La mujer de los obituarios Capítulo 15. Elena Aranda #3
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Capítulo 15. Elena Aranda #3

Levantó la vista hacia el reloj.

Habíamos hablado casi una hora.

—Tengo que irme.

Recogí las fotografías.

Elena volvió a mirar la de Aurora antes de que la guardara.

—Había gente que la consideraba una persona difícil —dijo.

Esperé.

—A veces lo era. Pero también era de las pocas que se tomaban el trabajo de explicar por qué estaba en desacuerdo.

—¿Y tú estabas de acuerdo con ella?

Elena dejó pasar unos segundos.

—No siempre.

No añadió más.

Se puso la chaqueta y recogió el bolso.

Antes de levantarnos me preguntó:

—¿Cuántos años llevas en El Faro ?

—Once.

—Entonces ya trabajabas allí cuando murió Nicolás.

—Sí.

—¿Recuerdas aquella noticia?

—No. La encontré al revisar el archivo.

Elena asintió.

—Eso pasa con los periódicos. Un día algo ocupa una página. Al siguiente hay otra cosa.

No era un reproche.

Al menos no supe escucharlo como tal.

Nos despedimos a la salida. Antes de marcharse, Elena anotó un número en el reverso de un recibo.

—Por si necesitas preguntarme algo sobre lo que te he contado. Prefiero que me llames tú antes que recibir preguntas por medio de otras personas.

Guardé el papel en el bolsillo, sin incorporarlo a ninguna ficha del periódico.

La vi caminar hacia la esquina y desaparecer entre las personas que esperaban para cruzar.

No intenté seguirla.

Por primera vez podía llamarla por su verdadero nombre.

* * *

Regresé a casa en autobús.

Durante el trayecto saqué las hojas de la memoria de Alerce.

Revisé el título, el año y el nombre de Elena.

Después las guardé.

Tendría que localizar el documento original antes de utilizarlo como confirmación independiente. Por el momento era material que ella misma me había facilitado, aunque afirmara que procedía de una publicación abierta.

Había hecho algo parecido durante las primeras semanas como periodista: confundir la precisión de un documento con la certeza sobre su procedencia.

Rafael me lo había señalado entonces.

Recordé una corrección que me hizo durante una reunión de cierre. Yo había escrito una frase basada en una copia de un informe municipal. Él me preguntó quién me garantizaba que no faltaban páginas.

Me molestó tener que llamar otra vez a la oficina que lo había emitido.

Después descubrí que el párrafo que necesitaba estaba precisamente en una de las páginas ausentes.

Nunca volví a considerar suficiente una fotocopia solo porque llevara un encabezamiento oficial.

Miré el teléfono.

Mateo me había escrito.

¿Cómo está el perro?

Le envié una fotografía del animal tumbado en su manta, tomada aquella mañana.

Mejor instalado que yo.

Respondió casi inmediatamente.

Eso no es difícil.

Sonreí.

No le conté lo de Elena.

Todavía no sabía cómo relacionarlo con sus problemas. Y, además, la conversación había ocurrido en unas condiciones que debía respetar.

Le pregunté si había podido avanzar con lo del ordenador.

Hemos preparado una relación de lo que faltaba. Inés revisará lo que corresponde presentar.

Era una respuesta concreta.

No añadí más preguntas.

* * *

Al llegar a casa saqué al perro.

Caminamos por las calles cercanas hasta que empezó a refrescar. Me detuve a comprar pan y volví antes de que cerraran las tiendas.

Después cené y extendí las cuatro fotografías sobre la mesa.

Elena Rivas.

Beatriz Molina.

Teresa Ocampo.

Julia Beltrán.

Durante una semana aquellos nombres habían sido mi única manera de referirme a la mujer que aparecía en ellas.

Ahora podía escribir uno distinto.

Abrí el cuaderno.

Elena Aranda.

Debajo anoté:

Identidad comprobada mediante documento mostrado voluntariamente. Elena confirma que aparece en las cuatro imágenes.

Después añadí:

Afirma haber trabajado en administración de Fundación Alerce. Entrega copia parcial de memoria pública de 2016. Pendiente de localizar y contrastar el original.

Me detuve antes de continuar.

Podía haber escrito que Elena había acudido a los funerales para acompañar a personas con las que trabajó. También que había aceptado nombres diferentes para dificultar que su identidad quedara asociada a determinadas fotografías.

Pero eso era lo que ella había afirmado.

No explicaba toda su conducta.

No sabía quién había elegido cada nombre ni por qué había decidido callar en unas ocasiones y hablar en otras.

Tampoco sabía qué había hecho realmente durante sus años en Alerce.

Miré otra vez las cuatro imágenes.

La mujer de 2014 parecía más joven. La de 2018 permanecía apartada del grupo. En 2022 estaba sentada cerca del extremo de una fila. En septiembre de 2026 apoyaba la mano sobre el respaldo de una silla.

Había dejado de ser una desconocida.

No por eso se había vuelto sencilla.

Guardé las fotografías, recogí las hojas de la memoria y cerré el cuaderno.

El perro se había quedado dormido a mis pies.

Aquella noche no intenté adivinar qué escondía Elena.

Tenía su nombre, una relación profesional que podía comprobar y una conversación cuyo alcance conocía.

Era más de lo que había tenido al empezar el día.

También era mucho menos de lo que necesitaba para comprender por qué aquellas cuatro personas habían acabado formando parte de la misma historia.