La mujer de los obituarios Capítulo 12. La compañera de Lidia #2
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Capítulo 12. La compañera de Lidia #2

—Entonces, de momento, no sabemos quién autorizó que la esquela pasara a revisión.

—Exactamente.

Inés dejó el bolígrafo.

—Lo importante es que exista constancia de lo que encontraste y de cuándo lo encontraste. Y que los registros originales no dependan únicamente de tus anotaciones.

—El expediente permanece en el sistema del periódico.

—Eso es útil. Si necesitamos aportar esa información, habrá que hacerlo por una vía apropiada, sin que tengas que acceder a datos para los que no estás autorizada.

Asentí.

Era una distinción que ya había intentado respetar.

—Esta mañana he comprobado la edición publicada —añadí—. La esquela de Mateo no aparece.

—¿Y su estado interno?

—La última vez que lo consulté seguía retenida. Hoy no he entrado al sistema.

—No hace falta que lo hagas desde aquí.

Inés escribió otra nota.

—Prepararemos una petición de conservación de la información pertinente y estudiaremos cómo incorporarla a las actuaciones ya iniciadas.

No prometió que el periódico fuera a facilitarnos inmediatamente todos los registros.

Tampoco afirmó que la excepción manual demostrara quién había creado la esquela.

Agradecí que no lo hiciera.

Durante los últimos días había escuchado demasiadas respuestas tranquilizadoras que no contenían una explicación real.

Inés parecía más interesada en determinar lo que podía comprobarse que en ofrecernos una conclusión rápida.

—Hay algo que me gustaría preguntar —dije.

Ambos me miraron.

—¿Creéis que la esquela y lo ocurrido ayer están relacionados?

Inés respondió primero.

—Son hechos que justifican una comprobación conjunta, dadas las circunstancias y la secuencia temporal. Pero todavía no podemos atribuirlos a una misma persona.

Mateo asintió.

—Yo creo que sí están relacionados.

Lo miré.

—¿Por algo que sabes?

—Por las presiones que he recibido y por lo que pasó ayer.

Inés intervino antes de que continuáramos.

—Mateo puede explicar por qué lo considera así. Lo que necesitamos evitar es confundir esa interpretación con una identificación demostrada de los responsables.

Mi hermano bajó la cabeza.

—Lo entiendo.

Por primera vez no me sentí obligada a discutir aquella cautela.

Yo también quería saber quién había entrado en su vivienda.

Pero lo que necesitábamos ahora era conseguir que la denuncia y la documentación permitieran averiguarlo.

* * *

Hicimos una pausa cerca del mediodía.

Mateo salió al pasillo para atender una llamada que, según explicó, esperaba desde primera hora. Inés me ofreció agua.

Acepté.

Cuando nos quedamos solas, miré una fotografía pequeña situada junto a los libros.

Aparecían varias personas reunidas alrededor de una mesa. Reconocí a nuestra madre casi inmediatamente.

Era más joven que en las fotografías que conservábamos en casa. Llevaba el pelo corto y una chaqueta que recordaba haber visto durante años colgada en su armario.

Inés siguió mi mirada.

—Fue en una reunión profesional —dijo—. Hace mucho tiempo.

Me acerqué un poco.

—No sabía que seguías conservando fotografías de mamá.

—Conservo algunas.

Me volví hacia ella.

—¿Cuánto tiempo trabajasteis juntas?

—Varios años. Después cada una siguió su camino, pero mantuvimos el contacto.

—Yo pensaba que casi no os veíais.

Inés sonrió ligeramente.

—No nos veíamos tanto como antes. Eso es distinto.

Volví a mirar la fotografía.

Mi madre no sonreía a la cámara. Estaba hablando con la persona sentada a su derecha y sostenía un bolígrafo entre los dedos.

Reconocí aquel gesto.

Lo hacía cuando escuchaba algo que quería corregir.

—Mateo nunca me dijo que seguía en contacto contigo —comenté.

—Lo sé.

La respuesta me molestó.

—¿Y a ti te pareció normal?

Inés dejó su vaso sobre la mesa.

—Tu hermano acudió a mí porque necesitaba asesoramiento. No me correspondía contarle a otra persona que habíamos hablado.

—Soy su hermana.

—Lo sé.

Me quedé callada.

Había escuchado una respuesta semejante de Mateo, aunque esta vez la diferencia era importante.

Inés no estaba utilizando la confidencialidad para evitar una discusión familiar. Era una abogada a la que habían consultado por asuntos que podían afectar a terceros.

Aun así, había algo que quería saber.

—¿Mamá tuvo algo que ver con que Mateo acudiera a ti?

Inés tardó un momento en responder.

—Lidia le había dado mi contacto hace tiempo. Le dijo que podía llamarme si alguna vez necesitaba orientación jurídica.

—¿Cuándo?

—Antes de morir.

No pregunté inmediatamente nada más.

Recordé a nuestra madre insistiendo en que guardáramos teléfonos, direcciones y nombres de profesionales a los que acudir si surgía un problema.

Yo nunca había prestado demasiada atención.

Mateo, por lo visto, sí.

—¿Y sabías para qué podía necesitarte? —pregunté.

Inés se acomodó en la silla.

—No voy a hablarte de asuntos que puedan afectar a otras personas sin saber qué puedo compartir. Pero sí puedo decirte que tu madre confiaba en que Mateo sabría pedir ayuda cuando la necesitara.

Pensé en todas las veces que mi hermano había evitado explicarme qué estaba haciendo.

En la facilidad con la que mi madre parecía haber aceptado siempre sus silencios.

—A mí no me dio tu número —dije.

Inés me observó.

—Clara, tú y tu madre teníais una relación diferente.

No me gustó escucharlo de alguien ajeno a nuestra familia.

—Eso ya lo sé.

—No pretendía juzgarla.

—Yo tampoco.

Me di cuenta de que había levantado la voz.

La bajé.

—Solo me sorprende descubrir que había cosas de su vida que yo desconocía.

Inés miró la fotografía.

—Eso nos pasa a casi todos cuando muere alguien cercano. Pensamos que conocemos una vida completa porque hemos compartido una parte de ella.

No respondió a lo que realmente quería preguntarle.

Pero tampoco lo habría hecho nuestra madre.

* * *

Mateo regresó unos minutos después.

Inés volvió a su mesa.

—Hay varias cosas que necesitamos resolver antes de que puedas plantearte volver a casa —le dijo.

Mi hermano se sentó.

—Lo sé.

—La cerradura, para empezar. Y comprobar qué documentos faltan sin exponerte a otra situación de riesgo.

—He hablado con la persona que puede encargarse de la reparación.

—Bien. En cuanto al portátil, no esperes a recordar todo lo que tenía para actualizar las medidas de protección de tus cuentas. Si contenía información sensible, conviene actuar ya.

Mateo sacó una libreta.

Anotó las recomendaciones.

Acordaron organizar la documentación que él conservaba y preparar una ampliación de la denuncia con los mensajes y los datos que faltaban.

No se habló de publicar ninguna historia en El Faro .

Tampoco de utilizar mi acceso al archivo del periódico para localizar personas.

Cuando Inés terminó, Mateo cerró la libreta.

—Tengo que contarte algo más —dijo.

Lo miré.

Pensé que iba a decirme quién lo había presionado.

Pero se dirigía a Inés.

—Antes de salir de casa ayer dejé una parte de la documentación en otro lugar. No la llevaba encima cuando fui al edificio.

Inés asintió.

—Ya me lo habías mencionado.