La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 16
97%

Capítulo 16

El golpe llegó al amanecer. Un sobre blanco apareció bajo la puerta de Carmen, encajado de cualquier manera, con una esquina doblada por la humedad.

Sara lo encontró al bajar a por agua. No despertó a nadie.

Se puso guantes. Lo abrió sobre la mesa de la cocina, bajo la luz amarilla.

Dentro había una copia de una fotografía de Rafa junto a un coche azul y un recorte del atestado de su muerte.

En el reverso, una frase escrita con bolígrafo negro: «Rafa no se salió de la carretera».

Debajo, otra línea: «Julián todavía guarda la caja».

Carmen apareció en la puerta con la bata puesta y el pelo aplastado de un lado.

Miró el sobre, luego a su hija. No preguntó qué era.

No venía solo. A media mañana, Lucas recibió la confirmación de que la línea de crédito seguía suspendida hasta nueva revisión.

En el correo no aparecía Julián. Aparecían fórmulas, comités, riesgo reputacional y una firma que no conocía.

Lucas leyó el mensaje dos veces, salió al patio y se quedó mirando las cajas vacías de vendimia como si alguien le hubiera quitado también el aire.

—Tengo que vender una parcela —dijo cuando volvió a entrar.

Sara levantó la cabeza.

—¿Cuál?

—La de Les Moreres. La que Rafa quería conservar.

No lo dijo como sacrificio bonito. Lo dijo con la cara apagada. Julián no necesitaba ganar una discusión: Lucas ya estaba hablando de vender tierra.

—No me digas que ya estamos otra vez —murmuró.

Sara sostuvo la fotografía de Rafa sin tocarla directamente.

—No hemos salido nunca.

Carmen se acercó, vio el nombre de Julián y parpadeó despacio.

—Entonces desayuna antes de hundir a nadie.

Sara se rió apenas, casi dolorosa. En la calle empezaban a subir persianas. El pueblo despertaba con su ruido de siempre, fingiendo que la noche no había dejado nada bajo las puertas.

Sara guardó la fotografía en una bolsa de conservación.

Después abrió la libreta nueva y estuvo a punto de escribir tres nombres: Ana.

Rafa. Julián. No lo hizo. Arrancó la hoja.

En otra escribió primero: Marta Barrancs Serrat.

Debajo, más pequeño: Ana, Rafa, Julián. Todavía no.

La historia de Marta no iba a ser el pasillo hacia otra cosa. No después de todo.

Lucas llegó cuando el café ya estaba frío. No llamó al timbre; Carmen le abrió antes de que pudiera hacerlo porque lo vio desde la ventana. Traía el pelo mojado y una camiseta que no pegaba con la hora ni con la gravedad de la cara. Debía de haberse vestido a oscuras.

Sara dejó sobre la mesa la fotografía de Rafa, la nota y una copia del sobre. No colocó nada en el centro, como hacía con las pruebas. Los dejó a un lado, junto a la cesta del pan. Una forma torpe de decir: esto no es material, todavía no. Esto es tu hermano.

Lucas se sentó. Miró la foto durante mucho rato. No lloró. A Sara le sonó casi peor. Tenía los ojos secos y una mano cerrada sobre la rodilla. Sara no supo qué hacer con eso.

—Llevaba esa camisa el día que me llevó a Tortosa a comprar zapatillas —dijo él.

Carmen se quedó en la cocina, fingiendo limpiar una mancha de la encimera. No los dejó solos del todo. Sara se lo agradeció. A esas alturas, cualquier cosa mínima podía volverse grande demasiado.

—¿Cuántos años tenías? —preguntó Sara.

—Quince. Yo quería unas Nike horribles. Rafa dijo que parecían de payaso, pero me las compró igual porque yo llevaba dos semanas insoportable. Luego me hizo andar detrás de él por media ciudad para que se me quitaran las ganas de estrenar cosas caras.

Sonrió. Poco. Luego volvió a mirar la foto.

—No quiero que Rafa entre como golpe del final —dijo al fin—. Si hay que contarlo, que sea como hermano. No como una puerta bonita para seguir tirando. No me hagas eso, Sara.

Sara no le ayudó. Esta vez no.

Sara bajó la vista. Lo había pensado. Un minuto, quizá menos: la foto, Julián, la respiración de Lucas al verla. Un cierre demasiado eficaz. Se le revolvió el estómago.

—Lo pensé —dijo.

Lucas levantó la vista.

—Pensé en usarlo. No entero. No con todos los detalles. Pero lo pensé.

Carmen dejó el trapo en la encimera.

—Bien —dijo.

Sara la miró, sorprendida.

—¿Bien?

—Bien que lo digas. Lo que una no reconoce luego manda más de la cuenta.

Sara abrió la libreta y escribió delante de él: Rafa no cierra este episodio. Marta sí. Rafa abre otra investigación. Empujó el cuaderno hacia Lucas. —Corrige lo que falte.

Cuando Lucas se fue, dejó la fotografía en la mesa.

—Haz copias —dijo—. Pero la original se queda con mi madre.

—Sí.

—Y Sara.

—Dime.

—No me dejes esconderlo porque me duela.

Ella asintió.

—Y tú no me dejes usarlo porque funcione.

Lucas la miró con cansancio, con deseo, con una tristeza que ya no intentaba maquillarse de valentía.

—Trato.

La caja de Rafa apareció cuando Lucas ya había decidido dejar de buscarla.

Eso le pareció una crueldad bastante propia de su familia: las cosas salían cuando una se rendía un poco, no cuando las llamaba a golpes.

Estaba en el altillo de la casa principal, detrás de unas mantas de lana y una bicicleta infantil con una rueda doblada.

Inés recordó de pronto que Rafa guardaba allí las piezas de radio, las cartas que no enviaba y una navaja que Ricardo le había quitado una vez por llevarla al colegio.

Lucas subió con una linterna. Sara esperó abajo.

Esta vez no quiso estar en cada hallazgo.

Lucas bajó veinte minutos después con una caja de zapatos bajo el brazo y polvo en el pelo.

No tenía cara de haber encontrado una prueba.

Tenía cara de haber encontrado a un hermano.

La dejó sobre la mesa de la cocina Montiel, no sobre la de Carmen.

Dijo que algunas cosas debían abrirse donde habían dolido.

Dentro había cables, una fotografía de Rafa con una moto roja, recibos de gasolina, una entrada de cine partida por la mitad y una libreta pequeña de tapas verdes.

En la primera página no había confesión.

Había cuentas: piezas, neumáticos, dinero prestado a un amigo.

En la tercera, una lista de canciones. En la quinta, el nombre de Marta escrito una sola vez, sin frase alrededor.

Lucas tocó esa página con un dedo y retiró la mano enseguida.

—No sé si puedo leerlo —dijo.

—No tienes que hacerlo ahora.

—Si no lo hago ahora, igual vuelvo a guardarlo otros veinte años.

Leyeron poco. Rafa no escribía como Marta.

No tenía imágenes ni frases limpias. Escribía mal, con faltas, con rabia, con palabras partidas.

Precisamente por eso dolía. Una entrada de octubre decía: «Papá dice que no vi nada.

Si lo repite más, igual consigo creerlo.

Lucas no tiene culpa. Lucas es tonto, pero no tiene culpa.

» Sara vio que Lucas cerraba los ojos. No lo tocó.

Más adelante apareció la curva. No el accidente, todavía.

La curva como lugar. «J. dice que conduzca por la vieja cuando vaya a Batea.

Que hay menos Guardia Civil. No me gusta cómo lo dice.

» La inicial quedaba ahí, sin apellido. Otra página: «Si me pasa algo, Lucas no sabe. Mamá tampoco. Papá sí. J. más.»

Inés se sentó antes de que las piernas le fallaran.

—Yo lavé la camisa de ese día —murmuró.

Lucas levantó la cabeza.

—¿Qué día?

—El día que Rafa volvió con barro. Antes del accidente. Mucho antes. Tu padre me dijo que no preguntara. Yo la lavé. La tendí detrás, donde no la vieran desde la carretera. Creí que cuidaba la casa. Mira qué cuidado más asqueroso.

Eso hizo más daño que una revelación de película. No daba un culpable nuevo ni cerraba el caso de Rafa. Solo añadía un gesto doméstico a la cadena: una madre lavando barro, una camisa secándose al sol, una casa aprendiendo a borrar pruebas con jabón.

Sara pidió permiso antes de fotografiar la libreta. Lucas dijo que sí, pero no apartó la mano de la caja. Por una vez desde que empezó todo, ella no sintió prisa. Podía esperar. Rafa acababa de salir de una caja de zapatos. No tenía por qué servirles inmediatamente.

Inés pidió leer la última página. Lucas se la pasó. La letra de Rafa se volvía casi ilegible, inclinada hacia abajo. Inés tardó, se equivocó dos veces, volvió al principio. Leyó: «Si Lucas pregunta, dile que no sea bueno. Ser bueno aquí es obedecer al que manda y luego llorar cuando ya no sirve.»

Lucas se levantó y salió al patio sin decir nada. Sara lo siguió solo hasta la puerta. Desde allí lo vio apoyarse en la pared, doblarse un poco y respirar con la boca abierta. Todavía no llegaba a llanto. Era algo previo, más feo. Inés cerró la libreta y se la apretó contra el pecho.

—Mi hijo sabía escribir fatal —dijo.

Sara asintió.

—Sí.

—Pon eso también, cuando toque. Que escribía fatal. Que no era una pista andante. Que se dejaba los platos en cualquier sitio y me robaba monedas del monedero. Que a veces era un pesado. Mi hijo era un pesado, Sara.

—Lo pondré si usted quiere.

Inés miró hacia el patio, donde Lucas seguía de espaldas.

—Quiero que no me lo hagáis elegante. Ya hemos tenido demasiada elegancia en esta casa.

Carmen la observó desde la puerta sin interrumpir. Se había puesto la bata al revés y llevaba una zapatilla distinta en cada pie. Ese detalle absurdo le dio a Sara ganas de llorar más que el sobre.

—Tu padre hacía eso —dijo Carmen al fin.

—¿El qué?

—Columnas. Listas. Papeles. Creía que si ordenaba una cosa dejaba de darle miedo.

—¿Le funcionaba?

Carmen se miró las zapatillas, descubriéndolas en ese momento.

—Por momentos. Luego venía la vida y le tiraba el papel al suelo. Pero los ratos también cuentan.

—Mira, por una vez has escrito algo sensato.