La mujer de los obituarios Capítulo 7. La autorización #2
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Capítulo 7. La autorización #2

Expliqué que, después de la sincronización automática de información comercial, el expediente mostraba una excepción de entrada autorizada manualmente el jueves a las 11:14.

Solicité que se identificara por el cauce correspondiente la unidad responsable de esa decisión y que se comprobara qué documentación la justificaba.

Pedí también que se conservaran los registros asociados hasta que se resolviera la incidencia.

No exigí acceso directo al historial restringido. Bastaba con que quienes tenían competencia para revisarlo pudieran hacerlo.

Leí el correo antes de enviarlo.

No mencionaba mis sospechas personales ni decía que alguien hubiera actuado de manera fraudulenta.

Se limitaba a describir una discrepancia: había una autorización manual, pero yo seguía sin disponer de los datos necesarios para verificar la solicitud.

Lo envié.

* * *

Cuando levanté la vista, el compañero de edición digital estaba recogiendo unos papeles.

—¿Has encontrado lo que buscabas? —preguntó.

—Parte.

—Peor todavía.

Sonreí.

—¿Por qué?

—Porque ahora seguramente tendrás que volver el martes.

—Eso parece.

Se puso la chaqueta.

—Yo termino a las siete. Se queda el turno de noche.

Asentí.

No le expliqué el motivo de mi regreso.

Aunque trabajáramos en el mismo periódico, no tenía por qué conocer los datos de una solicitud funeraria. Menos aún los de mi hermano, cuya situación seguía siendo delicada.

Guardé las notas y cerré las ventanas que no necesitaba.

Antes de salir del sistema, comprobé una vez más el estado del anuncio.

Seguía retenido.

No había ninguna orden de publicación.

La nueva información afectaba únicamente a la fase de recepción.

Podía marcharme.

Sin embargo, permanecí sentada unos minutos más, mirando el número de expediente.

Me pregunté por qué la excepción había aparecido en mi vista más de dos días después de que se autorizara.

La notificación hablaba de una sincronización de información administrativa. Nuestro sistema no siempre mostraba los datos de todas las áreas al mismo tiempo, y el manual que había consultado por la mañana advertía precisamente de esa limitación.

Podía ser un comportamiento normal.

Lo anoté como una cuestión pendiente de verificar, no como una segunda irregularidad demostrada.

Pensé en lo fácil que habría sido convertir cada campo del formulario en una señal de manipulación. Si necesitaba encontrar un culpable, no tardaría en reunir suficientes coincidencias para convencerme.

Pero entonces dejaría de trabajar con documentos y empezaría a trabajar con mis propias sospechas.

Había cometido errores parecidos al principio de mi carrera.

Una vez escribí una noticia sobre un contrato municipal basándome en una serie de fechas que parecían incompatibles.

Antes de publicarla, mi editor me obligó a comprobar si dos departamentos utilizaban el mismo criterio para registrar las adjudicaciones.

No lo utilizaban.

La historia resultó ser mucho menos interesante de lo que yo esperaba.

Todavía recordaba la vergüenza que sentí al descubrir que había construido una acusación sobre un procedimiento que no entendía.

Aquella tarde no pensaba repetirlo.

* * *

Salí del periódico poco después de las siete.

La temperatura había bajado y empezaban a encenderse las luces de los comercios. Caminé hasta la parada y comprobé cuándo pasaría el siguiente autobús.

Tenía diez minutos.

Llamé a Mateo.

Respondió después de varios tonos.

—¿Qué ocurre?

—Nada urgente. ¿Puedes hablar?

—Sí, un momento.

Se escuchaba al perro moviéndose cerca de él.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí. Te lo he escrito.

—Lo sé.

—Entonces dime.

Me senté en el banco.

—Ha aparecido información nueva en el expediente de la esquela.

Mateo dejó de hablar.

—¿Qué información?

—Antes de que llegara a mi bandeja, alguien autorizó que se tramitara sin que los datos de contacto estuvieran completos.

—¿Quién?

—No lo sé. Mi usuario no permite ver ese detalle.

—¿Y eso es normal?

—Puede serlo. Hay casos en los que se autoriza una excepción para que una solicitud pase a revisión editorial. Pero alguien tiene que justificarla.

—¿Había una justificación?

—No en la información que puedo consultar.

Hubo una pausa.

—Entonces no sabes quién la envió.

—Todavía no.

Mateo respiró hondo.

—Pensaba que me llamabas porque lo habías averiguado.

—Si lo hubiera averiguado, te lo habría dicho.

—Perdona.

No respondí enseguida.

Durante aquellos días me había acostumbrado a escucharlo hablar como si cualquier dato fuera a empeorar las cosas. A veces tenía la impresión de que prefería no saber qué estaba ocurriendo en el periódico.

—He solicitado que revisen la autorización —añadí—. No puedo acceder yo misma al registro completo.

—¿Quién recibirá esa solicitud?

—Administración y el responsable del circuito de esquelas. Es el procedimiento habitual.

—¿Rafael también puede verla?

La pregunta me hizo fruncir el ceño.

—No sé si recibe una copia automática de todas las incidencias. Es el director. ¿Por qué?

—Por nada. Quería saber quién se entera.

—Rafael ya conoce el problema desde el jueves, Mateo.

—Sí. Lo sé.

—¿Te preocupa que haya más gente enterada?

—Me preocupa que no sepamos quién preparó el anuncio.

Era una respuesta razonable, aunque no explicó por qué había preguntado por Rafael en particular.

Tampoco había motivo suficiente para convertirlo en algo más.

—La solicitud sigue bloqueada —le recordé—. Eso no ha cambiado.

—Bien.

—Y ahora necesito que me hagas caso tú a mí.

—Te escucho.

—Si recibes algo que te haga pensar que el lunes puedes estar en peligro, no esperes a consultarlo con todo el mundo. Pide ayuda de inmediato.

—Lo sé.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

Escuché que se movía.

—Tengo que dejarte, Clara. Estoy en medio de una cosa.

—¿Vas a salir?

—Ahora no.

No insistí.

—Hablamos mañana.

—De acuerdo.

La llamada terminó.

Guardé el teléfono y miré la calle.

Mateo había vuelto a preguntar quién podía conocer la incidencia. Tal vez tenía miedo de que el asunto llegara a las personas que lo estaban presionando. Si así era, no me sorprendía. Yo tampoco sabía quién tenía acceso a toda la información que circulaba por el periódico.

Pero había algo que no estaba dispuesta a aceptar.

Que la necesidad de proteger a mi hermano me obligara a dejar de documentar lo ocurrido.

* * *

Cuando llegué a casa, abrí el cuaderno y ordené las anotaciones del día.

En una página escribí la secuencia de recepción de la esquela.

A las 11:09 del jueves se había registrado la solicitud en el circuito comercial.

A las 11:14 alguien había autorizado una excepción por falta de datos de contacto.

A las 11:17 el documento había llegado a mi bandeja editorial.

Yo lo había retenido al comprobar que anunciaba una muerte que todavía no se había producido.

La autorización de entrada y mi decisión de impedir la publicación eran hechos diferentes. Podían coexistir sin contradicción.

Repasé el correo que acababa de enviar a administración. Había pedido lo que correspondía, y ahora necesitaba que alguien con acceso legítimo a los registros respondiera.

No podía hacer más aquella noche desde mi casa.

En la página siguiente estaban las cuatro fotografías.

No había dedicado tiempo a ellas desde el viernes, pero sus referencias seguían allí. Cuatro ceremonias, cuatro nombres y un parecido que no había logrado explicar.

Pensé en el consejo de Lucía: comprobar quién había facilitado las identificaciones antes de atribuirles un significado.

La misma regla servía para la esquela.

En ambos casos tenía documentos que decían algo sobre personas reales. Y, en ambos, todavía ignoraba quién había proporcionado parte de la información.

Cerré el cuaderno.

El domingo tendría que decidir cómo continuar con las fotografías. Respecto al periódico, lo más sensato era esperar la respuesta formal a mi consulta.

Aun así, sentí que aquella tarde había servido para algo.

Hasta entonces había buscado el nombre del remitente en una casilla vacía.

Ahora sabía que, tres minutos antes de que la esquela llegara a mi pantalla, alguien había autorizado expresamente que siguiera adelante sin aquellos datos.

No sabía quién había sido.

Pero ya sabía qué decisión necesitaba que me explicaran.