La mujer de los obituarios Capítulo 5. La puerta de Mateo #3
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Capítulo 5. La puerta de Mateo #3

Mateo fue a la cocina y regresó con unas galletas. Dejó el paquete abierto sobre la mesa y el perro se levantó inmediatamente, convencido de que había llegado su momento.

—Ni se te ocurra —le dijo.

El animal volvió a sentarse, aunque permaneció pendiente de nuestras manos.

Cogí una galleta.

—¿Desde cuándo obedeces tan poco a tu dueño? —le pregunté.

—Desde siempre —contestó Mateo—. Tú lo malcrías cada vez que vienes.

Aquel intercambio me hizo sentir extrañamente triste.

No porque tuviera nada de especial, sino porque se parecía a una de nuestras conversaciones habituales. Durante unos instantes pude imaginar que había ido a cenar con mi hermano un viernes cualquiera y que al día siguiente volveríamos a discutir por algún asunto sin importancia.

Mateo rompió el silencio.

—Siento haberte hecho pasar por esto.

Lo miré.

—Todavía no ha terminado.

—Ya lo sé.

—Y no me has contado gran cosa.

—Te he contado lo que podía.

—Espero que sea verdad.

Dejó una galleta sobre la mesa.

—Clara, ¿de verdad crees que quiero engañarte?

Pensé en nuestra madre.

En las cosas que habíamos descubierto después de su muerte y en todas las preguntas que dejamos de hacernos porque ninguno soportaba escuchar la respuesta del otro.

—No sé si quieres engañarme —dije—. Creo que estás acostumbrándote a ocultarme cosas y que esperas que me conforme con una explicación incompleta.

Mateo permaneció serio.

—Puede que tengas razón.

—No me sirve de mucho tenerla si sigues haciéndolo.

—Estoy intentando hacerlo de otra manera.

Lo observé.

Había pasado buena parte de aquella conversación enfadada con él. Ahora empezaba a preguntarme cuánto tiempo llevaba enfrentándose a algo que lo había llevado a preparar una bolsa para abandonar su propia casa.

No era una razón para aceptar sus silencios.

Pero sí para dejar de interpretar cada uno como un ataque contra mí.

—No tienes que contármelo todo esta noche —dije.

Mateo levantó la vista.

—Gracias.

—No he terminado. Necesito saber que estás tomando decisiones que no te ponen en más peligro. Y que tienes a alguien a quien acudir si esto empeora.

—Lo tengo.

—Entonces utilízalo.

Asintió.

Consulté la hora.

Pasaban unos minutos de las nueve.

Me levanté.

Mateo también lo hizo.

—¿Te acompaño? —preguntó.

—No hace falta.

—Puedo bajar contigo.

—Estoy perfectamente capacitada para salir de un edificio.

—Eso ya lo sé.

Sonrió por primera vez desde que había llegado.

El perro nos siguió hasta la entrada.

Me puse la chaqueta y cogí el bolso.

Antes de abrir, me volví hacia mi hermano.

—Una última cosa.

—Dime.

—Si te marchas, no voy a preguntarte dónde estás. Pero necesito un mensaje para saber que has llegado bien.

—Lo tendrás.

—Y mañana por la mañana quiero hablar contigo.

—De acuerdo.

No parecía completamente tranquilo, pero ya no tenía aquella expresión cerrada con la que me había recibido.

Me acerqué y lo abracé.

Al principio se quedó rígido, sorprendido. Después me rodeó con los brazos.

No recordaba cuándo había sido la última vez que nos abrazamos sin que hubiera un funeral de por medio.

—Ten cuidado —le dije.

—Tú también.

Me aparté.

Mateo abrió la puerta.

Mientras salía, vi la bolsa de deporte junto a la entrada del dormitorio. La carpeta oscura seguía dentro, bajo la ropa.

No podía saber qué contenía.

Tampoco sabía si mi hermano terminaría utilizándola aquella misma noche.

Bajé por las escaleras.

En el primer descansillo saqué el teléfono. Tenía la tentación de escribirle a Lucía y contarle lo que estaba ocurriendo, pero no lo hice. No quería convertirla en depositaria de un secreto que todavía no comprendía, únicamente porque necesitaba compartir mi preocupación.

Al llegar a la calle me detuve junto al portal.

La noche estaba templada y todavía había gente entrando y saliendo de los comercios. Un autobús pasó frente a la parada sin detenerse.

Busqué en el bolso el cuaderno donde había anotado las referencias de las cuatro fotografías. Lo llevaba conmigo desde que había salido del periódico.

Pensé en los nombres escritos en aquella página.

Elena Rivas.

Beatriz Molina.

Teresa Ocampo.

Julia Beltrán.

No había mencionado las fotografías a Mateo. Durante nuestra conversación no había encontrado ninguna razón para hacerlo. Seguían siendo un asunto distinto, una coincidencia de archivo que necesitaba comprobar.

Guardé el cuaderno.

La conversación con mi hermano no había resuelto la procedencia de la esquela. Pero ahora sabía que sus precauciones no habían empezado cuando yo recibí el documento. Llevaba tiempo preocupado por algo relacionado con las personas a las que ayudaba.

Y había preparado una bolsa por si necesitaba abandonar su casa.

Me dirigí hacia la parada.

Al día siguiente hablaríamos de nuevo. Eso habíamos acordado.

Mientras tanto, yo podía hacer algo que no dependía de sus explicaciones: asegurarme de que la esquela seguía retenida y de que la información original permanecía intacta.

No iba a investigar la vida de sus compañeros ni a pedir nombres que no me correspondían.

Pero tampoco iba a dejar que alguien utilizara el periódico para anunciar la muerte de mi hermano sin intentar averiguar cómo había podido hacerlo.