La mujer de los obituarios Capítulo 11. No me busques aquí #2
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Capítulo 11. No me busques aquí #2

—Entonces conviene que los aporte al denunciar, junto con los datos de la esquela, y explique por qué cree que pueden guardar relación con la entrada en la vivienda.

Mateo asintió.

El agente no trató la coincidencia de fechas como una prueba.

Nos explicó que debían recogerse los hechos por separado y comprobar después si existía alguna relación entre ellos.

Habíamos dedicado varios días a discutir exactamente aquello.

Pero escucharlo frente a la puerta forzada de la casa de mi hermano me produjo una impresión distinta.

Ya no se trataba solo de lo que yo pudiera escribir en mi cuaderno.

Había una entrada violenta en una vivienda, un ordenador desaparecido y una denuncia que debía recoger lo ocurrido.

* * *

Al salir del edificio, Mateo me pidió que camináramos un poco.

Los agentes permanecieron allí unos minutos más. La vecina ya había regresado a su piso.

Nos alejamos hasta una pequeña plaza.

Era casi de noche.

Había familias paseando y un niño jugaba con una pelota junto a un banco. Los bares seguían abiertos, pero la mayor parte de las tiendas habían cerrado por el festivo.

Me senté.

Mateo permaneció de pie delante de mí.

—¿La bolsa está contigo? —pregunté.

Me miró con extrañeza.

—¿Qué bolsa?

—La que tenías preparada el viernes.

Bajó la vista hacia la pequeña bolsa que llevaba cruzada.

—La de deporte no estaba en casa. Me la llevé esta mañana.

—¿Y los documentos?

—No estaban todos allí.

Esperé.

—No puedo explicarte todavía qué contienen —añadió—. Pero había copias en el piso. Necesito comprobar cuáles faltan.

—¿Crees que han entrado por ellas?

Mateo se sentó a mi lado.

—Es una posibilidad.

—¿Por eso sacaste al perro esta mañana?

No respondió inmediatamente.

—Pensé que podía tener que salir de casa durante un tiempo. No quería dejarlo solo si surgía algo.

—¿Sabías que alguien iba a entrar?

—No.

Lo observé.

—Mateo, necesito que me contestes sin rodeos.

—No sabía que iban a entrar. Sabía que hoy podía haber problemas.

Era la primera vez que reconocía una relación tan directa entre aquella fecha y sus precauciones.

—¿Qué problemas?

—Me habían pedido que hiciera algo que no quería hacer.

Me volví hacia él.

—¿Quién?

Negó con la cabeza.

—No quiero darte un nombre antes de hablar con la persona que me está ayudando.

Sentí que el enfado regresaba.

—Acaban de entrar en tu casa. Te han robado el ordenador. Ya no estamos hablando de una posibilidad.

—Lo sé.

—Entonces deja de comportarte como si todavía pudieras impedir que me involucrara.

Mateo se pasó una mano por la cara.

—Tienes razón.

Su respuesta me hizo callar.

—Creí que tenía más margen —continuó—. Pensé que, si conseguía hablar con las personas adecuadas, podía evitar que esto llegara a casa.

—¿Y qué ha pasado?

—Que no lo he conseguido.

Se quedó mirando la plaza.

—El perro está contigo. Eso por lo menos salió bien.

No supe si quería reírme o gritarle.

—No puedes considerar un éxito que el perro esté a salvo mientras alguien entra en tu vivienda.

Mateo sonrió apenas.

—No he dicho que fuera un éxito.

—Pues se le parece bastante.

Nos quedamos un momento callados.

Después me miró.

—Siento haberte dejado con tan poca información.

No le respondí enseguida.

Llevaba días esperando que reconociera aquello. Ahora, cuando finalmente lo hacía, ya no sabía qué podía solucionar una disculpa.

—No necesito que me cuentes secretos de otras personas —dije—. Pero sí que me digas qué debemos hacer para que no vuelva a pasar.

Mateo asintió.

—Esta noche no voy a dormir aquí. Mañana hablaré con una abogada.

—¿La persona con la que llevas días consultando?

—Sí.

—¿Y sabe lo de la esquela?

—Sí. Se lo conté el sábado.

Recordé aquella llamada de la mañana.

Mi hermano había cumplido entonces lo que prometió el viernes.

—¿Sabe lo que ha ocurrido hoy?

—La he avisado hace unos minutos.

—¿Qué te ha dicho?

—Que no regrese solo a la vivienda y que aporte los mensajes y la información que pueda justificar ante la policía. Mañana quiere que hablemos con más calma.

—¿Podré estar presente?

Mateo tardó en responder.

—Quiero que estés.

Lo miré.

No esperaba escucharlo.

—¿Por qué has cambiado de opinión?

—Porque esto ya te afecta aunque yo no quiera.

Apartó los ojos.

—Y porque necesito ayuda.

* * *

Acompañé a Mateo hasta la comisaría para que formalizara la denuncia.

No fue una visita breve.

Tuvimos que esperar, explicar lo ocurrido y separar lo que había visto la vecina de lo que Mateo había comprobado después en su vivienda. También indicamos la existencia de la esquela y de los mensajes que mi hermano conservaba.

Nadie nos dijo que tuvieran ya una explicación para el robo.

Mateo aportó los datos del ordenador que pudo recordar y explicó que necesitaría revisar con más detenimiento qué documentación faltaba.

Le indicaron cómo ampliar esa información.

Por mi parte, facilité los datos necesarios para identificar la solicitud retenida en el periódico y me comprometí a colaborar por los cauces correspondientes si necesitaban una copia o una verificación de los registros.

No entregué archivos a los que no tuviera derecho de acceso ni presenté como pruebas mis sospechas sobre Santa Oliva.

Aquella noche nadie mencionó a Aurora Serra ni a Nicolás Cervera.

Tampoco a la mujer de las cuatro fotografías.

Mientras escuchaba a Mateo describir la puerta forzada, pensé en lo absurdo que habría sido intentar introducir todos mis descubrimientos en aquella declaración.

La policía estaba recogiendo una denuncia por hechos concretos.

Si existían otras relaciones, tendría que demostrarlas antes de presentarlas como tales.

Cuando salimos, había pasado de las nueve.

Mateo parecía agotado.

—¿Dónde vas a dormir? —pregunté.

—Me quedaré con alguien.

—¿Puedo saber con quién?

—Es una persona de confianza.

Me detuve.

Él también.

—No quiero volver a discutir por esto —dije—. Pero necesito saber que estás a salvo.

—Te llamaré cuando llegue.

—Eso no me dice dónde estás.

—Lo sé.

Lo miré con impaciencia.

Mateo respiró hondo.

—No voy a esconderme de ti. Pero tampoco quiero llevarte a una casa donde hay otras personas que no han aceptado que les dé su dirección.

Era un argumento que ya conocía.

La diferencia era que esta vez había accedido a denunciar, había aceptado contarme algo más y quería que hablara con la abogada.

No era suficiente para tranquilizarme.

Pero tampoco era lo mismo que el viernes.

—Entonces al menos mantén el teléfono encendido —dije.

—Lo haré.

—Y mañana quiero acompañarte a esa reunión.

—De acuerdo.

Nos quedamos frente a la comisaría.

Mateo miró hacia la calle por la que habíamos venido.

—Clara, si mañana necesitas verme, no me busques aquí.

—¿Aquí?

—En mi casa. No voy a volver hasta que pueda asegurarla y sepamos algo más de lo ocurrido.

Asentí.

—No pensaba presentarme allí sin avisar.

—Ya lo sé. Pero esta vez quería decírtelo antes.

Me acerqué y le di un beso en la mejilla.

—Cuídate.

—Tú también.

Lo vi alejarse hasta la esquina.

No llevaba su bolsa de deporte.

Me había dicho que la dejó en otro lugar antes de ir al edificio. No pregunté dónde.

Por primera vez, su necesidad de reserva me pareció menos una forma de apartarme y más una condición que todavía teníamos que aprender a manejar.

Eso no significaba que estuviera dispuesta a aceptar cualquier silencio.

* * *

Al llegar a casa, el perro me recibió con una mezcla de reproche y entusiasmo.

Lo saqué a dar una vuelta corta y después le serví la cena.

Mientras comía, abrí el cuaderno.

No empecé por las cuatro fotografías.

Tampoco por las noticias de Santa Oliva.

Escribí la fecha.

Lunes 12 de octubre.

Debajo anoté las llamadas de la tarde, la entrada en la vivienda de Mateo, los objetos que él había echado en falta y la intervención policial.

Me detuve en la hora de la primera llamada.

Las seis.

Había pasado toda la semana mirando esa fecha en la esquela de mi hermano. Pensaba que, si llegábamos al martes sin que le ocurriera nada, podríamos empezar a tratar aquel anuncio como una amenaza que no había conseguido su propósito.

Ahora sabía que no era tan sencillo.

Mateo estaba vivo.

Pero alguien había entrado en su casa, había revisado sus pertenencias y se había llevado al menos un ordenador. Mi hermano no podía regresar a dormir allí y había tenido que acudir a la policía.

La fecha no había anunciado su muerte.

Eso nunca la había convertido en una predicción.

Pero tampoco había sido un detalle sin consecuencias.

El teléfono vibró.

Era un mensaje de Mateo.

He llegado bien. Mañana hablaremos con la abogada. Gracias por cuidar de él.

Miré al perro, que había terminado de comer y se acercaba con su cuenco vacío.

Respondí:

Está bien conmigo. Hablamos mañana.

Guardé el teléfono.

En el cuaderno había dos páginas abiertas.

Una contenía nombres de personas muertas y referencias a una residencia.

La otra, los hechos ocurridos aquella tarde.

Seguía sin tener una prueba que relacionara ambas cosas.

Pero al día siguiente tendría que hablar con una abogada que conocía el problema de Mateo. Y, por primera vez, mi hermano había pedido que estuviera presente.

Cerré el cuaderno y apagué la luz del salón.

El perro se acomodó sobre su manta.

No sabía cuánto tiempo se quedaría conmigo.

Aquella noche, al menos, teníamos un lugar donde dormir.