Capítulo 12. La compañera de Lidia #3
—Quiero comprobar que sigue allí.
—Lo haremos de una forma que no comprometa a nadie.
No pregunté dónde estaba.
Ya sabía que la bolsa de deporte había salido de su vivienda el lunes por la mañana.
Ahora entendía que no se había llevado todos los papeles que consideraba importantes.
Aquello explicaba parte de sus precauciones, aunque todavía no el contenido de la documentación.
Inés me miró.
—Clara, también quiero pedirte algo.
—Dime.
—Sé que estás revisando otros asuntos en el archivo. Mateo me ha contado que trabajas con documentación antigua.
Me sorprendió.
—Eso forma parte de mi trabajo.
—Por supuesto. No te estoy pidiendo que dejes de hacerlo. Solo que, si encuentras información que crees relacionada con lo ocurrido, no la difundas ni contactes con personas a partir de una sospecha sin valorar antes a quién puedes afectar.
Pensé en las cuatro fotografías.
En Aurora Serra y Nicolás Cervera.
En los homenajes de Paula Ríos y Darío Soler.
Lucía ya me había hecho advertencias semejantes.
—No he publicado nada —respondí.
—No digo que lo hayas hecho.
—Ni he llamado a las familias.
—Entonces estamos hablando de lo mismo.
Inés cerró su bloc.
—La información puede servir para proteger a alguien o para ponerlo en peligro. A veces depende de quién la recibe y cuándo.
No parecía una frase ensayada.
Miré a Mateo.
Estaba observando la mesa.
Quise preguntarle si reconocía alguno de los nombres de mis notas.
No lo hice.
Todavía no había demostrado que las fotografías tuvieran relación con sus problemas, y aquella conversación no era el lugar para convertir una coincidencia en otra exigencia.
* * *
Salimos del despacho poco después de la una.
En la calle hacía más calor que por la mañana. Mateo se detuvo en la entrada y miró el teléfono.
—Tengo que resolver un par de cosas —dijo.
—¿Vas a volver al piso?
—No hoy.
Me tranquilizó que no tuviera que preguntárselo dos veces.
—¿Y el perro?
—¿Puedes quedártelo un poco más?
—Sí.
—Te traeré comida si se termina.
—Todavía tiene bastante. Lo que necesita es que alguien le explique que no puede subirse a mi cama.
Mateo sonrió.
—No lo conseguirás.
Caminamos juntos hasta la esquina.
Antes de despedirnos me detuve.
—No sabía que mamá te había dado el contacto de Inés.
Mi hermano guardó el móvil.
—Fue hace años.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no pensé que tuviera importancia hasta que necesité llamarla.
Lo miré.
—¿Y después?
—Después estabas preocupada por la esquela y yo no sabía cuánto podía contarte sin hablar antes con ella.
No era una respuesta perfecta.
Pero ya no estábamos en el viernes, cuando cada pregunta terminaba con una promesa de explicaciones futuras.
Había ido a la policía. Había compartido conmigo uno de los mensajes. Había aceptado mi presencia en la reunión con Inés.
Eran decisiones concretas.
—No quiero que terminemos viviendo la vida de mamá como si cada uno hubiera heredado una parte distinta —dije.
Mateo se quedó callado.
—Yo tampoco.
Nos abrazamos.
Después se marchó por la avenida.
Lo vi alejarse hasta que dobló la esquina.
No supe adónde iba.
Esta vez no intenté seguirlo.
* * *
Al volver a casa encontré al perro dormido sobre mi sofá.
Había conseguido subir a pesar de que le dejé la manta en el suelo.
Lo bajé, protestó y volvió a intentarlo en cuanto me di la vuelta.
Terminé sentándome junto a él.
Saqué el cuaderno.
Anoté el nombre de Inés Ferrer y la fecha de nuestra reunión.
Debajo escribí las acciones acordadas: precisar lo que faltaba en la vivienda, conservar los mensajes, ampliar la información de la denuncia y solicitar por vías adecuadas la preservación del expediente editorial.
Eran asuntos que podían tramitarse y comprobarse.
Después pasé a la página de las cuatro fotografías.
Elena Rivas.
Beatriz Molina.
Teresa Ocampo.
Julia Beltrán.
Pensé en decirle a Inés lo que había encontrado sobre Santa Oliva. Había estado a punto de hacerlo cuando habló de personas que podían resultar perjudicadas por una averiguación imprudente.
Pero me detuve por una razón distinta.
Hasta entonces había buscado las coincidencias entre las cuatro ceremonias. Apenas había empezado a preguntarme qué significaban por separado.
Aurora y Nicolás habían muerto.
Lo había comprobado en noticias y anuncios de sus funerales.
De Paula Ríos y Darío Soler solo tenía publicaciones de homenaje y despedida. No había localizado una esquela familiar ni una noticia que afirmara expresamente su fallecimiento.
Siempre había considerado esa diferencia un detalle editorial.
Tal vez no lo fuera.
No tenía motivos para afirmar que siguieran vivos, ni para suponer que alguien hubiera fingido sus muertes.
Pero sí podía hacer una pregunta más sencilla.
¿Qué habían querido decir exactamente aquellas publicaciones cuando hablaban de una despedida?
Volví a mirar el nombre de Paula Ríos.
Era el homenaje más antiguo de los dos.
Cerré el cuaderno y aparté la mano del teléfono.
No iba a llamar a nadie aquella tarde.
Primero necesitaba volver al texto original y leerlo sin añadirle la historia que yo esperaba encontrar.