La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—Pero no voy a tomar decisiones íntimas obedeciendo a Julián. Eso también sería darle algo.

Lucas asintió muy despacio.

—Entonces no nos alejamos por él.

—No. Si nos alejamos, que sea porque no sabemos hacerlo bien.

Dolió. Al menos no venía maquillado. Se quedaron juntos sin tocarse, desobedeciendo al dosier no con un beso, sino con una quietud terca que no servía para una foto.

El coste llegó en sobres y en llamadas, no con un golpe de cine.

Primero fue el banco. Una directora de oficina que llevaba años felicitando a Lucas por cada premio del celler pidió una reunión urgente y habló de riesgo reputacional con la voz cremosa de quien sabe decir amenaza sin mancharse la boca.

Lucas acudió con Sara porque no quería ir solo y porque, aunque no lo admitiera, necesitaba que alguien escuchara cómo el dinero empezaba a defenderse.

La oficina olía a ambientador de limón y a papel caliente de impresora.

En la mesa había un cuenco de caramelos envueltos. Nadie cogió ninguno.

La escena que cambió el final no ocurrió en una viña ni en un sótano. Ocurrió en el archivo municipal, con una funcionaria que no quería perder el trabajo y una carpeta que ya no estaba donde constaba en el índice.

—Ayer estaba —dijo Núria.

Lo dijo bajo. No por misterio. Por miedo.

Sara miró la estantería vacía. En la ficha figuraba la carpeta: permisos de ampliación, 1985, Mas Montiel, partida del Olmo. En el hueco había polvo limpio. Alguien la había sacado hacía poco.

El móvil de Sara vibró.

Número oculto.

Esta vez no contestó sin pensar. Activó la grabadora, apoyó el teléfono sobre la mesa y pulsó aceptar.

—Has aprendido a grabar tarde —dijo la voz de Julián.

No estaba distorsionada. Bastaba.

Núria se quedó inmóvil.

—¿Dónde está la carpeta? —preguntó Sara.

—En el mismo sitio donde deberían haberse quedado ciertas chicas. Fuera de conversación.

Sara sintió un frío pequeño, exacto. No sonaba espectacular, y por eso daba más miedo: era un hombre convencido de que aún podía escoger qué existía.

—Marta ya existe —dijo.

Julián respiró al otro lado, casi divertido.

—Marta existe porque Ricardo está viejo. No confundas un cadáver con una puerta abierta.

La llamada se cortó.

Núria empezó a llorar sin hacer ruido. Sara no la consoló enseguida. Guardó el audio, envió copia a Laura y a Marina, y por primera vez desde que había llegado al pueblo no pensó en publicar. Pensó en sobrevivir a la siguiente hora sin cometer una estupidez.

La lista no resolvió nada. Pero dejó el problema fuera del pecho, sobre la mesa, con letra fea y manchas de patata. Ese día bastó para seguir.

—Ya estoy puesta, hija. Desde antes de que llegaras con tu mochila.

—No tenías que ponerte.

Sara señaló el «yo».

Hicieron la lista juntas. Carmen escribió peor que Sara, pero con menos miedo a manchar.

En la columna «quién gana si callo», puso: Julián.

Los que firmaron. Los que quieren vender visitas con copa.

En la columna «quién puede salir herido si hablo», escribió: Clara.

Madre de Marta. Familia de Ana. Lucas. Yo.

—Claro. Llevo años viendo concursos de la tele. Algo se aprende.

—Eso es bastante buen consejo.

Sara levantó la cabeza.

—Una lista. Lo que sabes. Lo que no sabes. A quién puedes hacer daño. Quién gana si callas. Quién gana si hablas. Sin frases. Sin épica. Una lista fea. A ver si así te callas un rato.

—¿Perdón?

—Haz una cosa fea —dijo.

Sara apoyó la frente en la mesa. La madera olía a lejía, café y patata cruda. Carmen dejó el cuchillo.

—No he nacido para ayudar siempre. Digo la verdad y me sale mal de tono.

—Eso no ayuda.

—Igual se rompe un poco igual.

Carmen siguió pelando. La piel caía en tiras finas sobre el periódico viejo.

—No sé cómo contar esto sin romperlo.

Sara se sentó.

—Entonces no estará todo perdido.

—He hablado con Marina.

—Tienes cara de haber hablado con alguien de Barcelona.

Bajó a la cocina. Carmen estaba pelando patatas.

Después de colgar, la habitación quedó rara.

Sara miró la libreta. Tenía tres columnas: publicar, esperar, proteger.

Ninguna ganaba. Lo que hiciera iba a dañar a alguien: si publicaba, exponía; si esperaba, protegía a los que movían papeles; si centraba a Marta, dejaba fuera a Ana; si abría a Ana, algunos sentirían que Marta volvía a ser usada como puerta.

—Porque todo el mundo tiene algo que perder.

—Todo el mundo me está pidiendo cosas distintas.

—No te he pedido perfecto.

—No sé hacerlo perfecto.

Sara se sentó en la cama. La sábana estaba hecha un desastre. No recordaba haber dormido allí como una adulta. Parecía una adolescente castigada con un portátil caro.

—No publiques si no está verificado —continuó Marina—. No nombres sin permiso. No uses audios que puedan fastidiar el procedimiento. Todo eso bien. Pero tampoco te escondas detrás del miedo a hacerlo mal. Con que la gente decente se paralice por prudente, los otros ya tienen medio trabajo hecho.

Sara quiso contestar. No encontró nada.

—Te lo digo porque te conozco. Conviertes una regla ética en una puerta cerrada. Luego la llamas cuidado.

Marina se quitó las gafas.

Esa sí entró. Baja, sucia, directa. Sara dejó de caminar.

—Entonces no la hagas desaparecer. Pero tampoco uses a Marta para no mirar lo demás.

—No quiero que Marta desaparezca dentro de una serie sobre el sistema.

Sara se levantó de la silla y empezó a caminar por el cuarto. El suelo crujió en el mismo punto de siempre, junto a la cama. De niña escondía allí revistas, cartas, monedas. Ahora escondía miedo con menos talento.

—Sí. Y también se puede convertir en un archivo ilegible que nadie escuche. Lo difícil es justo ahí.

—Porque se puede convertir en espectáculo.

—Estás reaccionando contra cualquier palabra porque tienes miedo de convertir esto en espectáculo.

Marina pidió cinco minutos a solas y sacó al jefe de la llamada con una excusa bastante pobre. Cuando quedaron las dos, no suavizó nada.

La frase le salió afilada. Cómoda también. Sirvió para esquivar el problema unos segundos.

—Las víctimas no exigen nada. Vosotros exigís marco.

—Sara, necesitamos claridad. La audiencia entiende una víctima. Varias víctimas exigen marco.

Marina bajó la mirada. El jefe sonrió como si estuviera tratando con una autora difícil y no con una periodista que acababa de salir de un pueblo donde estaban amenazando a su madre.

—Lo ibas a decir con mejores palabras.

—Nadie ha dicho eso.

—No vamos a vender el siguiente episodio como «las otras Marta» —dijo ella.

Se reunieron por videollamada a las ocho de la mañana.

Sara estaba en la habitación de su infancia, con el pelo húmedo y una camiseta vieja.

Marina aparecía desde una sala de reuniones en Barcelona, con café de máquina y unas ojeras que ya no intentaba tapar.

El jefe de contenidos entró cinco minutos tarde y dijo que tenían una oportunidad enorme.

Enorme. Sara supo que todo iba a ir mal en cuanto oyó la palabra.

La discusión con Marina fue peor porque no hubo gritos.

La tercera opción era la más fea. La dejó.

Luego: se contradice.

Luego: sostiene.

Puso: dice.

Esa noche, en la escaleta, quitó la palabra confirma de tres líneas distintas.

Emilia se fue sin despedirse. Sara se quedó junto al contenedor con el olor agrio del vidrio usado. Testigos que se retractaban. Fuentes que no querían voz. Servilletas en lugar de documentos.

—No. Tú lo estás aprendiendo.

—Lo sé.

Sara guardó la servilleta en la libreta.

—No todos los testimonios van a aguantar —añadió Emilia—. Algunos se caerán. Algunos mentirán para atrás. Algunos dirán que estaban borrachos, que era de noche, que no se acuerdan. Tú querías pueblo. Pues toma pueblo.

Sara aceptó la servilleta. Estaba manchada de café. El nombre se corría un poco por un borde.

—He dicho que no. Yo te doy esto y tú haces tu trabajo sin convertirme en pancarta.

—Emilia.

—No.

—Necesito que lo grabes.

—Porque si todos empiezan a corregir, al final quedará otra vez lo de siempre. Nada.

Emilia miró hacia el bar.

—¿Por qué ahora?

Emilia le entregó una servilleta doblada. Dentro había un nombre: Pere Soler. Y debajo, una frase: «Tenía llaves de la nave lateral».

—Llámalo como quieras. Aquí corregimos mucho cuando nos aprietan.

—Andrés ha corregido.

—Andrés se ha cagado —dijo.

Al salir del bar, Emilia la esperaba junto al contenedor de vidrio, con una bolsa pequeña en la mano. No se saludaron. Emilia metió dos botellas dentro del iglú verde. El sonido fue más fuerte de lo esperado.

Sara no lo borró. Lo marcó como no verificable. Diferente. Más honesto y mucho menos cómodo.

—Marta cantó esa noche. Eso sí lo vi. Y cuando terminó, miró hacia la puerta del celler. No hacia Lucas. Hacia la puerta. Como si esperara a alguien o como si ya supiera que de ahí salía el problema. Eso sí. Lo otro, bórralo. Y no me hagas santo, que no me pega.

Andrés dejó el vaso. Tenía las manos rojas de agua caliente.

—También.

—No me des las gracias. Me estoy quitando de en medio.

—Gracias por decírmelo.

Sara sintió un golpe de irritación y alivio a la vez. Andrés se estaba desdiciendo, sí.

—Yo no vi a Ricardo sujetarla. Emilia sí. Yo vi discutir. Vi a Marta salir. Vi a Lucas hecho un imbécil. Lo demás lo he mezclado de oírlo, de pensarlo, de querer haber visto más. Pon eso si quieres. Que soy cobarde y bocazas. Pero no me pongas valiente.

Uno de los hombres de las cartas dejó una sota sobre la mesa con un golpe un poco fuerte. Andrés bajó más la voz.

—No me hagas hacer teatro. Ya sabes quién manda sin estar.

—¿Quién?

—Me han recordado que la licencia de terraza está pendiente. Que mi hijo quiere entrar en la brigada municipal este verano. Que a veces uno habla de más por hacerse el importante.

Andrés siguió fregando. El vaso ya estaba limpio.

—¿Te han dicho algo?

Tenía razón. Sara dejó la moneda sobre la barra.

—Pues te has sentado en mi bar para no presionar, mira qué curioso.

—No vengo a presionarte —dijo.

Fue al bar a última hora de la tarde. Andrés estaba fregando vasos con demasiada atención. Había dos hombres jugando a cartas y una mujer viendo un concurso sin volumen. Sara pidió un café que no quería.

No llamó a Sara. Le mandó un audio de once segundos: «Mira, lo que dije en el bar, mejor déjalo. Me lié. No quiero salir en nada.» La voz sonaba baja, sin su seguridad de barra. Sara le devolvió la llamada. No contestó. Al tercer intento, apagó el móvil.

La primera fuente que se echó atrás fue Andrés, el camarero.