Capítulo 8. Los primeros muertos #2
Nicolás seguía siendo más difícil de conocer. Solo tenía una profesión, un accidente y una fotografía tomada durante un ejercicio de seguridad.
Me molestó darme cuenta de que los estaba considerando principalmente por su utilidad para mis preguntas. Habían tenido vidas enteras antes de aparecer en aquellas imágenes.
El teléfono sonó cuando estaba recogiendo los papeles de la mesa.
Era Mateo.
—Te debía una llamada —dijo.
—Eso parece.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Cansado.
Escuché que abría o cerraba un cajón.
—¿Sigues en casa? —pregunté.
—Sí.
—¿Y la bolsa?
—Donde la dejé.
No le pregunté si todavía pensaba utilizarla.
—¿Has hablado otra vez con la persona que te está ayudando?
—Sí.
—¿Y hay alguna novedad?
Mateo dudó.
—Estamos organizando algunas cosas.
—¿Para mañana?
—En parte.
Miré el calendario junto al ordenador.
Lunes 12.
La fecha de su supuesta muerte.
—Quiero saber que estarás localizable —dije.
—Lo estaré.
—No te estoy pidiendo una dirección. Solo que no desaparezcas.
—Ya lo hablamos el viernes.
Tenía razón.
—¿Has recibido alguna otra amenaza?
—No desde que hablamos.
Era una respuesta concreta.
—Bien.
Mateo guardó silencio.
—Clara, ¿has podido descansar algo este fin de semana?
Miré las noticias que tenía abiertas.
—No demasiado.
—Deberías.
—Tú también.
Se rio por lo bajo.
—Mañana puede ser un día complicado —añadió.
Me incorporé en la silla.
—¿Por qué?
—Tengo que resolver algunas cuestiones pendientes.
—¿Relacionadas con lo que me contaste?
—Sí.
—¿Vas a reunirte con alguien?
—Probablemente.
—¿Y eso va a ponerte en peligro?
Mateo tardó en responder.
—Estoy tomando precauciones.
No me tranquilizó.
—¿Puedes decirme por lo menos si alguien estará contigo?
—No voy a hacer nada sin consultar antes.
No tuve fuerzas para discutir otra respuesta incompleta.
—Si algo cambia, avísame.
—Lo haré.
Antes de terminar, preguntó si había alguna novedad sobre la esquela. Le dije que no había recibido respuesta administrativa y que el anuncio seguía retenido.
No mencioné Santa Oliva. Todavía no sabía qué había descubierto ni por qué debía mezclarlo con lo que Mateo se negaba a contarme.
Cuando colgamos, anoté la hora.
Había cumplido su promesa de hablar conmigo el domingo.
Seguía sin explicarme qué iba a hacer el lunes.
* * *
Lucía respondió a mi correo cerca de las seis.
He revisado los dos artículos. Coincido contigo: Aurora trabajaba en Santa Oliva en 2013 y Nicolás participó como personal de seguridad en el simulacro de 2017.
No sabemos si era empleado del centro o de una empresa externa.
La residencia estaba gestionada por Fundación Alerce en esas fechas, según las noticias publicadas.
Debajo añadió:
No publicaría nada con esto. Pero sí seguiría comprobando de dónde salieron las identificaciones de las fotografías.
Le contesté que estaba de acuerdo.
Abrí otra vez la imagen del funeral de Aurora. La mujer aparecía junto a la puerta lateral de la iglesia, cerca de una persona mayor. En aquel momento estaba identificada como Elena Rivas.
Cuatro años después, en el funeral de Nicolás, la llamaban Beatriz Molina.
Me pregunté si Aurora y Nicolás la habían conocido en Santa Oliva.
Busqué su rostro en las fotografías de las noticias de 2013 y 2017. No apareció, al menos en ninguna imagen donde pudiera reconocerla.
No podía afirmar que hubiera trabajado allí. Ni siquiera sabía si había conocido a Aurora o a Nicolás por ese motivo.
Abrí el cuaderno. Hasta el viernes había anotado los nombres de cuatro personas homenajeadas y otros cuatro atribuidos a una misma mujer.
Ahora añadí dos referencias:
Fundación Alerce.
Residencia Santa Oliva.
Debajo escribí:
Aurora y Nicolás: vínculos profesionales documentados en 2013 y 2017.
Dejé sin anotaciones nuevas los nombres de Paula Ríos y Darío Soler. Seguía sin saber qué relación podían tener con aquella institución.
* * *
Esa noche preparé algo de cenar y apagué el ordenador.
Me senté a la mesa con el teléfono delante.
Al día siguiente sería lunes. Habían pasado tres días desde que alguien envió la esquela de Mateo. Durante ese tiempo mi hermano había hablado conmigo, había reconocido su miedo y había admitido que existían presiones relacionadas con personas a las que ayudaba.
Seguía vivo y localizable.
No bastaba para descartar un peligro, pero tampoco podía actuar como si la fecha escrita en aquel anuncio determinara por sí sola lo que iba a ocurrir.
Pensé en llamarlo otra vez y pedirle que viniera a dormir a mi casa. También sabía cuál sería su respuesta: tenía asuntos pendientes que todavía no podía explicarme.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Habíamos acordado avisarnos si ocurría algo. Por el momento no tenía información nueva que justificara otra discusión.
Después de cenar repasé mis notas.
Aurora había trabajado como enfermera en Santa Oliva. Nicolás había participado allí en un ejercicio de seguridad. Las dos noticias eran anteriores a sus muertes y sus datos podían comprobarse en los ejemplares originales.
La misma mujer había estado después en sus funerales bajo dos nombres distintos.
Había encontrado una relación que no esperaba. Todavía me faltaba saber quién era aquella mujer y qué vínculo había tenido con ambos.
Cerré el cuaderno.
Por primera vez desde el jueves, la búsqueda tenía una dirección concreta.
No sabía si conduciría hasta Mateo.