Capítulo 4. Cuatro fotografías
Lo primero que hice al volver de comer fue buscar los nombres de las dos mujeres.
Hasta entonces había comparado sus rostros, pero no había prestado atención a cómo estaban identificadas en el archivo. Si realmente se trataba de la misma persona, quizá encontraría una explicación tan sencilla como que trabajaba organizando homenajes.
Abrí de nuevo la galería de septiembre.
La fotografía de Darío Soler seguía mostrando al pequeño grupo de asistentes junto a la pared clara. Reconocí enseguida a la mujer situada a la derecha, con una mano sobre el respaldo de una silla.
Accedí a la ficha de la imagen.
Además de la fecha y el nombre del archivo, encontré una relación de las personas que aparecían en la fotografía. Era información incorporada durante la recepción del material, antes de que se redactaran los pies destinados a publicación.
No estaban identificados todos los asistentes.
El hombre que ocupaba el centro figuraba como antiguo compañero de Darío. Otras dos personas aparecían únicamente con su nombre de pila. La última de la lista era la mujer que yo buscaba.
Julia Beltrán. Colaboradora en la organización del homenaje.
Lo anoté.
Después abrí la galería de Paula Ríos, de abril de 2022.
Tardé unos minutos en localizar la ficha correspondiente a la fotografía de la mujer sentada. El sistema antiguo no permitía pasar de una imagen a otra sin regresar al índice, y varios archivos tenían referencias distintas de las utilizadas en las publicaciones.
Finalmente encontré la información.
Mujer de la primera fila, a la derecha: Teresa Ocampo.
No había profesión ni relación con Paula.
Comparé otra vez las dos fotografías.
Cuatro años podían cambiar bastante la apariencia de una persona. En la imagen más reciente, la mujer tenía el rostro algo más delgado y algunas canas visibles. Pero la nariz, los pómulos y la pequeña marca junto a la ceja izquierda coincidían.
Estaba casi segura de que era la misma.
Miré los nombres que había escrito.
Julia Beltrán.
Teresa Ocampo.
Quizá una de las fichas contenía un error. No habría sido la primera vez que alguien identificaba incorrectamente a los asistentes de un acto. También podía haber una explicación personal: un cambio de apellido, una identificación informal o un nombre utilizado por motivos que yo desconocía.
No tenía manera de saberlo.
Busqué ambos nombres en el archivo del periódico. Encontré algunas coincidencias, pero ninguna me permitió identificar a la mujer de las fotografías. Había personas con aquellos nombres en noticias sin relación aparente con los homenajes.
Cerré los resultados.
La coincidencia había dejado de parecerme tan sencilla como cuando se la enseñé a Lucía.
* * *
A media tarde, la redacción empezó a vaciarse de los compañeros que habían cubierto el turno de mañana. Los de deportes preparaban las páginas del fin de semana y alguien había abierto una ventana pese al ruido de la calle.
Yo tenía que terminar un listado de esquelas para la edición del sábado.
Lo hice sin demasiada dificultad, aunque entre una solicitud y otra volvía a mirar las dos fotografías.
Quería averiguar si alguna de las mujeres había trabajado en la Sala del Mirador. Si las ceremonias se celebraban allí con frecuencia, una persona encargada del local podía aparecer en distintos actos sin que existiera ninguna relación entre los homenajeados.
Busqué información sobre el lugar.
Era una sala privada destinada a encuentros culturales, conferencias y reuniones pequeñas. Su página incluía fotografías del interior y una dirección de contacto, pero no los nombres del personal.
Nada que me ayudara.
No tenía sentido llamar para preguntar por una mujer a la que había visto en dos fotografías antiguas. Ni siquiera sabía si las personas que trabajaban allí en 2022 seguían haciéndolo.
Volví al archivo de El Faro .
Los resultados de las dos galerías permanecían abiertos. Revisé sus fechas, las referencias de recepción y los nombres de quienes habían enviado el material.
No coincidían.
La galería de Paula Ríos había llegado en abril de 2022, acompañada de una nota breve. La de Darío Soler se había incorporado el mes anterior a través de otra solicitud.
Ambas describían reuniones privadas y agradecían la presencia de las personas que habían participado.
Nada indicaba que una misma organización hubiera preparado los dos encuentros.
Me quedé pensando en lo que Lucía me había dicho aquella mañana.
Puede ser alguien del lugar.
Era posible.
Pero si la mujer había participado en ceremonias fuera de la Sala del Mirador, esa explicación perdería fuerza.
Abrí la búsqueda general de fotografías.
Seleccioné la categoría de actos funerarios y homenajes.
Aparecieron más de trescientos resultados.
No me sorprendió. A lo largo de los años habíamos acumulado imágenes de entierros, misas de recuerdo, aniversarios y homenajes a vecinos. Algunas procedían de nuestros fotógrafos; otras habían sido enviadas por familias o asociaciones.
Acoté la búsqueda a fotografías que contaran con una ficha editorial y una imagen de grupo.
El número disminuyó considerablemente.
No pretendía revisar todos los funerales celebrados en Valdaria durante los últimos doce años. Eso habría sido imposible. Solo estaba consultando una parte limitada de las fotografías que el periódico había conservado con información suficiente para identificarlas.
Empecé por las más recientes.
La mayoría no mostraba nada especial. Personas reunidas junto a una iglesia, familiares saliendo de un cementerio, grupos pequeños alrededor de una mesa con flores.
Pasé de una galería a otra.
A medida que avanzaba, empecé a preguntarme qué estaba buscando exactamente.
Tenía dos imágenes de una mujer con nombres diferentes. Una posibilidad era que las fichas estuvieran equivocadas; otra, que utilizara más de un nombre. Buscarla en fotografías antiguas no aclararía por sí solo ninguna de las dos cosas.
Sin embargo, si aparecía de nuevo, tendría al menos un motivo para seguir haciendo preguntas.
Era una diferencia pequeña, pero suficiente para mantenerme frente a la pantalla.
* * *
Encontré la tercera fotografía poco después de las cuatro.
La noticia había sido publicada en 2018 y trataba sobre el funeral de Nicolás Cervera, un hombre fallecido en un accidente de tráfico.
La galería contenía imágenes tomadas a la salida de la ceremonia. Había familiares abrazándose, vecinos reunidos en pequeños grupos y una fotografía general de los asistentes junto a la entrada.
En esa última imagen reconocí a la mujer.
Estaba detrás de dos hombres mayores, apenas separada de ellos. Llevaba un abrigo gris oscuro y el cabello recogido. No miraba a la cámara.
Abrí la fotografía en su tamaño original.
La imagen era más nítida que las de 2022. Podía distinguir la forma de su rostro, la línea de la nariz y una pequeña irregularidad junto a la ceja izquierda.
La misma marca.
Sentí una mezcla de satisfacción e inquietud.
Hasta entonces había intentado encontrar una explicación corriente. Una tercera imagen, tomada en otro lugar y cuatro años antes, no la descartaba, pero hacía más difícil sostener que se trataba simplemente de una empleada de la Sala del Mirador.
Comprobé los datos de la fotografía.
Nicolás Cervera. Funeral. Junio de 2018.
El texto de la noticia indicaba que Nicolás había muerto después de un accidente ocurrido en una carretera próxima a Valdaria. Tenía poco más de cuarenta años y había trabajado en seguridad privada.
La noticia no mencionaba ninguna circunstancia extraordinaria.
Leí el artículo hasta el final.
No encontré referencias a Paula Ríos ni a Darío Soler.
Tampoco reconocí el nombre de ninguna otra persona.
Volví a la galería.
En una de las fotografías había un pie que identificaba a varios asistentes. La mujer aparecía a un lado, parcialmente oculta por otra persona.
Leí los nombres.
Beatriz Molina, conocida de la familia.
Miré mis notas.
Julia Beltrán.
Teresa Ocampo.
Beatriz Molina.
Me eché hacia atrás en la silla.
Tres nombres diferentes, tres ceremonias y, aparentemente, una misma mujer.
Lo más razonable era pensar que al menos una de las identificaciones estaba equivocada. No podía descartar que las tres lo estuvieran.
Pero las fichas procedían de momentos distintos y habían sido incorporadas al archivo por personas diferentes.
No bastaba para demostrar nada. Sí para preguntarme por qué ocurría.
Cogí el móvil y fotografié la página de mi cuaderno, con las referencias de los tres expedientes.
Después me arrepentí.
Tenía toda la información en el sistema del periódico y no necesitaba empezar a llenar mi teléfono de imágenes de trabajo. Borré la fotografía y dejé el cuaderno junto al teclado.
Prefería conservar las referencias originales. Si más adelante necesitaba comprobar algo, podría regresar a los archivos y revisar de dónde procedía cada identificación.
* * *
—¿Sigues con lo de esta mañana?
Lucía estaba detrás de mí.
Había llegado sin que la oyera acercarse.
—Más o menos.
Miró el monitor.
—¿Ese quién es?
—Nicolás Cervera. Murió en 2018.
—¿Y qué tiene que ver con Darío?
—No lo sé.
Le señalé a la mujer del abrigo gris.
Lucía se inclinó hacia la pantalla.
—¿Es la misma?
—Eso creo.
Abrí al lado la fotografía de septiembre.
Mi compañera observó ambas imágenes durante unos segundos.
—Se parece mucho.
—También aparece en una galería de 2022.
—¿La que me enseñaste esta mañana?
Asentí.
Lucía dejó sobre mi escritorio un pequeño montón de papeles que llevaba en la mano.
—¿Y sabes quién es?
—Ese es el problema.
Le mostré los nombres.
Los leyó sin decir nada.
—Bueno —comentó finalmente—, uno puede estar mal.
—O los tres.
—O son personas diferentes que se parecen.
Señalé la cicatriz.
—Mira aquí.
Lucía volvió a acercarse.
—Sí, parece la misma marca.
—Además de la cara.
—De acuerdo. Admitamos que es la misma mujer. ¿Qué te hace pensar que hay algo raro?
Me quedé callada.
No había formulado todavía esa pregunta de una manera tan directa.
—Los nombres —respondí.
—Podría haber usado el apellido de su marido en una ocasión y el suyo en otra.