Capítulo 5. La puerta de Mateo
Mateo tardó casi un minuto en abrir.
Había llegado a su edificio unos minutos antes de las ocho. Al llamar al telefonillo, escuché el zumbido que liberaba la puerta sin que nadie preguntara quién era. Subí por las escaleras hasta el segundo piso y llamé dos veces.
Dentro se oyeron las uñas del perro contra el suelo y después unos pasos.
Mi hermano abrió apenas lo suficiente para verme.
—Has venido pronto.
—Son las ocho menos dos.
Miró por encima de mi hombro, hacia el descansillo.
—Pasa.
El perro salió a recibirme antes de que terminara de entrar. Me olfateó los zapatos, movió la cola y apoyó las patas delanteras sobre mis rodillas. Me agaché para acariciarlo.
—Por lo menos alguien se alegra de verme.
—Se alegra de ver a cualquiera que no le haga trabajar.
Mateo cerró la puerta.
Llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta gris. Tenía el pelo húmedo, como si acabara de ducharse, y una sombra de barba que no recordaba haberle visto el fin de semana anterior.
No parecía enfermo ni herido. Estaba cansado, pero tampoco eso resultaba extraordinario.
Había esperado encontrar alguna señal evidente de que algo iba mal. Un golpe, una habitación revuelta, cualquier cosa que justificara la manera en que había hablado por teléfono.
Lo único extraño era que mantenía una mano sobre el pestillo.
—¿Vas a dejarme entrar o prefieres que hablemos aquí? —pregunté.
Se apartó.
—Ya estás dentro.
Pasé al salón.
Conocía aquel piso desde el día en que Mateo lo alquiló. Tenía dos habitaciones, una cocina pequeña y un salón que utilizaba también como despacho. Durante los primeros meses había vivido rodeado de cajas porque decía que no merecía la pena comprar muebles hasta saber si se quedaría allí.
Llevaba casi cinco años.
La mesa seguía junto a la ventana, con dos sillas diferentes y una lámpara que nuestra madre le había regalado cuando se mudó. En una estantería había libros de trabajo social, novelas que le había prestado y algunos objetos que reconocí de la antigua casa familiar.
Todo parecía estar en su sitio.
Excepto una bolsa de deporte abierta junto al sofá.
Había ropa doblada dentro y un neceser sobre uno de los extremos. Encima descansaba una carpeta rígida, de color oscuro, con varias hojas sobresaliendo.
Mateo siguió mi mirada.
—¿Quieres agua?
—Quiero hablar contigo.
—Podemos hacer las dos cosas.
Fue a la cocina sin esperar respuesta.
Me quedé de pie junto al sofá. El perro se sentó a mis pies y apoyó la cabeza contra mi pierna.
Desde la cocina llegaba el ruido del grifo.
No me acerqué a la bolsa. Tampoco intenté leer los papeles.
Me molestó que mi hermano hubiera conseguido hacerme sentir como una intrusa en una casa a la que siempre había entrado sin pensarlo demasiado.
Regresó con dos vasos.
—Siéntate.
Lo hice.
Mateo dejó el agua sobre la mesa y ocupó la silla frente a mí. No encendió el televisor ni puso música, como solía hacer cuando recibía visitas.
—Bueno —dije.
Se frotó las manos.
—Sé que estás enfadada.
—No he venido por eso.
—También estás asustada.
—¿Y tú?
Levantó la vista.
—Sí.
Su respuesta me sorprendió.
Durante dos días había buscado una manera de obligarlo a admitir que ocurría algo serio. Cuando finalmente lo hizo, no sentí ningún alivio.
—¿Por la esquela?
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
Mateo miró hacia la ventana.
—Hay un asunto de trabajo que se ha complicado.
Esperé.
—¿Y?
—Afecta a otras personas. No puedo contarte todo.
Había imaginado muchas maneras de empezar aquella conversación, pero no que volviera a utilizar la misma explicación.
—Me hiciste venir para decirme que no puedes contarme nada.
—No he dicho eso.
—Entonces empieza por algo que sí puedas contarme.
Mateo tomó el vaso y bebió un poco de agua.
—Hay personas a las que he estado ayudando. Algunas están en una situación delicada. Me han confiado información que no me pertenece.
—¿Personas de tu trabajo?
—Sí.
—¿Y alguien te está presionando para que dejes de ayudarlas?
No respondió enseguida.
—Podría decirse así.
—Mateo, no estamos hablando de una discusión con tu jefe.
—Ya lo sé.
—Han enviado un anuncio de tu muerte al periódico donde trabaja tu hermana. Con una fecha concreta.
Dejó el vaso sobre la mesa.
—No hace falta que me lo recuerdes.
—Parece que sí.
Nos quedamos callados.
El perro se tumbó entre nuestras sillas.
Mateo se inclinó hacia delante.
—Clara, hay cosas que no puedo explicarte sin decirte quiénes son esas personas. Y no tengo su permiso para hacerlo.
—No necesito sus nombres. Necesito saber si corres peligro.
—No sé hasta dónde va a llegar esto.
—¿Te han amenazado?
Miró sus manos.
—Ha habido presiones.
—¿Qué clase de presiones?
—Mensajes. Conversaciones que no deberían haberse producido.
—¿Con quién?
—Eso forma parte de lo que no puedo contarte.
Aparté la mirada.
Había acudido preparada para soportar sus evasivas, pero no había previsto lo agotador que resultaría escucharlas cara a cara.
—¿Has guardado esos mensajes?
—Sí.
—¿Y alguien más los ha visto?
—Estoy intentando resolverlo con ayuda.
—¿De quién?
Mateo hizo un gesto de cansancio.
—Por favor, no me pidas otro nombre.
* * *
Me levanté y fui hasta la cocina.
No necesitaba nada. Solo quería alejarme un momento de él.
Abrí uno de los armarios y busqué una taza. Reconocí una de nuestra madre, blanca, con un pequeño dibujo azul cerca del asa.
Recordaba haberla visto en su casa después de que repartimos algunas de sus cosas. Mateo había insistido en llevársela porque decía que era la única que tenía un tamaño decente para el café.
La sostuve unos segundos antes de dejarla sobre la encimera.
—¿Todavía la usas? —pregunté.
Mateo apareció en la puerta.
—Casi todos los días.
—Pensé que acabarías rompiéndola.
—Todavía no.
Me apoyé contra el mueble.
—Mamá habría tenido algo que decir sobre todo esto.
—Seguramente.
—Habría empezado por preguntarte por qué no se lo contaste antes.
Mateo no sonrió.
—No estoy tan seguro.
La respuesta me molestó más de lo que esperaba.
—¿Qué significa eso?
—Nada. Que mamá tampoco nos contaba todo.
—Eso no la convierte en un ejemplo que debas seguir.
—No he dicho que lo sea.
Nos miramos un momento.
Desde que murió nuestra madre, todavía conseguíamos discutir por cosas que ella no estaba allí para explicar.
Mateo regresó al salón. Lo seguí.
—No quiero que terminemos peleándonos por mamá —dije.
—Yo tampoco.
—Entonces deja de utilizarla cuando no sabes qué responderme.
Se sentó de nuevo.
—Tienes razón.
La disculpa me desarmó.
Durante los meses posteriores al funeral habíamos discutido muchas veces, casi siempre por asuntos insignificantes. Un documento que no encontrábamos, una caja que alguien había movido, una llamada que ninguno quería hacer.
Rara vez alguno reconocía haberse equivocado.
Me senté frente a él.
—No estoy intentando meterme en la vida de esas personas —dije—. Si necesitan ayuda, me parece bien que se la des. Pero no puedo actuar como si esto fuera un problema ajeno cuando alguien utiliza mi trabajo para amenazarte.
—Lo entiendo.
—No creo que lo entiendas.
—Lo entiendo mejor de lo que piensas.
Esperé.
Mateo apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Cuando vi lo que me contaste de la esquela, pensé que era una forma de asustarme. Después empecé a darle vueltas a cómo había llegado precisamente a ti.
—Mi nombre y mi trabajo no son secretos.
—Ya.
—Cualquiera que sepa que somos hermanos puede encontrar esa información.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Se pasó una mano por el pelo.
—No quiero que acabes involucrada por mi culpa.
—Ya estoy involucrada.
—Lo sé.
—Entonces deja de tomar decisiones por mí.
Mateo levantó la cabeza.
Por primera vez desde mi llegada pareció dispuesto a discutir de verdad.
—No estoy decidiendo por ti. Estoy intentando no decidir por otras personas que no pueden defenderse si digo algo que no debo.
Lo observé.
No era una excusa que pudiera descartar fácilmente.
Había trabajado como periodista el tiempo suficiente para saber lo que podía ocurrir cuando una fuente confiaba información sensible y alguien la difundía sin medir las consecuencias. Yo misma había pedido discreción a personas que se jugaban mucho más que una mala relación con su familia.
Pero también sabía que la confidencialidad podía convertirse en una coartada cómoda para no responder preguntas incómodas.
—Entonces dime cuáles son tus límites —pedí—. Qué puedes contarme y qué no.
Mateo asintió despacio.
—Puedo decirte que no he hecho nada ilegal para conseguir la información con la que estoy trabajando. Que hay otras personas que conocen el asunto y que no estoy intentando resolverlo yo solo.
—¿Hay alguien que pueda ayudarte si te amenazan?
—Sí.
—¿Alguien que sepa lo de la esquela?
—Todavía no le he contado todos los detalles.
—Deberías hacerlo.
—Lo haré.
—¿Cuándo?
—Mañana.
No me gustó el aplazamiento, pero al menos era una respuesta concreta.
—Y quiero saber si vas a ir a la policía.
—Es una posibilidad.
—No debería ser solo una posibilidad.
Mateo me miró.
—Si me presento con una historia incompleta, tendré que explicar de dónde procede lo que sé. No puedo hacerlo sin hablar antes con las personas afectadas.
—Puedes denunciar una amenaza contra ti sin contar toda la historia.
—Lo sé. No estoy descartándolo.
Me quedé callada.
No estaba convencida, pero tampoco podía obligarlo a levantar una denuncia en aquel momento.
* * *
La bolsa seguía junto al sofá.
Mateo había dejado la carpeta debajo de una camiseta, aunque todavía sobresalía una esquina.
—¿Te vas de viaje? —pregunté.
Siguió la dirección de mi mirada.
—No.
—Entonces, ¿por qué tienes una bolsa preparada?
Se levantó y la cerró.
—Por si necesito pasar unos días fuera.
—¿Fuera de Valdaria?
—No lo he decidido.
—¿Desde cuándo estás pensando en marcharte?
—Desde ayer.
Miré la bolsa y después a él.
Era la primera respuesta que me permitía situar sus preocupaciones en un momento concreto.
—Desde que te enviaron la esquela.
—No exactamente.
—Mateo.
—Ya estaba preocupado antes.
No añadió nada.
El perro se levantó y se acercó a la bolsa. La olfateó y se sentó junto a Mateo.
—¿Y él? —pregunté.