La mujer de los obituarios Capítulo 15. Elena Aranda
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Capítulo 15. Elena Aranda

El viernes, a las diez y cuarenta, Inés Ferrer me llamó al periódico.

Había pasado la primera hora de la mañana atendiendo solicitudes de esquelas atrasadas.

Dos familias habían enviado fotografías que no podían utilizarse con la resolución disponible y otra esperaba una confirmación de la funeraria antes de cerrar el anuncio.

Era trabajo conocido, de ese que permitía avanzar sin pensar demasiado en otra cosa.

Salí al pasillo para contestar.

—Hola, Inés.

—Clara, ¿puedes hablar un momento?

—Sí.

—He trasladado tu petición a la mujer de las fotografías.

Me aparté de la puerta para dejar pasar a un compañero.

—¿Y?

—Ha aceptado verte.

No respondí enseguida.

Después de la llamada de Paula había imaginado que tendría que esperar días, quizá semanas, antes de obtener otra respuesta. También había considerado que la mujer se negara.

—¿Cuándo?

—Esta tarde, si puedes. A las cinco y media.

—Puedo.

—Ha elegido un lugar público. Quiere hablar contigo personalmente, no por teléfono.

Inés me dio la dirección de una cafetería cerca del antiguo mercado. Conocía la calle. Estaba a unos veinte minutos andando desde el periódico.

—¿Vas a estar tú? —pregunté.

—La acompañaré al principio. Después decidirá ella cómo quiere continuar.

—¿Le has contado lo de Paula?

—Sabe que has hablado con ella. No le he transmitido el contenido de vuestra conversación.

Agradecí la precisión.

—¿Y sabe que trabajo en El Faro ?

—Sí. No habría aceptado sin saberlo.

Miré hacia la redacción.

—¿Puedo preguntarte algo más?

—Dime.

—¿Te ha dicho quién es?

Hubo una pausa.

—Quiere presentarse ella misma.

No insistí.

Cuando terminamos de hablar, regresé a mi mesa.

Lucía levantó la vista de su ordenador.

—¿Todo bien?

—Sí. Tengo una cita esta tarde.

—¿Por lo de las fotografías?

Asentí.

No necesitó preguntar más.

—¿Quieres que vaya contigo?

—Prefiero ir sola.

—De acuerdo.

Volvió a su pantalla. Al cabo de un momento añadió:

—Solo una cosa, Clara. No tienes que resolver las cuatro fotografías en una tarde.

—Conseguir un nombre ya sería bastante.

—Entonces empieza por eso.

* * *

A mediodía Rafael se acercó a mi mesa.

Llevaba una carpeta con pruebas de impresión y tenía el aspecto cansado de los viernes en que se acumulaban los cierres.

—¿Cómo sigue tu hermano? —preguntó.

—Mejor. Todavía tiene asuntos que resolver.

—¿Y tú?

—He vuelto al trabajo.

Sonrió.

—Eso ya lo veo.

Dejó unas páginas sobre el escritorio.

—Necesito que revises estos anuncios antes de las dos. Han entrado cambios de última hora.

Los cogí.

—Los tendrás.

Rafael se quedó unos segundos.

—Sobre la incidencia de Mateo, administración me ha confirmado que la revisión sigue abierta. Imagino que a ti también te habrán escrito.

—Sí. Están esperando una comprobación con el proveedor.

—Es lo que me han dicho.

No parecía tener ninguna información nueva.

—En cuanto haya una respuesta —continuó—, veremos qué medidas debemos tomar. No quiero que una solicitud así vuelva a entrar sin que sepamos quién responde de cada paso.

—Yo tampoco.

Rafael asintió.

—Y si necesitas volver a ausentarte por tu hermano, avísame. Ya nos organizaremos.

Le di las gracias.

Lo vi regresar a su despacho.

Durante once años había trabajado a sus órdenes. Había discutido con él por titulares, por cierres apresurados y por noticias que no consideraba suficientemente comprobadas. También había recibido su apoyo en momentos difíciles.

En los últimos días no me había dado motivos para desconfiar de su conducta profesional.

Había permitido que documentara la incidencia y que solicitara la revisión administrativa. Cuando necesité tiempo para acompañar a Mateo, se ocupó de reorganizar mi turno.

Me tranquilizaba que al menos una parte de mi vida continuara funcionando como siempre.

Terminé de revisar los anuncios antes de la hora acordada.

* * *

A las cinco y veinte llegué a la cafetería.

Era un local estrecho, con mesas de madera y una barra al fondo. Había cuatro personas conversando cerca de la entrada. Elegí una mesa desde la que podía ver la puerta sin quedar justo enfrente.

Había llevado mi cuaderno y cuatro reproducciones impresas de las fotografías publicadas en El Faro .

No eran copias de documentos internos ni de las fichas administrativas. Eran las imágenes tal como habían aparecido en las noticias y galerías accesibles al público.

Las dejé dentro de una carpeta.

Inés entró a las cinco y media.

La acompañaba una mujer de estatura mediana, con el cabello oscuro recogido de forma sencilla. Tenía algunas canas alrededor de las sienes y llevaba una chaqueta marrón sobre una blusa clara.

No necesitaba ver más.

Reconocí la forma de su rostro antes de que llegaran a la mesa.

En las fotografías de 2014 y 2018 aparecía más joven. En las de 2022 y 2026 había cambios de peinado, de ropa y de expresión.

Pero los rasgos eran los mismos.

Y, cuando se acercó, vi la pequeña marca junto a la ceja izquierda.

Me puse de pie.

—Clara —dijo Inés—. Ella ha aceptado hablar contigo.

La mujer me observó durante unos segundos.

—Soy Elena Aranda.

Su voz era grave, un poco ronca.

Le estreché la mano.

—Clara Vega.

—Lo sé.

Nos sentamos.

Inés dejó su bolso en la silla contigua.

—¿Quieres que me quede? —le preguntó a Elena.

—Un momento.

La mujer abrió su cartera y sacó un documento de identidad.

Lo colocó delante de mí.

—No tienes por qué creer un nombre solo porque alguien te lo diga.

Leí el nombre.

Elena Aranda.

La fotografía del documento correspondía a la mujer sentada frente a mí.

No anoté el número ni otros datos personales.

Se lo devolví.

—Gracias.

Lo guardó.

—Ahora podemos hablar.

Inés esperó a que Elena asintiera antes de levantarse.

—Estaré localizable —nos dijo—. Si necesitáis algo, llamadme.

Se despidió y salió.

Me quedé a solas con la mujer de las cuatro fotografías.

* * *

Elena pidió un café solo.

Yo había encargado agua.

No parecía nerviosa, pero tardó un momento en quitarse la chaqueta. La dobló sobre el respaldo de la silla y colocó su bolso en el asiento contiguo, donde podía verlo.

—Inés me dijo que llevabas varios días buscando mi nombre —comentó.

—Desde el viernes pasado.

—Entonces has sido bastante rápida.

No supe si era una broma.

—Encontré las fotografías por casualidad. Estaba corrigiendo una galería.

—La de Darío Soler.

Asentí.

Elena miró hacia la ventana.

—¿Qué has llegado a averiguar?

Saqué la carpeta.

—Que aparentemente eres la misma mujer que aparece en estas cuatro imágenes.

Coloqué las fotografías sobre la mesa, ordenadas por fecha.

Aurora Serra, 2014.

Nicolás Cervera, 2018.

Paula Ríos, 2022.

Darío Soler, septiembre de 2026.

Elena las observó sin tocarlas.

Se detuvo más tiempo en la primera.

Después pasó a la de Nicolás.

—Sí —dijo—. Soy yo.

Lo había imaginado tantas veces que esperaba sentir algo distinto al escucharlo.

Pero Elena acababa de confirmar lo que las imágenes sugerían desde el principio. La verdadera pregunta nunca había sido únicamente si se trataba de la misma persona.

—En cada fotografía aparece un nombre diferente —dije.

Elena levantó la vista.

—Lo sé.

Abrí el cuaderno.

—Elena Rivas. Beatriz Molina. Teresa Ocampo. Julia Beltrán.

No mostró sorpresa.

—Son los que te llevaron hasta aquí.

—Me hicieron preguntarme quién eras.

—No es exactamente lo mismo.

La miré.

—¿Qué significa?

Elena señaló la imagen de 2014.

—Que un pie de foto puede decir algo sobre una persona sin que esa persona lo haya dicho.

—¿Elena Rivas fue un error?

—No era mi nombre.

—¿Y Beatriz Molina?

—Tampoco.

Esperé.

Elena retiró la mano de la fotografía.

—En algunos casos me identificaron de manera incorrecta y no pedí que lo corrigieran. En otros acepté que figurara un nombre que no era el mío.

—¿Por qué?

—Porque no quería que cualquiera pudiera localizarme buscando mi nombre.

Miré las cuatro fotografías.

—Pero dejaste que te fotografiaran.

—No siempre decidí quién tomaba esas imágenes. Y una fotografía no tiene necesariamente mi nombre asociado.

—Hasta que alguien lo escribió.

—Exactamente.

Me quedé pensando.

No era un sistema perfecto para pasar inadvertida. Cualquiera que reconociera su rostro podía encontrarla.

—No parece una manera muy eficaz de ocultarse —dije.

Elena me sostuvo la mirada.

—No lo fue.

Su respuesta me sorprendió.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

—Porque en aquel momento me pareció suficiente.

Bajó la vista hacia las fotografías.

—No esperaba que alguien se sentara a compararlas doce años después.

No intentó presentar sus decisiones como parte de un plan cuidadosamente construido.

Tampoco las justificó del todo.

—¿Utilizaste documentos con esos nombres? —pregunté.

—No. Nunca me identifiqué legalmente como esas personas. No presenté documentos de identidad a nombre de Elena Rivas, Beatriz Molina, Teresa Ocampo ni Julia Beltrán.

Señaló las imágenes.

—Estamos hablando de nombres utilizados en fotografías y actos sociales. No de mi identidad legal.

—¿Y por qué no corregiste las fichas cuando supiste cómo figurabas?

—Porque corregirlas también habría dejado un rastro con mi verdadero nombre.

No tenía cómo comprobar en aquel momento qué decisiones había tomado en cada ocasión.

Pero empezaba a comprender que las cuatro identificaciones podían haber tenido orígenes distintos, aunque Elena hubiera permitido que continuaran así.

* * *

La camarera trajo el café.

Elena esperó a que se alejara.

—¿Qué sabes de las personas de esas fotografías? —me preguntó.

—Aurora Serra era enfermera. Trabajó en Santa Oliva y había hablado con una periodista sobre problemas con los turnos.

Elena asintió ligeramente.

—Nicolás Cervera prestó servicios de seguridad en la residencia —continué—. Murió en 2018, en un accidente de tráfico.

No dijo nada.

—Paula Ríos organizó una despedida en 2022.

Me detuve.

No podía explicar que había hablado con Paula sin autorización para extender su conversación.

Elena pareció comprenderlo.

—No tienes que contarme lo que ella te dijo.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

Miré la última fotografía.

—Sobre Darío sé muy poco. Hubo un homenaje en septiembre. No he podido comprobar mucho más.

Elena mantuvo la vista en aquella imagen.