Capítulo 10. El accidente de Nicolás #2
Me quedé mirando el mensaje.
No esperaba aquella petición.
¿Qué ha pasado? , escribí.
No le pasa nada. Está con una vecina. Tiene su comida y sus cosas.
Volví a leerlo.
Mateo nunca había dejado al perro con nadie sin avisarme, salvo cuando tenía que pasar un día entero fuera por trabajo. En esas ocasiones solía organizarse con algún vecino o pagar a alguien para que lo sacara.
Pero ahora me estaba pidiendo que fuera yo quien se hiciera cargo.
¿Cuánto tiempo?
La respuesta tardó algo más.
Esta noche, si puedes.
Sentí que se me tensaban los hombros.
Mi hermano había dicho el viernes que quizá necesitara pasar unos días fuera. El domingo todavía conservaba la bolsa preparada en casa. Aquella mañana había admitido que debía resolver asuntos pendientes.
Y ahora estaba buscando dónde dejar al perro.
Llamé.
No respondió.
A los pocos segundos llegó otro mensaje.
No puedo hablar ahora. Te llamo a las seis, como quedamos.
Lo miré con enfado.
Voy a recogerlo. Pero tenemos que hablar.
Esta vez contestó inmediatamente.
Gracias.
No añadió nada más.
Guardé el teléfono y miré la calle por la ventanilla.
Esta vez, una decisión de Mateo iba a cambiar algo concreto de mi día.
No era una amenaza ni un documento extraño.
Era su perro, que necesitaba comer, salir y dormir en algún sitio.
Y mi hermano había decidido que ese sitio fuera mi casa.
* * *
La vecina vivía en el primer piso, justo debajo del apartamento de Mateo.
Me abrió una mujer de unos sesenta años que llevaba unas gafas sujetas por una cadena. El perro apareció detrás de ella en cuanto escuchó mi voz.
—Tú debes de ser Clara.
—Sí. Gracias por cuidarlo.
—No tienes que darme las gracias. Tu hermano me lo ha dejado esta mañana.
Me agaché para acariciar al animal.
Tenía la misma energía de siempre. Se puso a dar vueltas alrededor de mis piernas hasta que la vecina le pidió que se apartara de la puerta.
—Es un pesado —dijo, aunque sonreía.
—Lo sé. Llevo años diciéndoselo.
La mujer me entregó una bolsa con pienso, el cuenco y una manta doblada.
—Mateo dijo que vendrías a buscarlo por la tarde.
Aquello me sorprendió.
—¿Se lo dijo esta mañana?
—Sí.
No debía de haber nada extraño en la pregunta, porque continuó hablando con naturalidad.
—Me explicó que quizá tendría que dejarlo aquí hasta que pudieras pasar. Tiene muchas cosas estos días, por lo visto.
Asentí.
No le pedí detalles.
Si Mateo había decidido contarle algo a su vecina, no tenía sentido convertirla en una intermediaria para obtener respuestas que él me estaba negando.
—¿Le ha dejado alguna otra cosa? —pregunté.
—Solo esto.
Señaló la bolsa del perro.
—Tiene su comida, la correa y la manta que le gusta. Es suficiente para unos días, si te hace falta.
No me gustó escuchar aquellas palabras.
Unos días.
Mateo me había pedido únicamente aquella noche.
Pero no tenía motivos para pensar que la vecina supiera cuánto tiempo estaría fuera.
Le di las gracias otra vez.
Antes de despedirse, la mujer me preguntó si mi hermano estaba bien.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque llevaba varios días bastante serio. Normalmente se detiene a hablar conmigo cuando nos cruzamos, pero últimamente anda siempre con prisas.
—Está resolviendo algunos asuntos de trabajo.
—Eso me dijo.
No añadió nada que me permitiera pensar que había visto algo extraordinario.
Me despedí y bajé las escaleras con el perro.
En la entrada del edificio, el animal se detuvo y miró hacia arriba.
Tiró suavemente de la correa.
—Hoy vienes conmigo —le dije.
No parecía convencido.
Tuvimos que esperar un momento antes de que aceptara salir a la calle.
* * *
Regresé a casa caminando.
El perro conocía el trayecto solo a medias y se detenía a olfatear casi todas las esquinas. Yo tenía prisa, pero no quise tirar de él más de lo necesario.
Mientras avanzábamos, pensé en lo que acababa de averiguar sobre Nicolás.
Había muerto en un accidente del que yo conocía únicamente las circunstancias publicadas en 2018. Santa Oliva y Fundación Alerce habían firmado una nota de pésame, lo que reforzaba su vínculo profesional con la residencia.
La misma mujer que aparecía en el funeral de Aurora había asistido al suyo bajo otro nombre.
Esos eran los hechos.
No podía relacionar su accidente con las reclamaciones de Aurora por los turnos. Tampoco sabía si Nicolás había tenido acceso a documentación administrativa o si había acudido a alguien para hablar de su trabajo.
Eran preguntas futuras.
En cambio, lo de Mateo estaba ocurriendo delante de mí.
Había dejado al perro con una vecina desde aquella mañana. Ahora me pedía que lo cuidara durante la noche.
No me había dicho que pensara marcharse de Valdaria.
Tampoco me había asegurado que regresaría a dormir a casa.
Miré el teléfono.
Las cinco y media.
Faltaban treinta minutos para la llamada.
Aceleré el paso.
El perro protestó deteniéndose junto a un árbol.
Esperé a que terminara.
Después continuamos.
* * *
Llegué a casa poco antes de las seis.
Dejé la bolsa del animal junto a la cocina, llené su cuenco de agua y extendí la manta en el rincón donde se tumbaba cuando Mateo lo traía de visita.
El perro dio unas vueltas sobre ella, se acomodó y apoyó la cabeza entre las patas.
Parecía tranquilo.
Yo no.
Me quité la chaqueta y coloqué el teléfono sobre la mesa.
Revisé la conversación con Mateo.
Su último mensaje seguía siendo aquel gracias enviado desde un lugar que no conocía.
No había intentado llamarlo otra vez.
Podía hacerlo en aquel momento, pero faltaban muy pocos minutos para la hora que habíamos acordado y no quería convertir la espera en otra discusión.
Me senté frente al cuaderno.
En una página aparecían las referencias de Aurora y Nicolás.
En la siguiente, las horas de entrada de la esquela y las notas sobre la autorización del jueves.
Por primera vez en varios días, me di cuenta de que había dedicado más espacio a los documentos que a las personas.
Apunté una última cosa debajo del nombre de Nicolás:
Nota de condolencia de Santa Oliva. Comprobada en la edición impresa.
Después pasé a la página de Mateo.
Escribí:
Lunes 12. Dejó al perro con la vecina por la mañana. Me pidió que lo cuidara esta noche.
No añadí ninguna interpretación.
Mi hermano podía estar preparando una ausencia breve o una decisión más importante. No lo sabía.
Lo que sí sabía era que había organizado el cuidado del perro antes de pedirme ayuda, y que aquello no encajaba con la idea de regresar a casa como si fuera un lunes cualquiera.
Miré la hora.
Las cinco y cincuenta y ocho.
El perro levantó la cabeza cuando me moví en la silla.
—Tu dueño tiene dos minutos —le dije.
El animal volvió a tumbarse.
Dejé el teléfono delante de mí, con la pantalla encendida.
Esta vez no pensaba conformarme con saber que Mateo estaba vivo.
Necesitaba entender qué estaba haciendo.