La mujer de los obituarios Capítulo 1. El nombre de mi hermano #2
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Capítulo 1. El nombre de mi hermano #2

No quería empezar a buscar señales sentimentales en una fotografía que seguramente alguien había descargado de internet.

La información era pública. Cualquiera podía utilizarla.

Eso no explicaba la fecha.

Busqué en el calendario de mi escritorio.

El lunes 12 estaba marcado como festivo nacional. El martes 13 teníamos edición ordinaria. Quien hubiera preparado la esquela había indicado ambas fechas correctamente: una para el fallecimiento y otra para la publicación.

Podía haber sido una elección casual.

Pero la manera en que Mateo había reaccionado al escuchar lunes me impedía creerlo.

Escribí un mensaje.

Necesito que me expliques esto. No voy a publicar nada, pero tampoco puedo ignorarlo.

Lo envié.

No apareció ninguna confirmación de lectura.

Pensé en llamar a su lugar de trabajo. Mateo era trabajador social y su jornada cambiaba con frecuencia. A veces visitaba a personas a las que acompañaba en trámites; otras pasaba la mañana en reuniones o ayudando a resolver situaciones que nunca me contaba con demasiado detalle.

Desde hacía unos meses hablábamos menos.

La muerte de nuestra madre había alterado una relación que hasta entonces yo consideraba razonablemente buena.

No discutimos durante el funeral, ni por los papeles de la herencia, ni por las cosas de la casa.

Nuestras discusiones llegaron después, cuando empezamos a encontrarnos sin tenerla a ella como motivo de conversación.

Mateo decía que yo siempre necesitaba una explicación.

Yo le respondía que él siempre encontraba una razón para no darla.

Habíamos terminado repitiendo aquellas frases hasta convertirlas en una manera cómoda de dejar de hablar.

Me pregunté si estaba volviendo a hacer lo mismo.

Luego miré la fecha de la esquela y descarté la idea.

Aquello no era una disputa familiar.

—¿Clara?

Levanté la cabeza.

Lucía había regresado a mi mesa.

—¿Te pasa algo?

—¿Por qué?

—Porque llevo un rato hablándote y no me escuchas.

No me había dado cuenta.

—Perdona. Estaba revisando una incidencia.

Lucía miró la pantalla, sin acercarse lo suficiente para leerla.

—¿Algo grave?

Durante un segundo quise enseñarle el documento. Habíamos compartido suficientes problemas laborales como para saber que podía confiar en ella.

Pero recordé la insistencia de Mateo.

¿Has enseñado la esquela?

—No lo sé todavía —contesté.

Lucía me observó unos instantes.

—Voy a bajar por un café. ¿Quieres algo?

—No, gracias.

—Vale. Si necesitas que te eche una mano, me dices.

Asentí.

La vi alejarse y me sentí ridícula por haber ocultado una cosa tan sencilla como una solicitud incorrecta.

Aunque no era una solicitud cualquiera.

En mi trabajo había cometido errores. Una vez dejé fuera el nombre de una hermana porque la persona encargada de enviar los datos había olvidado incluirla.

En otra ocasión publiqué mal el segundo apellido de un hombre cuya familia llevaba días discutiendo por la herencia.

En ambos casos pedimos disculpas y corregimos el anuncio.

Nunca había recibido una esquela con la fecha de fallecimiento situada cuatro días en el futuro.

Y nunca había visto a una persona reaccionar ante su propia esquela con el miedo que acababa de escuchar en la voz de Mateo.

* * *

Abrí la carpeta donde guardábamos las solicitudes pendientes de resolver. Había una copia de cada anuncio recibido, junto con sus datos administrativos, para que pudiéramos reconstruir cualquier corrección posterior.

No necesitaba conocer todavía todas las opciones del sistema para saber que debía conservar aquel documento.

Descargué el archivo adjunto y lo guardé en la carpeta de incidencias de mi equipo de trabajo, con su número de solicitud. El original permanecía en el expediente editorial.

Después anoté en mi cuaderno la hora de entrada: 11:17.

Era una costumbre antigua. Aunque buena parte del trabajo se había digitalizado, seguía apuntando las llamadas, los cambios importantes y las solicitudes que podían generar una reclamación.

Años atrás, una familia insistió en que habíamos alterado un texto sin permiso.

Mis notas permitieron aclarar quién había pedido la modificación y cuándo.

Aquella mañana escribí también la fecha del supuesto fallecimiento.

12 de octubre.

Me quedé mirando las cifras.

Un compañero pasó por detrás y preguntó si ya había llegado la lista definitiva de anuncios para el viernes. Le respondí que faltaban dos confirmaciones.

No me hizo más preguntas.

El móvil vibró.

Era un mensaje de Mateo.

Estoy bien. Luego hablamos.

Lo llamé en cuanto terminé de leerlo.

Esta vez rechazó la llamada.

Me levanté de la silla.

No tenía ninguna intención de quedarme toda la mañana esperando a que mi hermano decidiera hablar conmigo. Si estaba preocupado por algo, necesitaba decírmelo. Si alguien lo estaba amenazando, también.

Me puse la chaqueta y salí de la redacción.

En el pasillo me crucé con una compañera de administración que llevaba unos sobres. Me preguntó si podía revisar una solicitud de cambio de dirección postal. Le dije que lo haría al volver.

Bajé las escaleras en lugar de esperar el ascensor.