La mujer de los obituarios Capítulo 9. La enfermera #3
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Capítulo 9. La enfermera #3

Pensé en nuestra madre, que había ejercido la abogacía durante buena parte de su vida. En otras circunstancias le habría preguntado cómo podía investigar una reclamación antigua sin invadir la intimidad de las personas implicadas.

No pude evitar imaginar su respuesta.

Probablemente me habría dicho que empezara por escuchar antes de pedir documentos.

Era el tipo de consejo que solía dar y que yo encontraba irritante cuando tenía prisa.

El autobús llegó mientras todavía buscaba el billete.

Subí y me senté al fondo.

Saqué el teléfono.

Mateo no había escrito desde primera hora.

Miré la hora. Eran las doce y veintisiete.

Había dicho que hablaríamos por la tarde, así que todavía no estaba incumpliendo nada.

Guardé el móvil.

Apenas duré cinco minutos antes de volver a sacarlo.

* * *

Al llegar a casa llamé a Lucía.

Quería contarle lo que había dicho Marisa mientras lo recordaba con precisión.

—¿Has conseguido localizar a la autora del artículo? —preguntó cuando se lo expliqué.

—Sí. Nos hemos visto esta mañana.

—¿En festivo?

—Marisa tenía tiempo.

—Bien. ¿Qué te ha dicho?

Le resumí la conversación.

Lucía me escuchó sin interrumpirme hasta que llegué a las diferencias entre los cuadrantes.

—Eso sí es interesante —dijo.

—Pero Marisa no pudo verificarlo.

—Lo sé. Tendríamos que saber qué documentos eran.

—Y si alguien los conservó.

—Sobre todo eso.

Se hizo un silencio.

—¿Quieres escribir una noticia? —preguntó Lucía.

—No.

—Mejor.

Su respuesta me hizo sonreír.

—Podrías intentar parecer un poco menos satisfecha.

—Cuando tengas una noticia, seré la primera en decirte que la escribamos. Pero todavía tenemos el recuerdo de una periodista sobre las dudas de una trabajadora que murió hace doce años.

—No necesito que me lo recuerdes.

—Entonces estamos de acuerdo.

Me senté a la mesa.

—Hay otra cosa —dije—. Marisa me contó que Aurora volvió a consultarle qué podía hacer si conseguía demostrar las diferencias entre los registros.

—¿Llegó a hacerlo?

—No lo sabe.

—Esa es una pregunta mejor que seguir buscando fotografías.

Miré las notas que había tomado durante la conversación.

—Puede que pidiera asesoramiento.

—¿Sabes con quién?

—No.

Lucía se quedó callada.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada. Estoy pensando.

—Eso suele ser peligroso.

—Estoy pensando que quizá necesitemos hablar con alguien que conociera su trabajo. No con su familia. Alguien que pudiera saber si aquella reclamación continuó por alguna vía formal.

—Sí.

—Pero no hoy. Y no sin preparar bien las preguntas.

Le dije que estaba de acuerdo.

Antes de despedirse volvió a preguntarme por el asunto familiar.

No conseguí responderle de una manera convincente.

—Sigue complicado —dije.

—¿Tiene que ver con que lleves cuatro días sin descansar?

—En parte.

—Clara, si necesitas ayuda…

—Lo sé.

Lucía no terminó la frase.

Me limité a agradecerle que estuviera pendiente.

Cuando colgué, me di cuenta de que había hablado con más naturalidad sobre una enfermera muerta hacía doce años que sobre mi hermano, que acababa de escribirme aquella misma mañana.

* * *

Mateo llamó poco después de las dos.

Contesté antes del segundo tono.

—Hola.

—¿Todo bien?

—Sí. ¿Dónde estás?

—Fuera de casa.

Escuché ruido de tráfico.

—¿Solo?

—No.

Esperé que añadiera algo.

No lo hizo.

—¿Es por lo que tenías que resolver hoy? —pregunté.

—Sí.

—¿Estás con alguien que puede ayudarte?

—Estoy con alguien de confianza.

Me apoyé contra la encimera.

—¿Vas a volver a casa esta noche?

—Todavía no lo sé.

No era la respuesta que quería escuchar.

—Mateo, me dijiste que ibas a mantenerte localizable.

—Y lo estoy haciendo.

Tenía razón.

—¿Has recibido alguna amenaza nueva?

—No.

—¿Entonces qué está pasando?

—Estoy intentando terminar un asunto que no puedo dejar pendiente.

Cerré los ojos un momento.

—¿Hoy?

—Hoy.

La palabra quedó entre nosotros.

No necesitaba que pronunciara la fecha.

—Quiero hablar contigo con tranquilidad —dije—. No por teléfono mientras estás en la calle.

—Lo haremos.

—¿Cuándo?

—A las seis puedo llamarte.

Miré el reloj.

Faltaban menos de cuatro horas.

—De acuerdo —respondí—. Pero si ocurre algo antes, no esperes hasta entonces.

—No esperaré.

Se oyó una voz al fondo.

No distinguí qué decía.

Mateo se apartó unos segundos del teléfono.

—Tengo que dejarte.

—Está bien.

—Clara.

—¿Sí?

—Gracias por no venir a buscarme.

Me quedé sorprendida.

—No sé dónde estás.

—Lo sé.

No añadió nada más.

La llamada terminó.

Me quedé con el teléfono en la mano.

Había pasado la mañana intentando reconstruir las preocupaciones de una enfermera que llevaba doce años muerta. Y ahora mi hermano acababa de agradecerme que no lo buscara, sin explicarme dónde estaba ni qué tenía que resolver antes de las seis.

Me acerqué a la ventana.

No sabía si ambas historias estaban relacionadas. Lo único que tenía delante era una fecha que alguien había elegido para anunciar su muerte y un hombre que había decidido afrontar aquel día de una manera que no me permitía comprender.

Volví a la mesa y anoté la hora de nuestra próxima llamada.

18:00.

Debajo escribí una sola frase:

Si no llama, no seguir esperando sin hacer nada.

Cerré el cuaderno.

No podía obligar a Mateo a confiarme lo que no quería contar.

Pero tampoco había prometido quedarme de brazos cruzados si dejaba de saber que estaba a salvo.