Capítulo 12. La compañera de Lidia
El martes encontré al perro dormido junto a la puerta de mi dormitorio.
Había llevado su manta al salón, preparado agua y dejado abierta la puerta de la cocina, donde tenía la comida. Aun así, durante la noche había arrastrado la manta por el pasillo hasta colocarla cerca de mí.
Me agaché para acariciarlo.
Abrió un ojo, comprobó quién era y volvió a dormirse.
No había descansado mucho. Después de regresar de la comisaría, pasé más de una hora recordando detalles que no había anotado: la cerradura astillada, el cajón abierto, la manera en que Mateo se quedó mirando el hueco donde había dejado el ordenador.
Me preocupaba que alguien hubiese conseguido entrar en su casa mientras él estaba fuera. También me preocupaba lo que pudiera haber en ese portátil.
Lo segundo no me correspondía resolverlo.
Eso no impedía que quisiera saberlo.
Me preparé café y consulté el teléfono.
Mateo había enviado un mensaje a las ocho y dieciséis.
Nos vemos a las once. Te paso la dirección del despacho. Se llama Inés Ferrer.
Leí el nombre.
Inés Ferrer.
No esperaba reconocerlo.
Habían pasado años desde que había hablado con ella, pero recordaba perfectamente quién era.
Una antigua compañera de nuestra madre.
* * *
La última vez que había visto a Inés fue en el funeral de Lidia.
No recordaba las palabras que me dijo. Aquella mañana muchas personas se acercaron a darnos el pésame y buena parte de las conversaciones terminaron confundiéndose. Pero sí recordaba su presencia junto a la salida, cuando casi todos se habían marchado.
Había hablado unos minutos con Mateo.
Después se acercó a mí, me sostuvo las manos y me dijo que podía llamarla si necesitábamos ayuda con algún trámite.
No la llamé.
Durante aquellos meses recibimos suficientes ofrecimientos de ayuda como para no saber qué hacer con ellos. Algunos eran sinceros. Otros parecían una forma de terminar una conversación incómoda.
No pensé que Inés volviera a formar parte de nuestra vida.
Ahora descubría que Mateo llevaba días consultando precisamente con ella.
Escribí a mi hermano:
Conozco a Inés. ¿Por qué no me habías dicho quién era?
Tardó unos minutos en responder.
Prefería que hablarais en persona.
No me gustó.
Pero tampoco quise empezar otra discusión antes de la reunión.
Le confirmé que estaría allí.
Después abrí la edición digital de El Faro .
Era martes 13. La fecha solicitada para publicar la esquela de Mateo.
Busqué su nombre entre los anuncios funerarios publicados aquella mañana.
No apareció.
Comprobé también la relación de esquelas de la edición impresa que el periódico había reproducido en su página.
Tampoco estaba.
Sentí alivio.
Sabía que la ausencia del anuncio no resolvía la investigación sobre su origen. La última vez que había consultado el expediente, seguía retenido, y nada me había indicado que aquella situación hubiera cambiado.
Pero necesitaba comprobar el resultado visible.
Nadie había publicado la muerte de mi hermano.
No aquella mañana.
A las nueve escribí a Rafael para comunicarle que tenía un asunto familiar urgente y que no podría acudir a mi turno habitual.
Respondió poco después.
Ocúpate de tu familia. Organizamos el trabajo aquí. Avísame cuando sepas si necesitas más días.
Le di las gracias.
No mencioné la entrada en la vivienda de Mateo.
Rafael conocía la existencia de la esquela y sabía que mi hermano estaba preocupado. Por el momento, los detalles de la denuncia no tenían por qué circular por la redacción.
Me vestí y saqué al perro a pasear.
La ciudad recuperaba su actividad después del festivo. Los comercios abrían, los autobuses circulaban llenos y los vecinos caminaban deprisa hacia sus trabajos.
Mientras esperábamos para cruzar una avenida, el perro tiró de la correa en dirección a una panadería.
—No —le dije.
Se sentó.
Mateo solía contarme que hacía lo mismo cuando quería conseguir comida.
Pensé en llamarlo para decírselo.
Después recordé por qué estaba conmigo.
* * *
El despacho de Inés Ferrer ocupaba la primera planta de un edificio antiguo, a pocas calles del centro.
No había una recepción grande ni una sala de espera llena de clientes. Una placa junto a la puerta mostraba su nombre y la palabra Abogada .
Llegué diez minutos antes de la cita.
Mateo ya estaba allí.
Se encontraba sentado en un banco del vestíbulo, con la chaqueta azul del día anterior y una carpeta pequeña sobre las rodillas.
Me acerqué.
—¿Has dormido?
—Algo.
—¿Dónde?
Me miró.
—En un sitio seguro.
Suspiré.
—No voy a discutir contigo delante de la puerta.
—Lo sé.
Se levantó.
Tenía ojeras, pero parecía menos nervioso que cuando lo dejé frente a la comisaría.
—¿Cómo está el perro?
—Ha decidido mudarse delante de mi dormitorio.
Mateo sonrió.
—Hace eso cuando no quiere estar solo.
—Pues tenemos algo en común.
La sonrisa desapareció de su cara.
—Clara, antes de entrar quiero decirte una cosa.
Esperé.
—Voy a contarle a Inés lo que pasó. También quiero que tú puedas explicar lo del periódico. Pero hay documentación de otras personas y necesito que respetemos sus decisiones sobre lo que puede compartirse.
—Lo entiendo.
—No quiero que pienses que te llevo aquí para que alguien te convenza de dejar de preguntar.
—Eso sería bastante difícil.
—Ya lo sé.
Se acercó a la puerta y llamó.
Inés abrió casi inmediatamente.
Llevaba el pelo recogido y unas gafas de lectura colgadas del cuello. Me reconoció antes de que Mateo hiciera las presentaciones.
—Clara.
—Hola, Inés.
Se acercó y me dio dos besos.
—Me alegro de verte. Aunque habría preferido que fuera en otras circunstancias.
La seguí hasta el despacho.
Recordaba aquella voz.
No del funeral, sino de conversaciones más antiguas, cuando nuestra madre hablaba con ella por teléfono y yo pasaba a recoger algo por casa.
Había nombres de la vida de Lidia que creí haber dejado atrás cuando murió.
Inés era uno de ellos.
* * *
Nos sentamos alrededor de una mesa pequeña.
Había una ventana que daba a un patio interior. Sobre un estante descansaban carpetas cerradas y varios libros de derecho con los lomos gastados.
Inés dejó un bloc delante de ella.
—Mateo me ha contado lo ocurrido anoche —dijo—. Pero prefiero que empecemos por lo que podáis confirmar cada uno.
Miró a mi hermano.
—¿Tienes la información de la denuncia?
Él sacó unos papeles de su carpeta.
—Sí.
Los dejó sobre la mesa.
Inés los revisó sin decir nada durante unos minutos. Después tomó notas y le hizo preguntas sobre el ordenador desaparecido, la cerradura y las personas que habían tenido acceso a la vivienda.
Mateo contestó con mayor precisión de la que había utilizado conmigo durante toda la semana.
Dijo cuándo había salido de casa, que había dejado al perro con la vecina por la mañana y que no regresó hasta recibir su llamada.
Explicó que el portátil seguía conectado al cargador cuando se marchó y que lo utilizaba tanto para asuntos personales como para preparar parte de su trabajo.
—¿Qué documentos había dentro? —preguntó Inés.
—Tengo que revisar las carpetas que conservaba. Algunas cosas eran copias de documentos que ya tenía en otro soporte. Otras las había preparado allí.
—Necesitamos distinguir las dos situaciones.
Mateo asintió.
No añadió nombres ni contenido de terceras personas.
Inés tampoco se los pidió delante de mí.
—Haz una relación de lo que recuerdes —continuó—. No una lista hecha a partir de suposiciones sobre lo que buscaban. Solo lo que sabes que estaba allí y lo que has comprobado que falta.
—De acuerdo.
—Después veremos cómo ampliar la información aportada a la policía. Conviene que sepan qué clase de datos podría contener el equipo, especialmente si hay información de personas que deban ser protegidas.
Aquello me hizo pensar en las conversaciones del viernes.
Mateo había insistido en que no todo lo que conocía le pertenecía.
Ahora, por primera vez, esa reserva tenía una consecuencia práctica.
El ordenador perdido podía contener información que afectara a otros.
No bastaba con identificar su marca y su valor.
Inés volvió a mirar a mi hermano.
—¿Has conservado los mensajes?
—Sí.
—Enséñame el que recibiste antes del jueves.
Mateo desbloqueó el teléfono y abrió una conversación.
Inés leyó la pantalla.
No hizo ningún comentario durante unos segundos.
Después levantó la vista.
—¿Te parece bien que Clara conozca este?
Mi hermano me miró.
—Sí.
Me acercó el móvil.
Era un mensaje recibido el miércoles 7 de octubre desde un número que no tenía guardado entre sus contactos.
El texto era breve.
Todavía estás a tiempo de evitar que esto alcance a tu familia.
Lo leí dos veces.
No había insultos ni una amenaza de muerte formulada expresamente.
Pero tampoco se parecía a una conversación profesional ordinaria.
—¿Ese fue el primer mensaje? —pregunté.
—No.
Mateo recuperó el teléfono.
—Hubo contactos anteriores.
No insistí en leerlos.
Acababa de enseñarme uno que mencionaba a nuestra familia antes de la llegada de la esquela.
Aquello bastaba para entender que la inquietud de Mateo no había comenzado el jueves.
Inés anotó la fecha.
—Es importante conservar la conversación completa y el contexto —dijo—. Una frase aislada puede parecer distinta cuando sabemos qué ocurrió antes y después.
—No he borrado nada —respondió Mateo.
—Bien.
Después se volvió hacia mí.
—Ahora necesito que me expliques cómo llegó el anuncio al periódico.
* * *
Le conté lo que sabía.
La recepción del jueves a las once y diecisiete. El nombre completo de Mateo, su fotografía y la fecha del lunes doce.
La publicación solicitada para el martes trece.
El bloqueo.
La ausencia de datos visibles del intermediario.
La autorización manual para permitir que el formulario pasara a revisión editorial.
Inés tomó notas mientras hablaba.
Cuando terminé, me preguntó:
—¿Quién puede consultar el historial completo?
—No lo sé con precisión. Mi usuario tiene acceso al expediente editorial y a un resumen administrativo, pero no al detalle de los permisos especiales.
—¿Has solicitado que se compruebe?
—Sí. El sábado envié una consulta por el procedimiento interno. Pedí también que conservaran los registros.
—¿Te respondieron?
—Todavía no.