La mujer de los obituarios Capítulo 9. La enfermera
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Capítulo 9. La enfermera

El lunes me desperté antes de que sonara el teléfono.

Eran las siete y veinte. En la cocina todavía quedaba la taza que había utilizado la noche anterior y, sobre la mesa, el cuaderno abierto por la página de Santa Oliva.

Miré la fecha en la pantalla del móvil.

Hasta entonces había conseguido pensar en aquel lunes como en algo que todavía podía evitarse. Una fecha situada al final de la semana, después del trabajo, de las llamadas y de las explicaciones pendientes.

Ahora había llegado.

Escribí a Mateo antes de preparar el café.

Buenos días. ¿Cómo estás?

Dejé el teléfono sobre la encimera y esperé a que se calentara el agua.

No quería llamar tan temprano. El domingo había dicho que tenía asuntos pendientes y que se pondría en contacto conmigo. También había prometido mantenerse localizable.

Había cumplido sus promesas durante el fin de semana, aunque nunca del modo que yo habría preferido.

Preparé el desayuno y me senté junto a la ventana.

La ciudad estaba tranquila. Era festivo y no se escuchaba el tráfico habitual de los lunes. Algunas tiendas permanecerían cerradas y la actividad del centro sería distinta de la que conocía durante la semana.

No tenía que ir al periódico.

Tampoco podía esperar una respuesta de administración a la consulta sobre la esquela. El expediente continuaba retenido según la última comprobación del sábado. No había recibido ninguna notificación que indicara un cambio.

A las ocho menos cuarto, Mateo respondió.

Estoy bien. Luego hablamos.

Leí el mensaje.

Era casi idéntico al que me había enviado el jueves, después de enterarse de que alguien había preparado su esquela.

Entonces me había parecido una forma de evitarme.

Aquella mañana, aunque seguía sin satisfacerme, lo recibí con alivio.

¿A qué hora? , pregunté.

La respuesta llegó unos minutos después.

Por la tarde. Te aviso antes.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Podía insistir. Podía recordarle que era lunes doce, que alguien había anunciado su muerte para aquel día y que él mismo había admitido tener motivos para estar preocupado.

Pero no necesitaba que yo le recordara la fecha.

Me terminé el café y abrí el ordenador.

* * *

La noticia sobre Aurora Serra estaba firmada por Marisa Olmedo.

Había visto el nombre la víspera, pero no me detuve en él hasta aquella mañana.

Conocía a Marisa de mis primeros años en El Faro . Cuando yo entré en el periódico, ella llevaba mucho tiempo cubriendo información social y asuntos sanitarios. Nos habíamos sentado juntas en algunas reuniones y, durante un periodo, compartimos la misma mesa de trabajo.

Dejó el periódico varios años después. No recordaba si había sido una decisión suya o una consecuencia de la última reducción de plantilla.

Conservaba su número en el teléfono.

Lo busqué.

La última conversación que teníamos registrada era de hacía más de un año. Me había enviado un mensaje breve cuando murió mi madre y yo le respondí agradeciéndoselo.

Pensé que quizá habría cambiado de número.

Le escribí:

Hola, Marisa. Soy Clara Vega, de El Faro. Perdona que te moleste en festivo. Estoy revisando una noticia tuya de 2013 sobre la residencia Santa Oliva y quería hacerte una consulta. ¿Tendrías un momento para hablar?

No esperaba una respuesta inmediata.

Volví al artículo.

Marisa había entrevistado a varios empleados, pero únicamente Aurora aparecía citada por su nombre en el cuerpo de la noticia. El texto trataba de ausencias, sustituciones y turnos de trabajo. No contenía cifras suficientes para reconstruir qué estaba ocurriendo en la residencia.

Leí con atención la respuesta de la dirección.

Afirmaban que los turnos se organizaban de acuerdo con las necesidades del centro y que las ausencias imprevistas se atendían mediante los procedimientos establecidos.

Era una respuesta tan general como la reclamación.

Si el asunto hubiera quedado resuelto, nadie habría tenido por qué publicar otra noticia.

Busqué si Marisa había escrito alguna continuación.

No encontré ninguna.

A las nueve y media sonó el teléfono.

Era ella.

—Clara, qué sorpresa.

—Hola, Marisa. Siento llamarte un día como hoy.

—No me has llamado. Me has escrito, que es distinto. ¿Qué necesitas?

Le expliqué que estaba revisando noticias antiguas sobre Santa Oliva y que había encontrado su artículo.

—Me acuerdo de esa residencia —dijo.

—¿También de Aurora Serra?

Hubo un silencio breve.

—Sí. Me acuerdo de ella.

—Quería preguntarte si conservas alguna información que no apareciera en la noticia.

—¿Qué estás investigando?

La pregunta era inevitable.

—De momento, el pasado laboral de dos personas que trabajaron o prestaron servicios allí.

—¿Para una noticia?

—Todavía no lo sé.

Marisa no respondió.

Añadí:

—No quiero utilizar nada sin comprobarlo. Estoy intentando entender qué ocurrió con aquella reclamación.

—Eso fue hace bastante tiempo.

—Lo sé.

Escuché que dejaba algo sobre una superficie.

—No puedo darte un expediente de memoria —dijo—. Pero sí recuerdo algunas conversaciones.

—¿Podemos vernos?

—Estoy cerca del centro. Dentro de una hora he quedado para comer con mi hermana.

—No te quitaré mucho tiempo.

—Hay una cafetería abierta junto a la plaza del Mercado. ¿Puedes estar allí a las once?

Le dije que sí.

Cuando colgué miré de nuevo el teléfono.

Mateo no había escrito nada más.

* * *

Marisa llegó cinco minutos después que yo.

Llevaba una chaqueta oscura y el pelo más corto que cuando trabajábamos juntas. Me reconoció desde la puerta y levantó la mano antes de acercarse.

—Estás igual —dijo.

—Eso es porque no me has visto con buena luz.

Se rio y dejó el bolso en la silla.

Pedimos café.

Durante unos minutos hablamos del periódico. Me preguntó por compañeros que conocía y por otros que habían llegado después de su marcha. Le conté que seguíamos con menos personal del necesario y que el sistema editorial nos obligaba a resolver problemas que antes atendían departamentos distintos.

—Eso último ya estaba empezando cuando me fui —dijo.

Me preguntó si seguía escribiendo noticias.

—No tantas como antes. Me encargo sobre todo de esquelas y archivo.

—Tiene que ser un trabajo difícil.

—A veces.

No le conté lo de Mateo.

Había ido para hablar de Aurora, y necesitaba comprobar primero si Marisa recordaba algo útil.

Saqué una copia impresa de la noticia de 2013.

La había llevado para evitar que nuestra conversación dependiera únicamente de lo que cada una pudiera recordar.

Marisa miró el titular y después la fotografía.

—Sí. Esta es.

Señaló a Aurora.

—Ella fue quien más habló.

—¿La entrevistasteis en la residencia?

—No. Nos vimos cerca del periódico. Creo que vino con otra compañera, pero prefería hablar ella.

—¿Por qué?

Marisa se acomodó en la silla.

—Porque estaba enfadada. Y porque le preocupaba que el problema terminara afectando a los residentes.

—¿Se trataba solo de falta de personal?

—Eso fue lo que pudimos publicar.

Esperé.

Marisa levantó el papel.

—Las reclamaciones sobre turnos no eran raras. Llegaban de hospitales, residencias, centros de salud… Lo difícil era determinar cuándo había un incumplimiento concreto y cuándo estábamos ante una discusión sobre cómo organizar el servicio.

—¿Aurora tenía documentos?

—Me enseñó algunas hojas. Recuerdo que eran cuadrantes de trabajo.

—¿Copias?

—Supongo. No vi los originales.

—¿Y qué decían?

Marisa se quedó pensando.

—Había algo que no le cuadraba. No era solo que faltara alguien durante un turno. Decía que, en algunas ocasiones, la distribución que les comunicaban después no coincidía con la que habían tenido realmente.

—¿En qué sentido?

—Una persona aparecía asignada a un turno y, según ella, no lo había cubierto. O la sustitución se registraba de manera distinta de como se había organizado.

Sentí que empezaba a comprender por qué Aurora había querido hablar con un periódico.

—¿Y lo pudisteis comprobar?

—No lo suficiente.

Marisa apoyó el dedo sobre la noticia.

—Ella tenía unas hojas, pero yo no sabía si eran previsiones, cuadrantes definitivos o documentos corregidos. Necesitaba ver cómo se elaboraban y quién los firmaba. No podía publicar que alguien falseaba registros porque una enfermera me enseñara dos versiones diferentes.

—¿Creías que decía la verdad?

—Creía que estaba preocupada por algo real. No es lo mismo.

La respuesta me gustó.

No intentaba convertir un recuerdo en una certeza.

—¿Pediste explicaciones a la dirección?

—Sí. Nos respondieron sobre la organización de los turnos. Es lo que aparece aquí.

—Pero no contestaron sobre las diferencias entre documentos.

—No les presentamos esa cuestión como una acusación. No teníamos suficientes elementos para hacerlo.

Bebió un poco de café.

—Y Aurora tampoco quería que publicáramos todo lo que nos había contado.

* * *

—¿Por qué? —pregunté.

Marisa dobló con cuidado la hoja que tenía delante.

—Porque no era la única persona que podía verse afectada. Había compañeras que dependían de aquel trabajo y no querían aparecer en una noticia.

Pensé en Mateo.

En las personas a las que decía estar ayudando y cuyos nombres se negaba a compartir conmigo.

No había ninguna razón para relacionar ambas situaciones, pero reconocí el conflicto.

—¿Aurora temía perder su empleo?

—Puede que sí. No me lo dijo de esa manera.

—¿Cómo era?

Marisa levantó la mirada.

—¿Como persona?

Asentí.

Se tomó unos segundos antes de responder.

—No era fácil llevarle la contraria. Hablaba deprisa cuando se enfadaba y después se detenía para corregir algo que le parecía injusto. Recuerdo que se molestó conmigo porque escribí que estaban reclamando mejores condiciones laborales.

—¿Y no era eso?

—También. Pero ella insistía en que lo importante eran los residentes. Decía que, si un turno no se cubría, alguien terminaba esperando más de lo debido para recibir ayuda.

Marisa apartó la taza.

—Lo que más recuerdo es que me pidió que no confundiera a las trabajadoras con el problema. Algunas hacían horas de más. Otras cubrían ausencias sin que quedara claro cómo se habían registrado. No quería que una noticia terminara culpándolas.

Pensé en la fotografía de Aurora junto a sus compañeros.