Capítulo 16. Lo que mi madre calló
Mateo me llamó el sábado por la mañana para preguntarme si podía ver al perro.
Era la primera vez desde el lunes que proponía encontrarnos sin que hubiera una denuncia, una cita con Inés o alguna urgencia de por medio.
—Claro —respondí—. ¿Quieres que lo lleve a algún sitio?
—Podemos quedar en el parque de la avenida. A las once, si te viene bien.
—Me viene bien.
—¿Cómo está?
Miré hacia el salón.
El perro estaba tumbado delante del sofá, pendiente de que terminara de desayunar.
—Ha decidido que mi casa es suya.
Mateo se rio.
—Eso significa que está a gusto.
—Significa que voy a tener que comprar una funda nueva para el sofá.
—Te la pagaré.
—Más te vale.
Cuando colgamos, fui a buscar la correa.
El perro se levantó de inmediato.
Llevaba varios días intentando acostumbrarse a una rutina distinta. Comía bien, dormía casi toda la noche y había empezado a reconocer los horarios de mis salidas. Pero seguía prestando atención a los pasos que escuchaba en el rellano.
A veces levantaba la cabeza cuando alguien cerraba una puerta en otro piso.
Después volvía a tumbarse.
No sabía cuánto echaba de menos a Mateo. Solo veía que todavía lo esperaba.
* * *
Llegamos al parque unos minutos antes de las once.
Había poca gente. Dos hombres mayores caminaban por el sendero principal y una mujer empujaba un carrito junto a la zona de juegos. Me senté en un banco desde el que podía ver la entrada.
Mateo apareció poco después.
El perro lo reconoció antes que yo.
Tiró de la correa con tanta fuerza que tuve que levantarme para no perder el equilibrio. Mi hermano se agachó justo a tiempo para recibirlo.
—Tranquilo, tranquilo.
El animal se le echó encima, moviendo la cola y tratando de lamerle la cara.
Mateo se rio.
No recordaba cuándo lo había escuchado reírse así por última vez.
—Parece que te ha perdonado —dije.
—Todavía no sabe lo que le debo.
—Varias noches de sueño y un sofá.
Se incorporó sin soltar la correa.
Tenía mejor aspecto que el martes. Seguía cansado, pero ya no miraba continuamente a su alrededor ni parecía estar calculando cuánto podía quedarse en un lugar.
Caminamos por el sendero.
Mateo me preguntó por mi trabajo. Le conté que había vuelto a ocuparme de las solicitudes pendientes y que Rafael seguía esperando la comprobación administrativa sobre la esquela.
—¿No han identificado todavía a quien autorizó la entrada? —preguntó.
—No me han comunicado ningún resultado. La revisión sigue abierta.
Asintió.
—Inés está preparando lo que necesita solicitar por las vías correspondientes.
—Lo sé.
No insistimos.
Habíamos pasado demasiados días hablando de registros, amenazas y documentos. Aquel encuentro no tenía por qué convertirse en otra reunión de trabajo.
El perro se detuvo junto a un árbol.
Mateo esperó pacientemente.
—He pensado en volver al piso la semana que viene —dijo.
Me volví hacia él.
—¿Ya han reparado la puerta?
—La cerradura está cambiada. Falta comprobar algunas cosas y terminar de reconstruir qué archivos podían haber quedado en el portátil que se llevaron. No he decidido cuándo volveré a dormir allí.
—Bien.
Me miró.
—¿Bien?
—Que no lo hayas decidido todavía. Prefiero eso a que vuelvas únicamente porque estás cansado de estar fuera.
—Lo estoy.
—Me lo imagino.
Continuamos caminando.
—Gracias por quedarte con él —dijo.
—Puedes dejar de agradecérmelo.
—No quiero que pienses que doy por hecho que puedes hacerte cargo indefinidamente.
—Cuando estés preparado para llevarlo contigo, hablamos.
Mateo asintió.
Después nos quedamos un rato en silencio.
Había una pregunta que llevaba toda la noche queriendo hacerle. Desde que conocí a Elena Aranda, algunos recuerdos de mi madre habían empezado a adquirir una importancia que antes no tenían.
No quería confundir una coincidencia con una explicación.
Pero tampoco pensaba seguir evitándola.
—Mateo, ¿mamá conocía a alguien que trabajara en Fundación Alerce?
Mi hermano dejó de caminar.
El perro tiró de la correa, impaciente.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque estoy revisando documentación sobre esa fundación.
—¿Por el periódico?
—Por las fotografías que encontré.
Mateo se quedó mirándome.
—Pensé que estabas investigando una esquela antigua.
—Empecé por una corrección del archivo. Después encontré las cuatro fotografías y llegué a Santa Oliva.
No le hablé de Paula.
Tampoco le conté lo que Elena había dicho durante nuestro encuentro.
—Quiero saber si mamá tuvo alguna relación con esas personas —añadí.
Mateo bajó la vista.
Durante unos segundos pensé que volvería a decirme que no podía contármelo.
Pero esta vez respondió.
—Sí.
Esperé.
—Conocía a Elena Aranda.
No dije nada.
Había escuchado su nombre de boca de mi hermano sin necesidad de pronunciarlo antes.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—No sé cuándo se conocieron exactamente. Yo supe que tenían relación en 2025.
—¿Cómo?
—Coincidí con ellas en el despacho de Inés. Mamá me presentó a Elena.
El perro se sentó entre nosotros.
—¿Y qué te dijo?
—Que se conocían por un asunto profesional.
—¿Nada más?
—Aquella vez, no.
Miré a mi hermano.
—¿Tú sabías que Elena había trabajado en Alerce?
—Sabía que había trabajado allí.
—¿Y sabías que mamá la estaba ayudando?
—Sabía que había acudido a ella por un problema relacionado con documentación.
Respiré hondo.
No acababa de descubrir que Lidia había sido abogada de alguien. Había ejercido durante años y buena parte de su trabajo consistía precisamente en atender asuntos que no comentaba en casa.
Lo que me sorprendía era encontrarla en una historia que yo había comenzado a investigar por motivos completamente distintos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Mateo permaneció callado.
Después respondió:
—Porque no me correspondía contar el trabajo de mamá.
—Mamá murió hace un año.
—Lo sé.
—Y tú has seguido en contacto con Inés y con personas relacionadas con ese asunto.
—Sí.
Me quedé mirándolo.
Era una admisión más amplia que cualquiera de las que me había hecho durante la semana.
—¿Desde cuándo?
—Después de la muerte de mamá hubo algunas consultas que no podían quedarse sin atender. Yo conocía a parte de las personas implicadas y ayudé con cuestiones prácticas.
—¿Qué cuestiones?
—Contactos, reuniones, trasladar documentación cuando era necesario.
No añadió nombres.
Tampoco se lo pedí.
—¿Y ahora estás en peligro por haber seguido ayudándolas?
Mateo sostuvo mi mirada.
—No sé si esa es toda la explicación de lo que ha ocurrido.
Aquella vez la respuesta no me pareció una evasiva.
Había ocurrido algo concreto en su vivienda. Había denunciado y estaba preparando información para ampliar la denuncia. Todavía no podía demostrar quién había entrado ni por qué.
—¿Inés sabe que me estás contando esto? —pregunté.
—Hablamos ayer de que debía empezar a explicarte la relación de mamá con Elena. Me pidió que no hablara por otras personas.
Asentí.
—¿Podemos hablar los tres?
—Sí. De hecho, quería proponértelo. Inés puede recibirnos esta tarde si te parece bien.
Miré al perro, que había empezado a mordisquear una hoja caída.
Habíamos salido para que viera a su dueño.
Y acabábamos de abrir una conversación que llevaba mucho tiempo pendiente.
—Me parece bien —respondí.
* * *
Volvimos a caminar hasta la entrada del parque.
Mateo quería quedarse un rato más con el perro, así que nos sentamos en otro banco.
El animal se tumbó a sus pies.
—Hay algo que no entiendo —dije—. Mamá me hablaba de sus asuntos de trabajo cuando yo todavía cubría información judicial. A veces discutíamos precisamente porque creía que yo no comprendía cómo funcionaban ciertas cosas.
Mateo sonrió apenas.
—También discutía conmigo por eso.
—Pues no me contó nada de Alerce.
—A mí tampoco me contó todo.
Lo miré.
—Pero bastante más que a mí.
—Algunas cosas, sí.
Su sinceridad me hizo más difícil enfadarme.
Durante mucho tiempo había considerado que Mateo y yo recibíamos versiones distintas de nuestra madre. Él era el hijo paciente, el que escuchaba antes de responder. Yo era la que hacía preguntas incómodas.
Lidia nunca lo había dicho así.
No necesitaba hacerlo.
—¿Crees que no confiaba en mí? —pregunté.
Mateo tardó en responder.
—Creo que sabía que, si te contaba que alguien estaba denunciando irregularidades, ibas a querer averiguar cuáles eran.
—No es una razón para mentirme.
—No digo que lo sea.
—¿Tú estás de acuerdo con lo que hizo?
Mi hermano miró al perro.
—No con todo.
Esperé.
—Mamá tenía una manera de decidir por los demás que a veces confundía con protegerlos —continuó—. Yo también he hecho eso contigo.
Me sorprendió que lo reconociera sin que tuviera que insistir.
—Sí —respondí—. Lo has hecho.
—Y no siempre tenía derecho.
Nos quedamos callados.
El perro levantó la cabeza cuando pasó otro animal, pero volvió a tumbarse al ver que se alejaba.
—No quiero terminar hablando de mamá como si todo lo que hizo hubiera estado mal —dije.
—Yo tampoco.
—Pero necesito saber qué sabía y por qué no me lo contó.
Mateo asintió.
—Preguntémoselo a Inés.
* * *
Inés nos recibió a las cinco.
Había accedido a abrir el despacho un sábado porque, según nos explicó, debía revisar de todos modos unos documentos relacionados con la denuncia de Mateo.
No había más clientes.
Nos hizo pasar a la misma sala del martes y dejó una jarra de agua sobre la mesa.
La fotografía de nuestra madre seguía en la estantería.
Me detuve a mirarla antes de sentarme.
Aquella imagen había sido una de las primeras cosas que me hicieron comprender que Inés conservaba una relación con Lidia mucho más cercana de lo que yo suponía.
Ahora sabía que compartían también una historia con Elena.
—Mateo me ha contado que tu madre conocía a Elena Aranda —dije cuando nos sentamos.
Inés asintió.
—Sí.
—Quiero saber qué relación tenían.
Inés apoyó las manos sobre la mesa.
—He hablado con Elena esta mañana. Sabe que queréis conversar sobre Lidia y ha autorizado que confirme su relación profesional con ella. Eso no incluye explicar asuntos de otras personas ni atribuirles decisiones que no han consentido compartir.
—No te estoy pidiendo nombres de clientes —respondí.
—Lo sé.
Me sostuvo la mirada.