La mujer de los obituarios Capítulo 3. La mujer del fondo
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Capítulo 3. La mujer del fondo

El viernes llegué al periódico antes de las nueve, con la sensación de haber dormido mucho menos de lo que indicaba el reloj.

Mateo no me había llamado la noche anterior. Tampoco había respondido a mi último mensaje.

Había estado a punto de ir a su casa, pero decidí no hacerlo. Si estaba intentando resolver algo delicado, presentarme sin avisar podía empeorar las cosas. Eso me había dicho mientras cenaba, y volví a repetírmelo antes de acostarme.

No estaba convencida.

Dejé el bolso debajo de la mesa y encendí el ordenador. La redacción todavía estaba medio vacía. Se escuchaban las conversaciones de dos redactores que habían entrado temprano y el ruido de una impresora trabajando al otro lado de la sala.

Antes de abrir el correo, revisé el móvil.

No había mensajes nuevos.

Escribí a Mateo.

Quedamos en hablar hoy. Dime cuándo puedes.

Dejé el teléfono junto al teclado y abrí la lista de esquelas pendientes.

La solicitud de mi hermano continuaba retenida. No había nuevos comentarios ni modificaciones. El sistema mostraba exactamente el mismo estado del jueves.

Me obligué a cerrar el expediente.

Había pasado demasiadas horas buscando respuestas en un documento que no podía ofrecérmelas.

—Buenos días.

Lucía apareció a mi lado con dos vasos de café.

—¿Desde cuándo me traes café? —pregunté.

—Desde que la máquina me ha cobrado dos veces y ha decidido darme los dos.

Acepté el vaso.

—Qué detalle.

—Agradéceselo al servicio técnico.

Lucía llevaba una chaqueta vaquera y el pelo recogido de cualquier manera. Dejó una carpeta sobre mi mesa y se sentó en la silla del puesto vecino, que todavía estaba desocupado.

—¿Te acuerdas de la galería que te comenté ayer?

—La de septiembre.

—Esa misma. Nos han escrito otra vez.

Saqué el cuaderno del cajón.

—¿Qué quieren cambiar?

—Un pie de foto. Habíamos puesto que las personas que aparecen eran familiares y resulta que algunas eran compañeros de trabajo. También hay una referencia incorrecta al lugar del homenaje.

—¿Quién preparó la galería?

—Nos enviaron las imágenes y alguien adaptó los textos al formato de Memorias.

—¿Y nadie revisó los originales?

Lucía me miró por encima del vaso.

—Por eso estamos aquí.

No insistí. En El Faro llevábamos años haciendo el trabajo de una redacción más grande con cada vez menos gente. Los errores no eran inevitables, pero tampoco sorprendentes.

—¿Es urgente? —pregunté.

—Preferiría resolverlo esta mañana. La persona que ha pedido la corrección está bastante molesta.

—De acuerdo.

Lucía abrió la carpeta y me entregó una hoja con el número de referencia.

—La galería se publicó el mes pasado. Es un homenaje a Darío Soler.

El nombre no me dijo nada.

—¿Era alguien conocido?

—No especialmente. Por lo que recuerdo, había trabajado en administración. La nota llegó para la sección de recuerdos y se publicó junto con las fotografías que enviaron.

—¿Y qué tenemos que comprobar?

—Los pies de foto y los datos de procedencia. El original está en el archivo de colaboraciones.

Lucía se levantó.

—Si necesitas algo, estoy con el asunto del mercado hasta las doce.

Me quedé mirando la referencia.

La sección de Memorias era distinta de las esquelas que revisábamos a diario.

En ella publicábamos aniversarios, homenajes y pequeñas historias familiares acompañadas de fotografías.

Algunas recordaban a personas fallecidas; otras se dedicaban a vecinos que habían abandonado la ciudad, antiguos profesores o trabajadores a los que sus compañeros querían rendir un reconocimiento.

Los textos procedían de particulares y debían pasar por una revisión editorial, aunque no todos requerían las mismas comprobaciones que un anuncio funerario.

Habíamos empezado a publicar aquellas galerías años atrás. La dirección confiaba en que atrajeran visitas al periódico digital. Yo nunca supe si lo consiguieron. Lo que sí sabía era que cada fotografía terminaba generando más trabajo del previsto.

Abrí el expediente de septiembre.

* * *

El homenaje a Darío Soler contenía siete fotografías.

La primera mostraba una sala con varias filas de sillas. En la segunda aparecía una mesa con un retrato enmarcado y unas flores. Las siguientes recogían distintos momentos de la reunión: un hombre leyendo unas hojas, varias personas conversando y un pequeño grupo posando frente a una pared clara.

No había nada extraordinario en las imágenes.

Tampoco había demasiada gente.

Leí el texto introductorio. Era breve, escrito en un tono afectuoso pero impersonal. Hablaba de los años de trabajo de Darío, de sus compañeros y de una despedida organizada en septiembre.

No decía expresamente que hubiera fallecido.

Me fijé en ese detalle porque llevaba dos días trabajando con una esquela imposible y porque la palabra despedida podía significar demasiadas cosas.

Después volví a la corrección solicitada.

La fotografía número cinco tenía un pie que decía:

Familiares de Darío Soler durante la ceremonia celebrada en la capilla municipal.

Abrí el correo original que había acompañado a las imágenes.

Allí se hablaba de un encuentro celebrado en la Sala del Mirador, un espacio utilizado para reuniones y actos privados. La persona que había enviado las fotografías lo describía como un homenaje de antiguos compañeros.

Ni familiares ni capilla.

Alguien había completado el pie de foto con información que no figuraba en el material recibido.

Suspiré.

No era una errata. Era una suposición presentada como un hecho.

Modifiqué el texto.

Asistentes al homenaje a Darío Soler, celebrado en septiembre en la Sala del Mirador.

Revisé la fotografía antes de guardar.

Había seis personas en primer plano y otras dos detrás. Una de las mujeres, situada junto al extremo derecho, apenas participaba en la pose. Mientras los demás miraban a la cámara, ella parecía estar atendiendo a alguien que permanecía fuera del encuadre.

Tenía el pelo oscuro, recogido detrás de la cabeza, y llevaba una chaqueta clara. Una mano descansaba sobre el respaldo de una silla.

Su expresión no era de tristeza. Parecía concentrada en otra cosa.

No le di mayor importancia.

Comprobé las demás fotografías y encontré otro pie demasiado preciso para la información disponible. Afirmaba que los asistentes estaban escuchando unas palabras del hijo de Darío, cuando el archivo original solo identificaba al hombre que hablaba como un antiguo compañero.

Eliminé también aquella relación familiar.

Después revisé que no hubiera nombres añadidos sin confirmación.

Era una de las reglas más sencillas de nuestro trabajo: no atribuir parentescos, cargos o circunstancias que la fuente no hubiera acreditado. Aun así, resultaba fácil olvidarla cuando se intentaba convertir una carpeta de imágenes en una historia completa.

Guardé los cambios y preparé una respuesta para la persona que había reclamado.

Antes de enviarla, Lucía volvió a acercarse.

—¿Qué tal?

—Había dos pies con información que no estaba en el material original.

—Estupendo.

—No exactamente.

—Ya me entiendes.

Le mostré las correcciones.

Lucía leyó ambas.

—Mucho mejor.

—¿Quién redactó los pies?

—No lo sé. Tendría que revisar la asignación.

—Es que alguien ha convertido una reunión de compañeros en una ceremonia familiar.

Lucía apoyó una mano en el escritorio.

—Tienes razón. Deberíamos comprobar mejor estas cosas.

No discutimos. Sabíamos que una corrección podía generar otra y que encontrar a la persona responsable de cada frase no resolvía necesariamente el problema.

—¿Puedes revisar también el nombre de la sala? —preguntó—. Quiero asegurarme de que no estamos corrigiendo una equivocación con otra.

—En el correo original figura Sala del Mirador.

—Entonces debería ser suficiente.

—Voy a cotejarlo con el archivo. Tenemos fotografías antiguas de ese lugar.

Lucía asintió y volvió a su puesto.

Abrí el buscador interno de imágenes.

* * *

No era un programa especialmente cómodo.

Permitía buscar fotografías por fecha, palabras clave, autor y lugar, aunque buena parte de las entradas anteriores a la última migración tenían los datos incompletos. Algunas imágenes aparecían duplicadas y otras conservaban nombres de archivo que no explicaban absolutamente nada.

Escribí Sala del Mirador .

La búsqueda devolvió treinta y dos resultados.

Había fotografías de presentaciones de libros, encuentros vecinales y dos homenajes celebrados con varios años de diferencia. La mayoría mostraba una sala rectangular con grandes ventanas y una pared cubierta por paneles de madera.

Abrí tres imágenes recientes para comprobar los elementos del espacio.

Coincidían con los de la galería de Darío Soler.

La corrección era válida.

Podría haber terminado allí, pero uno de los resultados me llamó la atención por su fecha: abril de 2022.

Se trataba de otra galería de Memorias.

El título decía:

Despedida a Paula Ríos.

Recordaba vagamente aquel nombre. Quizá había revisado el texto años atrás, o quizá solo me resultaba familiar porque habíamos publicado miles de anuncios y homenajes desde entonces.

Abrí la ficha.

La galería contenía cinco fotografías. En la primera aparecía la misma sala, aunque con una distribución diferente de las sillas. La segunda mostraba una mesa con flores y una fotografía enmarcada. Las restantes recogían a los asistentes durante el acto.

Me detuve en la cuarta.

Una mujer estaba sentada en el extremo de una fila, ligeramente separada de las demás personas.

Llevaba el pelo más corto que en la fotografía de septiembre y una blusa oscura. No miraba directamente a la cámara. Tenía la cabeza girada hacia la persona que hablaba frente a los asistentes.

Había algo en su rostro que me resultaba conocido.

Amplié la imagen.

La mujer tendría unos cuarenta y tantos años. Su expresión era seria y mantenía las manos unidas sobre el regazo.

Pensé en la galería que acababa de corregir.

Abrí otra vez la fotografía de Darío.

Busqué a la mujer del fondo.

Las dos tenían una mandíbula semejante, la misma forma de la nariz y una línea de cejas que se elevaba ligeramente hacia las sienes.

Podían ser la misma persona.

También podían no serlo.

Volví a la imagen de 2022.