Capítulo 4. Cuatro fotografías #2
—Son tres nombres completos distintos.
Lucía leyó otra vez mis notas.
—Eso sí es más extraño.
Se sentó en la silla vacía.
—¿Las identificaciones proceden de fuentes fiables?
—De las fichas que acompañan a las fotografías.
—Entonces habría que comprobar quién las facilitó. Ya sabes que en los archivos hay errores que nadie corrige durante años.
—Lo sé.
—¿Y las tres personas a las que despedían tenían algo en común?
—No he encontrado nada todavía.
—Quizá eran amigas de la mujer. O trabajaron juntas.
—Podría ser.
Lucía cruzó los brazos.
—Te voy a decir algo que no suele gustarte.
—Adelante.
—Estás intentando resolver una pregunta antes de saber si merece la pena hacerla.
Sonreí a pesar de mí misma.
—Eso también podría describir la mitad de nuestro trabajo.
—Sí, pero normalmente alguien nos ha dado un motivo para empezar.
No tenía cómo contradecirla.
Lucía se levantó.
—Guarda las referencias. Si mañana te sigue pareciendo raro, buscamos de dónde salieron las fotografías. Pero no vayas a llamar a tres familias preguntando por una desconocida porque se parece a otra.
—No pensaba hacerlo.
—Te conozco.
Recogió sus papeles.
—Y sal a tu hora. Hoy tienes cara de no haber dormido.
La vi alejarse.
Me había dado un consejo sensato, aunque no era exactamente el que quería escuchar.
* * *
A las cinco y veinte cerré la galería de Nicolás Cervera.
Me quedaba trabajo por terminar y había prometido estar en casa de Mateo a las ocho.
Sin embargo, antes de abandonar la búsqueda, revisé los resultados correspondientes a los años anteriores.
Había una veintena de galerías de actos funerarios entre 2014 y 2017 que conservaban fotografías y datos de los asistentes. Varias tenían imágenes muy pequeñas; otras mostraban únicamente a la persona homenajeada o la entrada de una iglesia.
Fui descartándolas.
En una fotografía de 2016 creí reconocer a la mujer, pero al ampliarla comprobé que los rasgos no coincidían. En otra, tomada al año siguiente, aparecía alguien con el mismo peinado que había llevado en 2018. Tampoco era ella.
Me obligué a prestar atención a esas diferencias.
No quería terminar encontrando a la misma mujer en todos los lugares donde hubiera alguien con el pelo oscuro y una chaqueta parecida.
La cuarta fotografía apareció en una galería de 2014.
La noticia trataba sobre el funeral de Aurora Serra, una enfermera conocida en su barrio. Había fallecido después de una caída. El periódico recogía la asistencia de vecinos y compañeros, así como unas palabras de recuerdo pronunciadas al finalizar la ceremonia.
Abrí las fotografías.
La primera mostraba a varias personas saliendo de una iglesia. La segunda, un grupo reunido junto a la familia. La tercera recogía a algunos asistentes junto a una puerta lateral.
La mujer aparecía en esta última.
Era más joven, aunque reconocí enseguida la forma de la cara.
Llevaba el cabello por debajo de las orejas, una chaqueta negra y un bolso colgado del hombro. Estaba junto a una mujer mayor que parecía hablarle.
No se encontraba al fondo, como en las otras imágenes. En aquella ocupaba casi el centro de la fotografía.
Amplié el archivo.
Vi la misma nariz, los pómulos y la cicatriz junto a la ceja izquierda.
La observé durante bastante tiempo.
Habían pasado doce años entre aquella fotografía y la de septiembre. Era lógico que su rostro hubiera cambiado, pero las semejanzas resultaban difíciles de ignorar.
Busqué el pie original.
Mencionaba a varios compañeros de Aurora que habían acudido a despedirla. Entre ellos aparecía una mujer identificada como Elena Rivas.
Comprobé la posición de cada persona descrita.
El nombre correspondía a la mujer que estaba mirando.
Lo anoté debajo de los otros tres.
Elena Rivas — 2014.
Beatriz Molina — 2018.
Teresa Ocampo — 2022.
Julia Beltrán — 2026.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa.
Cuatro fotografías.
Cuatro nombres diferentes.
La misma mujer.
O una semejanza tan extraordinaria que empezaba a costarme creerla.
No sabía qué hacer con aquello.
* * *
Volví a leer las noticias antiguas.
Aurora Serra había fallecido después de una caída. Nicolás Cervera, en un accidente de tráfico.
Las otras dos publicaciones eran distintas.
La de Paula Ríos hablaba de una despedida organizada por personas cercanas a ella. La de Darío Soler, de un homenaje celebrado el mes anterior.
No había leído todavía suficiente información para saber qué relación existía entre los cuatro.
Tampoco tenía motivos para pensar que sus muertes y despedidas estuvieran conectadas por algo más que la presencia de aquella mujer.
Busqué los nombres de Aurora y Nicolás en el archivo general, pero solo encontré algunas noticias relacionadas con sus fallecimientos y los homenajes posteriores.
No aparecía ninguna referencia conjunta.
Después consulté otra vez las fichas de las fotografías.
La imagen de 2014 había sido tomada por un fotógrafo del periódico. La de 2018 procedía también de una cobertura informativa. Las dos más recientes habían llegado de particulares.
No había un mismo remitente.
Tampoco un único fotógrafo.
Quienquiera que fuera aquella mujer, su presencia había quedado registrada por cuatro vías distintas.
Me pregunté si se trataba de una profesional que acompañaba a familias en situaciones difíciles. Una trabajadora funeraria, una asesora, alguien vinculado a servicios sociales.
La explicación sería razonable.
Incluso permitiría entender que asistiera a despedidas de personas sin relación familiar entre sí.
Lo que no explicaba eran los nombres.
Revisé las fechas y comprobé que no hubiera confundido alguna fotografía reutilizada años después. Los espacios y la ropa de los asistentes eran distintos. Las imágenes antiguas se habían incorporado al archivo en las fechas de las noticias correspondientes.
Eran cuatro ceremonias diferentes.
Cerré el buscador.
Por primera vez aquella tarde me pareció que tenía algo que merecía una comprobación más cuidadosa. No una noticia, ni una acusación, ni siquiera una hipótesis completa.
Solo una pregunta concreta.
¿Quién era realmente la mujer de las cuatro fotografías?
* * *
A las seis y cuarto apagué la pantalla de archivo y regresé a mis tareas pendientes.
Me costó concentrarme.
Terminé de revisar las solicitudes del sábado y respondí a dos correos que habían quedado sin atender. Después preparé una relación de incidencias para el turno siguiente.
La esquela de Mateo seguía retenida.
No la había olvidado ni un momento, aunque durante varias horas mi atención se hubiera desplazado hacia las fotografías.
Abrí el expediente para comprobar que nadie hubiera modificado su estado.
Seguía pendiente de verificación.
Miré la fotografía de mi hermano.
Su expresión incómoda delante de la cámara contrastaba con las imágenes de personas reunidas para despedir a otros.
Mateo estaba vivo.
Habíamos quedado en hablar a las ocho.
Aquello era lo único verdaderamente urgente.
Cerré el expediente y miré el reloj.
Todavía tenía tiempo para pasar por casa, pero no el suficiente como para entretenerme. Guardé el cuaderno y comprobé que llevaba el móvil y las llaves.
Al levantarme, volví la vista hacia el monitor apagado.
No sabía si las fotografías tenían alguna relación con lo que estaba ocurriéndole a mi hermano. Lo más probable era que no la tuvieran. Dos asuntos extraños podían coincidir en una misma semana sin formar parte de una sola historia.
Sin embargo, ambos me habían obligado a hacer la misma pregunta.
¿Quién había proporcionado aquella información y por qué debía creerla?
En la esquela de Mateo alguien había escrito una muerte que todavía no había ocurrido.
En las fotografías, alguien había identificado a la misma mujer con cuatro nombres distintos.
Tal vez las explicaciones fueran sencillas y completamente independientes.
Pero necesitaba encontrarlas.
Antes de marcharme, abrí el cuaderno por la página de las fotografías y añadí los números de referencia de los cuatro expedientes.
No hice copias de las imágenes ni intenté buscar a la mujer fuera del archivo. Lo dejaría para otro momento, cuando pudiera revisar con calma la procedencia de los nombres.
Aquella noche tenía que hablar con Mateo.
Eran casi las siete cuando salí del periódico.
Mientras caminaba hacia la parada, saqué el teléfono y abrí nuestra conversación.
No había mensajes nuevos.
Le escribí:
Voy de camino. Llegaré a las ocho.
La confirmación de lectura apareció casi enseguida.
No respondió.
Guardé el teléfono y continué andando.
Durante todo el día había estado intentando poner nombre a una desconocida.
Ahora me tocaba encontrar la manera de hablar con alguien a quien conocía desde que nació y que, de pronto, parecía no saber cómo decirme la verdad.