Capítulo 13. Una despedida sin entierro #2
—Lo que no podemos hacer es elegir una de esas explicaciones sin preguntarle a una fuente que pueda acreditarla.
Cerré los ojos un momento.
Durante días había trabajado con cuatro fotografías que parecían pertenecer a una misma serie de ceremonias funerarias.
Ahora estaba viendo algo que alteraba esa clasificación.
Quizá las cuatro no eran funerales.
Tal vez solo dos lo fueran.
* * *
Volvimos a las imágenes de Paula.
Había cinco.
En la primera se veía la Sala del Mirador desde la entrada, con varias filas de sillas y una mesa preparada junto a la pared. Un retrato de Paula descansaba entre unas flores.
La segunda mostraba a varias personas conversando antes de que comenzara el acto.
La tercera recogía a un hombre leyendo unas hojas.
En la cuarta aparecía la mujer que yo había identificado en las otras ceremonias, sentada hacia el extremo de una fila.
La quinta mostraba a un grupo reunido cerca de la mesa.
No había un féretro.
Tampoco una fotografía del exterior de una iglesia o un cementerio.
Pero la ausencia de esos elementos tampoco significaba que Paula siguiera viva. Había asistido a despedidas de personas fallecidas en las que no había ataúd, y sabía que muchas familias preferían ceremonias privadas sin referencias religiosas.
Lo que importaba era otra cosa.
Nadie había presentado aquel acto al periódico como un funeral.
La propia nota de recepción había pedido evitar esa interpretación.
—¿Te das cuenta de que esto cambia lo que pensábamos? —pregunté.
Lucía asintió.
—Cambia lo que podemos afirmar sobre la ceremonia.
—No sabemos siquiera si Paula murió.
—No a partir de estos documentos.
Me quedé mirando su fotografía enmarcada.
Hasta entonces la había considerado una imagen de recuerdo de una persona ausente para siempre.
Ahora podía ser simplemente una fotografía colocada en una despedida.
El objeto era el mismo.
Lo que había cambiado era la explicación que yo le había atribuido.
—¿Y si lo que querían era que nadie supiera qué había ocurrido con ella? —pregunté.
Lucía se volvió.
—¿De dónde sale eso?
—De que el texto no explica por qué se despedían.
—Eso no demuestra que quisieran ocultarlo. A lo mejor solo querían privacidad.
No discutí.
Ella señaló la carpeta de recepción.
—Además, las personas que enviaron las fotografías no estaban obligadas a justificarle su vida al periódico. Nosotros debíamos publicar lo que pudiéramos comprobar, no exigir una historia personal.
—Pero alguien identificó a la mujer de la cuarta fotografía como Teresa Ocampo.
—Sí.
—Y aparece en otros tres actos con nombres diferentes.
Lucía apoyó los codos sobre la mesa.
—Esa es la cuestión que sigue sin resolverse.
Abrí mi cuaderno por la página de las cuatro identificaciones.
Elena Rivas.
Beatriz Molina.
Teresa Ocampo.
Julia Beltrán.
Debajo escribí:
Paula: acto privado de despedida. El remitente pidió expresamente no presentarlo como funeral.
Después dejé un espacio.
No escribí viva .
Tampoco fallecida .
No tenía fundamento suficiente para ninguna de las dos palabras.
* * *
Cerca de la una salimos a comer.
Lucía eligió un local pequeño a dos calles del periódico. Nos sentamos junto a una ventana desde la que se veía la parada del autobús.
Durante unos minutos hablamos de trabajo.
Después volvió a preguntarme por Mateo.
Le conté lo imprescindible de la reunión con Inés. El portátil desaparecido, los mensajes que conservaba y la necesidad de completar la información de la denuncia.
No le enseñé el mensaje del miércoles siete. Mateo me lo había mostrado con autorización expresa, durante una consulta jurídica, y no quería convertirlo en material de redacción.
Lucía no me lo pidió.
—¿Vas a escribir sobre esto? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Te lo has planteado?
—Cada vez que encuentro algo nuevo.
Dejó el vaso sobre la mesa.
—Entonces intenta decidir primero si estás investigando una noticia o tratando de proteger a tu hermano.
La miré.
—¿No pueden ser las dos cosas?
—Pueden. Pero no siempre vas a poder hacerlas de la misma manera.
Pensé en Rafael, que me había dado un consejo parecido cuando hablamos de documentos sensibles.
La diferencia era que Lucía conocía ya lo que había ocurrido en casa de Mateo.
—Lo que me preocupa —dije— es que alguien esté utilizando información privada para intimidarlo y yo trabaje precisamente en el periódico al que enviaron su esquela.
—Eso es importante. Pero también significa que debes tener cuidado con lo que haces desde allí.
—Lo sé.
—Y que no tienes que investigarlo sola.
La miré.
Lucía sonrió.
—No me mires así. No estoy pidiendo acceso a la carpeta de tu hermano ni a sus mensajes. Solo te digo que puedo ayudarte a revisar fuentes y a comprobar que no estés dando por cierta una cosa porque necesitas que lo sea.
—Eso ya lo llevas haciendo varios días.
—Pues imagina lo pesada que puedo ponerme ahora que sé lo que ocurre.
Me reí.
Fue la primera vez en toda la semana que lo hice sin tener que obligarme.
* * *
Regresamos al periódico poco antes de las dos.
Tenía que cerrar varias solicitudes pendientes y responder a una corrección atrasada. Lucía volvió a su mesa y yo guardé las referencias de Paula.
No modifiqué la galería.
El texto publicado no contenía una afirmación falsa demostrada. Se había limitado a describir una despedida, tal como pedía el material recibido.
La nota original aclaraba la naturaleza de la solicitud, pero no daba una explicación de las circunstancias personales de Paula.
No tenía motivo para cambiar una publicación antigua por una interpretación mía.
Antes de cerrar la carpeta revisé la procedencia de las fotografías.
La ficha mostraba la fecha de recepción, los archivos adjuntos y la referencia del envío privado.
No consulté datos de contacto que no necesitaba para la revisión.
Había llegado hasta donde podía llegar con el material editorial.
Para saber algo más tendría que obtener información por otra vía, con una razón legítima para hacer la pregunta y con cuidado respecto a las personas implicadas.
Pensé en Inés.
La había conocido como compañera de mi madre y como abogada de Mateo. No sabía si había tenido relación alguna con las ceremonias, ni siquiera si reconocería el nombre de Paula Ríos.
Aun así, recordé su advertencia sobre los riesgos de divulgar información sin valorar antes a quién podía afectar.
Aquella nota de recepción no era un secreto extraordinario. Era un documento preparado para acompañar una publicación privada.
Pero podía referirse a una decisión personal delicada.
No iba a ponerme a llamar a desconocidos para preguntar por qué habían despedido a Paula cuatro años atrás.
Por el momento tenía una pregunta más concreta que antes.
¿Quién había decidido presentar aquella reunión como una despedida, y qué se pretendía despedir exactamente?
No era una cuestión que pudiera responder una fotografía.
* * *
Cuando llegué a casa, el perro estaba tumbado junto al sofá.
Me recibió con entusiasmo y después fue a buscar la correa.
—Primero déjame quitarme los zapatos —le dije.
No pareció comprenderlo.
Lo saqué a pasear por el barrio. Hacía una tarde agradable y había niños jugando en una plaza cercana.
Mateo me escribió mientras esperábamos junto a un paso de peatones.
¿Cómo ha ido el trabajo?
Bien. ¿Y tú?
He adelantado algunas gestiones con Inés. Mañana tenemos que revisar lo que falta.
¿Sigues bien donde estás?
Sí.
No intenté conseguir una dirección.
Le envié una fotografía del perro olfateando un árbol.
Este sigue investigando.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Él suele encontrar lo que busca.
Sonreí.
Después guardé el móvil.
Al regresar, dejé al animal en su manta y abrí el cuaderno.
Los nombres de Aurora y Nicolás ocupaban la primera página de aquella investigación.
Ambos habían muerto.
De los dos había noticias sobre su fallecimiento y anuncios funerarios publicados.
En la página siguiente estaban Paula y Darío.
Sus publicaciones eran diferentes.
No había encontrado una noticia de la muerte de ninguno de ellos, y el material de Paula contenía una instrucción expresa para no describir su ceremonia como un funeral.
No podía sacar conclusiones sobre Darío a partir de lo descubierto con Paula. Su homenaje había llegado años después y procedía de otro remitente.
Tampoco podía afirmar que Paula siguiera viva.
Pero ya no podía colocar las cuatro ceremonias en una misma categoría sin ignorar parte de la documentación.
Miré la fotografía de la mujer sentada en la primera fila.
La habían llamado Teresa Ocampo.
Había asistido a una despedida que alguien quiso organizar sin que el periódico hablara de muerte.
No sabía si aquel nombre era suyo.
Ni si había conocido a Paula por motivos personales o profesionales.
Lo que empezaba a sospechar era que la fotografía había registrado algo distinto de lo que yo creí cuando la encontré.
Cerré el cuaderno.
El viernes había iniciado aquella búsqueda porque reconocí a una mujer al fondo de dos imágenes.
Cinco días después seguía sin saber quién era.
Pero ahora tenía una pregunta más importante que su nombre.
¿De quién nos habíamos despedido realmente en la Sala del Mirador?