La mujer de la vendimia (Las desaparecidas de la vendimia 1) Capítulo 13 #2
76%

Capítulo 13 #2

—No por desconfianza —dijo—. Por método.

Lucas se rió con una amargura breve.

—Últimamente todo el mundo me aparta por método.

—Agradécelo. Antes te dejaban entrar por apellido. Laura tenía una manera incómoda de no pedir perdón por las frases útiles.

Sara agradeció tenerla allí. La agente tomó fotografías, midió con pasos la distancia hasta la primera señal y apuntó el estado del guardarraíl. Era nuevo. Lo habían cambiado hacía años. Servía de poco. Laura lo apuntó igual.

En la cuneta encontraron una arandela oxidada. Laura dijo que podía ser de cualquier tractor, de cualquier coche, de cualquier reparación. Lucas quiso guardarla. Laura le cerró la mano alrededor del aire, no del metal.

—No conviertas chatarra en reliquia. Bastante tenemos con lo real.

Lucas se enfadó.

—Los papeles ocupan menos que los remordimientos —dijo, y luego pidió que no pusieran esa frase en ningún sitio porque parecía de cura borracho.

—En el bar sí —admitió—. En el juzgado, no.

Sara no lo juzgó. Miró el sobre del abogado. Tenía una esquina mordida. Alguien lo había abierto con los dientes o con demasiada prisa.

Lucas, en cambio, se levantó a toda prisa.

—Entonces no sirve.

—Sirve para seguir —dijo Laura.

—Siempre servir para seguir. Nunca para llegar.

La agente lo miró con una paciencia escasa.

—Bienvenido a una investigación antigua, Montiel. Todo llega cojo.

Fuera del taller, Lucas golpeó la pared con la palma abierta. No fuerte. Más bien cansado. Sara esperó a que dijera algo noble y no lo hizo.

—Algunos días odio a Rafa por no haberme contado nada —soltó. Salió fea. Viva.

Lucas la miró después de decirla con la culpa de haber escupido sobre una tumba.

—No debería haber dicho eso.

La carpeta apareció cuando ya habían decidido parar. No estaba escondida de forma teatral, sino mal archivada, dentro de una caja de facturas de maquinaria. Llevaba una etiqueta vieja: liquidaciones pendientes. Dentro había nombres, cantidades, fechas y varias firmas que no coincidían.

Lucas no tocó la nota de Rafa ni cuando Laura la embolsó. Se le quedaron las manos abiertas sobre las rodillas, inútiles, sucias de polvo del archivo. Sara le vio mirar la bolsa transparente como si dentro hubiera, no papel, sino una parte de su hermano que nadie le había dejado velar bien.

—Quiero leerla otra vez —dijo.

Laura negó con una suavidad profesional.

—Ahora no. Primero custodia. Después copia.

Lucas juntó los labios. Durante un segundo pareció que iba a discutir, a tirar del apellido, a exigir lo que siempre había sido suyo por nacimiento. Luego respiró y se apartó. Ese gesto, pequeño y feo, le costó más que muchas declaraciones.

Sara lo supo. No le dijo que estaba orgullosa. Habría sonado condescendiente. Se colocó a su lado y no dijo nada. Esta vez no le pareció cobardía.

Sara miró la nota y dejó de buscar un cierre grande.

No hacía falta otra persecución ni otra muerte.

Esa nota ya era bastante. «Si me pasa algo, no aceptéis la curva.

» Una frase escrita por un hombre que quizá sabía que la versión oficial ya estaba preparada antes de necesitarse.

Lucas no quería que se publicara todavía.

Sara tampoco. No pertenecía al episodio final.

Pertenecía a lo que venía después, y eso la obligaba a no tocarlo aún.

De otra investigación. De otra historia.

Laura guardó la carpeta, miró a Lucas y dijo que aquello abría una línea nueva, pero que debían moverse con cuidado. Lucas emitió un ruido áspero.

—Todo el mundo lleva años diciéndonos que tengamos cuidado.

—Porque ellos no lo tuvieron —respondió Sara.

Y esa vez nadie la corrigió.

La carta del despacho de Julián marcó una frontera. Hasta entonces era sombra: documentos, voces, recuerdos. Desde esa tarde tuvo despacho, secretaria, firma y abogados. Ya no era solo pasado.

Lucas empezó a recibir presiones económicas.

Un banco pidió una reunión. Un distribuidor suspendió pedidos.

Dos familiares aparecieron en el celler para sugerir que convenía apartarlo temporalmente, según ellos, por el bien de la empresa.

«Temporalmente» era otra palabra limpia.

Lucas los escuchó hasta que mencionaron a Inés como posible mujer manipulada. Entonces se levantó y abrió la puerta.

—Mi madre ha estado manipulada media vida por hombres que hablaban como vosotros —dijo—. Fuera.

Sara no estaba allí, pero él se lo contó después con una mezcla mal puesta de orgullo y vergüenza.

—He sonado a frase de episodio.

—Un poco.

—Qué horror.

—No siempre pasa nada. Algunas frases sirven.

Lucas sonrió, cansado. El celler empezaba a costarle no solo dinero. Le costaba pertenencia. Sara vio cómo doblaba el recibo de un pedido cancelado y lo metía en el bolsillo sin mirarlo más.

La carpeta de la carretera vieja de Batea quedó bajo custodia antes de que ningún familiar Montiel pudiera olerla.

Laura hizo las cosas con una rapidez que Sara agradeció y no comentó.

En el recibo de depósito aparecían términos neutros: documentación hallada, posible relación con accidente previo, pendiente de valoración.

Lucas leyó el papel como si fuera un parte médico.

—Pendiente de valoración —repitió.

—Es mejor que cerrado —dijo Sara.

—Todo es mejor que cerrado, supongo.

Le faltaba convicción.

—Julián no cabe en este cierre —dijo Marina.

Sara no contestó. Lo peor era que tenía razón. Julián quedaba fuera del cierre de Marta, pero no fuera de la historia. Cerró el guion con Marta riendo en una fotografía y con el billete de tren. Con eso bastaba. Era suyo.

Volvió a media tarde. Entró en casa de Carmen, pidió agua y se sentó antes de contar nada.

—Quieren garantías adicionales si se paralizan visitas y distribuidores.

—¿Y puedes darlas?

—Vendiendo dos parcelas pequeñas. Las que mi padre usaba para presumir y no para trabajar.

Clara, que estaba cortando pan con una violencia innecesaria, levantó el cuchillo.

—Me encanta cuando el patrimonio sirve para algo que no sea hacerse fotos.

—No es tan simple —dijo Lucas.

—Nada lo es. Pero vender tierra duele menos que enterrar chicas.

Lucas aceptó el golpe. Sara vio que no estaba buscando consuelo. Buscaba una manera de contar el coste sin ponerlo en el centro. Eso era nuevo.

—Mi tío dice que si vendo, rompo la familia.

Carmen dejó un plato sobre la mesa.

—Las familias no se rompen por vender una parcela. Se rompen por lo que callaron antes.

Lucas bebió agua. Tenía las manos sucias de tinta, no de tierra. Otra clase de trabajo.

—No sé qué dejar —dijo Sara.

Carmen ni levantó la vista.

—Deja lo que no la use.

—Eso no es una instrucción técnica.

—Pues por una vez trabaja sin manual.

—No siempre sé dónde acaba contar y dónde empieza aprovecharse —admitió.

Carmen separó un gajo con el pulgar.

—Bien. El día que no te dé miedo, lo dejas.

Luego escribió una nota al margen del guion, torpe y sin mayúsculas: no confundir devastador con necesario. La dejó ahí, subrayada una sola vez. Si la subrayaba demasiado, acabaría sonando a póster. Y no, por favor. Basta.

—Esto es bueno —dijo la editora.

—No es de Marta.

—Pero abre serie.

—Precisamente.

Marina la miró a través de la pantalla. No sonrió. Lo entendió.

—Marta primero.

A medianoche, recibió un mensaje de un número desconocido. No decía amenaza. Decía: «Mi madre fue una de las mujeres de la foto. No está desaparecida. Pero no quiere que uséis su cara.»

—Mi madre no quiere ser valiente —dijo la mujer—. Quiere que la dejen tranquila.

Sara cerró el ordenador.

—Tiene derecho.

Aquello dolió porque podía ser verdad en algún punto.

Le vinieron el colectivo, las fotografías protegidas, Paqui tapando rostros con papel cebolla. Hasta las buenas intenciones podían entrar con los zapatos sucios.

—No usaremos la imagen —dijo.

—¿Ninguna?

—Ninguna donde pueda reconocerse. Si algún día quiere contar algo, será ella. No nosotros. Ni tú con esa cara de tener ya medio episodio en la cabeza.

No parecía emocionada; parecía aliviada. Sara respiró mejor. No dijo gracias otra vez.

Sara avisó a Marina y cambió el montaje. Sustituyó la fotografía por un plano del agua del lavadero del pueblo y una descripción leída, sin rostros. Perdía fuerza visual. Ganaba decencia. Marina protestó solo un poco. Luego entendió.

—Sí.

—Lo digo para que lo sepas.

—Lo sé.

—Vale. Entonces lo hacemos así.

Sara fijó la vista en la pantalla negra del editor, el hueco donde antes entraban aquellas caras. Ese hueco le pareció justo. No todo lo que falta es un fallo. Algunas veces, una ausencia bien cuidada dice: aquí había alguien, y no nos pertenece.

Sara se le enfrió el cuerpo. El daño no estaba solo en revelar una muerte, sino en arrastrar a una viva a una memoria que había decidido cerrar. Respondió con cuidado: «No publicaremos ninguna cara sin permiso. Si quiere hablar, escuchamos. Si no quiere, también lo respetamos.»

La respuesta tardó veinte minutos: «Gracias. Ella dice que Marta era buena. Eso sí lo puede decir.»

Sara cerró la carpeta antes de que Lucas siguiera buscando. No porque no importara Rafa. Precisamente porque importaba.

—Esto no lo vamos a devorar hoy.

—Es mi hermano.

—Y Marta es el caso abierto. Si mezclamos todo ahora, Julián gana.

Lucas quiso discutir. Se le vio en los hombros. Luego miró la carpeta, la apartó dos centímetros y asintió. No parecía obediencia; parecía dolor haciendo un esfuerzo feo.

Pero siguieron.

Cuando volvieron, Paqui estaba llorando de rabia. Clara le había puesto delante una magdalena y no sabía qué hacer con ella. Carmen había empezado una lista nueva con columnas feas: nombre, origen del documento, permiso familiar, riesgo. Nadie aplaudió. Nadie se sintió mejor.

—Bien.

—Eso suena menos bonito.

Karim asintió, casi a su pesar.

—A perder tiempo, seguramente. A comprobar si esa pensión existió. A buscar a alguien que no quiera hablar. A hacer lo que toca antes de usar un nombre. Qué planazo.

—¿A hacer qué?

Karim la miró.