La mujer de los obituarios Capítulo 7. La autorización
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Capítulo 7. La autorización

A las cinco y veintiséis de la tarde recibí un correo automático del periódico.

Estaba en casa. Había comido tarde, tenía la ropa del día anterior sobre una silla y llevaba más de una hora intentando leer una novela de la que apenas había leído unas páginas. Cada vez que llegaba al final de una página, descubría que no recordaba lo que había leído.

El teléfono vibró sobre la mesa.

El mensaje procedía del sistema editorial.

Actualización de información administrativa asociada a una solicitud retenida.

Debajo figuraba el número de expediente de Mateo.

Abrí el correo.

No decía que la esquela hubiera sido autorizada para publicarse ni que hubiera cambiado su estado. Informaba únicamente de que se habían incorporado datos procedentes del circuito de recepción comercial. Para consultar los detalles tenía que entrar en la aplicación del periódico.

Miré la hora.

Había terminado mi turno hacía cuatro horas.

Podía esperar hasta el martes. De hecho, era lo más razonable. El lunes sería festivo y la consulta que había enviado a administración seguía pendiente. No había recibido ninguna respuesta que exigiera actuar inmediatamente.

Pero el mensaje no hablaba de una respuesta.

Hablaba de información incorporada al expediente.

Volví a leerlo.

En el correo de la mañana había pedido que comprobaran el canal por el que se recibió la solicitud. Aquella notificación podía ser consecuencia de un proceso automático que había añadido datos que antes no estaban visibles. También podía ser una actualización rutinaria sin importancia.

No tenía cómo distinguirlo desde el móvil.

Dejé el teléfono junto al libro.

Fui a la cocina, llené un vaso de agua y regresé al salón. La pantalla seguía mostrando el correo.

Pensé en llamar a Rafael. Había estado en el periódico aquella mañana y conocía la incidencia. Probablemente me diría que no me preocupara por un aviso automático y que dejara la consulta para administración.

Era posible que tuviera razón.

Sin embargo, llevaba dos días preguntándome cómo había llegado aquella esquela hasta mi mesa. Por primera vez parecía haber una información nueva sobre ese recorrido.

No quería conocerla a través de una interpretación de otra persona.

Cogí la chaqueta.

Antes de salir comprobé que tenía la tarjeta de acceso al edificio.

* * *

Los sábados por la tarde, el centro de Valdaria se llenaba de gente que aprovechaba el fin de semana para hacer compras. El autobús avanzó despacio por la avenida principal y se detuvo dos veces más de lo habitual por el tráfico.

Me senté junto a la ventana.

Durante el trayecto recibí un mensaje de Mateo.

Estoy bien. El perro también. No hace falta que me llames.

Me quedé mirándolo.

Era una forma poco cariñosa de tranquilizarme, pero había cumplido lo que le había pedido. Me estaba avisando sin esperar a que yo lo buscara.

Le contesté:

Me alegro. Hablamos luego.

No le mencioné el correo.

Todavía no sabía si contenía algo importante.

Llegué al periódico poco después de las seis.

En la entrada, el vigilante me reconoció y me saludó con un movimiento de cabeza. No hizo ninguna pregunta sobre mi horario. Durante años había tenido que entrar fuera de turno para resolver cierres complicados y, aunque ya no cubría información de actualidad, seguía teniendo acceso a la redacción.

En la planta de oficinas había luz en varios despachos.

La edición digital no se detenía los fines de semana. Al fondo de la sala, el compañero que había estado trabajando aquella mañana revisaba una pantalla con varias noticias abiertas.

—¿Otra vez aquí? —preguntó cuando me vio.

—Me ha llegado una notificación de una incidencia que dejé pendiente.

—¿Necesitas que mire algo?

—No, gracias. Es una comprobación de mi sección.

Asintió y volvió a su trabajo.

Me senté en mi mesa.

No me gustaba haber regresado por una alerta que tal vez fuera irrelevante. Me molestaba todavía más que aquella posibilidad no disminuyera mis ganas de abrir el expediente.

Encendí el ordenador y entré con mi usuario.

La solicitud de Mateo seguía en rojo.

Pendiente de verificación.

No había sido enviada a maquetación.

Comprobé la fecha de la última modificación editorial. Continuaba figurando la incidencia que yo había registrado el jueves.

Respiré algo más tranquila.

Después abrí la pestaña de información comercial.

Hasta aquel momento había mostrado únicamente la referencia de entrada y la categoría de tramitación mediada. Ahora incluía un apartado nuevo.

Resumen de autorización de entrada.

Debajo aparecían tres líneas.

Recepción comercial: 08/10/2026 — 11:09.

Excepción de datos de contacto: autorizada manualmente — 11:14.

Remisión al circuito editorial: 11:17.

Leí la segunda línea varias veces.

No sabía que existiera una autorización de entrada para solicitudes sin contacto visible.

O, al menos, no recordaba haber visto nunca una de aquella forma.

Abrí el menú de ayuda y busqué la descripción del campo.

Encontré una explicación escueta. Cuando una solicitud recibida por una vía intermediada carecía de alguno de los datos habituales, un usuario con permisos suficientes podía permitir que pasara a revisión editorial sin completar todavía toda la información administrativa.

El anuncio debía permanecer pendiente hasta que alguien verificara los datos necesarios para su publicación.

Eso parecía coherente con lo que había ocurrido.

La esquela había llegado a mi bandeja.

Yo había visto la fecha imposible y la había retenido.

Pero ahora sabía que, antes de que apareciera allí, alguien había permitido expresamente que avanzara pese a la ausencia de información de contacto.

Ya no era solamente una ficha incompleta.

Había existido una decisión.

* * *

Busqué el nombre de quien había autorizado la excepción.

No figuraba en el resumen.

En el apartado de responsable aparecía una indicación genérica:

Usuario autorizado de gestión.

Intenté abrir el detalle.

La aplicación mostró un aviso de permisos insuficientes.

No insistí.

No tenía acceso a ese registro y no iba a intentar conseguirlo utilizando la cuenta de otra persona. Además de ser improcedente, no necesitaba hacerlo para formular la siguiente pregunta.

Anoté las tres horas en mi cuaderno.

11:09.

11:14.

11:17.

La última coincidía con el momento en que yo había recibido el anuncio el jueves.

Las dos anteriores correspondían al recorrido que había seguido antes de entrar en la redacción.

Miré otra vez la línea central.

Excepción de datos de contacto: autorizada manualmente.

La palabra manualmente era la que me impedía considerarlo un problema de importación sin más.

El programa no se limitaba a indicar que faltaban datos. Registraba que se había permitido continuar sin ellos.

Abrí otra solicitud intermediada, recibida el viernes. Tenía todos sus datos completos y ya estaba preparada para la edición correspondiente.

En su resumen no aparecía ninguna excepción.

Consulté una segunda.

La familia había enviado una fotografía que no reunía la calidad necesaria. El anuncio estaba retenido y su información comercial seguía pendiente de completar. Tampoco había una autorización manual.

No eran casos idénticos. Uno había llegado correctamente identificado y el otro presentaba un problema distinto.

Busqué entonces un anuncio antiguo en el que recordaba haber solicitado información adicional al departamento comercial.

Lo encontré entre las incidencias del mes anterior.

En aquella ocasión faltaba una referencia de facturación, pero sí teníamos un teléfono de contacto. La solicitud había llegado a revisión editorial mediante una excepción de entrada autorizada por el personal responsable.

Era un procedimiento real.

No una señal automática de fraude.

La diferencia estaba en que, en el caso antiguo, la documentación complementaria figuraba incorporada al expediente pocos días después. En el de Mateo no aparecía ninguna.

Volví a su solicitud.

Quien autorizó la excepción podía haber creído que la identificación del intermediario estaba registrada en otro lugar.

También podía haber sabido que no existía.

Yo no tenía forma de distinguirlo.

* * *

Durante un rato pensé que había regresado al periódico para descubrir algo que, después de todo, no resultaba tan importante.

El procedimiento permitía excepciones. Una persona las autorizaba. La esquela pasaba a la bandeja editorial, donde alguien debía verificarla.

Hasta ahí, el circuito parecía funcionar como estaba previsto.

Me molestó haber tardado tantos minutos en llegar a una conclusión tan poco satisfactoria.

Me levanté y fui hasta la máquina de café del pasillo.

Mientras esperaba, recordé una conversación que había mantenido meses atrás con una compañera de administración. Habíamos discutido por una solicitud que llegó sin una referencia de pago. Ella insistía en que la autorización de entrada no significaba que el anuncio estuviera listo para publicarse.

Yo había respondido que eso lo sabía perfectamente.

Ahora aquella distinción adquiría importancia.

La autorización que acababa de encontrar no era una orden para publicar la esquela de Mateo.

Tampoco anulaba mi incidencia.

Solo había permitido que un documento incompleto entrara en el circuito donde yo podía revisarlo.

Regresé con el café y volví a leer el expediente.

Había una consecuencia de la que todavía no me había ocupado.

Si alguien había autorizado la entrada a las once y catorce, la solicitud ya debía existir antes de que apareciera en mi bandeja a las once y diecisiete.

Cualquier anuncio tramitado por comercial pasaba por una fase previa, pero ahora tenía las horas de esa fase.

El punto que necesitaba comprobar no estaba en mi intervención del jueves.

Estaba antes.

En quién había recibido los datos.

En quién había decidido que podían remitirse a edición sin un contacto visible.

Y en qué documentación se había basado para permitirlo.

Abrí la consulta que había enviado aquella mañana.

Seguía pendiente de respuesta.

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