Capítulo 13. Una despedida sin entierro
El miércoles volví al periódico después de sacar al perro.
Había tenido que despertarme media hora antes para darle un paseo lo bastante largo como para que no se pasara toda la mañana esperando junto a la puerta. Cuando regresamos, bebió agua, recorrió el salón y se instaló sobre la manta con una tranquilidad que no compartía.
Mateo había llamado la noche anterior.
Seguía alojado fuera de su casa. Había empezado a cambiar las contraseñas de sus cuentas y tenía pendiente comprobar qué documentación faltaba del portátil. La cerradura aún necesitaba una reparación que le permitiera utilizar la vivienda con seguridad.
No me había pedido ayuda para ninguna de esas gestiones.
Me molestó un poco.
Después recordé que había pasado cuatro días exigiéndole que dejara de intentar resolverlo todo solo. Ahora estaba siguiendo los consejos de Inés, organizando sus documentos y atendiendo las consecuencias de la denuncia.
No tenía sentido enfadarme porque hubiera comenzado a hacerlo sin necesitarme a cada paso.
Le había enviado una fotografía del perro dormido en el sofá.
Se ha apropiado de mi casa , escribí.
Mateo contestó:
Te dije que lo haría.
Era la conversación más normal que habíamos tenido desde el jueves.
La guardé sin responder.
* * *
Llegué a El Faro a las nueve y cuarto.
La redacción estaba más animada que durante el festivo. Había teléfonos sonando, un compañero discutía una fotografía con el equipo de maquetación y alguien había dejado una caja de bollos junto a la máquina de café.
No me acerqué a coger ninguno.
Dejé el bolso y abrí el correo.
Rafael me había escrito la tarde anterior para preguntarme si necesitaba más días libres. Le respondí que podía reincorporarme y que le avisaría si surgía algún problema.
Encontré también una respuesta de administración a la consulta que había enviado el sábado.
El mensaje confirmaba que habían recibido mi solicitud de revisión del expediente de Mateo. La identificación del usuario que autorizó la excepción dependía del área de gestión y de una comprobación con el proveedor del sistema.
No facilitaban ningún nombre.
Tampoco una explicación definitiva sobre la procedencia de la esquela.
Me indicaban que la incidencia seguía abierta y que habían trasladado la petición de conservación de registros al personal responsable.
Era una respuesta administrativa, no el resultado de la investigación que había solicitado.
La archivé junto al resto de las comunicaciones del expediente.
Después comprobé el estado de la esquela.
Seguía retenida.
La fecha de publicación solicitada había pasado el martes sin que el anuncio apareciera en la edición.
El sistema no lo había eliminado por ese motivo. Continuaba en la lista de incidencias, con su referencia original y el bloqueo que yo había registrado el jueves.
Cerré la ventana.
No podía avanzar más sin una respuesta de los responsables de la comprobación.
Por primera vez en varios días, aquella limitación no me produjo ganas de seguir abriendo menús.
Tenía otras preguntas.
Saqué el cuaderno y busqué la página donde había escrito el nombre de Paula Ríos.
* * *
Lucía llegó unos minutos después.
Llevaba una bolsa de papel en una mano y el teléfono en la otra. Se detuvo al verme.
—¿Has vuelto?
—Eso parece.
—Pensaba que ibas a tomarte unos días.
—Yo también.
Dejó la bolsa sobre la mesa.
—¿Quieres un bollo?
—¿Los has traído tú?
—No. Pero he decidido que los que están en la sala de descanso son de todos.
Acepté uno.
Lucía se sentó en la silla de al lado.
—¿Cómo está tu familia?
La miré.
Durante los últimos días me había hecho aquella pregunta varias veces. Siempre le había dado una respuesta imprecisa. Ella había respetado mis silencios, aunque era evidente que no la convencían.
—Ha ocurrido algo serio —dije.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Quieres contármelo?
Asentí.
No empecé por la esquela. Empecé por el lunes.
Le conté que alguien había forzado la puerta de la vivienda de Mateo, que había desaparecido su ordenador y que habíamos ido a la policía.
Lucía dejó de comer.
—¿Está bien?
—Sí. No estaba en casa cuando ocurrió.
—¿Y ahora dónde está?
—Con alguien de confianza. No sé la dirección.
Me observó durante unos segundos.
—¿Tiene que ver con el asunto familiar que llevas días intentando no contarme?
—Sí.
Miré a nuestro alrededor.
Había dos compañeros al otro extremo de la sala. Ninguno parecía pendiente de nuestra conversación.
Aun así, bajé la voz.
—El jueves me llegó una esquela de Mateo.
Lucía frunció el ceño.
—¿Cómo que una esquela?
Se lo expliqué.
El anuncio con su nombre y fotografía, la fecha del lunes doce y la publicación solicitada para el martes trece.
El bloqueo.
La falta de un remitente acreditado.
Cuando terminé, seguía mirándome.
—¿Por qué no me lo contaste?
No sonó como un reproche.
Me habría resultado más fácil si lo hubiera sido.
—Mateo me pidió que no lo compartiera. Tuve que informar a Rafael porque era una incidencia del periódico, pero después no sabía hasta dónde podía hablar.
—Soy tu amiga, Clara.
—Lo sé.
—Y también trabajo aquí. Podría haberte ayudado a comprobar el anuncio.
—Eso fue lo que me hizo dudar. No quería convertirte en otra persona que tuviera acceso a información sobre él.
Lucía apartó el bollo.
—Entiendo lo que dices. Pero podías contarme que estabas preocupada por tu hermano sin darme todos los detalles.
No encontré una respuesta.
Tenía razón.
Había confundido respetar una confidencia con tener que soportar sola todo lo que estaba ocurriendo.
—No quería ponerte en medio —dije.
—Pues ya estamos hablando. Si vas a necesitar que te ayude, prefiero saber qué ocurre.
Miró hacia la puerta del despacho de Rafael.
Estaba cerrada.
—¿Él conoce lo de la entrada en casa de Mateo?
—No se lo he contado.
—¿Y la esquela?
—Desde el jueves.
Asintió.
—De acuerdo. Entonces conviene que las comunicaciones del periódico sigan por los cauces habituales. Si necesitamos revisar algo juntas, tiene que ser algo que podamos consultar legítimamente.
—Eso mismo me dijo Inés.
—¿Quién es Inés?
—Una abogada. Está ayudando a Mateo. Conocía a mi madre.
Lucía volvió a mirarme.
—Vaya semana.
No intenté discutirlo.
Se levantó para llevar la bolsa a la sala de descanso.
Antes de marcharse, apoyó una mano en mi hombro.
—Lo del archivo puede esperar si necesitas ocuparte de él.
—Precisamente quería hablar contigo sobre eso.
Se detuvo.
—¿Sobre las fotografías?
Asentí.
—He encontrado una diferencia que no había considerado bien.
* * *
Esperé a que Lucía terminara una llamada.
Después abrimos juntas las dos galerías de Memorias .
La de Paula Ríos, publicada en abril de 2022.
Y la de Darío Soler, de septiembre de 2026.
Las imágenes estaban almacenadas en carpetas diferentes, pero mantenían una estructura semejante: una sala preparada para una reunión, retratos enmarcados y pequeños grupos de asistentes.
—Son homenajes privados —dijo Lucía—. Eso ya lo sabemos.
—Sí. Pero hemos estado hablando de ellos casi como si fueran funerales.
—En el caso de Paula, el título decía despedida.
—Y en el de Darío, homenaje.
Lucía abrió la ficha de Paula.
El texto publicado daba las gracias a quienes habían acudido a la despedida celebrada en la Sala del Mirador.
No mencionaba una muerte.
Tampoco una enfermedad.
Ni una fecha de fallecimiento.
—No estamos obligados a publicar esos datos en una galería de Memorias —observó Lucía.
—Lo sé.
—Podría ser una despedida por cualquier motivo.
—Precisamente.
Me volví hacia ella.
—¿Recuerdas que el viernes corregimos un pie de foto de Darío porque alguien había supuesto que el acto se celebró en una capilla municipal?
—Sí. El original hablaba de la Sala del Mirador.
—Y porque habíamos llamado familiares a unas personas que el remitente identificaba como compañeros.
Lucía asintió.
—Habíamos añadido cosas que no figuraban en el material original.
—Quiero comprobar si ocurrió algo parecido con Paula.
Se quedó mirando la pantalla.
—Eso sí tiene sentido como revisión de archivo.
Abrió la ficha de recepción.
—Pero vamos a limitarnos a los documentos editoriales. Nada de buscar números privados de los asistentes ni llamar a quienes enviaron las fotos.
—De acuerdo.
Volvimos a la galería de abril de 2022.
La solicitud conservaba las cinco fotografías publicadas, el texto de presentación y una nota adjunta con indicaciones para la edición.
Yo había abierto aquella carpeta el viernes, al comparar las fotografías. Entonces me interesaban los rostros y los nombres.
Ahora buscaba algo diferente.
Leímos la nota juntas.
Era breve.
Explicaba que el encuentro había sido organizado por personas cercanas a Paula y pedía respetar el carácter privado de la reunión.
Después aparecía una indicación dirigida al periódico:
Se trata de un acto de despedida. Rogamos que no se describa como funeral ni se añadan referencias a un velatorio, entierro o fallecimiento. Utilicen únicamente el texto facilitado.
Volví al principio.
La leí otra vez.
Lucía también.
—Esto es importante —dije.
—Sí.
—No querían que lo llamáramos funeral.
—Exactamente.
Me fijé en la frase siguiente.
Utilicen únicamente el texto facilitado.
No era una fórmula extraña en las solicitudes de particulares. Las personas que enviaban fotografías solían indicar qué nombres deseaban que aparecieran y cuáles preferían omitir.
Pero allí la instrucción era mucho más concreta.
No se limitaba a pedir discreción.
Pedía expresamente que no se mencionara un fallecimiento.
—¿Por qué? —pregunté.
Lucía se quedó pensando.
—Puede ser una despedida que no tenga nada que ver con una muerte.
—¿Y la fotografía enmarcada? ¿Las flores?
—Eso no convierte una reunión en un funeral.
Tenía razón.
Habíamos visto retratos enmarcados durante jubilaciones, aniversarios y homenajes a personas que cambiaban de ciudad.
Aun así, aquella galería tenía algo más solemne que las reuniones habituales de Memorias .
—También podría tratarse de alguien que estuviera muy enfermo —dije.
—Podría.
—O de una despedida organizada antes de marcharse.
—También.
Lucía señaló la nota.