La mujer de los obituarios Capítulo 14. Paula
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Capítulo 14. Paula

El jueves por la mañana, Lucía me preguntó si había dormido mejor.

—Algo —respondí.

—Eso dijiste ayer.

—Ayer también dormí algo.

Dejó una carpeta sobre mi mesa.

—He estado pensando en la galería de Paula. No creo que debamos seguir buscando a sus asistentes desde el periódico.

Asentí.

—Si alguien quisiera conocer las circunstancias de la ceremonia, tendría que hablar con una fuente —dijo Lucía—. Pero no veo una razón suficiente para empezar a llamar a personas que participaron en un acto privado hace cuatro años.

—Ni yo.

Me observó con desconfianza.

—Eso ha sido demasiado fácil.

—Estoy aprendiendo a escucharte.

—Me preocupa más todavía.

Sonreí.

Lucía abrió la carpeta. Contenía las referencias de las dos noticias antiguas sobre Aurora Serra y Nicolás Cervera.

—He ordenado esto por fechas —explicó—. Por si más adelante encontramos a alguien que pueda confirmar algo sobre Santa Oliva. No he contactado con nadie.

—Gracias.

Se quedó un momento junto a mi mesa.

—Clara, lo de Mateo es serio. Pero todavía no sabemos si tiene relación con estas fotografías.

—Estoy de acuerdo.

—No quiero que hagamos una investigación sobre cuatro personas solo porque necesitamos que encajen en una explicación.

Miré la carpeta.

Aurora había trabajado en Santa Oliva. Nicolás también había prestado allí servicios de seguridad. La misma mujer aparecía en los funerales de ambos y en las despedidas de Paula y Darío.

—No voy a escribir una noticia —dije.

—No te estoy pidiendo que renuncies a averiguar qué pasó.

—Lo sé.

Lucía regresó a su puesto.

Yo abrí el correo y empecé a trabajar.

Durante casi una hora me ocupé de solicitudes funerarias corrientes. Una familia quería cambiar el orden de los nombres en una despedida; otra había olvidado incluir la hora de una ceremonia. Respondí, comprobé datos y envié las correcciones correspondientes.

A media mañana saqué el teléfono.

Tenía guardado el número de Inés Ferrer desde nuestra reunión del martes.

No quería utilizarla como una vía para saltarme los límites que Lucía acababa de recordarme.

Pero Inés me había advertido que una búsqueda aparentemente inocente podía perjudicar a alguien.

Yo había encontrado una despedida que sus organizadores no querían asociar con una muerte, y todavía no sabía cómo continuar.

Salí al pasillo para llamarla.

* * *

Inés respondió después de varios tonos.

—Clara. ¿Ha ocurrido algo con Mateo?

—No. Al menos, nada nuevo que yo sepa.

—Bien. Dime.

—Quería consultarte una cuestión de mi trabajo. Tiene que ver con unas fotografías antiguas.

Hubo una pausa.

—¿Las que mencionaste cuando estuvimos en el despacho?

—Sí.

Le expliqué que había encontrado una galería de una despedida privada y una nota de sus organizadores que pedía evitar cualquier referencia a un fallecimiento.

No mencioné todavía el nombre de Paula.

—No sé si debo seguir comprobando aquello —añadí—. Me preocupa terminar preguntando por alguien que quizá no quiera ser localizada.

—¿Tienes algún motivo para pensar que esa persona está en peligro?

—No puedo afirmarlo.

—¿La galería contiene información falsa?

—No que yo haya comprobado. El texto publicado respeta lo que pidió el remitente.

—Entonces, ¿qué intentas averiguar?

Me apoyé contra la pared.

—Una mujer aparece en las fotografías de ese acto. También está en otras tres ceremonias y figura identificada con nombres distintos.

Inés tardó un momento en responder.

—¿Has compartido esas imágenes fuera del periódico?

—No. Solo las he revisado con Lucía, que trabaja conmigo.

—¿Y has hablado con alguna persona que aparezca en ellas?

—No.

—¿Puedes venir esta tarde? Prefiero que me enseñes las referencias y que hablemos antes de que hagas más gestiones.

Me sorprendió la propuesta.

—No pretendo que investigues por mí.

—Lo sé, Clara. Tampoco he dicho que vaya a hacerlo.

Miré el reloj.

—¿A las cuatro?

—A las cuatro me viene bien.

Colgué.

* * *

El resto de la mañana transcurrió sin novedades.

Mateo me escribió cerca del mediodía para preguntar por el perro. Le respondí que había comido y que seguía intentando subirse a mi cama.

Después me contó que había avanzado en la revisión de los objetos sustraídos de su vivienda. No especificó cuáles.

Le pregunté si había podido hablar con Inés.

Sí. Estamos organizando lo que falta por aportar.

Antes de salir del periódico pasé por la mesa de Lucía.

—Esta tarde voy a hablar con Inés.

Alzó la vista.

—¿Por Mateo?

—Sobre cómo continuar con lo de las fotografías sin perjudicar a nadie.

—Me parece sensato.

Me observó unos segundos.

—¿Y si te dice que no sigas?

No respondí inmediatamente.

—Tendré que pensar por qué.

Lucía asintió.

—Entonces cuéntame cómo te va.

—Lo que pueda contarte.

Sonrió.

—Eso ya es un avance.

* * *

A las cuatro menos cinco llegué al despacho de Inés.

La puerta estaba abierta y ella hablaba por teléfono. Me hizo una seña para que pasara y esperara en una de las sillas.

No tardó mucho.

—¿Cómo está tu hermano? —preguntó al colgar.

—Parece más tranquilo. Sigue fuera de su casa.

—Es lo prudente por ahora.

No continuamos con ese asunto.

Saqué mi cuaderno.

Había llevado las referencias de las cuatro galerías, pero no copias de las fotografías. No quería trasladar material de archivo a un despacho ajeno sin una razón concreta.

Inés se sentó frente a mí.

—Cuéntame qué has encontrado.

Empecé por la corrección del homenaje a Darío Soler, que me llevó a revisar una galería de abril de 2022.

Después le expliqué cómo reconocí a una mujer que también aparecía en dos funerales antiguos, bajo identificaciones diferentes.

Inés me escuchó con atención.

Cuando terminé, dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Quiénes eran las personas homenajeadas?

Le di los cuatro nombres.

Aurora Serra.

Nicolás Cervera.

Paula Ríos.

Darío Soler.

Inés no hizo ningún comentario.

Esperé que preguntara por la procedencia de las fotografías, pero se quedó mirando las referencias de mi cuaderno.

—¿Has podido acreditar el fallecimiento de los cuatro? —preguntó.

—De Aurora y Nicolás tengo noticias y anuncios funerarios de la época. De Paula y Darío no.

—¿Y qué sabes del acto de Paula?

—Que fue en abril de 2022, en la Sala del Mirador. Sus organizadores pidieron que no lo describiéramos como funeral ni añadiéramos referencias a un fallecimiento.

—¿Eso aparece en el material original?

—Sí.

Inés se levantó y fue hasta la ventana.

No parecía sorprendida por una discrepancia administrativa. Parecía estar decidiendo qué podía decirme.

—Clara, ¿por qué has seguido buscando a Paula Ríos?

La respuesta me costó más de lo que esperaba.

—Porque aparece en una de las cuatro ceremonias. Y porque la mujer que estoy intentando identificar también estuvo allí.

—¿Tienes algún motivo para pensar que Paula participó en lo que le ha ocurrido a Mateo?

—Ninguno que pueda demostrar.

Inés regresó a su silla.

—Entonces mantengamos separados esos asuntos. ¿Qué harías si averiguaras dónde está Paula?

La pregunta me dejó desconcertada.

Hasta entonces había pensado en Paula principalmente como una persona homenajeada en una fotografía. No me había planteado qué haría si alguien me proporcionaba una dirección.

—No lo sé —admití—. Supongo que intentaría hablar con ella.

—¿Aunque no quisiera hablar contigo?

—No podría obligarla.

Guardé silencio un momento.

—No necesito una dirección —añadí—. Quiero entender qué significó aquella despedida.

Inés sostuvo mi mirada.

—Eso sí podemos intentar aclararlo. Pero no puedo responder en nombre de la persona a la que afecta.

—¿La conoces?

No respondió directamente.

—Puedo hacer llegar una consulta sobre lo que has encontrado. Si la persona acepta hablar, decidirá qué quiere compartir y por qué vía. No te prometo una respuesta, y menos aún que sea hoy.

Miré mi cuaderno.

—De acuerdo —respondí.

—Déjame que lo consulte sin facilitarte datos de contacto. Mientras tanto no tenemos nada más que comprobar aquí.

Nos levantamos.

Antes de salir, miré la fotografía de nuestra madre que seguía sobre la estantería.

No sabía qué había reconocido Inés entre aquellos cuatro nombres. Pero por primera vez pensé que quizá alguien pudiera explicarme aquella ceremonia sin que yo tuviera que buscar a sus asistentes.

* * *

Salí a caminar por el centro. Todavía tenía tiempo antes de volver a casa y entré en una cafetería a tomar algo.

Cerca de las seis llegó un mensaje suyo.

La persona a la que consulté ha aceptado aclarar un punto por teléfono. Si sigues disponible, puedes volver al despacho. Quiere que la conversación sea breve y decidirá ella misma qué responder.

Lo leí dos veces.

No decía quién era.

Tampoco implicaba que estuviera autorizada a buscar a nadie.

Respondí que seguía cerca y regresé.

Inés me recibió en el mismo despacho.

—Antes de llamar —dijo—, necesito que entiendas que he transmitido tu consulta, no tus datos personales ni las referencias completas del archivo. La otra persona ha elegido hablar contigo sobre la despedida. No me ha autorizado a dar su número ni su paradero.

—Lo entiendo.

—Y puede terminar la conversación cuando lo considere necesario.

Asentí.

Inés hizo una llamada desde su teléfono. Esperó a que respondieran y explicó que yo estaba presente. Solo después de recibir autorización activó el altavoz.

—Estamos las dos —dijo—. ¿Quieres continuar?

Escuché una voz de mujer.

—Sí. Un momento.

Se oyó el roce de algo, quizá una silla.

—Ahora sí. ¿Clara?

—Soy yo.

—Inés me ha dicho que has estado revisando unas fotografías de una despedida que se celebró hace cuatro años.

—Sí.

—Y que has intentado averiguar qué ocurrió con Paula Ríos.

Me quedé inmóvil.

La voz era serena, aunque había una cautela en la forma de formular cada frase.

—Eso es lo que quería saber —respondí.

—Soy Paula.

Miré a Inés.

Ella no intervino.

—¿Paula Ríos? —pregunté.

—Sí.

Durante un momento no supe qué decir.