La mujer de los obituarios Capítulo 1. El nombre de mi hermano
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La mujer de los obituarios

La mujer de los obituarios

Por Felipe Valdaram

© inepub.com

Capítulo 1. El nombre de mi hermano

A las once y once de la mañana, Mateo me envió una fotografía de su perro. Seis minutos después recibí su esquela.

En la fotografía, el animal estaba tumbado junto a un radiador, con una pata apoyada sobre una zapatilla. Mateo había escrito debajo: Lleva dos horas así. Creo que ha decidido quedarse con la casa.

Le respondí que, al menos, uno de los dos parecía tener las cosas claras.

Todavía conservaba aquella conversación abierta cuando apareció la notificación en la pantalla del ordenador.

Llevaba toda la mañana revisando anuncios funerarios.

Era jueves, teníamos el cierre de la edición del viernes por delante y había tres solicitudes pendientes de confirmación.

Una familia quería añadir dos nietos a una esquela ya preparada; otra había enviado una fotografía demasiado pequeña para imprimirla; la tercera discutía si debíamos poner el segundo apellido de una mujer que, según su hija, llevaba cuarenta años sin utilizarlo.

Había aprendido que esos detalles importaban.

Cuando alguien moría, sus familiares podían discutir durante veinte minutos por una palabra.

No era extraño que me llamaran para cambiar esposa por compañera , para añadir a un hijo al que nadie había mencionado en el primer correo o para pedir que elimináramos una referencia religiosa.

A veces la persona que pagaba la esquela no era la que mejor conocía al fallecido.

Mi trabajo consistía en comprobar nombres, fechas, fotografías y textos antes de enviarlos a maquetación. También revisaba el archivo de obituarios y las pequeñas semblanzas que publicábamos cuando moría alguna persona conocida en Valdaria.

No era el trabajo que había imaginado al entrar en El Faro .

Durante mis primeros años había cubierto noticias municipales, conflictos vecinales y algún juicio que atraía más periodistas de los que cabían en la sala.

Cuando el periódico empezó a reducir personal, me ofrecieron encargarme de las esquelas y del archivo.

Acepté porque necesitaba el sueldo y porque pensé que sería provisional.

Llevaba once años trabajando allí.

—Clara, ¿puedes echarme una mano?

Levanté la vista. Lucía Marín estaba junto a mi mesa con una carpeta bajo el brazo y el móvil en la otra mano.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto tiempo vaya a llevarte explicar el problema.

Lucía dejó la carpeta delante de mí.

—Tres minutos. Cinco si te pones difícil.

Era reportera de información local y una de las pocas personas que seguían entrando a la redacción con cierta ilusión. Nos conocíamos desde hacía años, aunque no trabajábamos juntas todos los días.

Quería comprobar una fecha en una noticia antigua sobre el cierre de un mercado. Abrí el archivo, busqué la edición correspondiente y le señalé la página.

—Fue en noviembre, no en diciembre.

—Ya decía yo.

—Lo dice la noticia.

—Tú sabes a qué me refiero.

Se marchó con la carpeta antes de que pudiera responderle.

Volví a la lista de solicitudes.

A las once y diecisiete apareció una nueva entrada.

El sistema la había clasificado como esquela para una edición posterior. En circunstancias normales, habría terminado las solicitudes más urgentes antes de abrirla, pero reconocí el apellido en la vista preliminar.

Vega Salcedo.

Pensé que sería una coincidencia. Ninguno de los dos apellidos era especialmente raro y, trabajando con nombres propios, una acababa encontrando los de familiares, antiguos compañeros o profesores con una frecuencia sorprendente.

Abrí el formulario.

Mateo Vega Salcedo.

Treinta y un años.

Debajo aparecía una fotografía.

Conocía aquella imagen. Mateo la utilizaba desde hacía meses en uno de sus perfiles públicos. Llevaba una camisa azul y miraba a la cámara con esa expresión de quien quiere terminar cuanto antes con el trámite. Yo misma me había burlado de él cuando la publicó.

Me quedé inmóvil un momento.

Después busqué la fecha de defunción.

12 de octubre de 2026.

Volví a leerla.

Era jueves 8.

El lunes siguiente sería 12 de octubre.

Comprobé el año. Luego el nombre. Después amplié la fotografía, aunque no había ninguna necesidad de hacerlo. Era Mateo. No alguien parecido a él, no un hombre con sus mismos apellidos.

Mi hermano.

La publicación estaba solicitada para el martes 13.

Repasé el formulario desde el principio.

Había trabajado con suficientes documentos mal cumplimentados para saber que un campo equivocado podía transformar una solicitud corriente en algo absurdo.

En ocasiones se confundían las fechas de nacimiento y fallecimiento.

Otras veces se copiaban datos de un anuncio anterior y nadie revisaba lo que quedaba escrito.

Pero allí no había una fecha antigua arrastrada por descuido. Figuraba el lunes siguiente, el nombre completo de Mateo, su edad y una fotografía reciente.

Miré el teléfono.

Seguía abierta nuestra conversación.

La imagen del perro ocupaba casi toda la pantalla.

Pulsé el botón de llamada.

Mateo respondió al tercer tono.

—Dime.

—¿Dónde estás?

—Trabajando. ¿Qué pasa?

Al fondo se oían varias voces. No reconocí ninguna.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Por qué?

No sabía cómo explicárselo. Sentí la tentación de preguntarle si aquello era alguna broma, aunque Mateo nunca había tenido ese sentido del humor.

—Me ha llegado una esquela a tu nombre.

Hubo un silencio breve.

—¿Una qué?

—Una esquela funeraria. Al periódico.

—Ya sé lo que es una esquela, Clara.

Esperé alguna pregunta, una risa, cualquier reacción que me permitiera recuperar la normalidad de la conversación.

—Tiene tu fotografía —añadí.

—¿Qué fotografía?

—La de la camisa azul. La que tienes en tu perfil.

Mateo no respondió enseguida.

—¿Qué más pone?

Miré el monitor.

—Que tienes treinta y un años. Que has fallecido el doce de octubre. Y que debemos publicarla el martes.

Al otro lado se dejó de escuchar el ruido de las voces.

—¿El lunes? —preguntó.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Tengo el documento delante.

Otra pausa.

—¿Quién lo ha enviado?

—No lo sé todavía.

—Míralo.

Su tono había cambiado. No estaba enfadado conmigo, pero hablaba demasiado deprisa.

—Mateo, escúchame. ¿Sabes algo de esto?

—Primero dime quién lo ha enviado.

—Acabo de abrirlo. Hay una solicitud registrada, pero tengo que comprobar los datos del remitente.

—¿Y qué pone exactamente?

—Te lo estoy diciendo.

—El texto, Clara.

Volví al formulario.

El anuncio era breve. Incluía su nombre, la edad, la fecha y unas líneas convencionales de despedida. No había una dirección para el velatorio ni información sobre un entierro.

Se lo leí.

Mateo me interrumpió antes de que terminara.

—¿Hay algún número de teléfono?

—Tendré que abrir el expediente completo.

—No llames a nadie todavía.

Aparté la vista de la pantalla.

—¿Cómo?

—Que no llames a nadie hasta que hablemos.

—No puedo hacer como si no hubiera recibido esto.

—No te he pedido eso.

—Entonces explícame qué está pasando.

Escuché unos pasos y el sonido de una puerta cerrándose.

—¿Hay alguien contigo? —preguntó.

Miré hacia el centro de la redacción. Lucía hablaba con un compañero al lado de la impresora. Más lejos, dos redactores discutían una fotografía para la portada.

—Estoy en mi mesa.

—¿Has enseñado la esquela?

—No.

—Bien.

La respuesta me molestó.

—No me hables como si estuviera haciendo algo mal. Acabo de recibir un anuncio de tu muerte. Creo que tengo derecho a saber qué significa.

—Lo sé.

—Pues dime.

Mateo respiró hondo.

—Ahora no puedo.

—¿Por qué?

—Porque estoy trabajando y no puedo hablar de esto aquí.

—Sal un momento.

—Clara…

—Ya has salido, ¿no? Acabas de cerrar una puerta.

No contestó.

Nos llevábamos cuatro años y, durante buena parte de nuestra infancia, había sido yo quien lo obligaba a explicarse.

Cuando rompía algo, cuando se metía en problemas en el colegio o cuando nuestra madre encontraba una nota que él había olvidado enseñar, Mateo siempre empezaba contando lo que menos importaba.

Había perfeccionado aquella costumbre con los años.

—Dime una cosa —insistí—. ¿Hay alguien que quiera hacerte daño?

Oí su respiración.

—No sé qué decirte.

No fue la respuesta que esperaba.

Hasta ese momento había pensado en un error, en una broma desagradable, incluso en una venganza absurda de alguien con quien Mateo hubiera discutido. Su reacción convertía todas aquellas explicaciones en algo mucho menos convincente.

—Puedes empezar por decirme la verdad.

—Tengo que dejarte.

—No se te ocurra colgar.

—Te llamaré.

—Mateo.

—Estoy bien, Clara.

La llamada terminó.

Me quedé con el teléfono junto a la oreja hasta que la pantalla se apagó.

Después intenté llamarlo otra vez.

No respondió.

* * *

Apenas habían pasado diez minutos desde la llegada de la esquela. En la redacción nadie parecía haber notado nada.

Devolví el teléfono a la mesa y traté de ordenar lo que sabía.

Mateo estaba vivo. Había hablado con él.

El documento existía.

Y, por alguna razón, mi hermano parecía más preocupado por averiguar quién lo había enviado que por el hecho de que alguien anunciara su muerte.

Abrí de nuevo el formulario.

La solicitud seguía pendiente de comprobación. Todavía no había sido enviada a maquetación, de modo que podía retenerla sin necesidad de justificar una modificación en una página ya preparada.

Marqué la opción de incidencia y escribí:

Fecha de defunción posterior a la recepción. Pendiente de verificación.

No añadí que conocía personalmente al supuesto fallecido.

Guardé el cambio.

La aplicación confirmó que el anuncio quedaba retenido.

Sentí cierto alivio, aunque sabía que únicamente había impedido que un documento incorrecto avanzara por el circuito de publicación. No había descubierto quién lo había preparado ni por qué.

Abrí la fotografía adjunta.

Mateo tenía una pequeña marca en la barbilla. Se la había hecho de niño, al caerse de una bicicleta que le quedaba demasiado grande. En la fotografía casi no se apreciaba, pero yo sabía dónde mirar.

Recordé la discusión con nuestra madre aquella tarde. Mateo decía que no le había pasado nada, aunque llevaba la camiseta manchada de sangre. Yo había sido quien lo convenció de entrar en casa.

Cerré la imagen.