Capítulo 15 #2
Cuando llegó el turno de leer los nombres, Paqui se equivocó en el apellido de una mujer. Se corrigió, se puso colorada y casi pidió perdón. Clara le tocó la espalda.
—Si una está esperando desde 1987, puede esperar a que lo leamos bien.
La madre de Marta fue la primera en tocar la placa. No lloró. Había llorado tanto en privado que quizá lo público ya no merecía sus lágrimas. Pasó dos dedos por el nombre de su hija y dijo:
—Ya está, niña. Ya te han oído.
Después no añadió nada. Sobraba. Durante veintidós años habían hablado por Marta otros: los hombres del bar, los papeles, Ricardo, el rumor de fuga, los que querían una versión cómoda.
Aquella frase pobre de su madre bastó más que cualquier discurso.
La había devuelto al sitio exacto: hija, chica, viva antes de ser muerta.
Luego pidió sentarse porque tenía frío. Nadie supo muy bien qué hacer con eso. Clara buscó una silla. Lucas trajo una manta. Sara dejó de mirar la placa y miró a la madre de Marta, que ya no intentaba mantenerse entera delante de nadie.
Sara tuvo claro que no debía añadir nada.
Clara, en cambio, se acercó a la placa y dejó la carta de Marta dentro de una funda protegida.
—Para que conste que sabía —dijo. Luego miró a Lucas.
—Y para que conste que algunos tardamos una vida en estar a la altura.
Lucas no respondió. Alguna vez el castigo justo es no discutir.
Sara, detrás, miró la madera nueva, las letras recién pintadas y la mano de la madre de Marta sobre el nombre. Allí nadie lo corrigió.
Inés pidió hablar después. No estaba previsto. Se colocó junto al agua y miró a la madre de Marta, no a las cámaras.
—Mi marido le quitó la vida a su hija y yo callé. No tengo perdón que pedir aquí en público. Lo que tengo es obligación. Mi casa entregará los archivos. Mi hijo no hablará por ustedes. Yo tampoco. Solo abriremos lo que estuvo cerrado. Y luego ya veremos si queda alguien para mirar.
La frase le salió mal en dos sitios.
Inés se encontró sin aire a mitad de una palabra y tuvo que empezar otra vez. Nadie supo dónde mirar. Eso ayudó más que cualquier frase.
La madre de Marta la escuchó con una seriedad impenetrable. Al final dijo:
—Abra. Ya veremos después.
Inés asintió. Aquello no reconciliaba a nadie. Por eso incomodó tanto.
Lucas permaneció al fondo hasta que la gente empezó a dispersarse. Entonces se acercó a Sara con las manos en los bolsillos.
—He firmado la autorización para que el archivo laboral antiguo pase a custodia externa.
—Bien.
—También he pedido que revisen las cuentas vinculadas a Julián.
Sara lo miró.
—Eso ya no es Marta.
—No.
—Tienes que saber que ahí empieza otra guerra.
—Lo sé.
Lucas observó la placa.
—Antes pensaba que salvar el celler era salvar el apellido. Ahora creo que quizá sea al revés.
Sara no le regaló una frase de consuelo.
Lucas estaba aprendiendo que reparar no es sentirse mejor. Es perder cosas que antes te protegían: dinero, familia, reputación, la comodidad de decir que no sabías. Sobre todo eso. La comodidad.
Más tarde, cuando la gente empezó a dispersarse, Lucas se acercó con una taza de café de termo. El café sabía a plástico y a quemado. Sara lo bebió igual. Se sentaron en el borde bajo del lavadero, no muy cerca. Había demasiadas formas de mirarse todavía.
—Pensé que me sentiría distinto —dijo él.
—¿Y?
—Me siento igual, pero con menos sitio para mentirme.
—Eso ya es algo.
Lucas miró la placa.
—Mi madre quiere entregar una parcela a la familia de Marta. No como compensación. Ya sé que suena fatal. Como reconocimiento de que se la quitaron. Lo digo y me dan ganas de esconderme debajo de la mesa.
—¿Y la madre de Marta?
—Ha dicho que no quiere tierra de los Montiel. Quiere que conste por escrito lo que pasó. Quiere papeles.
Lucas asintió con una tristeza rara.
—Tiene razón. Más de una vez pienso que vengo con soluciones de rico incluso cuando intento reparar.
Sara no lo suavizó.
—Sí.
—Gracias por no acariciarme la culpa.
—No tengo tantas manos.
Él sonrió apenas. Luego la sonrisa se le fue.
—Eso deberías hablarlo con ellas, no conmigo.
—Lo sé. Te lo cuento porque antes de hacerlo quiero que alguien me diga si estoy intentando comprar paz.
Sara miró el agua. Una hoja pequeña giraba en un remolino, atrapada sin dramatismo.
—Quizá un poco sí.
Lucas miró el suelo.
—Joder.
—También puede ser útil. Caben las dos cosas, por desgracia.
—Me estás matando.
—No. Estoy evitando que te conviertas en estatua antes de tiempo.
Lucas respiró hondo.
—Entonces iré despacio. Preguntaré. Y si me dicen que no, me aguanto.
—Esto empieza a parecer algo. Feo, pero algo.
El beso no ocurrió delante de la placa. Sara lo agradeció.
Habría tenido demasiado aire de cierre para gente mirando desde fuera.
Ocurrió más tarde, en la calle estrecha detrás de la casa de Carmen, cuando él la acompañó a dejar unas sillas y a Sara se le cayó una bolsa de vasos de plástico al suelo.
Los vasos rodaron por la acera con una alegría estúpida.
Ambos se agacharon a recogerlos. Lucas soltó una carcajada de agotamiento y Sara también.
—¿Puedo?
Ella no pensó en titulares. Pensó en los vasos. En el café malo. En que tenía una mano pegajosa de haber recogido uno del suelo.
—Puedes —dijo.
El beso fue torpe al principio. Chocaron un poco los dientes.
Sara se rió contra su boca, y aquello le quitó cualquier solemnidad.
Lucas la abrazó con cuidado, no como quien reclama, sino como quien no sabe si le van a permitir quedarse.
Ella se separó primero. No por virtud. Porque si no, no sabía qué haría.
—Mañana seguimos teniendo un desastre —murmuró.
—Lo sé.
—Bien. Solo quería comprobar que no te habías puesto romántico tonto.
—Tarde —dijo él—. Pero puedo disimular.
Sara le empujó el hombro. Luego recogieron los vasos que faltaban.
Después del acto, el pueblo no supo qué hacer con el lavadero.
Durante dos días se acercó gente que nunca había pisado aquella piedra salvo para atajar camino.
Dejaban flores, papeles, alguna foto sin nombre.
También hubo quien fue solo a mirar si aquello era para tanto.
Clara decía que incluso los curiosos servían, porque una piedra vista más veces de las convenientes acaba molestando más que una piedra escondida.
Una tarde, dos chicos hicieron una foto riendo junto de la placa. Clara los echó con una frase que no conviene repetir delante de una madre. Al volver, se le cayó una flor de plástico de las manos y se quedó mirándola, a punto de pedirle perdón a una flor de plástico.
—No sé cuidar estas cosas —dijo.
Carmen le quitó la flor, la enderezó con los dedos y la puso en un bote de cristal.
—Nadie sabe. Por eso venimos varias.
Carmen colocó la flor torcida dentro del bote.
Clara dijo que así quedaba fatal. Paqui respondió que entonces parecía más de ellas.
Sara pasó la mañana posterior clasificando lo que podía quedarse y lo que no.
Una rosa sin tarjeta, sí. Una nota con insultos, a una bolsa de pruebas.
Una fotografía de una mujer sin autorización, no al panel.
Paqui la ayudó sin hablar. De vez en cuando sacaba del bolso la copia de Ana y la miraba esperando instrucciones imposibles del papel.
—Mi madre no quiso verla —dijo al fin.
—¿Nada?
—Dijo que bastante tuvo mi abuela con enfermar de esa historia. Luego me preguntó si Ana llevaba el pelo recogido.
Sara entendió. Hay rechazos que dejan una puerta abierta por una rendija.
—Eso es una pregunta.
—Sí.
Paqui guardó la foto.
—Voy a volver mañana.
No dijo con quién. No le hizo falta.
—Qué curioso. Para esconder cosas nunca hicisteis tanta reunión.
Nadie supo responderle. Lo dejó así.
—No la encerréis otra vez —dijo la madre.
—No —respondió Lucas.
Ella lo miró.
—No te lo decía solo a ti.
Lo entendió tarde. También ella podía encerrar a Marta en una estructura, en un episodio, en una frase memorable. Todos podían hacerlo. Sara colocó la caja un poco más lejos de su libreta, no mucho. Lo justo para acordarse de no tocarla sin permiso.
Antes de grabarlo por última vez, Sara dejó el micrófono apagado varios minutos.
No rezó. Tampoco preparó una frase. Escuchó la casa: Carmen moviendo una silla abajo, agua en las tuberías, un coche pasando despacio por la calle.
El cursor parpadeaba en la pantalla. Sara esperó.
El cursor parpadeó hasta ponerla nerviosa. Entonces empezó.
Al tercer día, una productora de televisión ofreció comprar los derechos del caso para una docuserie. La propuesta llegó con palabras amables y una cifra que hizo que Marina se quedara callada diez segundos más de lo habitual. Sara leyó el correo dos veces. Cerró el portátil.
No respondió ese día. Fue al lavadero del pueblo y se sentó donde Clara había pintado PERO VIVAS.
La pintura ya empezaba a pelarse por una esquina.
Sara rascó un borde con la uña y se llevó una escama verde en el dedo.
Al cabo de un rato llegó Paqui con una bolsa de compra.
No preguntó por qué estaba allí. Se sentó a su lado, sacó una mandarina y le ofreció media. Sara aceptó.
—Mi madre reconoció a Ana —dijo Paqui de pronto.
Sara dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Está segura?
—Dice que sí. Luego dice que no. Luego llora. Eso, en mi casa, suele significar que sí.
Paqui no quería grabar todavía. Tampoco quería que nadie la abrazara. Quería que Sara supiera una cosa: su madre recordaba una carta devuelta con un sello de Alcañiz, una carta que la abuela guardó porque le había sentado fatal oír al pueblo decir que Ana se había ido feliz con un hombre.
—Mi madre dice que Ana tenía un lunar en el cuello. En la foto no se ve. Me he pasado media tarde ampliándola con el móvil como una idiota. No he sacado nada, salvo dolor de cabeza.
Sara sonrió apenas.
—Eso no es ser idiota. Es intentar encontrar a alguien con las herramientas que tienes.
Paqui guardó la cáscara de mandarina en la bolsa.
—Pues mis herramientas son una mierda.
—Casi siempre empezamos así.
Aquella conversación se le quedó pegada.
Lucas leyó el correo de rechazo en la mesa de Carmen.
No opinó. Estaba demasiado cansado para frases.
Había pasado la mañana explicando a tres trabajadores que cobrarían el viernes, aunque no supiera si el mes siguiente podría decir lo mismo.
Sara lo vio doblar una servilleta en cuatro, abrirla, volver a doblarla.
—No tienes que aprobarlo —dijo ella.
—No estoy aprobando nada. Estoy pensando que hace un mes habría dicho que aceptaras. Mucho dinero, mucha visibilidad, mucha presión para la causa. Y ahora me da miedo que nos compren la voz con buena iluminación.
—¿Y ahora?
—Ahora me da miedo lo fácil que esto se convierte en negocio con buena música.
Sara no la apuntó. Lo miró un segundo demasiado. Luego se levantó a recoger vasos.
Carmen escuchaba desde el fregadero.
—A ver si al final vais a aprender todos y me vais a dejar sin trabajo —dijo.
Clara, que estaba comiendo galletas sin permiso, respondió que siempre quedaría enseñar a los hombres a cerrar bien los táperes.
Esa tontería les dio una risa fea, cansada, desproporcionada.
La cocina olía a café viejo, mandarina, papel húmedo y sopa recalentada.
Sobre la mesa había etiquetas torcidas, vasos sucios y un apellido Montiel fregando sin hacer comentario. Nadie pidió una foto.
La noche posterior al episodio, Sara y Lucas caminaron hasta el puente.
El verano estaba perdiendo fuerza. Las viñas, al otro lado, ya no parecían postal ni amenaza.
Parecían trabajo. Tierra. Algo más terco que ellos.
Lucas llevaba una chaqueta vieja y Sara el cansancio metido en los huesos.
Hablaron poco. A mitad del puente, él le cogió la mano.
Esta vez ella no se apartó. No hubo beso al principio.
Esa noche, antes del sobre, ya había dejado una señal.
Sara volvía del lavadero con la grabadora apagada y una bolsa de pan bajo el brazo cuando notó un coche detrás, a demasiada distancia para ser compañía y a demasiado poca para ser casualidad.
No aceleró. Tampoco miró hacia atrás enseguida.
Siguió por la calle del forn, cruzó la plaza y se detuvo en el escaparate oscuro de la farmacia, fingiendo revisar un mensaje.
El coche pasó despacio. Negro, limpio, cristales ahumados.
No pudo ver la matrícula completa. Solo dos números: 47.
El conductor no giró la cabeza. Fue peor.
En casa, Carmen le dijo que tenía cara de haber visto una rata.
—Un coche —respondió Sara.
—Las ratas al menos no llevan seguro.
Sara anotó los dos números, la hora y el recorrido.
Después llamó a Laura. La agente no minimizó el aviso.
Le pidió que no caminara sola de noche y que enviara la nota por escrito.
Sara obedeció con una sensación amarga. La periodista que había perseguido a otros por teléfono ahora mandaba correos de autoprotección con frases secas: posible seguimiento, vehículo oscuro, hora aproximada.
Lucas quiso ir a dormir a la casa de Carmen.
Sara le dijo que no. Carmen, desde el sofá, dijo que en su casa no se montaba un campamento romántico con excusa de seguridad.
Clara, que estaba allí porque ya nadie sabía muy bien dónde empezaba su casa y terminaba la de las demás, añadió que si alguien iba a dormir con alguien, al menos que lo admitieran sin hacer acta.
Lucas permaneció en la puerta, con una bolsa de ropa en la mano y una dignidad bastante rota.
—Me quedo en el celler —dijo al fin.
—Con dos trabajadores y Laura avisada —corrigió Sara.
—Sí, jefa.
—No me llames jefa cuando tengo miedo.
La frase salió antes de que pudiera vestirla. Lucas dejó de bromear. No la tocó delante de las otras. Solo asintió, serio, y luego se le cayó la bolsa de ropa al suelo. Una camiseta salió medio fuera. Carmen la recogió con dos dedos.
Cuando volvió a casa, Lucas estaba en la puerta con una caja de papeles y una camiseta con una mancha de grasa. No traía frase. Eso le gustó.
—He encontrado el registro de la póliza del tractor de Rafa —dijo.
Sara cerró los ojos un segundo.
—Hoy no puedo.
Lucas asintió. No se ofendió. La caja siguió entre sus manos, pesada.
—Lo sé. Solo no quería guardarlo otra vez sin decírtelo.
Esa era la diferencia. Antes todos guardaban cosas para proteger a alguien, para esperar, para evitar daño, para elegir el momento. Ahora Lucas venía con una caja aunque ella no pudiera abrirla. No arreglaba mucho. Pero cambiaba el gesto.
—Déjala en la entrada —dijo Sara—. Y luego come algo.
—¿Eso es una orden?
—Sí.
Lucas dejó la caja junto al paragüero. Carmen apareció desde la cocina, miró los papeles, miró a Lucas y dijo que en esa casa las pruebas no se dejaban al lado de los paraguas porque luego todo olía a humedad. Nadie supo si era una broma. Ella tampoco lo aclaró.