí.
—Dime.
—Elena me llamó ayer por la noche. Ha hablado con Darío Soler.
Dejé el paño que tenía en la mano.
—¿Y?
—Darío sabe que estás revisando la galería de su despedida. Ha pedido hablar contigo.
Durante unos segundos no respondí.
No era la primera vez que Inés me ofrecía un contacto importante, pero aquella propuesta tenía algo diferente.
—¿Por qué quiere verme?
—Prefiere explicártelo personalmente.
—¿Ha sido idea de Elena?
—Ella le contó que habíais hablado. Darío fue quien decidió solicitar el encuentro.
Miré hacia la mesa, donde seguía el cuaderno.
—¿Sabe lo que he averiguado sobre las otras ceremonias?
—Sabe que has comparado varias fotografías y que has conseguido identificar a Elena. No he compartido con él tu conversación con Paula.
—Gracias.
Inés continuó:
—Quiere hablar hoy, si te viene bien. Puede acercarse al despacho esta tarde.
—¿Un domingo?
—Tengo que revisar documentación con él. Aprovecharemos que los dos podemos estar.
Pensé en Mateo.
También habíamos utilizado un sábado para reunirnos con Inés.
La abogada llevaba varios días trabajando fuera de su horario habitual.
—¿A qué hora?
—A las cuatro.
—Estaré allí.
Antes de despedirse, Inés añadió:
—Clara, Darío no viene para conceder una entrevista al periódico. Quiere aclarar algo que se ha dicho sobre su despedida y tomar una decisión respecto a unos documentos.
—Lo entiendo.
—Después veremos si hay algo que puedas comprobar por tu cuenta.
Colgué.
Me quedé mirando el teléfono.
Por primera vez alguien relacionado directamente con la cuarta ceremonia quería hablar conmigo.
No porque yo hubiera conseguido localizarlo.
Porque había sabido que lo buscaba y había decidido responder.
* * *
Llegué al despacho de Inés unos minutos antes de las cuatro.
La puerta del edificio estaba cerrada. Llamé al telefonillo y me abrió ella misma.
Subí.
En la pequeña sala de espera había un hombre sentado junto a la ventana.
Llevaba un jersey gris, vaqueros oscuros y unas zapatillas que parecían bastante usadas. Tenía una carpeta de cartón sobre las rodillas.
Se levantó cuando entré.
Inés nos presentó.
—Clara Vega. Darío Soler.
El hombre me tendió la mano.
—Encantado.
Le estreché la mano sin responder inmediatamente.
Lo reconocí por el retrato de septiembre.
En la galería aparecía con una camisa clara, el cabello cuidadosamente peinado y una expresión seria. Allí, frente a mí, parecía algo más delgado. Tenía barba de varios días y llevaba las mismas gafas que en la fotografía.
Pero era él.
Inés conocía personalmente a Darío y confirmó que había aceptado presentarse con su nombre. No me pidió que tomara aquella identificación como una certificación legal, pero tampoco había motivo para dudar de que estaba hablando con el hombre al que se había dedicado el homenaje.
—Gracias por venir —dije.
—Yo te he pedido que vinieras.
Su voz era más suave de lo que esperaba.
Nos sentamos alrededor de la mesa.
Darío colocó la carpeta delante de él, pero no la abrió.
—Elena me dijo que estabas mirando unas fotografías del acto que organizamos en septiembre.
—Sí.
—¿Y que pensabas que era un funeral?
—Al principio lo consideré posible.
Asintió.
—Eso es precisamente lo que quería aclarar.
Lo observé.
No podía apartar del todo la idea de que aquel hombre había tenido una ceremonia con flores, retratos y unas palabras de despedida.
Ahora estaba sentado delante de mí.
—Estoy vivo —dijo.
No lo dijo con solemnidad ni esperó a que yo formulara la pregunta.
Lo dijo como alguien que lleva varios días molesto por una equivocación y quiere corregirla cuanto antes.
—Ya veo —respondí.
Darío sonrió apenas.
—Supongo que después de vernos no hace falta discutirlo mucho.
—No.
—Entonces empecemos por lo que pasó en septiembre.
* * *
Darío abrió la carpeta.
Sacó un programa impreso y lo dejó sobre la mesa.
En la portada había una fotografía suya, la misma que aparecía enmarcada en la galería de El Faro .
Debajo figuraban dos líneas:
Homenaje a Darío Soler.
Encuentro de despedida.
No había una fecha de fallecimiento ni ninguna referencia a un entierro.
—Esto lo entregamos a los asistentes —explicó.
Cogí el papel.
Tenía una pequeña marca de doblez en una esquina y una anotación escrita a mano junto al nombre de una de las personas que intervenían.
Lo abrí.
Dentro aparecía el orden previsto del acto: unas palabras de bienvenida, varias intervenciones y una despedida final.
—¿Estuviste allí? —pregunté.
—Sí.
—¿Durante toda la ceremonia?
—Durante casi toda. Me fui antes de que terminaran de recoger la sala.
Volví a mirar el programa.
Era difícil conciliar aquel objeto con las imágenes que yo había construido sobre Darío durante los últimos días.
—Entonces todos sabían que estabas vivo.
—Todos los que estuvieron allí, sí.
—¿Y las personas que vieron después la galería?
Darío retiró las gafas y las dejó sobre la mesa.
—Eso ya es otra cosa.
Esperé.
—El texto que enviamos al periódico hablaba de un homenaje —continuó—. No decía que hubiera muerto. Tampoco lo decía el programa.
—Lo comprobé en el archivo.
—Bien.
—Pero las fotografías podían interpretarse de otra manera.
Darío asintió.
—Lo sé.
No intentó negarlo.
—¿Era deliberado? —pregunté.
Se recostó en la silla.
—No organizamos un funeral falso. No fingimos un entierro, no hicimos ningún trámite de defunción y nadie utilizó documentación para hacer creer oficialmente que había muerto.
—No te he preguntado eso.
Me miró.
—Me has preguntado si permití que algunas personas interpretaran mi despedida como algo definitivo.
—Sí.
Se quedó callado unos segundos.
—Lo permití.
Inés permanecía sentada al otro extremo de la mesa.
No intervino.
—¿Por qué? —pregunté.
Darío se pasó una mano por la barba.
—Porque me iba. Quería dejar atrás mi trabajo y parte de mi vida en Valdaria. Había personas con las que no quería seguir relacionándome y otras a las que sí quería despedir personalmente.
—Podrías haber organizado una comida.
—Podría.
Miró el programa.
—No voy a defender todas mis decisiones. En aquel momento me pareció que necesitaba un acto claro, algo que señalara que no iba a continuar con mi vida de antes.
—¿Y no te importaba que algunas personas pensaran que habías muerto?
—Sí me importaba. Pero me importaba más marcharme.
No respondió con orgullo.
Me pareció una confesión incómoda.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
Darío pensó un momento.
—De la manera en que se hizo, en parte. Hubo gente que se sintió excluida. Personas que se enteraron después y pensaron que habíamos organizado algo a sus espaldas.
—¿Por qué no se lo explicasteis?
—Porque no quería contar a todo el mundo los motivos de mi marcha.
Miré de nuevo la portada.
Aquel programa no demostraba nada sobre la vida actual de Darío. Pero me ayudaba a entender cómo se había presentado la despedida a quienes asistieron.
—¿Puedo fotografiarlo? —pregunté.
Darío negó.
—Prefiero que no.
Se lo devolví.
—De acuerdo.
Lo guardó en la carpeta.
—Ya está publicado lo que acepté que se publicara. No necesito que vuelvan a circular papeles personales.
* * *
—¿Conocías a Elena antes de aquel homenaje? —pregunté.
—Desde hacía años.
—¿Trabajabais juntos?
—Coincidimos en Fundación Alerce.
—Ella me dijo que habíais tenido relación profesional.
—Sí.
Darío alineó las gafas con el borde de la carpeta.
—Yo trabajaba con cuentas y documentación administrativa. No atendía residentes ni organizaba turnos.
—¿En Santa Oliva?
—Parte de mi trabajo se relacionaba con ese centro. No todo.
—¿Y dejaste la fundación en septiembre?
—Para entonces ya había decidido no continuar. La despedida vino después de esa decisión.
No dio una fecha exacta.
Tampoco se la pedí todavía.
—¿Tu marcha tuvo relación con lo que habías encontrado en el trabajo?
Darío miró a Inés.
Ella no contestó por él.