La mujer de los obituarios Capítulo 9. La enfermera #2
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Capítulo 9. La enfermera #2

En aquella imagen me había parecido una mujer seria, acostumbrada a hacerse cargo de las cosas. Ahora empezaba a conocer algo de su carácter.

—¿Volviste a hablar con ella después de la publicación?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Unas semanas después. No recuerdo la fecha exacta.

—¿Y qué quería?

—Preguntó qué podía hacer si conseguía demostrar que los documentos no coincidían.

—¿Qué le dijiste?

Marisa hizo un gesto pequeño.

—Que necesitaba conservar las copias y hablar con alguien que pudiera orientarla sobre sus derechos. Un representante sindical, un abogado. Yo podía investigar una noticia, pero no resolverle un conflicto laboral.

—¿Llegó a enseñarte más documentos?

—No. Me dijo que todavía tenía que comprobar ciertas cosas.

—¿Sabes cuáles?

—No.

Me quedé callada.

—Después murió —dije.

Marisa bajó la vista.

—Sí.

—¿Te enteraste de cómo ocurrió?

—Leí la noticia.

—Fue una caída.

—Eso decía.

La miré.

—¿Llegaste a pensar que podía tener relación con Santa Oliva?

Marisa dejó el papel sobre la mesa.

—Clara, cuando una persona muere, es fácil volver a todo lo que dijo antes y buscar señales que en su momento no vimos.

—Lo sé.

—Yo no tenía nada que indicara que alguien le hubiera hecho daño. Tenía una reclamación laboral, unas dudas sobre cuadrantes y una conversación que no llegamos a continuar.

—Pero te acordaste de ella.

—Claro que me acordé.

Se pasó una mano por la frente.

—Me dio pena enterarme. Y me pregunté si había conseguido solucionar el problema. Eso fue todo.

No dijo nada más.

Tampoco yo.

La camarera pasó junto a nuestra mesa y preguntó si queríamos algo. Marisa pidió agua. Yo dije que estaba bien.

* * *

Saqué el teléfono y busqué la fotografía del funeral de Aurora.

—Hay otra cosa que quería preguntarte.

Marisa la observó.

—¿Es del entierro?

—Sí.

Le señalé a la mujer situada junto a la puerta lateral de la iglesia.

—¿Te resulta conocida?

Marisa acercó un poco la pantalla.

—No especialmente.

—En el archivo aparece identificada como Elena Rivas.

—No recuerdo ese nombre.

—¿Podría haber trabajado en Santa Oliva?

—No lo sé. Yo entrevisté a unas pocas personas y visité el centro una vez para otra información. No conocía a toda la plantilla.

No insistí.

Marisa me devolvió el teléfono.

—¿Por qué buscas a esa mujer?

Tardé un momento en contestar.

—Aparece en otras fotografías del archivo.

—¿Relacionadas con Santa Oliva?

—No lo sabemos.

Me observó.

—Entonces ten cuidado con lo que estás intentando unir.

—Lucía me dijo algo parecido.

—Lucía suele tener razón cuando se pone desagradable.

Sonreí.

Marisa también.

Después recuperó la seriedad.

—¿Has hablado con alguien de la residencia?

—No.

—Si quieres hacer una consulta, puedes pedir información por los cauces habituales. Pero dudo que un centro asistencial te facilite documentos de personal de hace trece años sin una justificación concreta.

—No esperaba que lo hicieran.

—Y a lo mejor Aurora tenía razón en todo lo que sospechaba. Pero no podemos decidirlo ahora porque murió después.

Asentí.

Era algo que necesitaba escuchar de alguien que la había conocido.

—¿Conservas tus notas de aquella época? —pregunté.

—Algunas. No sé si las de esta historia. Tendría que buscarlas.

—No quiero que pierdas una mañana entera por mí.

—Tampoco me lo has pedido.

Miró el reloj.

—Pero si encuentro algo que pueda consultar legítimamente y que aclare lo que te he contado, te aviso.

Le di las gracias.

Antes de levantarnos, Marisa volvió a mirar la fotografía de Aurora que aparecía en el artículo.

—Había una cosa que decía aquella mujer —comentó.

Esperé.

—Que un cuadrante no atendía a nadie. Que las personas sí.

No supe si Marisa recordaba las palabras exactas o si las había reconstruido con el tiempo.

No se lo pregunté.

Me bastaba con entender por qué las había conservado en la memoria.

* * *

Salí de la cafetería poco antes de las doce.

Marisa se alejó en dirección a la plaza y yo caminé hacia la avenida donde pasaban los autobuses.

No tenía prisa por regresar a casa.

Había querido encontrar algo que explicara por qué Aurora, una enfermera que había reclamado mejores condiciones de trabajo, terminó apareciendo en una historia que incluía cuatro ceremonias y una mujer con varios nombres.

Lo que había conseguido era distinto.

Ahora sabía que, según Marisa, Aurora no solo se preocupaba por los turnos sin cubrir. También había observado diferencias entre los documentos utilizados para organizarlos o registrarlos.

Eso podía deberse a correcciones ordinarias, errores o decisiones que yo no conocía.

No podía afirmar que existiera una manipulación deliberada.

Pero la preocupación había sido lo bastante seria como para que Aurora buscara a una periodista y volviera a hablar con ella después de la publicación.

Me pregunté si habría llegado a consultar con un abogado.

Marisa no lo sabía.

Yo tampoco.