Capítulo 5. La puerta de Mateo #2
Mi hermano le acarició la cabeza.
—No voy a dejarlo solo.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
Mateo sonrió apenas.
—Por lo menos una cosa.
Me levanté y fui hasta la ventana.
Desde allí se veía la calle, iluminada por las farolas y los escaparates de los comercios que todavía estaban abiertos. Dos personas caminaban por la acera de enfrente cargando bolsas de supermercado.
Nada indicaba que estuviéramos viviendo una situación extraordinaria.
Me volví.
—¿Tienes miedo de quedarte aquí?
Mateo tardó en responder.
—Creo que sería prudente tener otra opción.
—¿Ha venido alguien a buscarte?
—No.
—¿Te han seguido?
—No me consta.
—¿Te han llamado a casa?
Negó con la cabeza.
—Entonces, ¿de qué estás intentando protegerte?
Se quedó mirando la bolsa.
—De cometer un error.
No supe qué decir.
Mateo había sido siempre menos impulsivo que yo. Cuando éramos pequeños tardaba una eternidad en decidir qué quería pedir en un restaurante o qué ropa ponerse para una excursión. Nuestra madre decía que pensaba demasiado las cosas.
Pero nunca lo había visto preparar una bolsa por si necesitaba abandonar su casa.
—¿Qué llevas ahí? —pregunté.
—Ropa. Algunas cosas personales.
—¿Y la carpeta?
Me miró.
—Documentos.
—Eso ya lo veo.
—Clara.
Su tono bastó para que entendiera que no iba a enseñármelos.
No insistí.
Había algo humillante en sentir que necesitaba pedir permiso para conocer aspectos de la vida de mi hermano que hasta hacía poco habríamos comentado sin dificultad.
Al mismo tiempo, una parte de mí comprendía que aquella información quizá no me correspondía.
Esa contradicción me estaba agotando.
* * *
Volvimos a sentarnos.
Mateo había dejado la bolsa cerrada junto a la puerta del dormitorio.
—¿Qué hiciste exactamente con la esquela? —preguntó.
Se lo expliqué otra vez, esta vez con más detalle.
Le hablé de la incidencia, del formulario incompleto y de la falta de un contacto verificable. Le conté que el original seguía en el sistema, que había guardado una copia en la carpeta de trabajo y que nadie había autorizado la publicación.
Mateo escuchó sin interrumpirme.
—¿Puede publicarse sin que tú lo apruebes?
—No debería. Está retenida.
—Pero ¿puede?
Pensé en los distintos permisos del sistema.
—Hay personas con acceso administrativo. No voy a prometerte que nadie pueda modificar una solicitud, porque sería absurdo. Lo que puedo decirte es que cualquier cambio debe quedar registrado y que yo he documentado el estado en que la encontré.
Asintió.
—¿Has hablado con alguien más, aparte de Rafael?
—No. Lucía sabe que tengo una incidencia complicada, pero no le he contado nada.
—¿Y Rafael qué dijo?
—Que no publicáramos sin comprobar la procedencia. Me recomendó que hablara contigo y que acudiera a la policía si creía que estabas en peligro.
Mateo permaneció callado.
—Es una recomendación razonable —añadí.
—Sí.
—Ayer te enfadaste porque se lo conté.
—Me asusté. No sabía a cuánta gente había llegado el asunto.
—A nadie más, que yo sepa.
—Entiendo que tuvieras que informarlo.
Lo miré con cierto recelo.
—Eso no se parecía mucho a lo que me escribiste.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—No estaba pensando con claridad.
Me sorprendió su franqueza.
Durante unos segundos pareció el Mateo de siempre, el que era capaz de reconocer una torpeza después de pasar horas negándola.
—¿Sabes quién pudo enviar el anuncio? —pregunté.
—No.
—¿Tienes alguna sospecha?
—Tengo varias, pero ninguna que pueda demostrar.
—¿Personas relacionadas con tu trabajo?
—Es posible.
—¿Y la fecha? ¿Por qué el lunes doce?
Mateo bajó la mirada.
Había llegado a reconocer aquella expresión. La ponía cuando estaba a punto de contestar algo y decidía que era mejor no hacerlo.
—No sé por qué han elegido exactamente ese día —respondió al fin.
No me pareció una mentira evidente. Tampoco sonó como una explicación completa.
—¿Tiene algún significado para ti?
—Puede que sí.
—¿Cuál?
—Necesito comprobar unas cosas antes de hablarte de eso.
Respiré hondo.
—¿Te das cuenta de que cada respuesta tuya termina con otra promesa?
Mateo no discutió.
—Sí.
—¿Y de que llevo dos días esperando?
—También.
—No voy a seguir así indefinidamente.
Se quedó quieto.
—Lo entiendo.
—Si mañana recibo otra esquela, otra amenaza o cualquier cosa que me haga pensar que estás en peligro, buscaré ayuda. Aunque no te guste.
—Hazlo.
Lo miré sorprendida.
—¿No vas a pedirme que espere?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que te pase nada por intentar protegerme.
Por primera vez sentí que aquella conversación nos había llevado a alguna parte.
No había conseguido los nombres que buscaba ni una explicación para la fecha. Pero Mateo había dejado de pedirme que permaneciera al margen de todo.
—Entonces tú también tienes que prometerme algo —dije.
—Depende de qué sea.
—Que no vas a desaparecer sin avisar.
Miró la bolsa.
—No tengo intención de desaparecer.
—No me refiero a eso. Si decides dormir fuera, si cambias de teléfono o si ocurre algo que te obliga a marcharte, necesito saber que estás bien.
—Puedo avisarte.
—No me digas que puedes. Dime que lo harás.
Asintió.
—Lo haré.
—Y mañana hablamos otra vez.
—Sí.
—Aunque todavía no puedas contarme todo.
—Aunque no pueda contarte todo.
Me apoyé en el respaldo de la silla.
Estaba cansada de negociar con mi hermano como si estuviéramos discutiendo las condiciones de un contrato, pero no se me ocurría otra manera de conseguir que respetara al menos una parte de lo que le pedía.
* * *
Nos quedamos un rato sin hablar.