Capítulo 14. Paula #3
—Lo que sí puedo pedirte es que no intentes responderlas perjudicando a otras personas.
—Lo tendré en cuenta.
Paula me dio las gracias.
Antes de despedirnos añadió:
—Espero que tu hermano esté bien.
Me quedé mirando el teléfono.
No sabía si lo decía porque Inés le había contado que Mateo estaba pasando por un problema o porque conocía algo más.
Tampoco quería transformar aquella cortesía en una prueba.
La llamada terminó poco después.
* * *
Permanecimos unos momentos en silencio.
Inés desactivó el altavoz y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—¿La conoces desde hace mucho? —pregunté.
—Lo suficiente para poder confirmar quién es.
—¿Era clienta tuya?
—No puedo responder por ella.
Asentí.
—¿Por qué aceptó hablar conmigo?
—Porque le transmití lo que habías encontrado y le pregunté si quería aclarar algo. Podía negarse, aplazarlo o limitarse a una respuesta a través de mí. Prefirió hablarte ella misma.
Miré las notas que llevaba.
—Paula conoce a la mujer de la fotografía.
—Eso te lo ha dicho.
—¿Y tú?
Inés recogió su bloc.
—No voy a darte una identidad que otra persona no ha aceptado compartir.
No insistí.
—¿Puedo contárselo a Lucía? —pregunté.
—Paula ha consentido esta conversación contigo. Si quieres que otra persona conozca su situación, primero tendrás que consultárselo.
—De acuerdo.
—En cuanto a la mujer de la fotografía, puedo trasladar una petición. No voy a prometerte una conversación con alguien que todavía no ha aceptado tenerla.
Era una respuesta limitada.
Pero no era otra evasiva.
Me levanté y guardé el cuaderno.
Inés me acompañó hasta la puerta.
—Gracias por venir, Clara.
—Gracias por preguntar antes de ponerme al teléfono con ella.
Me miró con una expresión que no supe interpretar.
—No podía hacerlo de otra manera.
* * *
Salí del despacho cuando ya había oscurecido.
Las calles estaban llenas de personas que regresaban del trabajo o entraban en los bares. Caminé varias manzanas antes de buscar el autobús.
Pensaba en la voz de Paula.
No había sonado como imaginaba.
Durante días había observado su retrato enmarcado en una sala silenciosa. Sin darme cuenta, había terminado atribuyéndole una personalidad que no conocía: una mujer ausente, recordada por otros, incapaz de explicar lo que había ocurrido.
La persona con la que acababa de hablar había elegido cuidadosamente qué contarme.
Había reconocido que su despedida podía prestarse a confusión y que su marcha había afectado a otras personas.
Y había rechazado explicarme una parte de su vida.
Saqué el teléfono.
Había un mensaje de Mateo.
¿Todo bien?
Pensé en llamarlo y contarle lo ocurrido. Después recordé que Paula no me había autorizado a compartir su situación.
Le respondí:
Sí. He tenido una conversación importante. Ya te contaré lo que pueda.
Mateo escribió enseguida:
Me alegro. El perro estará preguntando por ti.
Sonreí.
Seguramente está dormido en mi sofá.
También.
Guardé el teléfono.
Quería contarle a alguien lo que acababa de descubrir. No por necesidad de hacer una noticia, sino porque había pasado varios días convencida de que debía encontrar una explicación para todo aquello.
La tenía para una parte.
Paula Ríos estaba viva.
La despedida de abril de 2022 no había acompañado una muerte.
Lo demás seguía sin resolverse.
* * *
Cuando llegué a casa, el perro levantó la cabeza desde el sofá.
Ni siquiera intentó fingir que había estado en su manta.
Me senté junto a él y lo acaricié un rato.
Después abrí el cuaderno.
Busqué la página de Paula Ríos.
Hasta entonces había escrito su nombre junto a una fotografía de 2022, la referencia de una galería de Memorias y una nota que pedía no presentar la ceremonia como un funeral.
Ahora disponía de una confirmación directa, respaldada por Inés.
Anoté la fecha de la conversación y su alcance.
No escribí ningún número de teléfono ni un domicilio. No los conocía.
Tampoco anoté detalles que Paula me había pedido mantener reservados.
Cerré el cuaderno.
Pensé en las otras fotografías.
Aurora y Nicolás habían muerto de verdad, según la documentación que había consultado.
Paula no.
Sobre Darío todavía no tenía información suficiente para afirmar nada.
La mujer de las cuatro ceremonias había asistido, al menos, a dos funerales reales y a una despedida de alguien que seguía vivo.
Aquella diferencia cambiaba el sentido de mi investigación.
Ya no buscaba únicamente a una persona que aparecía repetidamente en fotografías antiguas.
Necesitaba comprender por qué había acompañado a personas que parecían atravesar situaciones muy distintas, y cómo había llegado a utilizar nombres diferentes en cada ocasión.
Pero no iba a resolverlo aquella noche.
Saqué al perro, preparé la cena y dejé el teléfono junto a la mesa.
Antes de acostarme pensé una vez más en la llamada.
Durante aquellos días había tenido miedo de que alguien anunciara una muerte antes de que ocurriera.
Ahora acababa de escuchar a una mujer cuya despedida llevaba cuatro años publicada en el archivo del periódico.
Seguía viva.
Y por primera vez comprendí que aquella ceremonia podía haber sido una forma de marcharse sin desaparecer del todo.