Capítulo 16 #2
Solo entonces llamó a Lucas. Mientras sonaba el tono, Sara miró por la ventana.
El pueblo empezaba a moverse: una persiana, una moto, el camión pequeño del pan, dos mujeres cruzando la calle con bolsas reutilizables.
Nada anunciaba que bajo una puerta acababa de aparecer otra grieta.
Lucas contestó al cuarto tono, con voz de no haber dormido.
Sara no empezó por Julián. No empezó por la caja. Empezó por algo más difícil.
—Necesito que vengas, pero sin romper nada por el camino.
Él guardó pausa. Luego dijo:
—Lo intentaré. No prometió más.
Carmen se sentó frente a ella con una tostada en la mano.
—Te voy a decir una cosa y no me pongas cara de periodista.
Sara la miró.
—Tarde.
—Pues te aguantas. Tu padre se rompió porque quiso hacerlo todo solo, empeñado en no necesitar a nadie.
Y porque se creyó que, si encontraba una prueba limpia, el pueblo se volvería limpio detrás.
No hagas eso. Come. Llama a quien tengas que llamar.
Y deja de mirar el móvil como si fuera a pedirte perdón.
Sara miró sus manos. Le había dado donde no tenía defensa. Miró la foto de Rafa. El muchacho sonreía con una timidez distinta a la de Lucas, más cerrada, más preparada para obedecer.
—No sé si puedo con otra historia —admitió.
Carmen mordió la tostada.
—Claro que no puedes. Por eso se hace acompañada.
Aquella noche, Carmen sacó la carpeta azul de su marido y la puso en la mesa sin ceremonia.
Sara creyó durante un segundo que ya la había visto entera.
Se equivocaba. En el fondo había un sobre pequeño, pegado con cinta amarillenta, que no contenía recortes sino una carta de su padre dirigida a ella.
No decía «para Sara» con solemnidad; decía «por si la niña pregunta cuando sea mayor».
La niña. Sara tuvo que apoyar una mano en la mesa.
—No la leí hasta que te fuiste a Barcelona —dijo—. Luego la leí más veces de las convenientes.
La carta era breve y torpe. Su padre explicaba que había preguntado por Marta más de lo prudente, que le habían aconsejado dejarlo, que no tenía pruebas suficientes para mover nada sin poner en peligro a Carmen y a Sara.
Pedía perdón sin ponerse heroico. Le dio en un sitio torpe, debajo de las costillas.
«Ojalá pudiera decir que callé por estrategia.
Callé porque tuve miedo y porque quise creer que otro haría lo que yo no hacía.
» Sara leyó la frase tres veces. La tercera ya no veía bien.
Carmen le acercó una servilleta de papel.
No un pañuelo bonito. Una servilleta con un dibujo de limones. Lo dejó así.
—Yo le odié un poco por guardar esto —confesó Carmen—. Luego te odié un poco a ti por irte. Después me odié a mí por las dos cosas. La vida da para repartir bastante odio si una se organiza.
A Sara se le escapó una risa húmeda.
—Mamá.
—Qué.
—Eso es horrible.
—También es verdad.
Carmen cogió la carta y alisó una esquina con el dedo.
—Cuando dices que has vuelto por Marta, te creo. Pero también has vuelto por él. Y por ti. No pasa nada. Lo peligroso es fingir que una hace las cosas desde un sitio limpio. Nadie friega tan bien, hija.
Durmieron poco. O más bien se acostaron poco.
Carmen preparó manzanilla y luego café porque ninguna de las dos sabía ya qué necesitaba el cuerpo.
Hablaron de la marcha de Sara a Barcelona, de los años en que llamó poco, de cómo Carmen había visto cada premio de su hija en internet sin saber si escribirle enhorabuena o dejarla vivir lejos.
Sara pidió perdón una vez. Carmen la paró.
No escribió víctima, culpable ni red. Escribió nombres.
—No me pidas perdón por salvarte. Pídemelo por hacer ver que salvarte no dolía a nadie.
Le costó decirlo.
Sara apoyó la frente en la mesa. Su madre le acarició el pelo dos segundos, no más, porque en esa casa la ternura siempre había sido breve para no hacer llorar demasiado.
Sara escribió un nombre en una hoja nueva: Marta Barrancs Serrat.
Lo escribió entero, sin abreviarlo, sin convertirlo en título de episodio ni en etiqueta de archivo.
Debajo, más abajo, añadió Ana y Rafa. Julián quedó en el margen, con una interrogación que le dio asco.
La plaza del antiguo lavadero acababa de dar un sitio a Marta.
Lo demás tendría que esperar a no comerse su sitio.
En la parte inferior de la hoja, casi fuera del margen, Sara añadió otra palabra: cuidado. La palabra quedó torcida, medio escondida bajo su propia mano. Carmen la vio y se calló. Solo le dejó al lado un plato con una mandarina pelada.
Al anochecer, Sara volvió sola al lavadero.
La placa de Marta seguía torcida. Alguien había dejado una flor seca y una uva en la base, una sola, ya arrugada por el calor.
Sara se agachó para enderezarla, pero el tornillo cedió apenas y la placa volvió a inclinarse.
La dejó así. Marta no había tenido nada recto en veinte años; una placa perfecta habría sido casi una falta de respeto.
Sacó el móvil. Tenía mensajes de Marina, de Lucas y de Laura. No abrió ninguno. Grabó sin música, sin entradilla, sin esa voz que usaba cuando necesitaba parecer más segura de lo que estaba.
—Marta Barrancs Serrat no se fue. Tenía un billete. Tenía miedo. Tenía diecinueve años. La mataron y después se organizó una vida entera alrededor de no decirlo.
Paró. Le temblaba un poco la mano. No mucho. Lo suficiente.
Miró la boca oscura del lavadero, la pared con humedad, la calle por donde todavía pasaban vecinas con bolsas de pan. Durante años habían cruzado por allí diciendo buenos días, buenas tardes, qué calor, qué pena lo de aquella chica. La lengua también aprende caminos para no caerse.
Sara volvió a grabar.
—Este episodio termina aquí. No porque esté todo resuelto. Porque Marta ya no va a servir de pasillo para otras culpas.
Guardó el archivo.
En casa, Carmen había quemado una tostada y la había dejado en un plato junto a un café frío. Sobre la mesa estaba el sobre de Ana Beltrán, cerrado con una pinza de tender. Sara lo miró y no lo abrió.
—¿Nada? —preguntó Carmen.
—Mañana.
Carmen no dijo que bien. Tampoco preguntó si podía dormir. Se limitó a pelar una mandarina y dejar la mitad delante de ella.
Esa noche, el cuaderno de Marta quedó cerrado sin limpieza.
Cerrado con una madre que por fin podía decir asesinada sin que nadie le corrigiera la boca.
Con Lucas dejando de defender a un muerto por costumbre.
Con un pueblo obligado a leer un nombre entero junto al agua.
No arreglaba veinte años. Pero dejaba un sitio donde antes solo había agua y excusas.
Sara subió a lavarse la cara. Antes de apagar la luz de la cocina, volvió a mirar la placa en la foto del móvil. Torcida. Con la uva arrugada a los pies.
Entonces vibró el teléfono.
Número oculto.
No contestó. Esperó al buzón.
Una respiración. Viento. Una voz de mujer, baja, demasiado pegada al micrófono.
—Cuando acabéis con Marta, preguntad por las temporeras.
La llamada se cortó.
Carmen apareció en la puerta con el trapo en la mano.
—¿Otra vez?
Sara miró el sobre de Ana. Después el móvil. Después la mitad de mandarina que seguía sobre la mesa, intacta.
—No —dijo.
Se guardó el teléfono en el bolsillo.
—Esta vez empiezan por Marta.