La mujer de los obituarios Capítulo 6. Una explicación razonable #2
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Capítulo 6. Una explicación razonable #2

—Te lo digo porque he visto situaciones parecidas. La gente cree que dejar algo en un periódico lo convierte automáticamente en una prueba protegida. Y no es así.

Pensé en la carpeta oscura que había visto en casa de Mateo.

No le había contado a Rafael que mi hermano tenía una bolsa preparada con documentos.

Pero tampoco me estaba preguntando por aquella carpeta en particular. Hablaba de una posibilidad bastante habitual para alguien que llevaba tantos años trabajando con fuentes y noticias delicadas.

—Mateo no me ha pedido que guarde nada —dije.

—Mejor. Si llega a hacerlo, conviene distinguir lo personal de lo profesional. Sobre todo si hay otras personas implicadas.

—Eso lo tengo claro.

—No lo dudo.

Me sostuvo la mirada unos instantes.

Después señaló de nuevo la pantalla.

—En cuanto a la solicitud, déjala como está. Haz la consulta formal a administración. Necesitamos saber de dónde procede, no buscar culpables antes de tener datos.

Asentí.

Era, una vez más, una recomendación razonable.

* * *

Rafael se marchó a su despacho y yo terminé de escribir el correo.

Expliqué que la solicitud había entrado como tramitación mediada, que carecía de datos visibles del intermediario y que se había retenido por contener una fecha de fallecimiento futura.

Pedí que se comprobara el canal de recepción y se indicara qué departamento podía acreditar la procedencia de los datos.

No solicité que nadie modificara el anuncio ni que se eliminara su registro.

Envié el mensaje al buzón interno de administración, con copia al responsable del circuito de esquelas.

Lo normal era que no tuviera respuesta antes del siguiente día laborable. El lunes, además, era festivo nacional, de modo que probablemente tendría que esperar hasta el martes para las comprobaciones administrativas ordinarias.

La fecha me incomodó.

El lunes era precisamente el día que figuraba en la esquela.

Comprobé que la consulta había quedado registrada y volví a mis tareas.

Una mujer llamó para pedir una rectificación en el apellido de su marido. Su voz temblaba mientras buscaba el documento que acreditaba cómo debía escribirse. Esperé hasta que lo encontró y anoté la corrección.

Después revisé una solicitud de agradecimiento que llevaba varios días pendiente.

El trabajo cotidiano tenía una ventaja: exigía atención a problemas que, por pequeños que parecieran, eran importantes para quien llamaba.

Durante casi una hora conseguí no pensar en Mateo.

A las doce y cuarto miré el móvil.

No tenía mensajes nuevos.

Me resistí a llamarlo. Habíamos hablado aquella mañana y él se había comprometido a avisarme si ocurría algo.

No quería convertir la nueva promesa en otra razón para vigilar el teléfono cada diez minutos.

En lugar de escribirle, abrí mi cuaderno.

En una página estaban las anotaciones sobre su esquela. En otra, los nombres de las cuatro ceremonias.

Releí los de la mujer que aparecía en las fotografías.

Elena Rivas.

Beatriz Molina.

Teresa Ocampo.

Julia Beltrán.

No había hecho ninguna averiguación nueva desde la tarde anterior. Lucía me había aconsejado comprobar la procedencia de las identificaciones, y sabía que tenía razón.

La misma mujer podía haber utilizado distintos nombres por motivos que yo desconocía. Incluso era posible que alguna identificación fuera incorrecta.

Lo que no debía hacer era dar por hecho que aquellos nombres eran falsos en el sentido legal de la palabra.

Abrí el archivo del periódico y consulté una de las fichas de 2018.

El nombre de Beatriz Molina aparecía en el pie de una fotografía, como conocida de la familia de Nicolás Cervera. No se acompañaba de ningún documento de identidad ni de una declaración de la propia mujer.

Lo mismo ocurría con las otras fichas.

Eran identificaciones hechas para contextualizar imágenes. No equivalían a datos verificados por un registro oficial.

Cerré el archivo.

Aquel matiz no eliminaba la coincidencia, pero reducía bastante lo que podía concluir.

Una misma persona parecía haber sido identificada con cuatro nombres distintos en cuatro ceremonias. Nada más.

Me pregunté si conocería a alguien que pudiera explicar quién había facilitado aquellas identificaciones. En las fotografías de 2014 y 2018, tomadas por empleados del periódico, quizá existieran notas de los fotógrafos. Las de 2022 y 2026 procedían de particulares.

Tenía por dónde continuar.

No necesitaba hacerlo aquel sábado a costa de interrumpir a personas que no sabían nada de mi búsqueda.

Guardé el cuaderno.

* * *

Rafael apareció junto a mi mesa poco antes de la una.

—¿Has terminado?

—Me queda cerrar una incidencia y me voy.

—¿Te han respondido de administración?

—Todavía no.

—Normal. Hoy no hay nadie de ese departamento.

Se apoyó en el borde del escritorio.

—¿Qué tal tu hermano?

—Hablamos esta mañana. Está bien.

—Me alegro.

—Dice que ha consultado con alguien sobre el problema.

Rafael asintió.

—Eso es lo que tiene que hacer.

Recogió la carpeta que había dejado junto a mi ordenador.

—¿Y tú? ¿Has conseguido descansar algo?

—Lo suficiente para venir a trabajar.

Sonrió.

—No es una medida demasiado fiable.

Le devolví la sonrisa.

Durante unos segundos hablamos del turno del fin de semana y de un problema con la impresión de la edición del domingo. Rafael comentó que llevábamos demasiado tiempo retrasando algunas mejoras del sistema editorial.

—Entre otras cosas, deberíamos tener más claro quién puede introducir y revisar cada solicitud —dije.

—Estoy de acuerdo.

—Ayer Mateo me preguntó si alguien podía modificar una esquela aunque yo la hubiera retenido.

Rafael dejó de ordenar los papeles.

—¿Y qué le respondiste?

—Que existen distintos niveles de acceso. No podía asegurarle que nadie más tuviera permisos.

—Hiciste bien. Prometer algo que no sabes sería un error.

—Pero quiero comprobarlo.

—Hazlo por el cauce normal. Pide a administración que te indique el procedimiento y, si hace falta, que intervenga el proveedor.

No intentó disuadirme.

Tampoco se ofreció a buscar personalmente un registro que no correspondía a sus tareas cotidianas.

—De acuerdo —dije.

Rafael miró el reloj.

—Y ahora vete. Los problemas del periódico seguirán aquí el lunes.

—El lunes es festivo.

—Entonces el martes. Mejor me lo pones.

Se despidió y salió de la redacción.

Lo vi atravesar el pasillo con la carpeta debajo del brazo.

Había sido considerado conmigo desde el jueves. Me había escuchado, había explicado lo que sabía del sistema y no había intentado impedir que comprobara la procedencia de la esquela.

Si hubiera tenido que juzgarlo únicamente por su comportamiento de aquellos dos días, habría dicho que estaba haciendo lo que correspondía a un buen director.

Aun así, recordé su comentario sobre los papeles de Mateo.

No era una acusación. Ni siquiera una sospecha que pudiera formular con claridad.

Me había parecido una observación demasiado próxima a algo que yo acababa de descubrir la noche anterior.

Después pensé en cuántas veces Rafael había aconsejado a periodistas que no conservaran documentación sensible fuera de los procedimientos del periódico. Lo había oído decir cosas semejantes en reuniones de redacción.

Probablemente no significaba nada.

Terminé de cerrar la incidencia pendiente.

* * *

Antes de marcharme, abrí por última vez la solicitud de Mateo.

Seguía retenida.

Comprobé que la consulta a administración aparecía entre mis mensajes enviados y que la copia conservada en la carpeta de incidencias no había sufrido modificaciones.

No había obtenido el nombre de quien preparó la esquela.

Tampoco sabía todavía qué podía hacer alguien con permisos administrativos sobre un anuncio bloqueado. Eso tendría que comprobarlo mediante los registros adecuados.

Pero había aprendido algo sobre el formulario.

La ausencia del nombre del intermediario podía deberse al modo en que determinadas solicitudes se incorporaban al sistema. No era, por sí sola, una señal de manipulación.

Aquella explicación era compatible con lo que había visto.

El problema era que también resultaba compatible con una solicitud introducida deliberadamente por alguien que no había querido identificarse ante mí.

La diferencia no estaba en el campo vacío.

Estaba en lo que hubiera ocurrido antes de que el documento llegara a mi bandeja.

Apagué el ordenador y guardé mis cosas.

Al salir, el compañero de la edición digital me pidió que comprobara si había dejado alguna corrección sin cerrar. Le respondí que todo estaba revisado y que las solicitudes sin confirmar seguían retenidas.

Bajé las escaleras.

Cuando llegué a la calle, saqué el teléfono y escribí a Mateo:

He comprobado el procedimiento de recepción. La esquela sigue bloqueada. Todavía no sabemos quién la envió. Si pasa algo, avísame.

Esta vez no esperé una respuesta inmediata.

Guardé el móvil y caminé hacia la parada.

Durante dos días había estado mirando una solicitud que anunciaba una muerte imposible. La explicación de Rafael me había ayudado a entender cómo podía llegar un formulario incompleto a la redacción.

No me había ayudado a entender por qué alguien había escrito el nombre de mi hermano en él.