Capítulo 2. En espera de publicación
Cuando volví a mi mesa, la solicitud de Mateo seguía marcada en rojo.
Había dejado abierta la pantalla de incidencias antes de bajar a la calle.
Desde allí podía ver las esquelas pendientes, las aprobadas y las que necesitaban alguna corrección.
El nombre de mi hermano aparecía entre los anuncios retenidos, junto a una viuda cuyo segundo apellido no coincidía con el de su documento de identidad.
Me pareció absurdo que los dos casos ocuparan el mismo espacio.
Me quité la chaqueta y comprobé la hora. Había pasado casi tres cuartos de hora desde que recibí la esquela. Mateo había prometido llamarme por la tarde, pero no me había dicho cuándo.
Abrí el expediente completo.
Hasta entonces había prestado atención al nombre, la fotografía y las fechas. Ahora necesitaba saber cómo había llegado aquella solicitud al periódico.
Había distintas maneras de contratar una esquela.
Algunas familias llamaban directamente a la redacción.
Otras enviaban los datos mediante un formulario de nuestra página web.
La mayoría de los anuncios, sin embargo, llegaban a través de empresas funerarias que gestionaban el texto, la fotografía y el pago.
En aquellos casos, normalmente recibíamos un nombre de contacto y una referencia para solicitar correcciones.
El expediente de Mateo figuraba como tramitado por intermediario.
Busqué el nombre de la empresa.
No aparecía.
El apartado de contacto también estaba vacío.
Revisé las pestañas del formulario por si faltaba desplegar alguna información. Encontré la referencia de entrada, la fecha de recepción y los archivos adjuntos. No había un teléfono ni una dirección de correo a la que pudiera escribir para confirmar los datos.
Aquello no demostraba necesariamente una irregularidad. Nuestro sistema arrastraba problemas desde que habíamos cambiado de proveedor y algunas solicitudes entraban con campos incompletos. Ocurría sobre todo cuando el departamento comercial incorporaba anuncios recibidos por otra vía.
Pero una solicitud incompleta debía permanecer retenida hasta que alguien confirmara su procedencia.
Anoté en mi cuaderno:
Sin contacto de intermediario visible.
Después abrí una esquela que habíamos publicado el martes. Procedía de una funeraria con la que trabajábamos desde hacía años. Tenía una referencia comercial, un correo de contacto y un número al que habíamos llamado para verificar una corrección.
Abrí otra.
Los mismos datos, aunque organizados de manera diferente.
No encontré nada que explicara por qué la solicitud de Mateo había llegado sin aquella información.
Me disponía a consultar una tercera cuando apareció el aviso de cierre de la edición del viernes.
Todavía tenía dos anuncios pendientes.
Cerré provisionalmente el expediente de mi hermano y retomé el trabajo.
La hija de una fallecida había pedido incluir a su padre en la despedida. En el correo anterior no lo mencionaba porque, según explicó, llevaban años separados y no sabía si correspondía hacerlo.
Le respondí que podíamos modificar el texto, pero necesitábamos recibir la versión definitiva antes del cierre.
A los pocos minutos me llamó.
—Es que ahora mi hermana dice que no quiere ponerlo.
—Lo entiendo, pero alguien tiene que confirmar el texto que vamos a publicar.
—¿Y usted qué haría?
Era una pregunta que me hacían más de lo que habría imaginado.
—Creo que deben decidirlo ustedes.
La mujer suspiró.
—Mi madre no habría querido que discutiéramos por esto.
Esperé mientras hablaba con alguien que estaba junto a ella.
Finalmente decidió incluirlo.
Hice la corrección y le envié una prueba para que pudiera comprobarla. Antes de despedirse me dio las gracias por la paciencia.
Cuando colgué, miré el expediente de Mateo.
En cualquier otra circunstancia, aquella solicitud habría provocado una llamada semejante. Habría una persona al otro lado, alguien dispuesto a discutir una fecha, una palabra o una fotografía.
En aquella no tenía a quién preguntar.
* * *
Rafael Leiva solía mantener abierta la puerta de su despacho, salvo cuando hablaba con anunciantes o trataba asuntos delicados de personal.
Aquel mediodía estaba revisando unas páginas impresas con un bolígrafo en la mano. Tenía una taza de café junto al teclado y las gafas apoyadas en la punta de la nariz.
Llamé suavemente al marco.
—¿Tienes un momento?
Levantó la vista.
—Para ti, sí. Pasa.
Rafael llevaba más de veinte años en El Faro . Había sido redactor jefe antes de asumir la dirección y conocía a casi todo el mundo por su nombre. Podía resultar brusco cuando estábamos a punto de cerrar una edición, pero nunca me había parecido injusto.
Durante la reestructuración del periódico había defendido que yo siguiera en plantilla. No sabía cuánto había influido su opinión, aunque recordaba perfectamente que fue él quien me comunicó que conservaría el puesto.
Me senté frente a su escritorio.
—Tengo un problema con una esquela.
Dejó el bolígrafo sobre las páginas.
—¿Se ha publicado algo incorrecto?
—No. La he retenido.
—Entonces todavía estamos a tiempo.
Quise sonreír, pero no me salió.
—Es sobre mi hermano.
Rafael apartó las gafas.
—¿Mateo?
Asentí.
—Ha llegado una esquela a su nombre. Con su fotografía y una fecha de fallecimiento que todavía no ha ocurrido.
Rafael tardó unos segundos en responder.
—¿Cómo que todavía no ha ocurrido?
—Pone que murió el lunes doce. Hoy es jueves ocho.
—¿Y has hablado con él?
—Dos veces. Está vivo.
Se recostó en la silla.
—Vaya.
No añadió nada durante un momento.
—¿Quién ha enviado el anuncio? —preguntó finalmente.
—Eso es lo que no consigo averiguar. Figura como una solicitud tramitada por intermediario, pero no encuentro el nombre de la empresa ni un contacto.
—¿El resto de los datos está completo?
—Nombre, edad, fotografía, fecha y texto de despedida. También aparece la publicación solicitada para el martes.
—¿El martes trece?
—Sí.
Rafael volvió a ponerse las gafas.
—Podría ser un error de carga. Ya sabes cómo llegan algunas solicitudes cuando las incorpora administración.
—Lo sé. Pero no entiendo cómo alguien puede equivocarse con todo eso a la vez.
—No te digo que sea un error seguro.
Se inclinó hacia delante.
—¿Mateo sabe algo?
Recordé la conversación que habíamos tenido junto a la parada de autobús.
—Está preocupado.
—¿Por el anuncio?
—Por algo que no quiere contarme.
Rafael esperó a que continuara.
—Me ha pedido que no investigue por mi cuenta —añadí.
—¿Y tú qué has hecho?
—He retenido la publicación y revisado el expediente.
—Eso es tu trabajo.
—También me ha pedido que no se lo enseñe a nadie.
Miré los papeles sobre su escritorio.
—Por eso no he traído una copia.
Rafael guardó silencio unos segundos.
—Has hecho bien en venir a contármelo. Una cosa es respetar lo que te pide tu hermano y otra dejar circular una esquela sin comprobarla.
—¿Crees que debo llamar a la funeraria?
—Primero habría que saber cuál es.
—No aparece.
—Entonces no llames a ninguna al azar. Mantén la incidencia abierta. No modifiques los datos originales y deja constancia de lo que has encontrado.
—Ya lo he hecho.
—Bien.
Se quitó de nuevo las gafas y las colocó sobre una carpeta.
—Clara, entiendo que estés nerviosa, pero intenta separar dos cosas. Tenemos un anuncio irregular que no debe publicarse. Y tenemos la reacción de tu hermano, que quizá responda a algo que ninguno de nosotros conoce.
—¿Y si alguien lo está amenazando?
Rafael me miró con atención.
—¿Te ha dicho eso?
—No directamente.
—¿Ha recibido alguna amenaza que tú hayas visto?
—No.
—Entonces todavía no lo sabemos.
No me gustaba su razonamiento, aunque no encontraba nada que reprocharle.
—Si crees que corre peligro, lo sensato es hablar con él y acudir a la policía —continuó—. Pero no podemos averiguar quién quiere hacerle daño a partir de un formulario incompleto, suponiendo que alguien quiera hacérselo.
—La fotografía es suya.
—¿Es privada?
—No. Está en internet.
—Entonces cualquiera podría haberla descargado.
Era precisamente lo que yo había pensado.
Rafael lo sabía porque acababa de decírselo.
Aun así, escucharlo en su voz hacía que todo pareciera menos extraordinario.
—¿Quieres que pida a administración que revise el origen? —preguntó.
Dudé.
Mateo me había pedido que no hiciera averiguaciones hasta hablar con él. Sin embargo, yo era responsable de aquella solicitud y no podía fingir que carecía de importancia.
—Prefiero esperar a que me llame —dije—. Por lo menos unas horas.
—De acuerdo. Pero déjala retenida y documentada. Si no conseguimos una confirmación fiable, no se publica.
—Eso está claro.
—Y procura comer algo.
Debí de poner mala cara, porque sonrió.
—No te estoy mandando a casa. Solo digo que esto no se resolverá mejor si te pasas toda la tarde mirando la pantalla.
Me levanté.
—Gracias, Rafael.
—Clara.
Me volví.
—¿Sí?
—Si necesitas salir antes para hablar con Mateo, avísame. Organizamos el cierre sin ti.
Le dije que lo tendría en cuenta.
Al abandonar su despacho me sentí algo más tranquila. No porque hubiera aclarado nada, sino porque alguien ajeno al asunto había sido capaz de examinarlo sin dejarse llevar por el miedo.
Rafael no había negado la posibilidad de una amenaza.
Tampoco había visto motivos suficientes para darla por cierta.
Yo seguía sin saber cuál de las dos cosas me preocupaba más.
* * *
Comí un bocadillo de pie, junto a la ventana de la pequeña sala de descanso.
Lucía entró mientras yo retiraba el envoltorio.
—Así que sí comes.
—A veces.
—Pensaba que habías decidido sustituir las comidas por café.
Abrió la nevera y sacó un recipiente de plástico.
—Te he visto entrar en el despacho de Rafael. ¿Todo bien?
—Una incidencia complicada.
—¿Una esquela?
—Sí.
Lucía dejó el recipiente sobre la mesa y abrió el cajón de los cubiertos.
—Las familias pueden ponerse muy difíciles.
—Esta vez no es eso.
Alzó la vista.
—¿Quieres contármelo?