Capítulo 1. El nombre de mi hermano #3
Al salir a la calle, el ruido del tráfico me obligó a apartarme de la entrada. Frente al edificio había una cafetería y, junto a la parada de autobús, una pareja discutía por el precio de un billete. Un repartidor intentaba sacar unas cajas de una furgoneta estacionada en doble fila.
Me alejé unos metros hasta encontrar un lugar más tranquilo.
Volví a escribirle.
Mateo, voy a ir a buscarte si no me llamas.
Esta vez vio el mensaje casi inmediatamente.
Aparecieron los tres puntos que indicaban que estaba escribiendo. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.
Finalmente recibí una respuesta.
No vengas.
Le contesté:
Entonces habla conmigo.
El teléfono sonó antes de que pudiera guardarlo.
—¿Dónde estás? —preguntó Mateo.
—En la calle. He salido del periódico.
—¿Por qué?
—Porque no me contestabas.
Lo escuché suspirar.
—No tenías que salir.
—Pues ya estoy fuera.
Permaneció callado.
—Mateo, ¿qué ocurre?
—Necesito que me prometas una cosa.
Cerré los ojos.
—No empieces con eso.
—Solo escúchame.
—Te estoy escuchando desde hace media hora.
—No hagas ninguna averiguación por tu cuenta hasta que hablemos.
Miré hacia las ventanas del periódico.
—Es mi trabajo comprobar las esquelas.
—Esta no.
—Precisamente esta.
—Clara, por favor.
Nunca había sido fácil discutir con mi hermano cuando se ponía serio. No levantaba la voz ni intentaba imponerse. Simplemente se encerraba en unas pocas palabras que repetía hasta agotar la conversación.
—¿Por qué no quieres que investigue quién la ha enviado?
—Porque todavía no sé qué está pasando.
—No te creo.
—No te estoy pidiendo que me creas. Te estoy pidiendo unas horas.
—¿Para qué?
—Para resolver un asunto.
—¿Qué asunto?
No contestó.
—Dime una cosa —le dije—. ¿Has tenido algún problema con alguien? ¿Una discusión en el trabajo? ¿Te han amenazado?
—No puedo hablar de eso por teléfono.
Sentí un frío repentino, a pesar de que el sol me daba directamente en la cara.
—¿De qué no puedes hablar?
—No quiero meterte en esto.
—Ya estoy metida. Han enviado tu esquela a mi mesa.
—Lo sé.
Me quedé callada.
No había sido una respuesta apresurada. Mateo había dicho lo sé con una resignación que me inquietó más que cualquiera de sus silencios.
—¿Cómo que lo sabes?
—Sé que te ha llegado.
—Porque te lo he contado yo.
—Sí.
Esperé.
—¿O hay algo más? —pregunté.
—Clara, escucha. Voy a llamarte esta tarde y hablaremos con calma. Ahora necesito terminar una cosa.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—Claro que importa.
—Estoy en un lugar seguro.
—Eso no es una dirección.
Mateo dejó escapar una risa breve, sin alegría.
—Sigues siendo igual.
—Y tú sigues sin responder.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
En la parada, el autobús recogió a los pasajeros y se incorporó al tráfico. Una mujer pasó junto a mí hablando por teléfono. Me aparté para dejarla pasar.
—Dime por lo menos si estás en peligro —pedí.
Mateo tardó en responder.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No estoy seguro.
Apoyé una mano contra la pared del edificio.
Había esperado una negación tajante. Una explicación molesta sobre lo exagerada que podía llegar a ser. Incluso una confesión vergonzosa que justificara una broma de mal gusto.
No esperaba aquella incertidumbre.
—¿Quieres que llame a la policía? —pregunté.
—Ahora mismo no. Tengo que explicarte algunas cosas antes.
—Si estás amenazado, no tienes que resolverlo tú solo.
—Ya lo sé.
—No parece.
—Clara.
Me callé.
—¿Has retenido la publicación?
—Sí.
—Bien.
—Pero la solicitud sigue registrada.
—Déjala así. No borres nada.
—No iba a hacerlo.
—Y no se lo enseñes a nadie todavía.
Miré otra vez hacia las ventanas del periódico.
—¿Por qué?
—Porque no sé quién ha preparado eso. Y no quiero que termines haciendo preguntas a la persona equivocada.
La frase me dejó sin respuesta.
Por primera vez desde que había abierto el documento, pensé no solo en el nombre de Mateo y en la fecha, sino en la persona que había rellenado el formulario.
Alguien había buscado su fotografía.
Había escrito su nombre completo.
Había elegido el lunes siguiente como fecha de fallecimiento.
Y había enviado el anuncio al periódico donde trabajaba su hermana.
—Mateo —dije—, ¿crees que lo han hecho para asustarte?
No respondió inmediatamente.
—Hablamos esta tarde.
—No me cuelgues otra vez.
—Te llamaré. Te lo prometo.
La comunicación terminó.
Permanecí junto a la pared unos instantes, con el teléfono en la mano.
No sabía si Mateo estaba exagerando un problema, si ocultaba algo que lo avergonzaba o si realmente había alguien dispuesto a hacerle daño. Tampoco podía saber si la esquela era una amenaza o la idea enferma de una persona que conocía nuestra relación.
Pero sí había comprendido una cosa.
Mateo no había mostrado ninguna sorpresa cuando le pregunté si alguien lo estaba amenazando.
Guardé el móvil y regresé al periódico.
Tenía una esquela retenida, una fecha que nadie había explicado y la promesa de una llamada que todavía no sabía si iba a producirse.
Antes de sentarme, volví a comprobar el documento.
Seguía allí, con su fotografía y su nombre correctamente escritos.
Mateo Vega Salcedo. Fallecido el 12 de octubre de 2026.
Lo único que podía asegurar era que, aquella mañana, mi hermano seguía vivo.
Y que no había logrado convencerme de que fuera a estar a salvo el lunes.