La mujer de los obituarios Capítulo 10. El accidente de Nicolás
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Capítulo 10. El accidente de Nicolás

A las tres y diez de la tarde abrí de nuevo la noticia sobre Nicolás Cervera.

Había dejado el teléfono encima del cuaderno, con el sonido activado. Mateo había quedado en llamarme a las seis y yo tenía la absurda impresión de que, si apartaba el móvil de la mesa, podía perder una llamada que todavía faltaban casi tres horas para recibir.

En la fotografía aparecía un vehículo junto a una carretera, parcialmente oculto por los servicios de emergencia. El texto decía que Nicolás, de poco más de cuarenta años, había muerto a consecuencia de un accidente de tráfico ocurrido en las proximidades de Valdaria.

No establecía una causa definitiva.

La primera información mencionaba una salida de vía y advertía que las circunstancias estaban siendo investigadas. La noticia del día siguiente repetía lo esencial, sin atribuir responsabilidades ni añadir conclusiones sobre el estado del vehículo.

Abrí ambas publicaciones.

Después las cerré.

No sabía nada de reconstrucción de accidentes. Una fotografía tomada cuando ya habían intervenido los servicios de emergencia no me permitiría averiguar por qué un coche había salido de la carretera ocho años atrás.

Lo que sí podía hacer era distinguir entre lo que el periódico había publicado entonces y lo que yo estaba empezando a imaginar ahora.

El accidente existió.

Nicolás murió.

Y los artículos que tenía delante no permitían explicar las causas más allá de lo conocido en aquel momento.

Regresé a la noticia del funeral.

Había asistentes identificados, unas palabras de despedida y fotografías a la salida de la ceremonia. Entre ellas aparecía la mujer a la que entonces llamaron Beatriz Molina.

Leí el texto por última vez.

Algo me incomodaba desde el día anterior.

Había buscado a Nicolás en las noticias, pero no en los anuncios funerarios.

Era una distinción que cualquier persona ajena al periódico podía pasar por alto. En El Faro , sin embargo, las esquelas y notas de agradecimiento tenían su propio circuito y no siempre aparecían en las búsquedas generales de la hemeroteca pública.

Yo lo sabía mejor que nadie.

Me levanté para buscar el bolso.

No necesitaba esperar al martes para consultar ese archivo. El sistema interno seguía disponible durante los festivos para el personal autorizado.

Miré el teléfono antes de salir.

No había mensajes nuevos.

* * *

En la redacción encontré a dos personas del equipo digital y a un compañero que preparaba las páginas deportivas.

El periódico no descansaba por ser festivo, aunque trabajábamos con menos personal.

—¿Tú no librabas hoy? —preguntó el compañero cuando pasé junto a su mesa.

—Sí.

—Pues lo disimulas fatal.

—Tengo que comprobar una cosa del archivo.

—Eso no puede esperar a mañana.

No era una pregunta.

—Prefiero terminarlo hoy.

Me señaló una silla vacía.

—Entonces no te quejes cuando te pongan otro turno.

Le dije que intentaría recordarlo.

Me senté frente al ordenador y abrí el archivo histórico de anuncios funerarios.

Los expedientes anteriores a la última migración se conservaban de una manera menos uniforme que los recientes. Algunas solicitudes tenían únicamente el texto y una imagen de la página publicada. Otras incluían referencias comerciales, correcciones y pruebas de impresión.

Busqué el apellido Cervera.

Encontré una esquela familiar publicada después del accidente.

La abrí.

Tenía una fotografía de Nicolás de frente, con una camisa clara. Sonreía sin mirar exactamente a la cámara. La familia había incluido una despedida breve y los datos del funeral.

No reconocí a ninguna de las personas nombradas.

Me quedé observando la imagen.

La fotografía que había utilizado el periódico en las noticias era mucho peor. Nicolás aparecía serio, en un retrato que parecía destinado a un documento de trabajo.

En aquella tenía una expresión distinta.

Recordé que yo misma había rechazado alguna vez una fotografía para una esquela porque la resolución era insuficiente. Los familiares insistían en utilizarla de todas formas porque, según decían, era la que mejor representaba a la persona fallecida.

Nunca había encontrado una respuesta convincente para esas situaciones.

Cerré la esquela y continué con los resultados.

Había una segunda publicación, fechada dos días después.

El título administrativo decía simplemente:

Nota de condolencia.

La abrí.

El texto era más breve que el anuncio de la familia. No llevaba fotografía.

Expresaba el pesar de la dirección y los compañeros de Santa Oliva por la muerte de Nicolás Cervera, a quien identificaban como integrante del equipo de seguridad que había prestado servicios en la residencia.

Al final figuraba el nombre de Fundación Alerce.

Leí el anuncio completo.

Después volví al encabezamiento.

La nota no decía que Nicolás fuera trabajador contratado directamente por la fundación. Tampoco identificaba a la empresa de seguridad para la que prestaba servicios.

Pero era una manifestación pública de condolencia atribuida a la dirección y al personal de Santa Oliva.

Eso ampliaba considerablemente lo que sabía.

Hasta entonces tenía una fotografía de Nicolás en un simulacro de evacuación de 2017. Ahora encontraba una nota publicada tras su muerte en la que la residencia expresaba su pesar por alguien que había formado parte de su equipo de seguridad.

Busqué la referencia de publicación.

Constaban la fecha, el número de anuncio y una copia de la página impresa.

La solicitud comercial tenía menos datos de los que habría querido. No había ninguna correspondencia detallada que pudiera consultar desde mi puesto.

Tampoco la necesitaba para confirmar que el texto había aparecido en el periódico.

Abrí la página publicada.

Allí estaba.

Debajo de otras dos esquelas, en un recuadro discreto.

Anoté el número de edición y la página.

La primera noticia que había encontrado sobre Nicolás lo situaba en Santa Oliva en mayo de 2017.

La nota de condolencia, publicada en junio de 2018, demostraba que la dirección del centro lo reconocía públicamente como una persona vinculada a sus servicios de seguridad.

No sabía durante cuánto tiempo.

Pero ya no parecía tratarse únicamente de un trabajador que hubiera acudido a un simulacro aislado.

* * *

Abrí el artículo del accidente junto al anuncio.

Una muerte real.

Dos formas distintas de contarla.

La noticia describía lo que había ocurrido en la carretera. La esquela familiar lo despedía como hijo, pariente y amigo. La nota de Santa Oliva hablaba de alguien a quien sus compañeros recordarían.

En ninguna aparecía la mujer del funeral.

Aquello me resultó significativo, aunque no por la razón que esperaba.

Llevaba varios días buscando su rostro y los nombres que alguien le había atribuido. Empezaba a olvidar que las personas cuya muerte o despedida había convertido en materia de investigación existían más allá de aquellas fotografías.

En las páginas antiguas había detalles que no podía conocer de otra manera.

Una profesión.

Un gesto.

La insistencia de unos compañeros en publicar un pésame.

Nicolás había sido importante para personas de las que yo no sabía nada.

Volví a leer la noticia del accidente.

El texto estaba construido con la información disponible inmediatamente después de los hechos. No decía que Nicolás se dirigiera al trabajo ni que volviera de él. Tampoco mencionaba un encuentro previo con alguien de Santa Oliva.

No podía completar esos vacíos a partir de la nota de condolencia.

Al menos ahora sabía qué pregunta debía hacer si conseguía localizar una fuente relacionada con su actividad profesional: cuál había sido su vínculo real con la residencia y quién podía conocerlo.

No iba a solicitar los datos de un trabajador fallecido a una empresa en un día festivo. Mucho menos fingir una gestión administrativa para obtenerlos.

Podía preparar una consulta para después.

Escribí en mi cuaderno:

Nota de pésame de Santa Oliva / Fundación Alerce. Junio de 2018. Comprobar relación profesional con Nicolás y procedencia del texto.

Debajo añadí:

No consta causa definitiva del accidente en las noticias consultadas.

Me quedé mirando esa última frase.

Era importante escribirla.

Si no lo hacía, temía que dentro de unos días recordara el accidente de Nicolás de una manera distinta, como si las preguntas que me había hecho ahora hubieran formado parte de las noticias originales.

* * *

—¿Estás trabajando en algo nuevo?

Levanté la vista.

El compañero de deportes se había acercado con un vaso de café.

—Una comprobación de archivo.

—¿Para Lucía?

—En parte.

Miró las ventanas abiertas, sin acercarse a leer.

—¿Es antiguo?

—De 2018.

—Eso explica que lleves tanto tiempo aquí.

Sonreí.

—Los archivos antiguos no mejoran con los años.

—Ni los nuevos.

Se quedó un momento junto a mi mesa.

—¿Te vas a quedar al cierre?

—No. Tengo que estar en casa antes de las seis.

—Entonces todavía tienes tiempo.

Consulté el reloj.

Eran las cuatro y veinticinco.

Le dije que terminaba enseguida.

Cuando se marchó, cerré la página del anuncio y volví a comprobar las referencias que había anotado.

No necesitaba conservar otra copia. El expediente original y la edición impresa seguían en el archivo del periódico, y tenía los números necesarios para consultarlos.

Tampoco había obtenido ninguna información sobre la persona que identificó a Beatriz Molina en la fotografía del funeral.

Aquella pregunta seguía pendiente.

Antes de apagar el ordenador me detuve unos segundos en la pantalla de solicitudes recientes.

La esquela de Mateo continuaba en la lista de incidencias que podía consultar.

La abrí.

Seguía figurando como pendiente de verificación.

No aparecía una autorización de publicación.

Lo comprobé una sola vez.

Después cerré el expediente.

El periódico me permitía verificar que la esquela no había avanzado por el circuito habitual hasta aquel momento. No podía prometerme más que eso.

Recogí mis cosas y me despedí.

* * *

Estaba en el autobús cuando Mateo me escribió.

Eran las cinco menos cuarto.

Necesito pedirte un favor.

Lo leí y contesté enseguida.

Dime.

La respuesta llegó al cabo de un minuto.

¿Puedes hacerte cargo del perro esta tarde?