La mujer de los obituarios Capítulo 15. Elena Aranda #2
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Capítulo 15. Elena Aranda #2

—¿Y qué has concluido?

—Que estuviste presente en las cuatro ceremonias.

—Eso es cierto.

—Y que las dos primeras personas habían trabajado en Santa Oliva.

—También.

—La residencia estaba gestionada por Fundación Alerce.

Elena dejó la taza sobre el plato.

—Sí.

Habíamos llegado al punto que más me interesaba.

—¿Trabajaste allí?

—Trabajé para Fundación Alerce.

No apartó la mirada.

—En administración.

—¿En Santa Oliva?

—Mi trabajo estaba vinculado a varios centros de la fundación. Santa Oliva era uno de ellos.

—¿Conociste a Aurora?

—Sí.

—¿Y a Nicolás?

—También.

Cogí el bolígrafo.

—¿Eran compañeros tuyos?

Elena se tomó unos segundos.

—No en el sentido de trabajar en el mismo departamento. Aurora atendía a los residentes. Nicolás pertenecía al equipo de seguridad que prestaba servicios en el centro. Yo trabajaba con documentación administrativa.

—Entonces los conocías por tu trabajo.

—Sí.

Aquello explicaba una parte de su presencia en los funerales.

No necesitaba imaginarla siguiendo a personas desconocidas hasta las ceremonias.

Había tenido relación con ambas.

—¿Fuiste al funeral de Aurora porque erais amigas?

Elena miró la primera fotografía.

—No sé si ella me habría llamado amiga.

—¿Por qué?

—Teníamos una relación complicada.

Esperé que continuara.

—Aurora era muy exigente con su trabajo —añadió—. Cuando creía que algo debía corregirse, insistía hasta conseguir que alguien la escuchara.

Recordé a Marisa Olmedo.

La había descrito de una manera parecida.

—¿Discutía con la dirección?

—A veces.

—¿Por los turnos?

—Entre otras cosas.

—Marisa Olmedo me contó que Aurora estaba preocupada por diferencias entre algunos cuadrantes y la cobertura real de los turnos.

Elena tardó en responder.

—Eso tendrás que comprobarlo con los documentos que existan.

—¿Sabías que había hecho esa reclamación?

—Sabía que había planteado problemas con la organización del trabajo.

—¿Y qué ocurrió?

Elena miró alrededor. La cafetería seguía ocupada, aunque nadie prestaba atención a nuestra mesa.

—Clara, no he venido a explicarte lo que ocurrió en Santa Oliva durante todos los años en que trabajé para la fundación.

—No te estoy pidiendo todos esos años.

—Me estás preguntando por decisiones de otras personas que no puedo reconstruir de memoria.

Su tono no era hostil.

Pero acababa de establecer un límite.

—¿Y Nicolás? —pregunté—. ¿También tenías una relación complicada con él?

Elena volvió a observar la fotografía de 2018.

—Era distinto.

—¿En qué?

—Nos veíamos menos. Coincidíamos por asuntos de trabajo, pero no formábamos parte del mismo equipo.

—¿Te sorprendió su muerte?

—Mucho.

La respuesta fue inmediata.

Después añadió:

—Eso no significa que sepa por qué ocurrió el accidente.

No había formulado todavía esa pregunta.

Elena debió de advertirlo.

—Te lo digo porque sé lo que puede parecer al vernos en estos dos funerales.

—Yo no he dicho que fueran asesinados.

—No.

Apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Y prefiero que no empieces por ahí.

No había una amenaza en su voz.

Había cansancio.

Me pregunté cuántas veces se habría visto obligada a explicar por qué estuvo presente en una ceremonia.

* * *

—Entonces háblame de los otros dos encuentros —dije.

Elena retiró la fotografía de Aurora y dejó a la vista las de Paula y Darío.

—No eran funerales como los anteriores.

—Sé que el de Paula no lo fue.

Elena asintió.

—Ella decidió despedirse de algunas personas antes de marcharse.

No añadió nada sobre su destino.

—¿Participaste en la organización?

—Ayudé con algunas cosas.

—¿Por eso apareces identificada como Teresa Ocampo?

Elena observó el pie de foto.

—Ese fue uno de los nombres que acepté que aparecieran.

—¿Quién lo eligió?

—No voy a hablar de las personas que prepararon aquel acto.

—¿Y Julia Beltrán?

Su expresión cambió apenas.

—En septiembre también hubo una reunión privada.

—Eso lo sé.

—Entonces sabes lo que puedes afirmar.

Miré la fotografía de Darío.

—¿Fue una despedida semejante a la de Paula?

Elena no contestó inmediatamente.

—No voy a explicar las circunstancias personales de Darío.

Era una negativa clara.

No podía saber si estaba ocultando un fallecimiento, una marcha o algo completamente distinto.

—¿Lo conocías de Alerce? —pregunté.

Elena bajó la mirada.

—Lo conocía.

—¿Por el trabajo?

—Sí.

Aquello sí era nuevo.

Hasta entonces había encontrado dos vínculos documentales de los fallecidos con Santa Oliva. Ahora Elena afirmaba que también había conocido a Darío por motivos profesionales.

No significaba que trabajaran en la misma época ni que él hubiera participado en irregularidades.

Pero ampliaba las coincidencias.

—¿Trabajó en Fundación Alerce?

Elena tardó en responder.

—No voy a darte detalles sobre su relación profesional sin su autorización.

No insistí.

Habíamos avanzado lo suficiente para entender que Elena no estaba en las cuatro ceremonias por casualidad.

Había conocido a las cuatro personas.

Y, al menos en tres casos, existía alguna relación profesional que pasaba por Fundación Alerce, según lo que ella acababa de contarme.

—¿Por qué aceptaste venir? —pregunté.

Elena me miró.

—Porque Paula me dijo que habías respetado lo que te pidió.

No esperaba aquella respuesta.

—¿Hablaste con ella después de nuestra llamada?

—Sí.

—¿Y te pidió que me ayudaras?

—No exactamente. Me contó que habías encontrado las fotografías y que no habías intentado localizar a los asistentes por tu cuenta.

Elena tomó un sorbo de café.

—Después Inés me consultó si quería hablar contigo. Decidí hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque llevas varios días investigando nombres que no son míos. Y eso puede terminar perjudicando a personas que no tienen nada que ver con lo que buscas.

Miré las fotografías.

—¿Y qué es lo que busco, según tú?

—Todavía no lo sé.

Era una respuesta más incómoda que una acusación.

Me obligaba a pensar en la pregunta.

Había empezado queriendo saber quién era la mujer del fondo. Después había descubierto Santa Oliva. Y, por encima de todo, necesitaba entender por qué alguien había amenazado a Mateo utilizando una esquela.

No sabía todavía dónde se unían esas historias.

—Mi hermano está pasando por una situación difícil —dije.

Elena asintió.

—Eso me ha dicho Inés. Sin detalles.

—Alguien ha entrado en su vivienda.

No pareció sorprendida de una manera que yo pudiera interpretar.

—Lo siento.

—No sé si tiene relación con la fundación.

—Entonces no lo afirmes todavía.

Su respuesta fue seca.

La miré.

—No he venido aquí para que me digas qué debo escribir.

—Ni yo para pedirte que dejes de preguntar.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló.

Después Elena acercó hacia mí las fotografías.

—Puedes investigar mi trabajo en Alerce. Eso me corresponde explicarlo a mí. Pero no confundas ese derecho con el de reconstruir la vida de todos los que aparecen a mi lado.

No era una explicación de sus motivos.

Era una invitación concreta a examinar su pasado.

* * *

Elena abrió el bolso y sacó unas hojas dobladas.

Las dejó sobre la mesa.

—Es una copia parcial de una memoria de actividades que la fundación difundió hace años. No contiene información privada.

Miré la portada.

Fundación Alerce. Memoria de actividades. 2016.

En una de las páginas aparecía una relación de áreas de gestión.

Junto a la de administración figuraba su nombre.

Elena Aranda.

Levanté la vista.

—¿Por qué la has traído?

—Porque no quiero que tengas que creer únicamente mi palabra sobre dónde trabajaba.

Examiné las hojas.

No podía saber si aquella impresión correspondía íntegramente al documento original. Necesitaba encontrar la publicación de la que procedía y contrastarla.

Pero la referencia era concreta.

—¿Dónde se publicó?

—En la página de la fundación. Durante un tiempo también entregaban ejemplares a instituciones con las que colaboraban. Es una memoria pública.

—¿Puedo quedármela?

—Sí.

—¿Y comprobarla por mi cuenta?

—Por supuesto.

Guardé las hojas.

—¿Hasta cuándo trabajaste allí?

Elena se acomodó en la silla.

—Eso prefiero explicártelo con documentación delante. No quiero darte fechas aproximadas y que terminen escritas como si fueran exactas.

Asentí.

—¿Volverías a hablar conmigo?

—Depende de lo que quieras preguntarme.

—Sobre tu trabajo.

—Entonces podemos intentarlo.