Capítulo 11. No me busques aquí
Mateo llamó a las seis en punto.
Tenía el teléfono delante y contesté antes de que sonara por segunda vez.
—Hola.
—Clara, ¿estás en casa?
—Sí. Tengo al perro.
—Bien.
No me gustó la forma en que lo dijo.
—¿Dónde estás?
—En mi edificio.
Me incorporé.
—¿Has vuelto?
—Sí. Pero no he subido al piso.
Escuché voces al fondo y el ruido de un vehículo que pasaba cerca.
—¿Qué ocurre?
Mateo tardó unos segundos en responder.
—Han entrado en casa.
Miré hacia la manta donde dormía el perro.
—¿Cómo?
—La vecina me ha llamado hace un rato. Ha encontrado la puerta abierta. Parece que han forzado la cerradura.
Me levanté.
—¿Está bien?
—Sí. No ha entrado. Me ha avisado en cuanto lo ha visto.
—¿Y tú?
—Estoy abajo, esperando a la policía.
Me quedé inmóvil junto a la mesa.
Había pasado cuatro días preguntándole a mi hermano si alguien lo estaba amenazando. Él había reconocido que tenía miedo, había preparado una bolsa y había dejado al perro con una vecina.
Ahora alguien había entrado en su casa.
—Voy para allá —dije.
—No. Espera.
—Mateo…
—He llamado al 112. No sé quién puede estar dentro. Prefiero que no vengas hasta que lo comprueben.
Era la primera vez que me daba una razón concreta para no acercarme a él.
—¿Has visto a alguien?
—No.
—¿La puerta está abierta ahora?
—No he subido a comprobarlo.
Me obligué a escuchar.
—De acuerdo. Pero cuando llegue la policía, me llamas.
—Eso haré.
—¿Y no vas a entrar solo?
—No.
Hubo un silencio.
—¿Por eso querías que recogiera al perro? —pregunté.
Mateo respiró hondo.
—Quería asegurarme de que estuviera contigo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Lo sé.
Antes habría insistido. Aquella tarde había algo más importante que conseguir una explicación completa.
—Llámame en cuanto sepas algo.
—Lo haré.
—Mateo.
—Dime.
—No te muevas de donde estás sin avisar a los agentes.
—De acuerdo.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla.
Eran las seis y cuatro.
La fecha de la esquela había llegado y alguien había forzado la puerta de mi hermano.
No sabía quién.
Tampoco sabía qué buscaba.
Pero por primera vez desde el jueves tenía un hecho que no dependía de interpretar un formulario ni de convencer a Mateo de que me contara la verdad.
* * *
El perro se levantó cuando fui a buscar la chaqueta.
Me siguió hasta el recibidor y empezó a mover la cola, convencido de que íbamos a salir.
—Ahora no —le dije.
Volvió a mirarme con aquella expresión paciente que ponía cuando no entendía por qué tardábamos tanto en abrir una puerta.
Dejé la chaqueta sobre una silla.
Mateo me había pedido que esperara.
Tenía sentido. Si todavía no habían comprobado la vivienda, no iba a presentarme allí y añadir otra persona de la que tuvieran que ocuparse.
Pero quedarme en casa tampoco me parecía una decisión soportable.
Abrí nuestra conversación.
El último mensaje seguía siendo el agradecimiento por haber recogido al perro.
Pensé en la bolsa que había visto el viernes, cerrada junto al dormitorio. Mateo había dicho que contenía ropa y documentos. No sabía si se la había llevado aquella mañana o si seguía en el piso.
Recordé también la carpeta oscura.
La había visto abierta sobre la ropa cuando llegué y medio escondida después, cuando mi hermano se dio cuenta de que la estaba mirando.
No tenía derecho a conocer su contenido.
Eso seguía siendo cierto.
Pero alguien acababa de entrar por la fuerza en el lugar donde había estado guardada.
El teléfono vibró a las seis y diecinueve.
Era Mateo.
—Ya han llegado —dijo.
—¿Han entrado?
—Están comprobándolo.
Su voz sonaba distinta. No más asustada, sino cansada.
—¿Puedo ir?
—Sí. Me han dicho que espere fuera mientras terminan.
—Voy en camino.
Esta vez no discutió.
* * *
Cogí un taxi porque no quería depender de los horarios del transporte festivo.
Durante el trayecto intenté ordenar lo que iba a decir si los agentes me preguntaban por la esquela.
Había recibido un anuncio funerario falso con el nombre de mi hermano, una fecha futura y su fotografía.
Lo había retenido.
Podía mostrar la existencia del expediente y explicar que el original seguía en el periódico.
No podía afirmar quién lo había enviado.
Tampoco podía decir que el anuncio y la entrada en la vivienda fueran obra de una misma persona. Era una posibilidad que habría que comprobar.
Había repetido tantas veces esas distinciones durante los últimos días que empezaban a salirme con naturalidad.
Lo que no sabía era cómo iba a reaccionar al encontrarme con Mateo.
Lo vi antes de que el taxi se detuviera.
Estaba junto al portal, con el teléfono en la mano. Llevaba una chaqueta azul y tenía una pequeña bolsa cruzada sobre el pecho. A unos metros, dos agentes uniformados hablaban con la vecina del primer piso.
Pagué y salí.
Mateo levantó la vista cuando me acerqué.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí.
Lo abracé.
No esperaba hacerlo. Había llegado preparada para preguntarle qué había ocurrido y por qué no me había contado antes lo suficiente para entenderlo.
Pero al tenerlo delante solo quería comprobar que estaba allí.
Mateo me rodeó con un brazo.
—Estoy bien, Clara.
Me aparté.
—¿Qué han encontrado?
—La puerta está dañada. Han revisado las habitaciones para asegurarse de que no hubiera nadie dentro.
—¿Y?
—No hay nadie.
La vecina se acercó.
—Me alegro de que hayas venido —me dijo.
Parecía avergonzada, como si tuviera que disculparse por haberse visto involucrada.
—¿A qué hora vio la puerta? —le pregunté.
—Serían casi las seis. Había bajado a tirar unas cosas y, cuando volvía, vi que no estaba cerrada del todo.
—¿Escuchó algo antes?
Negó con la cabeza.
—Nada. Yo estaba en mi casa. No oí golpes ni voces.
Miró a Mateo.
—Pensé que te habías dejado la puerta mal cerrada, pero cuando subí vi la cerradura y ya no quise acercarme más.
—Hizo bien —dijo uno de los agentes, que había llegado hasta nosotros.
Después se dirigió a Mateo.
—Podemos subir para que haga una primera comprobación. Le pedimos que no toque nada innecesariamente y que nos indique si advierte algo fuera de lugar.
Mi hermano asintió.
El agente nos miró.
—¿Usted es familiar?
—Su hermana —respondí.
—Puede acompañarlo, pero necesitamos que sea él quien nos explique cómo encontró normalmente la vivienda y qué echa en falta.
Subimos.
La vecina permaneció abajo.
* * *
Lo primero que vi fue la puerta.
La madera junto a la cerradura estaba astillada. Había una pequeña abertura en el marco y el bombín presentaba marcas que no recordaba.
No sabía qué herramienta habían utilizado ni cómo habían conseguido entrar.
Solo podía ver el daño.
Uno de los agentes nos pidió que esperáramos mientras terminaba de anotar algunos detalles. Después nos dejó pasar.
El salón parecía casi el mismo del viernes.
La mesa seguía junto a la ventana. La lámpara que nuestra madre había regalado a Mateo estaba en su sitio, aunque ligeramente torcida.
Había un cajón abierto bajo el escritorio.
Sobre el suelo se veían varios sobres y papeles que no recordaba haber visto allí.
Mateo se detuvo.
—Eso estaba cerrado —dijo.
Señaló el cajón.
El agente lo anotó.
—¿Ha comprobado si falta algo?
—Todavía no.
Mi hermano avanzó unos pasos.
Miró hacia la mesa y después hacia el hueco donde normalmente dejaba el ordenador portátil.
—El ordenador no está.
Lo dijo sin levantar la voz.
—¿Dónde lo guardaba? —preguntó el agente.
—Aquí. Encima del escritorio.
—¿Lo utilizó hoy? ¿Pudo llevárselo cuando salió?
—No. Lo dejé en casa.
Me fijé en el cable del cargador. Seguía enchufado y colgaba por un lado de la mesa.
Mateo abrió la boca como si fuera a añadir algo, pero volvió a mirar los papeles.
—Hay documentación fuera de su sitio —dijo finalmente.
—¿Qué clase de documentación?
—Papeles de trabajo. Algunas copias personales.
El agente esperó.
—¿Sabe si falta alguna carpeta o algún documento concreto?
Mateo no contestó enseguida.
—Tengo que revisarlo.
—No hace falta que lo haga ahora mismo. Pero es importante que nos indique con la mayor precisión posible qué objetos y documentos faltan cuando formalice o amplíe la denuncia.
Mi hermano asintió.
Desde donde estaba podía ver la puerta del dormitorio.
La bolsa de deporte que había visto el viernes no aparecía en el salón.
No pregunté por ella delante de los agentes. Tampoco traté de abrir los cajones para comprobar si la carpeta oscura seguía allí.
Mateo conocía mejor su casa.
Y lo que hubiera dentro, por delicado que fuera, no me correspondía examinarlo a escondidas.
* * *
La inspección de la vivienda no duró mucho más.
Los agentes recogieron la información inicial, nos preguntaron por las últimas horas en que alguien había estado allí y explicaron a Mateo cómo debía dejar constancia de lo sustraído.
No nos dijeron quién había entrado ni cuánto tiempo llevaba abierta la puerta.
Tampoco prometieron encontrar al responsable.
Uno de ellos recomendó que no se quedara aquella noche con la cerradura en ese estado y que gestionara su reparación cuanto antes.
Mateo respondió que dormiría fuera.
Cuando íbamos a bajar, me volví hacia el agente que nos había acompañado.
—Necesito contarles algo más —dije.
Mi hermano me miró.
—Clara…
—Es importante.
El agente esperó.
—Trabajo en El Faro . El jueves llegó al periódico una esquela que anunciaba la muerte de mi hermano para hoy.
Miró a Mateo.
—¿Es correcto?
—Sí —respondió él.
—La solicitud está retenida —continué—. No se ha publicado. Contiene su nombre completo, una fotografía y una fecha de fallecimiento que no podía ser cierta cuando llegó.
—¿Conserva el anuncio?
—El original está en el sistema del periódico y existe un registro de la incidencia. También tengo las referencias para identificarlo.
El agente tomó nota.
—¿Saben quién lo remitió?
—No —dije—. La procedencia está pendiente de comprobación.
Mateo permanecía a mi lado, mirando el suelo.
—¿Habían recibido alguna amenaza anteriormente? —preguntó el agente.
Esta vez contestó mi hermano.
—He recibido mensajes relacionados con un asunto de trabajo.
—¿Los conserva?
—Sí.