Capítulo 16. Lo que mi madre calló #2
—Pero quiero que sepas hasta dónde puedo contestarte.
Asentí.
Mateo permanecía sentado a mi lado.
Inés abrió una libreta.
—Elena acudió a tu madre después de dejar de confiar en que pudiera resolver ciertas preocupaciones por los cauces internos de su trabajo.
—¿Cuándo ocurrió?
—A finales de 2018, según recuerdo. Lidia comenzó a orientarla y, más adelante, me pidió que participara en algunas consultas.
Miré a Mateo.
Él no intervino.
—¿Qué preocupaciones tenía Elena? —pregunté.
—Había trabajado con documentación administrativa de centros gestionados por Fundación Alerce. Creía que existían cuestiones que debían revisarse con mayor detenimiento.
—¿Qué cuestiones?
—Registros, procedimientos y decisiones administrativas. No voy a presentarte como hechos demostrados las preocupaciones que nos trasladó entonces.
Recordé la memoria de actividades de 2016 que Elena me había entregado el viernes.
Su nombre aparecía en el área administrativa.
Aquello encajaba con lo que Inés estaba explicando, aunque no me permitía saber qué había encontrado realmente.
—¿Mamá llegó a comprobar algo? —pregunté.
Inés se acomodó en la silla.
—Tu madre dedicó tiempo a ordenar la información que recibía y a determinar qué podía verificarse. Eso no significa que hubiera demostrado todas las irregularidades que le planteaban.
—¿Y Elena siguió consultándola?
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Mantuvieron el contacto durante años, aunque no estaban reuniéndose continuamente.
Miré hacia la fotografía de Lidia.
—Nunca me mencionó su nombre.
Inés guardó silencio.
—¿Te pidió que no me lo contaras? —pregunté.
—Nunca consideré apropiado comentarte los asuntos profesionales que tratábamos. Y sí, Lidia prefería que no te involucráramos en aquellas consultas.
Sentí que se me tensaba la mandíbula.
—¿Por qué?
—Porque trabajabas en un periódico y una información publicada antes de tiempo podía afectar a personas que todavía no habían decidido qué hacer.
—Podía haberme pedido discreción.
—Podía.
Inés no intentó justificarlo inmediatamente.
Aquello me desconcertó.
—¿Y nunca le dijiste que estaba decidiendo por mí?
—Se lo dije.
La miré.
—¿Qué respondió?
Inés pensó unos segundos.
—Que bastante difícil era ya conseguir que algunas personas hablaran como para pedirles que aceptaran también la intervención de una periodista. No quería que nadie pensara que acudir a ella implicaba terminar en una noticia.
No sabía qué contestar.
Comprendía la preocupación profesional.
También conocía a mi madre lo suficiente para reconocer su costumbre de resolver primero y explicar después.
—Pero yo era su hija —dije.
—Sí.
—No estaba obligada a contarme quién acudía a su despacho. Eso lo entiendo. Lo que me duele es descubrir que Mateo terminó formando parte de todo esto y que yo ni siquiera sabía que existía.
Inés miró a mi hermano.
Él levantó la cabeza.
—Eso no fue solamente decisión de mamá —dijo—. Yo acepté seguir ayudando después.
—¿Por qué?
—Porque había personas que necesitaban apoyo para hacer gestiones que por sí solas les resultaban difíciles. No pensé que eso terminaría con alguien entrando en mi casa.
Su voz había cambiado.
No estaba tratando de defenderse.
Parecía estar recordando decisiones que ahora sabía que había subestimado.
—No te estoy culpando por lo que te hicieron —dije.
—Lo sé.
—Pero no quiero seguir descubriendo de esta manera cosas que llevan años ocurriendo cerca de mí.
Mateo asintió.
Inés nos dejó un momento antes de continuar.
* * *
—¿Mamá conocía a Aurora Serra? —pregunté.
La pregunta llevaba varios días rondándome.
Inés negó despacio.
—No puedo confirmártelo.
—¿Nunca te habló de ella?
—No recuerdo que me dijera haberla asesorado personalmente.
—¿Y Nicolás Cervera?
—Conocía su nombre por la información relacionada con Santa Oliva, pero no puedo decirte que fuera cliente de Lidia.
Asentí.
No esperaba otra cosa.
Aurora había muerto en 2014. Nicolás en 2018. Según Inés, la colaboración más estrecha de mi madre con Elena había empezado después.
Las fechas no excluían que Lidia conociera antecedentes anteriores, pero tampoco permitían afirmar que hubiera intervenido mientras aquellas personas vivían.
—¿Mamá trabajaba para Alerce? —pregunté.
—No. No en ese asunto.
—¿Y para personas enfrentadas con la fundación?
Inés dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—Lidia orientó a personas que habían expresado preocupación por situaciones relacionadas con esos centros. Algunas necesitaban comprender qué podían documentar y qué consecuencias tendría actuar. No todas querían iniciar una denuncia ni todas disponían de información comprobable.
—¿Y tú qué hacías?
—En ciertas ocasiones trabajábamos juntas. En otras, Lidia me remitía consultas que necesitaban atención especializada o continuidad.
Me quedé pensando.
Mi madre había dedicado sus últimos años a ayudar a personas de las que yo no conocía siquiera el nombre.
No era extraordinario en una abogada.
Lo extraordinario era reconocer, detrás de aquella actividad, los nombres de dos personas muertas y los de otras que aparecían en despedidas de significado incierto.
—¿Todo eso empezó con Elena? —pregunté.
—Elena fue uno de los contactos importantes. No te puedo decir que fuera el origen de todo.
—¿Y era fiable?
Inés me observó.
—¿Qué quieres decir con fiable?
—Si decía la verdad. Si podía demostrar lo que afirmaba.
—Lidia no daba por cierta una información porque alguien acudiera a su despacho con documentos. Elena tenía conocimientos de su trabajo que podían ser útiles para hacer preguntas. Eso no significaba que todas sus explicaciones estuvieran completas.
Recordé la respuesta de Elena sobre Aurora.
No siempre estaba de acuerdo con ella.
Había algo en su manera de hablar que me impedía considerarla simplemente una mujer que había intentado ayudar desde el principio.
—¿Mamá confiaba en Elena? —pregunté.
Inés guardó silencio un momento.
—Lo suficiente para seguir escuchándola. No significa que nunca discreparan.
Mateo se movió en su silla.
—Mamá también discutía con ella.
Lo miré.
—¿Estuviste presente?
—Una vez, poco antes de que muriera. No escuché toda la conversación.
—¿Sobre qué discutían?
—No lo sé con certeza. Oí a mamá decirle que no podía seguir aplazando una decisión.
Me quedé mirando a mi hermano.
—¿Qué decisión?
—No lo dijeron delante de mí.
Era fácil convertir aquella frase en una advertencia decisiva pronunciada poco antes de una muerte.
Pero no sabía cuál era el asunto.
Podía tratarse de documentos, de una consulta o de algo completamente ajeno a lo que yo investigaba.
Inés tampoco añadió ninguna explicación.
Y yo no quise inventarla.
* * *
Hablamos durante casi otra hora.
No salí del despacho con una carpeta de pruebas ni con una lista de personas a las que buscar.
Conseguí algo diferente.
Inés me contó que Lidia había ayudado a Elena a ordenar algunas consultas y a valorar cómo trasladar información a profesionales que pudieran examinarla sin exponer innecesariamente a quienes la proporcionaban.
También confirmó que mi madre había trabajado con ella en asuntos relacionados con personas vinculadas a centros de Alerce.
No era una conclusión basada en las fotografías.
Era el recuerdo directo de una profesional que había participado en aquellas conversaciones.
Todavía necesitaba saber qué documentos existían, quién los había preparado y qué afirmaciones podían sostenerse.
Pero la relación entre Lidia e Inés había dejado de ser únicamente una amistad antigua.
Antes de levantarnos, miré otra vez la fotografía de nuestra madre.
—¿Cuándo la tomasteis? —pregunté.
Inés siguió mi mirada.
—En unas jornadas profesionales, hace años. Fue antes de todo esto.
—Parece que está discutiendo.
Inés sonrió.
—Lo estaba.
—¿Con quién?
—Con una compañera que había confundido dos fechas en una exposición.
Me reí.
—Eso suena a mamá.
—No se conformó con corregirla. Después fue a buscar la referencia para demostrarle dónde estaba el error.
Recordé innumerables discusiones familiares que habían terminado de una manera semejante.
Lidia no soportaba dejar una afirmación sin comprobar cuando creía que tenía razón.
Podía ser una cualidad admirable.
Y también agotadora.
—A veces me molestaba tanto esa costumbre —dije— que dejaba de discutir, aunque supiera que estaba equivocada.
Inés sonrió con tristeza.
—A mí me pasó unas cuantas veces.
La observé.
Hasta entonces había pensado en Inés principalmente como la abogada que ayudaba a Mateo.
Aquella tarde recordé que también había conocido a mi madre como una mujer de carne y hueso, con defectos que no desaparecieron cuando murió.
—¿Crees que hizo bien en no contármelo? —pregunté.
Inés tardó un momento.