Capítulo 2. En espera de publicación #2
Me habría resultado fácil enseñarle el documento. Lucía era buena periodista y tenía la costumbre de encontrar preguntas que a mí no se me ocurrían. Quizá habría identificado una explicación sencilla. O habría confirmado que debía preocuparme.
Pero Mateo me había pedido discreción, y ya había considerado necesario informar a Rafael.
No sabía si tenía derecho a ampliar el círculo por el simple hecho de necesitar ayuda.
—Todavía no —respondí.
Lucía cerró el cajón.
—Vale.
No insistió.
Esa era una de las cosas que agradecía de nuestra amistad. Podía ser impertinente cuando buscaba información para una noticia, pero sabía cuándo dejar de preguntar.
—Por cierto —añadió—, mañana necesitaré que me eches una mano con el archivo.
—¿Qué ha pasado?
—Tenemos material pendiente de la sección de Memorias. Han solicitado una corrección en una galería de septiembre y quiero revisar las referencias antes de responder.
—Déjamelo en pendientes.
—¿Seguro?
—Sí. Si no es urgente, lo miro mañana.
Lucía asintió y se sentó a comer.
Hablamos unos minutos de una compañera que estaba pensando en marcharse del periódico. Después regresé a mi mesa.
Tenía tres correos nuevos.
Ninguno era de Mateo.
* * *
A media tarde revisé otra vez la incidencia.
No esperaba encontrar una solución espontánea, pero necesitaba asegurarme de que el anuncio seguía detenido.
El sistema mostraba el mismo estado: Pendiente de verificación.
Nadie lo había enviado a maquetación.
Abrí el justificante de recepción.
En él figuraban la hora exacta de entrada, el número de solicitud y el canal por el que se había incorporado al circuito editorial.
Leí despacio los campos administrativos.
Tipo de tramitación: mediada.
Contacto para incidencias: no disponible.
Confirmación de publicación: pendiente.
Había algo incómodo en esa combinación. La solicitud incluía suficientes datos para construir una esquela convincente, pero carecía de la información necesaria para preguntarle a alguien quién la había encargado.
Me pregunté si podía tratarse de una petición preparada por una persona ajena a cualquier funeraria.
No habría sido imposible. En alguna ocasión habíamos recibido formularios falsos con nombres de personas famosas o mensajes ofensivos. Casi siempre procedían de usuarios que ni siquiera se molestaban en disimular la broma.
Aquello era diferente.
La fotografía tenía la resolución apropiada para imprimirla. Los nombres estaban correctamente escritos. El texto de despedida era breve, sin faltas de ortografía ni expresiones extravagantes.
No decía nada especialmente personal.
Lo volví a leer.
Tu familia y quienes te quieren te recordarán siempre.
No había firmas individuales. Tampoco referencias a un velatorio, un entierro o una ceremonia de despedida.
Era una fórmula que podía servir para cualquiera.
Y precisamente por eso me molestó más.
El autor había dedicado atención a los datos que identificaban a Mateo, pero no a los detalles que normalmente aportaba una familia.
Podía ser una casualidad.
También podía ser alguien que conociera su nombre y su aspecto, pero nada de su vida.
Cerré el documento antes de empezar a atribuir intenciones a cada palabra.
Tenía que ser cuidadosa.
Haber trabajado varios años como periodista me había enseñado que una hipótesis podía parecer muy convincente si uno seleccionaba únicamente los datos que la favorecían. Era más difícil comprobar qué información faltaba y aceptar que quizá no había todavía una conclusión.
Por eso repasé lo que tenía.
Una esquela auténtica se basaba en una muerte que debía ser confirmada.
La de Mateo no podía tener esa confirmación.
El solicitante no había dejado un contacto verificable en la pantalla a la que yo tenía acceso.
Y mi hermano se había negado a explicar por qué alguien podía estar interesado en anunciar su fallecimiento.
No era suficiente para acusar a nadie.
Sí para considerar que necesitábamos algo más que corregir una fecha.
Cogí el cuaderno.
Debajo de mis notas de la mañana añadí:
No autorizar sin identificar la procedencia.
Cuando terminé, me di cuenta de que estaba apretando tanto el bolígrafo que me dolían los dedos.
* * *
A las cuatro y media todavía no había recibido la llamada prometida.
Escribí a Mateo.
He hablado con Rafael porque debía informar de la incidencia. La publicación está bloqueada. No he contactado con ninguna funeraria. Necesito hablar contigo.
Releí el mensaje antes de enviarlo.
Era una explicación y una advertencia al mismo tiempo.
No me gustaba que mi hermano me hubiera colocado en aquella situación. Había aceptado esperar unas horas, pero él no podía pedirme que desatendiera mis responsabilidades profesionales, ni mucho menos que decidiera qué hacer con una posible amenaza sin conocerla.
Envié el mensaje.
Después continué trabajando.
Respondí a una familia que quería sustituir una fotografía.
Después corregí un error de acentuación y confirmé con maquetación que los anuncios del viernes estaban completos.
También atendí una llamada de un hombre que quería saber si podíamos publicar una nota de agradecimiento por la atención recibida durante la enfermedad de su esposa.
Cuando terminé, la redacción estaba más tranquila.
Desde mi mesa veía la puerta del despacho de Rafael. Había permanecido cerrada durante una reunión y ahora volvía a estar abierta. Él hablaba por teléfono, de pie junto a la ventana, con una mano metida en el bolsillo.
No le había pedido que investigara el expediente. Tampoco había autorizado a nadie para modificarlo.
Me tranquilizaba haber dejado constancia de la incidencia, aunque seguía preguntándome si debía hacer algo más.
Pensé en acudir a la policía.
Si hubiese tenido delante un mensaje que dijera vamos a matar a tu hermano el lunes , no habría dudado tanto. Pero lo que tenía era una esquela sin una procedencia clara y la reacción inquietante de Mateo.
Podía presentarme en una comisaría, explicar lo ocurrido y mostrar el documento. Lo que no sabía era cuánto podría ayudarles sin que mi hermano me contara aquello que se negaba a decir por teléfono.
Había algo más que me costaba reconocer.
No quería que Mateo se enterara por terceros de que había ignorado su petición. Nuestra relación ya estaba lo bastante deteriorada como para añadir otra discusión sin haber escuchado antes su explicación.
Decidí darle hasta aquella noche.
Si no hablábamos o si seguía sin poder asegurarme de que estaba a salvo, buscaría ayuda. No tenía por qué aceptar indefinidamente sus silencios.
Guardé el cuaderno en el cajón.
El teléfono vibró.
Mateo había leído el mensaje.
Durante unos segundos apareció el indicador de escritura.
Luego desapareció.
Esperé.
Volvió a aparecer y, finalmente, llegó una respuesta.
No tendrías que haber hablado con nadie.
Me quedé mirando aquellas palabras.
No había preguntado si estaba bien. No había querido saber si la esquela seguía bloqueada. Lo primero que le preocupaba era que hubiera hablado con Rafael.
Le contesté:
Es mi jefe. No podía ocultarle una incidencia de este tipo.
La respuesta llegó un minuto después.
Ya. Lo hablamos mañana.
Sentí una mezcla de alivio y enfado.
Me prometiste que llamarías esta tarde.
No respondió.
Dejé el teléfono sobre la mesa y traté de concentrarme en los últimos correos de la jornada.
No lo conseguí.
* * *
Poco después de las seis terminé de revisar el listado de anuncios.
Lucía ya se había marchado. Algunos redactores seguían preparando la edición del viernes, pero la mayoría de las mesas estaban vacías.
Antes de apagar el ordenador hice una última comprobación del expediente de Mateo.
La esquela continuaba retenida.
Abrí la copia que había guardado por la mañana y la comparé con el documento original. La fotografía, el texto y las fechas coincidían. Cerré ambos archivos sin modificarlos.
Después comprobé que mi nota de incidencia seguía registrada.
Era todo lo que podía hacer desde aquella mesa sin iniciar averiguaciones adicionales.
Cogí el bolso y la chaqueta.
Al pasar por el despacho de Rafael, él levantó la mano para despedirse. Me acerqué a la puerta.
—¿Has conseguido hablar con tu hermano? —preguntó.
—Por mensajes. Hemos quedado en hablar mañana.
—Bien. Por lo menos sabes que está localizable.
—Sí.
—¿Y la esquela?
—Sigue retenida.
—Entonces déjala así. Mañana veremos cómo proceder.
Asentí.
—Gracias por escucharme.
—No tienes que dármelas. Vete a descansar.
Salí del edificio con la sensación de no haber avanzado lo suficiente.
Había empezado el día con una fotografía del perro de Mateo y una discusión pendiente sobre cuándo nos veríamos. Lo terminaba sin saber dónde estaba mi hermano y con una solicitud funeraria que nadie parecía haber encargado.
Caminé hasta la parada de autobús.
Me senté en el banco, aunque todavía faltaban varios minutos para que llegara el siguiente, y abrí nuestra conversación.
El último mensaje seguía siendo el mío.
Me prometiste que llamarías esta tarde.
Pensé en escribir otro. No lo hice.
Si Mateo necesitaba tiempo para explicarme lo que ocurría, estaba dispuesta a escucharlo. Pero había una diferencia entre concederle unas horas y aceptar que decidiera por mí qué debía saber.
Guardé el teléfono.
Cuando llegó el autobús, subí y busqué un asiento junto a la ventana.
Mientras avanzábamos por las calles de Valdaria, repasé mentalmente el expediente una vez más.
No podía demostrar que alguien hubiera preparado aquella esquela para amenazar a Mateo. Tampoco podía demostrar que se tratara de una broma.
Lo que sí sabía era que había llegado al periódico sin un remitente identificable para mí, con una fotografía auténtica y una fecha imposible.
Un error podía explicar uno de aquellos detalles.
Los tres juntos seguían sin tener sentido.
Y mañana tendría que decidir hasta dónde estaba dispuesta a llegar para averiguarlo.