Capítulo 16. Lo que mi madre calló #3
—Creo que tenía razones para proteger la información de las personas que acudían a ella. Eso no significa que acertara siempre al decidir cómo relacionarse contigo.
Agradecí que no intentara ofrecerme una respuesta más cómoda.
Nos despedimos poco después.
* * *
Mateo caminó conmigo hasta la parada.
Había empezado a refrescar.
Nos quedamos junto a un escaparate cerrado mientras esperábamos el autobús.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó.
Lo miré.
—Un poco.
Asintió.
—Me lo imaginaba.
—Pero más que enfadada estoy cansada de enterarme siempre de las cosas al final.
Mateo guardó las manos en los bolsillos.
—Podría decirte que intentaba protegerte.
—Ya me lo has dicho otras veces.
—Por eso no voy a repetirlo.
Me sorprendió.
—¿Entonces?
—Voy a intentar contarte lo que me corresponda contar. Y si hay algo que afecta a otras personas, prefiero decirte claramente por qué no puedo hablar en lugar de fingir que no está ocurriendo nada.
Lo observé.
Era una diferencia pequeña en apariencia.
Para nosotros resultaba enorme.
—Eso me parece mejor —respondí.
Se acercaba el autobús.
Antes de que llegara, Mateo me preguntó:
—¿Tú llegaste a pensar que mamá tenía una vida que no conocíamos?
Miré hacia la avenida.
—Sabía que tenía una parte de su vida que no compartía con nosotros. Nunca imaginé que terminaría encontrándomela en mi trabajo.
Mateo asintió.
—A mí también me sorprendió cuando empecé a entender algunas cosas.
—¿Y crees que hizo bien?
—En algunas, sí. En otras no estoy seguro.
El autobús se detuvo.
Nos abrazamos.
—¿Vienes a ver al perro mañana? —pregunté.
—Si puedo, sí.
—Te estará esperando.
Subí.
Desde la ventana vi a Mateo alejarse por la acera.
No había vuelto a su casa.
Seguía sin saber quién había entrado en ella ni qué documentación habían conseguido llevarse.
Pero al menos habíamos conseguido hablar de nuestra madre sin terminar enfrentados.
* * *
Cuando llegué, el perro estaba sentado junto a la puerta.
Me recibió con entusiasmo y después fue directamente hacia la cocina.
Le serví agua y preparé algo de comer.
Más tarde abrí el armario donde guardaba algunas cosas de Lidia.
Había una caja pequeña con fotografías familiares, dos libros y una bufanda que me llevé cuando repartimos sus pertenencias.
Saqué la bufanda.
Era gris, de un tejido suave, y todavía conservaba una etiqueta de tintorería que nunca había retirado.
Recordé las veces que mi madre me había pedido que le llevara o recogiera alguna prenda cuando estaba demasiado ocupada.
Solía decirme que así por lo menos nos veíamos un momento.
En aquella época me molestaba que organizara nuestras visitas alrededor de sus recados.
Ahora me pregunté cuántas conversaciones habíamos aplazado porque ninguna de las dos quería empezar por lo que realmente nos preocupaba.
Dejé la bufanda sobre la mesa.
No iba a encontrar una explicación para los secretos de Lidia revisando los objetos que habíamos conservado de ella.
Y tampoco habría sido justo buscar en sus papeles profesionales como si su muerte hubiera eliminado la confidencialidad de las personas a las que asesoró.
Me senté y abrí el cuaderno.
En una página estaba el nombre de Elena Aranda.
Debajo figuraban las referencias de la memoria de actividades de Fundación Alerce, todavía pendiente de comprobar en su fuente original.
En otra estaban las notas sobre la denuncia de Mateo.
Abrí una página nueva.
Escribí:
Lidia Salcedo. Abogada.
Me quedé mirando aquellas dos palabras.
Siempre había sabido a qué se dedicaba mi madre.
Pero hasta esa tarde no había comprendido que su trabajo podía haber continuado influyendo en la vida de Mateo después de su muerte.
Añadí:
Según Inés, Elena acudió a Lidia a finales de 2018. Mantuvieron consultas durante años. Lidia e Inés ayudaron a orientar a personas preocupadas por documentación y procedimientos relacionados con centros de Alerce.
Debajo escribí:
No conocemos el alcance completo ni los resultados de esas consultas.
La última frase me pareció especialmente importante.
No quería convertir a mi madre en la persona que había descubierto un fraude antes que nadie.
Tampoco quería atribuirle responsabilidades que no podía conocer.
Había ayudado a Elena y a otras personas.
Eso era lo que Inés podía confirmar.
Lo demás necesitaba documentos y testimonios adicionales.
Me quedé un rato sentada, mirando la bufanda.
Lidia había decidido guardar silencio ante mí.
Quizá creyó que me protegía. Quizá pensó que yo terminaría haciendo demasiadas preguntas o que mi trabajo en el periódico complicaría situaciones que necesitaban discreción.
No podía preguntárselo.
Esa era la parte más difícil.
Había pasado años discutiendo con mi madre porque siempre parecía tener una respuesta preparada para todo.
Ahora tenía preguntas que ninguna de sus respuestas antiguas podía resolver.
El perro se acercó y apoyó la cabeza sobre mis rodillas.
Lo acaricié.
Después guardé la bufanda en su caja.
Había encontrado una parte de la vida de Lidia que desconocía.
Todavía no sabía si habría querido que la descubriera.
Pero empezaba a comprender que guardar un secreto también era una decisión, y que sus consecuencias podían sobrevivir a quien lo había tomado.