Capítulo 6. Una explicación razonable
Mateo me llamó el sábado a las nueve y doce de la mañana.
Tenía el teléfono sobre la mesa de la cocina y estaba terminando de desayunar. Había dormido mejor que la noche anterior, aunque me desperté dos veces para comprobar si tenía algún mensaje suyo.
—Buenos días —dije.
—¿Te pillo ocupada?
—Depende de cuánto tiempo vayas a hablar.
Soltó una risa breve.
—Me lo merezco.
—Un poco.
Escuché un ruido familiar al otro lado de la línea.
—¿Está el perro contigo?
—Está intentando convencerme de que no ha desayunado.
—Entonces estás en casa.
—Sí.
Me tranquilizó escucharlo, aunque sabía que un perro ladrando no demostraba dónde se encontraba su dueño.
—¿Has hablado con esa persona que iba a ayudarte? —pregunté.
—Esta mañana.
—¿Y?
—Le he contado lo de la esquela. Me ha dicho que conserve todo lo que tenga y que no responda a ningún mensaje extraño sin consultarlo antes.
—Eso mismo te dije yo.
—Ya.
—¿Y qué vais a hacer?
—Estamos valorando cómo presentar lo que ha ocurrido. No quiero hacerlo de cualquier manera.
Estuve a punto de pedirle que me explicara quién le estaba ayudando. Recordé nuestra conversación de la noche anterior y decidí no insistir.
—Por lo menos ya no eres el único que lo sabe.
—No.
—¿Y la bolsa?
Hubo una pausa.
—Sigue aquí.
—¿Tienes pensado marcharte?
—Hoy no.
—Bien.
Mateo permaneció callado unos segundos.
—Gracias por venir ayer.
—No me lo agradezcas todavía. Sigo enfadada contigo.
—Lo sé.
—Y preocupada.
—También lo sé.
Le dije que tenía turno de mañana en el periódico y que pensaba comprobar si había alguna novedad en la incidencia.
—No hace falta que vayas por mí —respondió.
—Me toca trabajar. No he organizado un turno especial para vigilar tu esquela.
—De acuerdo.
—Si ocurre algo, me llamas.
—Lo haré.
Esta vez no le pedí que me lo prometiera.
Cuando terminamos de hablar, me quedé unos instantes junto a la mesa.
Mi hermano seguía sin explicarme qué ocurría, pero al menos había cumplido nuestro acuerdo. Me había llamado, había buscado ayuda y parecía dispuesto a tratar las amenazas como algo más serio que una discusión laboral.
Era un avance pequeño. Después de los últimos dos días, no quise despreciarlo.
Recogí la taza del desayuno, comprobé que llevaba las llaves y salí de casa.
* * *
Los sábados, la redacción de El Faro funcionaba con menos personal.
El equipo de información local mantenía una guardia para atender las noticias de última hora y las correcciones urgentes.
Los anuncios funerarios seguían llegando durante el fin de semana, aunque la mayor parte del trabajo se había preparado el viernes.
Aquel sábado me correspondía cubrir las incidencias de la mañana.
Llegué poco antes de las diez.
Había tres personas trabajando en la sala principal. Una redactora atendía una llamada, un compañero preparaba una noticia deportiva y el responsable de la edición digital revisaba los titulares publicados durante la noche.
Saludé y me senté.
Tenía cinco solicitudes pendientes. Dos eran correcciones menores de anuncios ya programados; las demás podían esperar hasta que confirmaran los datos los intermediarios correspondientes.
La de Mateo continuaba en el mismo estado.
Abrí el expediente y comprobé la última actualización.
No aparecía ninguna modificación posterior a la incidencia que había registrado el jueves.
El formulario seguía incompleto.
Durante la noche anterior había pensado en aquel campo vacío más de lo que merecía.
En nuestra conversación, Mateo me había preguntado si alguien podía modificar la esquela sin que yo lo autorizara.
Le respondí que existían distintos niveles de acceso, pero no había sabido explicarle hasta dónde llegaban.
Era una pregunta que también necesitaba responderme a mí misma.
No pretendía investigar el sistema informático del periódico. Quería saber qué garantías ofrecía el procedimiento de recepción de una esquela cuando los datos del intermediario no estaban disponibles.
Busqué las instrucciones internas que utilizábamos para tramitar incidencias.
El documento estaba en una carpeta compartida con varios manuales. Algunos seguían correspondiendo a la versión anterior del programa y otros se habían actualizado durante la última migración.
Encontré una guía breve sobre solicitudes recibidas por formularios externos.
La abrí.
Describía las operaciones habituales: comprobar campos obligatorios, solicitar datos complementarios y retener las solicitudes cuya procedencia no pudiera verificarse.
Nada que no supiera.
Seguí leyendo hasta llegar al apartado de incidencias de importación.
Allí se mencionaba que determinados anuncios introducidos por el departamento comercial podían aparecer en la bandeja editorial como solicitudes mediadas, incluso cuando el nombre del intermediario no se mostraba en la ficha principal.
No explicaba por qué ocurría.
Tampoco indicaba que aquellos anuncios estuvieran correctamente identificados. Solo decía que, cuando faltaba información, debía solicitarse una comprobación al departamento responsable de la entrada.
Volví al expediente de Mateo.
Tramitación mediada.
Contacto para incidencias: no disponible.
Quizá aquella fuera la explicación de los campos vacíos.
No de la esquela.
Pero sí de una parte del problema que llevaba dos días intentando comprender.
Anoté la referencia del procedimiento y pensé en escribir a administración para solicitar una verificación formal. Después recordé que era sábado y que el personal encargado de aquellas gestiones no estaba trabajando.
Podía dejar la consulta preparada para que se atendiera cuando correspondiera.
Abrí el correo interno.
No había terminado de redactarlo cuando escuché la voz de Rafael.
—¿También te toca este sábado?
Levanté la vista.
Estaba junto a la entrada, con una carpeta debajo del brazo y un abrigo oscuro que se quitó mientras se acercaba.
—Sí. Hasta la una.
—Creía que habías cambiado el turno.
—Lo cambié el mes pasado. Este me correspondía.
Asintió.
—Tengo que revisar unas páginas antes de irme. ¿Todo tranquilo?
—De momento.
Miró la pantalla.
—¿Alguna novedad con la incidencia de tu hermano?
—Ninguna. Precisamente estaba revisando el procedimiento de recepción.
Rafael dejó la carpeta sobre una mesa cercana.
—¿Has encontrado algo?
—Una explicación posible para los datos que faltan. Pero necesito que administración la confirme.
—Enséñame.
* * *
No abrió su despacho.
Se sentó a mi lado en la silla que utilizaban los compañeros cuando necesitábamos revisar una página juntos.
Le mostré el apartado del manual.
Rafael lo leyó en silencio.
—Sí —dijo—. Esto dio bastantes problemas cuando cambiamos el sistema.
—¿Te acuerdas de por qué ocurre?
—No exactamente. Había solicitudes que entraban por comercial y llegaban a edición sin todos los datos visibles. Parte de la información quedaba en otro registro.
—Eso significa que podría existir un intermediario aunque yo no lo vea.
—Podría.
—O que alguien haya introducido una solicitud sin identificarlo.
—También.
Me sorprendió que aceptara las dos posibilidades sin intentar convencerme de ninguna.
—Entonces no sabemos nada nuevo —dije.
—Sabemos que un campo vacío no demuestra que hayan utilizado una vía irregular.
Señaló el manual.
—Pero tampoco demuestra que la solicitud esté bien tramitada. Por eso la tienes retenida.
No podía discutirlo.
Rafael había pasado muchos años resolviendo conflictos con anunciantes, proveedores y departamentos que se culpaban unos a otros cuando algo salía mal. Era una de las razones por las que confiaba en su criterio.
—Lo que me preocupa —dije— es que alguien haya conseguido introducir una esquela sin dar ningún contacto y que apareciera directamente en mi bandeja.
—Tu bandeja es precisamente donde deben aparecer las solicitudes pendientes de comprobación.
—Lo sé.
—Entonces el sistema no ha publicado un anuncio falso. Te ha permitido detectarlo antes de que llegara a maquetación.
Me quedé mirando la pantalla.
Había algo tranquilizador en esa interpretación.
Hasta entonces había considerado la presencia del documento en mi bandeja como parte de la amenaza. Rafael lo veía como una prueba de que nuestro procedimiento había funcionado.
Las dos cosas podían ser ciertas.
—Eso no explica quién lo preparó —dije.
—No.
—Ni por qué utilizó una fotografía de Mateo.
—Esa fotografía es pública. Me lo contaste el jueves.
—Ni por qué puso el lunes doce.
Rafael retiró la mano del escritorio.
—Esa es la parte que no podemos atribuir a un error administrativo sin comprobarlo.
Lo miré.
—¿Entonces tú también piensas que es deliberado?
—Pienso que alguien tuvo que rellenar los datos. Lo que no sé es con qué intención.
Se levantó para dejar pasar a un compañero que necesitaba abrir el armario detrás de nosotros.
Cuando volvió a sentarse, bajó un poco la voz.
—Clara, no quiero que confundas mi prudencia con que no me importe lo que está ocurriendo. Si alguien ha preparado esa esquela para asustar a tu hermano, estamos ante algo serio.
—Mateo cree que puede tener relación con su trabajo.
—¿Te lo ha dicho?
—Me ha contado que ha tenido problemas ayudando a algunas personas. No quiso entrar en detalles.
Rafael asintió despacio.
—En servicios sociales se trabaja con situaciones difíciles.
—Sí.
—Y a veces uno acaba involucrándose más de la cuenta.
No respondió a mi expresión de desacuerdo. Continuó hablando con la misma tranquilidad.
—No digo que ese sea el caso de Mateo. Solo que alguien puede encontrarse en medio de un conflicto sin haber hecho nada malo.
—Eso es lo que intento averiguar.
—¿Ha buscado ayuda?
—Sí. Ha hablado con alguien que puede orientarlo.
—Bien.
Apoyó las manos sobre las rodillas.
—Y, por favor, no conviertas la redacción en un lugar donde guardar sus papeles, si acaba pidiéndotelo.
Tardé un momento en responder.
—¿Qué papeles?
—Los que pueda tener de su trabajo. O cualquier documentación relacionada con el problema.
Se encogió ligeramente de hombros.