La mujer de los obituarios Capítulo 3. La mujer del fondo #2
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Capítulo 3. La mujer del fondo #2

La fotografía no tenía la resolución de un retrato, pero era lo bastante clara para observar los rasgos. Amplié un poco más, sin llegar al punto en que los píxeles deformaban la cara.

La mujer parecía llevar una pequeña marca cerca de la ceja izquierda.

Miré de nuevo la imagen de septiembre.

Allí estaba también.

Apenas se apreciaba porque parte del rostro quedaba en sombra.

Me aparté de la pantalla.

Durante un momento pensé que estaba imaginando semejanzas donde no las había. Había pasado la noche preocupada por Mateo, había dormido mal y llevaba dos días interpretando formularios y mensajes en busca de algo que explicara una amenaza que todavía no podía demostrar.

Dos mujeres parecidas en dos homenajes no eran una noticia.

Ni siquiera era necesariamente una coincidencia extraordinaria.

Valdaria no era una ciudad tan grande como para que resultara imposible encontrar a una misma persona en distintas ceremonias. Podía tratarse de alguien que trabajara en la Sala del Mirador, una amiga de las dos personas homenajeadas o una organizadora habitual de aquellos encuentros.

Pero las fotografías mostraban el mismo rostro con cuatro años de diferencia.

Al menos eso me parecía.

Reduje ambas ventanas hasta poder verlas juntas.

En la imagen de 2022, la mujer estaba sentada, con el cuerpo orientado hacia la izquierda. En la de 2026 permanecía de pie, casi al fondo, mirando fuera del encuadre.

El cabello, en cambio, había cambiado bastante. En la fotografía reciente lo tenía más largo y mostraba algunas canas.

Observé la forma de las orejas, la línea de la nariz y aquella pequeña marca sobre el ojo.

Terminé convencida de que probablemente era la misma mujer.

No sabía qué importancia podía tener.

* * *

—Lucía, ¿tienes un minuto?

Mi compañera se acercó con una libreta.

—Dime.

Le señalé las dos ventanas abiertas.

—¿Te parecen la misma persona?

Lucía miró la primera fotografía y luego la segunda.

—¿Cuál?

—La mujer de la derecha, en la de septiembre. Y esta, sentada al fondo en la de 2022.

Se inclinó para ver mejor.

—Podría ser.

—¿No te parecen iguales?

—Se parecen bastante.

Volvió a mirar la pantalla.

—¿De dónde has sacado la antigua?

—De otra galería de Memorias. Estaba buscando fotografías de la Sala del Mirador.

—¿Es el mismo sitio?

—Sí.

—Entonces igual trabaja allí.

—Puede ser.

Lucía señaló la fotografía reciente.

—¿Por qué te interesa?

No supe qué responder.

—Me llamó la atención cuando abrí las dos.

—¿Y qué necesitas hacer con eso?

Era una pregunta razonable.

Miré la galería de Darío Soler, todavía abierta junto a la de Paula Ríos.

—Nada, supongo.

Lucía asintió.

—Si quieres, podemos revisar los créditos. A veces aparece el nombre de la persona que organizó el acto.

—No hace falta ahora. Ya tenemos la corrección.

—Vale. Avísame cuando la publiques.

Regresó a su mesa.

Yo me quedé mirando las fotografías unos segundos más.

Lucía tenía razón. No había motivo para dedicar demasiado tiempo a identificar a una asistente de dos homenajes privados.

Aun así, me costó cerrar las imágenes.

No por la mujer en sí, sino por la manera en que había terminado encontrándola. Había empezado buscando una corrección sencilla y, al revisar el archivo, había descubierto una persona que aparecía en dos ceremonias separadas por varios años.

Aquello no tenía relación conocida con la esquela de Mateo.

Me lo recordé deliberadamente.

No podía convertir cualquier detalle extraño del periódico en parte de la misma historia.

* * *

Terminé la corrección antes de la una.

Revisé las modificaciones, guardé las referencias originales y envié a Lucía una nota explicando qué pies de foto había cambiado. También preparé la respuesta para quien había solicitado la rectificación.

Después cerré el expediente de septiembre.

En una pestaña aparte conservé la ficha de la galería de 2022.

No tenía una razón profesional urgente para seguir examinándola, pero tampoco quería perderla entre los cientos de resultados del archivo. Anoté su número de referencia en mi cuaderno y añadí una palabra:

Fotografía.

Me quedé mirándola.

Había llenado demasiadas páginas de aquel cuaderno durante los últimos dos días. Nombres, fechas, horarios y preguntas para las que no tenía respuestas.

En la página anterior aparecía la fecha de fallecimiento de Mateo.

La comparación me hizo sentir incómoda.

Cerré el cuaderno.

El móvil vibró.

Era un mensaje de mi hermano.

Esta noche, a las ocho, en casa. Podemos hablar allí.

Lo leí dos veces.

No había añadido ninguna explicación, pero por lo menos había fijado una hora.

Respondí:

Estaré allí.

Esta vez apareció la confirmación de lectura casi inmediatamente.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y me levanté para buscar algo de comer.

Al pasar junto a Lucía, ella me hizo una seña.

—Ya he visto las correcciones. Muchas gracias.

—No hay de qué.

—¿Al final averiguaste si era la misma mujer?

—No. Las mujeres de las dos fotografías se parecen mucho.

—Puede ser alguien del lugar. En esas ceremonias suele haber personas encargadas de la organización.

—Sí. Seguramente.

Lucía abrió una carpeta de su escritorio.

—Si no hay nada más, no le daría muchas vueltas.

—No se las estoy dando.

Me miró con una sonrisa.

—Clara, te conozco.

No supe si quería discutirlo.

—Nos vemos luego —dije.

* * *

Comí en la cafetería de enfrente, junto a una ventana desde la que podía ver la entrada del periódico.

Llevaba el teléfono en el bolsillo de la chaqueta. No lo saqué durante toda la comida.

Quería creer que las ocho de la noche resolverían al menos una parte de lo ocurrido. Mateo tendría que explicarme por qué había reaccionado de aquella manera, si alguien lo estaba amenazando y qué debía hacer yo con la esquela.

En cuanto a la mujer de las fotografías, era un asunto distinto.

Había podido verla en dos imágenes tomadas con cuatro años de diferencia. La semejanza me parecía clara, pero todavía no había confirmado su identidad ni sabía qué relación tenía con las personas homenajeadas.

No podía sacar ninguna conclusión seria de aquello.

Al regresar a la redacción, me detuve junto a mi mesa y abrí el cuaderno por la última página.

Debajo de la referencia de la galería de 2022 escribí la de septiembre de 2026.

Luego anoté los dos nombres:

Paula Ríos.

Darío Soler.

Si volvía a ocuparme de aquellas fotografías, lo primero sería comprobar quién había proporcionado las imágenes y si la misma mujer aparecía identificada en alguna de ellas.

No era una investigación sobre Mateo. Ni siquiera tenía todavía razones suficientes para llamarla investigación.

Era una comprobación que había dejado pendiente.

Guardé el cuaderno y regresé a mi trabajo.