La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 15
91%

Capítulo 15

La noche antes de la placa, alguien llamó a la puerta de la madre de Marta y salió corriendo.

No dejaron una amenaza. Dejaron flores. Tres ramos baratos, envueltos en celofán, con una tarjeta sin firma: «Ahora sí descansará». La sobrina llamó a Sara porque no sabía si debía tirarlos, guardarlos o llamar a la policía. Sara fue con Clara. Ninguna de las dos habló durante el trayecto.

En una de las tarjetas había tierra pegada. No mucha. Un grumo seco, oscuro, metido en la esquina del celofán. Clara lo vio antes que Sara.

—Eso no es de floristería —dijo.

Sara fotografió el grumo, la tarjeta, el lazo barato. No sabía aún por qué importaba. Solo que esa tierra no era de la acera ni de un jarrón.

La madre de Marta estaba sentada junto a la mesa, mirando los ramos como si fueran animales muertos. No lloraba. Eso preocupó más a Clara.

—Son flores —dijo la sobrina, casi disculpándose—. Igual alguien quería...

—Alguien quería quedar bien con mi hija después de dejarla sola veintidós años —respondió la madre.

Las flores olían demasiado. Lirios, claveles, algo dulzón que llenaba la cocina hasta volverla irrespirable. Sara pidió permiso para fotografiar las tarjetas. La mujer asintió sin mirarla.

—No quiero esas flores en mi casa.

Clara cogió un ramo con dos dedos.

—Pues fuera.

—No al contenedor —dijo la madre de Marta.

Clara se detuvo.

—¿Dónde, entonces?

La mujer tardó en responder.

—Al lavadero no. Allí mañana habrá gente. Tampoco quiero que parezca bonito.

Al final las llevaron al descampado detrás de la antigua báscula, donde antes se pesaban remolques y ahora aparcaban coches de turistas cuando había catas grandes.

Clara dejó los ramos en el suelo y los abrió.

El celofán crujió con un sonido vulgar. La madre de Marta no quiso bajar del coche.

Miraba desde la ventanilla, envuelta en una chaqueta fina.

—¿Los quemamos? —preguntó Clara.

Sara pensó en titulares, en fotografías, en otra imagen roja contra ellas.

—No.

Clara la miró mal.

—Siempre con cuidado.

—Sí. Me está cayendo fatal también.

Tiraron las flores una por una dentro de una bolsa negra. Sin ceremonia. Sin frase. Una flor se partió y soltó polen amarillo sobre los zapatos de Sara. Le dio una rabia estúpida. Cuando terminaron, Clara se quedó con las manos apoyadas en las caderas.

—No sé hacer esto sin parecer que estoy obedeciendo a alguien.

—Yo tampoco.

Volvieron al coche. La madre de Marta seguía mirando al frente.

—Gracias —dijo.

Clara resopló.

—No me dé las gracias por tirar basura.

La mujer la miró y, por primera vez desde que Sara la conocía, soltó una risa breve. No alegre. Real. Eso ya era mucho.

Al llegar al pueblo, se cruzaron con un grupo de hombres junto al bar. Uno dijo algo sobre flores y perdón. Clara frenó en seco, bajó la ventanilla y contestó sin levantar la voz.

—El perdón se trae antes del entierro, cariño. Después suele oler a escaparate.

El hombre no supo qué hacer con la frase. Mejor. Clara arrancó de nuevo.

Esa noche, al editar el episodio final, Sara pensó en las flores dentro de la bolsa negra. No las mencionó. Habría sido una escena fuerte. Demasiado fuerte. Demasiado fácil. Decidió guardarla fuera del audio.

La última semana antes de cerrar la temporada del podcast, Sara tuvo que volver a grabar tres veces el mismo cierre.

En el primero hablaba demasiado. Lo escuchó y le dio vergüenza. En el segundo también. El tercero no llegó a terminarlo. Carmen, que pasaba por detrás con una cesta de ropa, oyó medio minuto y dijo:

—Parece que estás vendiendo una misa.

Sara se quitó los auriculares.

—Gracias.

—De nada. Te ha salido voz de folleto triste.

Salió a caminar sin micrófono. Llegó al antiguo lavadero cuando ya no quedaba nadie.

En el borde de piedra había restos de cera de una vela, dos colillas, una goma de pelo negra y una servilleta manchada de aceite.

Alguien había olvidado una bolsa con mandarinas.

Una estaba podrida por un lado y las demás empezaban a oler igual.

Sara se sentó y peló una que aún parecía comestible. Estaba agria.

Le vino Marta no como símbolo, sino como una chica posiblemente quejándose de una mandarina agria. Le vino Clara bailando una canción después. Le vino Lucas atragantándose con agua en el archivo. Le vino Carmen amenazando con tirarle una zapatilla si se iba por ella. Nada ordenado.

Sacó el móvil y grabó una nota de voz sin preparar.

—No sé cerrar esto —dijo.

Se quedó callada. El agua del lavadero hacía un ruido bajo.

—No sé cerrarlo. Marta Barrancs no se fue por capricho. La mataron. Después la callaron. Mucha gente tuvo miedo. Otra se aprovechó. Otros miraron tarde. Yo también miré tarde. Este episodio termina aquí porque tiene que terminar en algún sitio, no porque la historia haya terminado.

Paró la grabación. La escuchó. Salía torpe. Tenía una pausa larga, un ruido de moto, el sonido de ella tragando saliva. Podía servir.

Esa noche, Sara montó el cierre con la nota del antiguo lavadero y la voz de la madre de Marta contando que su hija robaba puntas de pan caliente. Entre una cosa y otra dejó tres segundos de silencio. Tres, no diez.

Antes de exportar el archivo final, añadió un sonido que había descartado durante semanas: Clara riéndose mal cuando una gallina le robó media magdalena en mitad de una reunión.

No demostraba nada. No elevaba el tema. Era tonto, casi molesto.

Marta habría entendido esa risa mejor que cualquier frase perfecta.

Sara exportó el episodio con el nombre definitivo: MARTA_FINAL_NOFINAL.

Antes de cerrar el portátil, revisó el montaje una última vez y quitó dos menciones a Ana y una a Rafa.

No porque no importaran. Porque no era su turno.

El episodio terminaba donde debía: en Marta, en su pan robado, en el billete que no llegó a usar y en una madre pronunciando su nombre sin pedir permiso.

—Los discursos cansan a todo el mundo —dijo.

Clara llevaba dos días preparando uno y guardó los papeles con mala cara. Carmen le dio un codazo y le susurró que siempre podía leerlo en el entierro de Julián, cuando tocara. Clara soltó una carcajada mal puesta, demasiado alta, y nadie la corrigió. Hacía falta reírse aunque saliera torcido.

La madre de Marta llegó tarde. La sobrina insistía en que hacía calor; la madre insistía en que Marta la recordaría con esa rebeca.

Al final ganó la madre. Apareció con el bolso negro apretado contra el costado y el billete de tren dentro de una funda transparente.

Caminaba despacio, sin aceptar el brazo de nadie.

Sara vio a Clara hacer el gesto de ayudarla y detenerse a tiempo.

Antes de empezar, Sara acompañó a la mujer hasta la esquina del lavadero. No quería dirigir la escena. Aquella tarde debía ocupar menos sitio. Llevaba el micrófono en la mochila y le pesaba con una mala educación casi física.

—He traído el billete —dijo la madre de Marta.

Sara miró la funda.

—¿Quiere dejarlo en la placa?

—No sé. Unos días sí. Otros pienso que es lo único que demuestra que todavía iba a alguna parte. Si lo dejo aquí, igual me quedo sin eso. Qué tontería, ¿no?

Aquel billete había sido acusación y refugio a la vez. Sara prefirió callarse.

—Puede dejar una copia. Y guardar el original.

La madre de Marta la miró con alivio y desconfianza; también aquella solución sencilla llegaba tarde.

—Eso puedo hacerlo.

Carmen apareció con una funda de plástico sacada de algún cajón doméstico donde se guardaban garantías de electrodomésticos, papeles médicos y fotos sueltas.

Nada solemne. Justo por eso funcionó. Metieron dentro la copia del billete y la cerraron con cinta mal cortada.

La madre de Marta pasó un dedo por encima de la fecha y dijo casi para sí:

—Fuga, desde luego, no. Era futuro.

Sara tuvo el móvil en la mano y lo bajó. La madre de Marta la vio. No sonrió, pero inclinó apenas la cabeza, como quien acepta un vaso de agua sin agradecerlo en voz alta. Algunas cosas no necesitaban público. La madre de Marta apretó el billete contra el pecho.

Inés traía una carpeta estrecha contra el pecho.

No la abrió en público. Se la dio a Paqui antes de sentarse.

Dentro había una relación de mujeres contratadas en campañas antiguas, con apellidos mal escritos, días sueltos, tachaduras y cantidades que parecían hechas para que nadie pudiera reconstruir nada.

—No es mucho —dijo.

Paqui la corrigió sin mirarla:

—Para quien no tiene nada, esto pesa.

Lucas oyó la frase desde atrás y no intervino.

Sara lo agradeció. Hubo un tiempo, pensó, en que cualquier Montiel habría explicado qué valía y qué no valía un papel.

Esa tarde Lucas estaba aprendiendo otra forma de estar: sujetar cajas, traer sillas, dejar que otras personas nombraran el daño sin pedir permiso a su apellido.

Clara también lo vio. Se acercó a él con un martillo en la mano.

—No te emociones. Hoy haces de ferretería, no de protagonista.

Lucas cogió el martillo.

—Empiezo a dominar el papel.

—Pues no te vengas arriba.

Sara miró esa pequeña conversación con una ternura que no quiso enseñar. Si aquello servía de algo, no venía del discurso. Era por Clara dándole una herramienta a Lucas y recordándole dónde colocarse.

Lucas ayudó a fijar la placa cuando Clara se lo permitió.

No lo hizo de frente, para que las cámaras no lo convirtieran en gesto bonito.

Se colocó de lado, casi incómodo, y sujetó el tornillo mientras Karim apretaba.

La madera tembló al primer golpe. La madre de Marta apretó los ojos.

Paqui le cogió la mano. Hamid murmuró una oración en árabe tan baja que solo Karim pareció entenderla.

Una de las mujeres portuguesas se santiguó.

Nadie intentó unificar el momento. Cada cual puso lo que traía. Nadie aplaudió. Mejor.